**El saco misterioso: un drama de redención**
En el pueblo costero de Pinos del Mar, donde la niebla matinal se posa sobre los tejados y el aroma de los pinos se mezcla con la sal del aire, Álvaro arrastró con dificultad un enorme saco blanco hasta el portal y respiró hondo.
—¡Vaya peso! —murmuró, mirando su carga.
Tras secarse el sudor de la frente, marcó el código en el portero automático.
—¿Eres tú, Álvarito? —preguntó la voz de su suegra mientras él empujaba el saco hacia el ascensor.
Una vez en la cocina, lo dejó junto a la mesa.
—¡Álvaro, ¿qué es eso?! —exclamó Pilar, cruzando los brazos con desconfianza.
Él sonrió con picardía.
—¡Ahora lo verán! —dijo, vaciando el contenido sobre la mesa.
—¡Dios mío, Álvaro, ¿para qué tanto?! —gritó su suegra, los ojos como platos.
Antes de conocer a Álvaro, Pilar se consideraba un modelo de ahorro. Su hija Lucía también lo creía, pero sufría por ello.
—¡Lucía, devuelve ese detergente! —ordenaba Pilar en el supermercado—. Llévate el de al lado, ¡cuesta la mitad! ¡Hasta puedes comprar más!
—Mamá, pero es peor… —protestaba Lucía.
—¡No es peor, solo es menos conocido! ¡Detergente es detergente! ¿Cómo puedes ser tan ingenua?
Lucía, refunfuñando sobre el barato que sale caro, lo devolvía y obedecía.
Si con el detergente se conformaba, con la ropa era peor.
—Mamá, ¿me queda bien? —Lucía se probaba una falda nueva.
—¿Otra? ¿Cuánto cuesta? —fruncía el ceño Pilar.
—¡Qué más da! —se exasperaba Lucía—. ¡Hace siglos que no me compro nada! Lo importante es que me favorece.
—¡Depende del precio! —su madre la fulminaba con la mirada.
Lucía decía la cifra, sabiendo lo que vendría.
—¡Vaya! ¡Por un trozo de tela! —se indignaba Pilar.
—¡Mamá, basta! Con ese dinero hoy no compras nada. Quiero verme bien, ¡siempre llevo lo mismo!
—¡Puedes verte bien gastando menos! —cortaba Pilar.
Sus argumentos sobre la calidad o el corte caían en saco roto.
—Mamá, ¿por qué eres tan tacaña? ¡No somos pobres!
—¡No lo somos porque sé ahorrar! ¡Tú saliste a tu padre, un derrochador!
Lucía callaba, recordando el divorcio: peleas, reparto de bienes, pensiones… Eso convirtió a Pilar en una avara.
En la universidad, Lucía jamás invitaba a nadie. Su madre veía a los invitados como gastos innecesarios.
—¡No entiendo esas reuniones! —refunfuñaba—. ¡Comen, beben, hablan, y luego toca fregar y rellenar la nevera!
Lucía intentaba explicarse, pero al final se rendía. Al graduarse, encontró trabajo y conoció a Álvaro.
—No le gustará a mamá —supo al instante.
Álvaro no tenía nada de lo que Pilar valoraba: ni piso, ni padres ricos, ni herencia. Solo un empleo normal, pero ambicioso. Y las ambiciones, según Pilar, no se encuentran en el mercado. Lucía retrasó el encuentro, pero cuando Álvaro habló de boda, no hubo opción.
—Álvaro, mi madre es… especial —advirtió—. Muy ahorradora.
—Eso es bueno —se encogió él.
—No lo entiendes. Es… una tacaña como no hay otra. Contará cada bocado que tomes. Prepárate.
—¡Tonterías! —sonrió—. Nos adaptaremos. ¿Sabes qué? Mejor vivamos con ella. No podemos ahorrar para un piso, y en casa de mis padres ni cabemos. ¡Decídete!
Lucía dudó. *Álvaro no sabe lo que le espera… Pero podemos intentarlo.*
—Vale, arriesguémonos —aceptó—. Pero si es insoportable, lo dejamos.
—Me subestimas —guiñó él.
La boda fue modesta, lo que alegró a Pilar.
—Bien hecho, ¡para qué malgastar! —aprobó.
Al saber que vivirían con ella, frunció el ceño, pero vio el lado positivo.
—Bueno, ahorrad para vuestro piso. Pero mis reglas siguen.
—¡No hace falta cambiarlas! —intervino Álvaro—. ¡Usted es un ejemplo, Pilar! Los jóvenes no saben ahorrar. Estoy de su lado.
Ella se sonrojó de gusto.
—¡Qué yerno! Pobre, pero inteligente. ¡Llegará lejos!
Álvaro ganó su confianza al proponer:
—Yo me encargaré de las compras. Sé dónde está más barato. ¡Ahorraremos con cabeza!
—¡Álvarito, eres un cielo! —se emocionó Pilar.
Lucía escuchaba perpleja mientras él le guiñaba.
Pronto, los armarios rebosaban de ofertas. Pilar, feliz como una niña, pero no por mucho.
—¡No, así no! —Álvaro le quitó la medida llena de detergente y la redujo—. ¡Con esto basta!
Ella lo miró confundida.
—Álvaro, no limpiará…
—¡Sí lo hará! Si hace espuma, ¡ya está limpio!
Pilar dudó. *Quizá tenga razón…*
Más tarde, Álvaro preguntó a Lucía:
—¿Qué le gusta a tu madre?
—¡Ah! —recordó—. Está obsesionada con la vajilla. Nunca usa nada usado. Ahorra en todo, menos en eso.
—Entendido —sonrió él—. Es un derroche. ¡Lo corregiremos!
—Mire, Pilar, ¡qué vajilla más barata encontré online! —mostró platos y tazas.
Ella torció el gesto.
—¿Online? ¡Es de segunda mano!
—¿Y qué? ¡Lavada, es como nueva!
—¡No lo usaré! ¡Ni se sabe quién comió ahí!
—Yo tampoco. ¡Compraremos algo nuevo! —fue su respuesta firme.
—¿Y el ahorro? —preguntó Álvaro.
—En la vajilla, hago excepciones.
—Bien. Pero recuerde, quizá nosotros también necesitemos una.
Pilar sintió la trampa, pero no supo dónde.
—¡Primer asalto ganado! —susurró Álvaro esa noche.
—¿En serio la hiciste dudar? —preguntó Lucía.
—Un poco. Esto solo empieza.
La idea la dio su amigo Pablo, cuya madre falleció. Lo llamó para vaciar su piso.
—Álvaro, no te imaginas lo que acumuló: jabones, detergente, ropa… ¡Todo nuevo! Mientras ella vivía como una monja. ¡Estoy flipando!
Álvaro fue a ayudarle.
—¡Madre mía! —silbó ante las pilas de cosas—. Debí visitarla más.
—Ya… Trabajaba lejos. Llamaba, parecía todo bien. Toma lo que necesites, o lo tiro.
—¡Claro que lo aprovecharé! —Álvaro llenó un saco de jabones.
—Ojo, quizá estén caducados —le advirtió Pablo.
—¡Mejor! —contestó él.
Esa noche, llegó al portal jadeando.
—¡Qué peso! —marcó el portero.
—¿Álvarito, eres tú? —respondió Pilar.
En la cocina, abrió el saco.
—¡Álvaro, ¿—¡Espera, ya verás! —respondió, sacando montones de jabones mientras Pilar miraba con una extraña melancolía creciendo en su corazón.






