Mira que eres huraño, Valeriano Gutiérrez. No en balde te apodan el Lobo Solitario. Si es que ni una sonrisilla te arrancamos aunque te toquen con un palo de selfies. Es mirarte, y te entran ganas de cambiar de acera. ¿Te han criogenizado o qué? ¿O es que la vida te da acidez?
Pilar continuaba con su discurso, pero Valeriano ya iba en automático. Recogió sus compras del ultramarinos, que era lo único parecido a un supermercado en el pueblo, y encaró la puerta de salida.
Que tu Leonor ha vuelto a casa de su madre, ¿lo sabías? Con el chaval. Oye, Valeriano ¿y si es tu hijo? ¿Le vas a dejar por ahí sin padre, como un paria? ¡Si es que te ha salido clavadito!
Las palabras le dieron a Valeriano justo en el quicio de la puerta, casi hace un roto en el escalón de la entrada. Ni se molestó en girarse. Total, ¿para qué? Explicaciones ya no daba, tampoco rendía cuentas de su vida a nadie. Bastante tenía con tener que imaginársela. El que no lo sepa se lo inventa, y si lo cuentan bien, parece hasta cierto. No era cuestión, además, de ventilar esas cosas. Eso era asunto suyo y de Leonor, y al resto… mejor les dejaba con el salseo.
El sol, de ese que parece más de agosto que de primavera, le lamió la cara y le hizo cerrar los ojos, disfrutando el instante con la misma alegría que una siesta de domingo. Dio un paso, luego otro, y de pronto un grito le sacudió:
¡Cuidado!
Un chaval saltó hacia el pórtico corriendo y atrapó a dos cachorros que andaban olfateando el escalón.
¡No los pise, por favor!
Nariz pelada, ojos oscuros y curiosos, orejas desprendidas como las suyas, y ese aire de no pedir perdón por existir. Vaya, para darse con la lengua en los dientes las marujas del pueblo. Solo que Valeriano sabía perfectamente que aquel chaval, por mucha genética compartida, no era suyo. Bueno, familiares todos al final, pero no tanto.
¿No quiere un cachorro? ¡Mire qué patas! ¡Más que perro es un lobo! ¡Le va a salir todo genio!
Valeriano apenas asintió con la cabeza, giró la esquina y se metió en un callejón cualquiera. Allí se desinfló todo, como si el alma le pesara más que la compra. Se apoyó contra la tapia de la casa de los Miranda, buscando aire, sin saber muy bien ni cómo respirar después de todo.
¿Qué tengo yo para que vuelvas, Leonor? ¿Vas a regalarme al niño ahora, como un souvenir? ¿Será que el Olegario te ha dejado tirada?
Pensamientos encabalgados en la memoria, el corazón dándole al bombo como en las fiestas de San Isidro. Siete años, y todavía duele como el primer día. La cabeza va donde no le llaman, pero el corazón… ese es otro cantar.
Luzia Miranda cerró la verja de un portazo, frunció el entrecejo y corrió hacia Valeriano.
¡Vaya, Vali! ¿Qué haces ahí plantado? ¿Te has mareado? Ven, anda, dame el brazo, que te llevo a casa, o llamo a Eusebio, tú verás.
Manos cálidas y decididas lo guiaron, Valeriano abrió los ojos.
Déjalo, Luzia. Si puedo, ya tiro yo solo…
¡Ni hablar! Ven aquí, apóyate que no muerdo. ¿Ves? Así, despacio. Menuda pieza estás hecho, Valeriano. ¡Como te dé por palmarla me echan la culpa, que eres mi paciente! Vamos a mirarte la tensión, te pincho un par de veces, y verás qué lustroso se me queda el pepinillo.
Valeriano apenas tenía fuelle, pero Luzia era terca y fuerte. Casi a rastras lo metió en casa, cerró la puerta con un golpe de pie, y gritó:
¡Eusebio! Ven, échame un cable.
Lo siguiente ya es un recuerdo brumoso. Cuando Valeriano abrió los ojos, estaba tumbado en el sofá de Luzia, el pecho apretado, convencido de que le daba un infarto. Pero al abrir los ojos, se dio cuenta de que no, al menos no ese lunes.
Una gata gris, gorda y brillante, le ronroneaba pegada al costado, acurrucando a sus cachorros que le gateaban encima.
Nuestra Misi tiene ojo clínico para la gente. Si ha dejado a la camada encima, es que eres buena persona, Valeriano. De los que no abundan.
Luzia apartó unos cuadernos de problemas de matemáticas que corregía a sus hijas, y se puso a trastear a su alrededor.
¡Ay, qué bien! Parece que revives. El pulso ya va más tranquilo. Pero no vuelvas a asustarme, Vali, está la carretera hecha una calamidad y aquí no llegan ambulancias ni con wishful thinking. No vayas a liártela ahora.
¿Qué voy a hacer yo ya, Luzia? Mis historias se llaman Zamarra y Trueno, y ambos solo piensan en pienso o en pasto.
¡Pues la vaca es de campeonato, necesita quien la cuide! Si te da por enfermar, ¿qué será de ella?
Valeriano se dio cuenta entonces de que las cortinas estaban echadas y la lámpara encendida.
¿Qué hora es, Luzia?
¡Tú ni te muevas! Es tarde, te quedas aquí a dormir. Tu vaca está bien, la he visto al pasar.
Luzia se estiró, dejó a un lado el fonendoscopio, dio un cariñoso toquecito al marido y se fue a la cocina. Eusebio se sentó junto a Valeriano.
¿La vida te aprieta?
Es un lío, ni sé ya…
Eso es por Leonor.
No sigas, Eusebio. Valeriano giró la cabeza y se cruzó con los ojos felinos y verdes de la gata.
Si hasta Misi te escucha. Eusebio rió, rascándole la cabeza. Hay animales más listos que nosotros. Te traen los cachorros para consolarte, y tú, tan duro por fuera y tan derretido como siempre por dentro. Pero no eres de piedra, Vali. Deberías hablar. Lo que llevas dentro, si no, envenena.
Y tú, ¿qué? ¿Te faltan problemas? No tienes suficiente en casa?
Crées que no, pero sé lo que es. Cuando lo necesité, tú ni me preguntaste, solo apareciste y me ayudaste. Así que déjame echarte un capote.
¿Para qué? ¿Qué vas a arreglar?
La abuela decía que las penas, si las gritas a la tierra, pesan menos. ¿Quieres hacerlo conmigo?
Hace siglos que no saco esto. Me da hasta vergüenza… Son cosas que no se cuentan.
Pero yo estaba allí, Vali. Vi cómo la mirabas, cómo corrías detrás de Leonor desde el instituto. Lo de la mili, lo de la boda… ¿te olvidas con quién bailaste el vals?
No sé qué pasó. Todo bien, y de pronto ella se va a Valladolid, yo al monte, todos nos dieron por chiflados. Mi madre vendió la vaca y ni supo ni quiso preguntar más.
Esas cosas no pasan porque sí, Vali. Tú la querías y la quieres.
Valeriano vio venir las lágrimas, pero estaban secas. Ya había llorado suficiente en el monte.
Yo lo vi, Eusebio. Si me lo hubieran contado, no lo habría creído.
¡Cuéntamelo!
Me la encontré con mi primo, Olegario. La pillé en la cocina, abrazada a él.
Eusebio puso cara de póker.
No me lo creo, Vali. ¿Tú seguro?
Fui yo quien los vio. Y con eso, toda mi familia se me fue al garete. A mi madre le dio un soponcio, mi padre ni me habla Es que aquí la hombría se mide en rencillas de pueblo.
¿Seguro que lo viste bien?
Casi dos meses fuera de casa, haciendo negocios para la finca, ella me empujó a ello. Y cuando vuelvo, me encuentro ese circo.
Pues yo juraría que ella solo quería un hijo…, pero la habladuría del pueblo nunca oyó nada raro.
No porque sucedió todo entre nuestras cuatro paredes. Lo he callado tanto que ya ni respiro.
¿Y si te equivocas, Vali? ¿Y si la versión no es tan sencilla?
Estaba embarazada ya, pero ni a ella se lo dijo, según tía Tomasa. Todo se torció porque nadie habló. Entre cotillas y orgullosos lo estropeamos todo.
Eusebio acarició a los gatitos.
Los animales lo tienen claro: no guardan rencor, no se mastican las penas como nosotros.
¿Y si el niño es mío? dijo Valeriano.
Pues igual te has pasado una vida huyendo por nada, colega.
Un día tía Tomasa vino al monte, tras el parto de Luzia. Me lo explicó todo, pero ni escuché. Yo solo veía a Leonor y Olegario abrazados.
A lo mejor solo fue un malentendido.
Luzia entró con la jeringuilla y arengó:
¡Basta de dramas, que aquí hay tensión para cargar un móvil toda la semana! A dormir, que mañana veremos todo con otra luz.
Valeriano no pudo reprimir el llanto, y se quedó dormido tras el calmante.
Eusebio se fue a la escalera, esperando a su mujer, que no volvía.
Cuando la verja chirrió, amaneciendo ya sobre el pueblo, bajó en bata. Al ver la cara de Luzia bajo la farola, la abrazó en silencio.
¿Te ha costado?
Hay gente más bestia que las fieras, Eusebio. Pero ya está.
Lloró como una niña, y Eusebio la dejó desahogarse.
Es su hijo, Eusebio. Lo sé seguro. Tomasa me lo ha contado todo.
¿Cómo lo lograste?
No me preguntes. O se ha blandito los tuétanos o la mirada. Pero he estado con Leonor. No es culpable de nada, solo temía decirle a Valeriano lo del embarazo. Antes tenía miedo, con tres abortos… Y todo el mundo callando, como si el silencio arreglara algo.
¿Y Tomasa?
Le tenía envidia a su hermana. El amor, los chicos, la felicidad, todo le sentaba mal. Su venganza consistió en hacer saltar la familia por los aires. Tomás y Leonor fueron solo daños colaterales.
¿Y ahora?
He ido a hablar con Tania, la madre de Valeriano. Tomasa le ha pedido perdón. Gritos, llantos y bofetadas incluidas, pero al menos ahora se sabe la verdad.
¿Y Leonor?
Cocía pan cuando Olegario entró en plan sobón. Cuando reaccionó, ya Valeriano los había pillado. Cada uno se fue a un lado, y el niño, Sergio, se crio a medias. Es una pena, todo por no hablar.
Suspiró:
Ahora, a ver cómo remendamos esto. Pero que conste, deberían pagarnos plus de psicólogos. ¿Quieres tortitas para el desayuno?
Mejor, que tengo el estómago como si no hubiera comido en tres días.
Anda, ve y afeítate, que pareces un peluche usado. Yo voy preparando la masa.
Salió el sol, sacudiendo la resaca de la noche.
Valeriano, algo tembleque, pisó la escalera bañado de luz y escuchó una vocecilla:
¿Tú eres mi padre?
El chico estaba sentado en el escalón, con el cachorro.
Mira qué patas, como de lobo. ¿Tú crees que crecerá fuerte?
Valeriano suspiró, se sentó junto a él, le acarició el pelo al perro y le sostuvo la mirada.
Te has quedado con el mejor de todos. Va a ser un campeón.
Los ojos negros del niño eran los suyos, de eso no cabía duda. Con inseguridad, le puso la mano en el hombro.
Sí, Sergio. Soy tu padre.
¡Vale! Pues vámonos, que mamá hace desayunos de campeonato y la abuela quiere llevarme a ver los caballos luego. ¿Podré ir?
De pronto, Valeriano sintió que todas sus tristezas se le escurrían por la punta de los dedos, como si el aire del pueblo fuera nuevo. Se incorporó, le agarró fuerte al cachorro y contestó con una sonrisa, por fin suya:
¡Claro! Y tenemos mucho por hacer, hijo. Muchísimo.





