Buenísima mujer. ¿Qué haríamos sin ella?
Y tú solo le pagas dos mil euros al mes.
Ángela, si hemos puesto el piso a su nombre…
Ramón se levantó de la cama y, con pasos cansinos, se dirigió al cuarto vecino. A la luz cálida de la lamparita, entrecerró los ojos y miró a su esposa.
Se agachó suavemente junto a ella, escuchando. Parece que todo va bien.
Se irguió y llegó despacio a la cocina. Abrió un litro de leche, fue al baño, y después regresó a su habitación.
Se tumbó, pero el sueño no llegaba:
Ángela y yo, noventa años ya. Todo lo que hemos vivido… Pronto nos llamará Dios, y aquí, tan solos.
Las hijas, la pequeña Marta, falleció antes de cumplir los sesenta.
Y Javier tampoco está. Siempre de fiesta… Solo nos queda la nieta, Carmen, que lleva veinte años en Alemania. Ni se acuerda de nosotros. Seguro que sus hijos ya son grandes…
Sin darse cuenta, se quedó dormido.
Lo despertó una mano cálida sobre la suya:
Ramón, ¿estás bien? murmuró una voz tenue.
Abrió los ojos. Su mujer, inclinada sobre él.
¿Qué te pasa, Ángela?
Estaba mirando, te veía tan quieto…
¡Sigo vivo! Anda, vuelve a la cama…
Se oyeron pasos arrastrados, un interruptor saltó en la cocina.
Ángela bebió agua, fue al baño y regresó. Se tumbó en su lado:
Un día, me despertaré y ya no estará. ¿Qué haré entonces? O igual me voy yo antes…
Ramón ya ha dejado encargadas nuestras exequias. Jamás creí que eso podía organizarse por adelantado. En cierto modo, mejor; ¿quién se ocuparía si no?
La nieta nos olvidó. Solo la vecina, Inés, viene a vernos. Tiene llave. El abuelo le da mil euros de nuestra pensión, ella compra la comida y lo que haga falta. ¿A dónde iremos nosotros ya? Ni bajar esas cuatro plantas podemos.
Ramón abrió los ojos. El sol de Madrid entraba por la ventana. Salió al balcón, contempló el verde de un rosal. Se le dibujó una sonrisa:
¡Mira que hemos llegado hasta el verano!
Fue a ver a Ángela, que meditaba sentada sobre la cama.
¡Vamos, mujer, no te me pongas triste! Ven, te quiero enseñar algo.
Ay, no tengo ni fuerzas la anciana apenas se alzó. ¿Qué tramas ahora?
Vamos, venga…
La sostuvo por los hombros y así, despacito, la llevó al balcón.
Mira el rosal, está precioso y tú decías que no veríamos otro verano. ¡Aquí estamos!
¡Ay, qué razón tienes! Y además, qué sol tan bonito.
Se sentaron juntos en el banco del balcón.
¿Recuerdas cuando te invité al cine? Fue en el instituto… Aquella tarde el rosal también estaba así de verde.
¿Y cómo se olvida eso? Cuántos años han pasado…
Más de setenta ya… ¡Setenta y cinco!
Estuvieron así, largo rato, regresando a la juventud. Se olvidan muchas cosas al envejecer, hasta lo que uno hizo ayer, pero la juventud, esa nunca se borra.
¡Ay, que se nos va la mañana! dijo ella levantándose. Y todavía no hemos desayunado.
Ángela, prepárame un té, del bueno. Que ya estoy harto de esas hierbas.
Eso no podemos tomarlo.
Pero ponlo flojito. Y un poquito de azúcar, anda.
Ramón bebía aquel té ligero, con un pequeño bocadillo de queso. Recordaba el desayuno de antaño: té fuerte y dulce, con churros o torrijas.
Entró la vecina. Sonrió aprobatoria:
¿Qué tal estáis por aquí?
¿Tú qué crees, Inés? A los noventa, bromeó Ramón.
Pues si hay bromas, es que hay salud. ¿Os traigo algo?
Inés, trae carne, por favor pidió Ramón.
No podéis comer carne.
De pollo sí.
De acuerdo, os haré una sopa con fideos, ¡como a los niños!
Ordenó la mesa, fregó, y se marchó.
Ángela, vamos otra vez al balcón, ¿quieres? Nos dará el sol.
¡Vamos!
La vecina regresó. Se asomó:
¿Se añora el sol?
Aquí se está bien, Inés sonrió Ángela.
Ahora os llevo un poco de gachas. Y en seguida empiezo la sopa para la comida.
Es una bendición esta mujer la miró Ramón, agradecido. ¿Qué haríamos sin ella?
Y solo le pagas dos mil euros al mes…
Ángela, si el piso lo hemos puesto a su nombre.
¡Ella no lo sabe!
Siguieron en el balcón hasta la hora de comer. La sopa de pollo de Inés olía a hogar, trocitos de carne y patata deshecha.
Así hacía yo la sopa para Marta y Javier cuando eran pequeños rememoró Ángela.
Y ahora, en la vejez, otros nos cocinan suspiró Ramón.
Quizá, Ramón, es nuestro destino. Y cuando ya no estemos, igual ni nos lloren.
Basta, Ángela, no pensemos en eso. Vamos a echarnos la siesta.
¡Ramón, cuánta razón tenía mi abuela! “Niñez y vejez, lo mismo dan”: puré, siesta, y merienda.
Ramón durmió algo, pero se despertó inquieto. El tiempo, parecía cambiar. Cruzó a la cocina. Encima de la mesa, dos vasos de zumo, preparados con cariño por Inés.
Cogió ambos y, con esfuerzo, los llevó al cuarto de su esposa. Ella, sentada en la cama, miraba abstraída.
¿Qué te pasa, Ángela? sonrió. Ven, vamos a tomar el zumo.
Ella bebió un sorbo.
¿Tampoco puedes dormir tú?
El día viene raro…
Desde esta mañana me siento extraña dijo Ángela, cabizbaja. Presiento que ya me queda poco. Quiero que me despidas dignamente.
No digas eso. ¿Cómo voy a seguir yo solo?
Uno de los dos se irá antes…
Basta ya. Ven, al balcón.
Pasaron la tarde allí. Inés les preparó tortitas de queso fresco. Merendaron y, ya anocheciendo, vieron juntos la tele. Los argumentos de las películas nuevas se les escapaban, así que preferían las comedias y los dibujos de siempre.
Aquel día solo les dio tiempo a un dibujo animado. Ángela se levantó.
Me voy a dormir. Estoy agotada.
Yo también me acuesto.
Déjame mirarte bien un rato pidió ella, de súbito.
¿Para qué?
Solo quiero verte.
Se miraron largamente, como si volvieran, por un instante, a aquellos años de novios.
Venga, te llevo a tu cama.
Ángela se apoyó en el brazo de su marido y caminaron despacio juntos.
Ramón la arropó con el mayor de los cuidados y se marchó.
Sintió un peso inmenso en el pecho. No podía dormirse.
Creyó haber estado desvelado toda la noche. Miró el reloj digital: las dos de la madrugada. Se levantó, fue al cuarto de su esposa.
Ella yacía con los ojos abiertos:
¡Ángela!
Le tomó la mano.
¡Ángela, mi amor! ¡Án-ge-la!
Y, de repente, a él mismo le faltó el aire. Caminó hasta su habitación, cogió los papeles que tenía preparados, los dejó sobre la mesa.
Volvió junto a su esposa. La miró largo rato, se tumbó a su lado y cerró los ojos.
Soñó con su Ángela joven, hermosa, como hace setenta y cinco años. Ella caminaba hacia una luz en el horizonte. Corrió tras ella, le alcanzó la mano.
Por la mañana, Inés entró en la habitación. Allí los encontró. Dormían juntos. Y en sus rostros, idénticas sonrisas de felicidad.
Finalmente, Inés llamó al médico.
El doctor los miró con sorpresa y cierta ternura:
Se fueron juntos Se querían demasiado.
Se los llevaron. Inés, exhausta, se dejó caer en la silla junto a la mesa. Allí, vio los papeles y el testamento a su nombre.
Puso la cabeza sobre las manos y rompió a llorarDurante un largo rato, Inés sostuvo aquellos papeles entre las manos temblorosas. Notó la tinta de las firmas, los datos perfectamente ordenados, la letra cuidada de Ramón. Sobre cada línea, un agradecimiento silencioso.
Cerró los ojos, recogió el olor a sopa, a té y a rosas del balcón. Por la ventana abierta se colaba la brisa madrileña, suave como la voz de Ángela, y el canto metálico y lejano de un organillo; la misma melodía de cuando todos eran jóvenes y la vida rodaba despacio.
Se acercó a la ventana y miró al rosal. Brotaba rojizo, sin saber aún que sus dueños ya no lo mirarían desde el banco. Pero allí, bajo el sol, una mariposa se posó, casi como un guiño del azar: un eco dulce de lo vivido.
Inés sonrió, apretando los papeles contra el pecho. Sintió el peso amoroso de la confianza y la gratitud. Y supo que, aunque no fueran familia de sangre, aquellas dos vidas le habían ofrecido el regalo más grande: un lugar, un recuerdo y un hogar.
De fondo, en el reloj del recibidor, sonó la hora en punto: limpio, alegre, como para celebrar.
Y por primera vez en mucho tiempo, Inés se sintió menos sola que nunca.







