Belleza falsa
¡No me lo puedo creer! ¿De verdad habéis roto? ¡No me lo creo! Marina miró a su amigo con tal asombro que hasta él se sintió incómodo. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que iban a salirse de sus órbitas, las cejas se alzaron casi hasta la raíz del pelo y sus labios se entreabrieron sin querer, como si la noticia fuera sencillamente imposible. ¡Si tú por Alba te desvivías! Yo siempre os ponía de ejemplo ¡Si soñaba con una relación como la vuestra!
Muy real, Marina, demasiado real contesté mirando, frunciendo el ceño, hacia la ventana. Fuera, la lluvia arreciaba sobre Madrid, empapando los cristales y resbalando en finos regueros que acababan hechos mil gotas diminutas en el alfeizar. Aquella escena no podía mostrar mejor cómo me sentía: vacío, con todo lo vivido durante cinco años tiñéndose de un gris apagado y frío. Sentía en el pecho un hueco que antes ocupaba el calor de las miradas, los abrazos suaves y los sueños compartidos de futuro. Cerré los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos y la voz me tembló cuando seguí: Se ha acabado, ¿sabes? Todo, acabado
¿Pero por qué? insistió Marina, inclinándose hacia adelante para escrutarme el rostro. ¡Alba te esperó medio año mientras estabas fuera por trabajo! ¡Y fue fiel, aguantó estoicamente cualquier tontería o regalo!
¿Y tú cómo sabes eso? Si ni vives en esta ciudad forcé una sonrisa triste. ¿Otro ejemplo más de la hermandad femenina?
Bueno, vivo a doscientos kilómetros de aquí, pero olvidas algo importante contestó ella, sin tomárselo a mal. Se recostó más cómoda, cruzando los brazos. Tengo varios amigos en común con ella. Me enteré de que por ti empezó realmente a cuidarse, aunque no sé todos los detalles. Se cortó el pelo, se apuntó al gimnasio, renovó todo el armario Y todo eso, ojo, mientras estabas en Barcelona. Se esforzaba mucho, Jacobo.
¡Ahí está! ¡Por eso acabamos así! me levanté casi de un salto, fui al recibidor a coger el móvil de la chaqueta. Me movía con tanta brusquedad y ansiedad, como si supiera que era la única manera de escapar de mis pensamientos. Al fin lo encontré, regresé rápidamente al salón y extendí el teléfono a Marina. ¿Te acuerdas de cómo era Alba antes de que me mandaran a la sede de Valencia?
Por supuesto dijo ella, rodando los ojos, aunque le tembló ligeramente la voz. Era monísima. El pelo rubio oscuro, largo hasta media espalda, unos ojos grandes y verdes, la nariz fina Tenía buena figura aunque bueno, arriba no era Pamela Anderson, pero a ti eso nunca te importó, ¿no?
¡Exacto, porque así era perfecta para mí! el dolor me crispó la garganta y la voz empezó a salir entrecortada. Alba era mi ideal, la quería tal cual era. Pero bastó que me fuera, para que unas amigas le lavaran el cerebro. Le metieron la idea de que si no cambiaba, yo la dejaría pronto. ¡Y encima va y se lo creyó! Empezó a cambiar, no porque lo quisiera, sino porque le hicieron pensar que si no, la dejaría de querer.
¿Y era tan grave? preguntó Marina, apretando el reposabrazos. Sus cejas se fruncieron, la inquietud la iba ganando.
¡Mira tú misma! le puse el móvil delante. La foto de Alba en pantalla era la prueba de todo. Ya no era la chica a la que recordaba Marina.
El cabello, antes espeso y brillante, ahora estaba ridículamente corto y teñido de un rubio platino casi blanco. El corte dejaba su cuello al aire, quitándole toda la suavidad que la hacía tan dulce. A los labios claramente les habían hecho algo, porque ahora parecían globos desproporcionados, distorsionando los rasgos de Alba. Había perdido al menos diez kilos, pero el resultado era una delgadez poco atractiva: clavículas marcadas, brazos frágiles, piel demasiado pálida y ojeras profundas como si arrastrara toda la fatiga del mundo. Lo que más me chocó fue que se había operado el pecho, a pesar de que sabía muy bien que yo detestaba esas cosas. Siempre había dicho que amaba lo natural, que cambiarse así era, para mí, perder autenticidad.
La vi allí, en Barajas, esperándome y pensé: Igual paso de largo, ni la reconozco la rabia me hacía temblar. ¿Cómo pudo, en seis meses, destrozarse de ese modo? ¿No pensó que a mí me gustaba por quien era? ¿Por qué cambiar todo aquello que me enamoraba?
No podía tranquilizarme. Caminaba de un lado a otro, agitando los brazos, parándome y volviendo a empezar, como un león enjaulado. Notaba cómo la cara se me encendía y palidecía por segundos, los puños se me apretaban, las manos se me iban a la cara como si quisiera borrarlo todo.
Marina entendía mi dolor. Ella cargó durante meses mi mal humor con el jefe que me mandó a Valencia, mis quejas diarias, mi miedo a dejar sola a Alba, el estrés de la universidad y el despacho. Durante toda la estancia habíamos hablado cada día. Le contaba a Alba que la echaba de menos, la animaba, intentaba serle cercano. Volví y, de repente, me habían cambiado a la novia por otra.
A lo mejor solo quería estar a tu altura, gustarte más sugirió Marina, poniéndose en pie y avanzando hacia mí despacio. Quizás alguien le hizo pensar que así sería mejor, que agradecerías esas transformaciones
Negué con amargura:
¿A mi altura? ¡Pero si lo ha perdido todo! Yo quería a la Alba de verdad y ahora ahora tengo delante a una extraña.
Lo peor es que Alba rechazaba hablar por videollamada. Cada vez que lo proponía, me daba largas: que si preparando una sorpresa, que si paciencia, que me iba a encantar Las palabras resultaban tiernas, pero en mi interior se colaba la inquietud. ¿Y si todo era una excusa porque ya tenía a otro? No dejaba de martillearme la cabeza.
Cansado, pedí ayuda a un amigo de confianza, Fermín, que vive en el barrio de Alba. Le supliqué que indagara con discreción, que preguntara, que observara, luego me llamara y contara qué pasaba realmente. Fermín aceptó.
A los pocos días me devolvió la llamada.
Algo te prepara, desde luego. Pero no sé si es lo que esperas. Eso sí, te va a dejar descolocado. Y seguro, Jacobo, te sigue esperando. Pregunta mucho por ti, y se nota que está nerviosa con tu regreso.
Eso me calmó bastante. Me relajé y hasta me animé. Quizá la sorpresa no fuera tan dramática, después de todo. Al menos no me estaba engañando.
Ahora me doy cuenta de que rechazar la foto que Fermín quiso enviarme fue un error. Insistía en enseñarme lo que Alba tramaba, para que te ahorres el susto, me decía, pero yo respondí: No, prefiero la sorpresa. Tal vez, si lo hubiera visto, habría podido parar aquello. Habría salido corriendo, habría atado corto a esas amigas entrometidas. Pero ya era demasiado tarde
El día que regresé a Madrid no podía estarme quieto. Miraba el reloj cada dos minutos, tamborileaba sobre el reposabrazos del asiento del avión, en el taxi jugueteaba nervioso con la cremallera de la chaqueta. Sudaban las palmas, el corazón a mil. En mi cabeza todo era perfecto: salgo de llegadas, veo a Alba, ella sonríe y me saluda con la mano, corro a abrazarla, reconozco aquel aroma de su pelo. Volvemos a casa, preparamos té, nos sentamos en el sofá y nos ponemos al día: risas, confidencias, recuerdos de los meses separados.
Pero la realidad fue otra. Al salir en Barajas, la vi y me quedé helado: frente a mí estaba una chica irreconocible. Por un momento pensé que me equivaba de persona. Parpadeé, intentando asimilarlo, y sentí un frío dentro.
¡Jacobo! ¡Cuánto te he echado de menos! Alba vino buscando mi abrazo, pero yo instintivamente di un paso atrás, esquivándola. Su sonrisa se torció, los ojos se le humedecieron y se quedó con los brazos colgando, sin comprender nada.
Pero ¿qué te pasa? Soy yo ¿O mi sorpresa te ha dejado sin palabras? En su voz se mezclaban la ilusión y la inquietud. Se tocó el pelo, como si esperase que un gesto devolviera mi cariño.
Estoy mirando y no comprendo dónde está mi chica respondí con una frialdad que ni yo esperaba. Intenté mantener el tipo mientras el aeropuerto hervía de gente. Retrocedí otro paso, desconcertado. ¿Estás enferma? ¿O has perdido el juicio? ¿Qué le ha pasado a tu pelo, a tu cuerpo natural? Tú siempre fuiste sencilla y auténtica
Vaya, ¿me llamas gorda? replicó, ofendida, apretando los labios nuevos e hinchados. Las lágrimas pugnaban por salir. Cerró los puños y los soltó, tratando de mantener la compostura. Sus amigas, dos chicas repintadas y en tacones imposibles, se rieron bajito a un lado, aumentándole el bochorno.
Mira, no me endulces: sé que antes estaba fatal continuó Alba, forzando aplomo. Pero ahora sí puedes enseñarme por la calle sin que dé vergüenza. Mira qué moderna me he vuelto. ¿No está mejor así?
¿Y quién te ha dicho que aún quiera pasear contigo? le contesté con dureza y la decepción me quebró. Eras preciosa y ahora no sé lo que eres. Te quise tal cual eras. ¡Ni siquiera me preguntaste! Siempre compartíamos todo ¿Y ahora ni te importa lo que pienso?
De pronto intervino una de sus amigas, la que parecía más lanzada:
Alba está para portada de Vogue, Jacobo. Desde el cambio, decenas de chicos se le han acercado. Tendrías que estar orgulloso. ¡Todo esto fue por ti!
Sentí que explotaba:
¡No, no fue por mí! miré de nuevo a Alba, la voz entre rabiosa y herida. Fue por vosotras, por vuestros complejos de siempre. ¡No me hagáis culpable de este desastre!
Me acerqué, bajé la voz pero el dolor era tal, que me dolía hasta respirar.
Alba Tú sabías lo que pienso. Siempre preferí lo sencillo, lo natural. Ahora Todo es falso, todo parece de mentira. Tú ya no eres tú.
Hice una pausa y luego, con un hilo de voz, dije:
Llevaba un mes planeando pediros matrimonio. Hasta tenía el anillo. Quería familia, futuro Pero a una muñeca no puedo quererla como a ti.
A Alba se le heló la cara. Lloraba sin consuelo, buscaba las palabras pero todas le morían en la garganta. Quiso acercarse, detenerme, pero solo le salía un susurro:
¡Jacobo, espera! Yo creía que así estarías más contento, que estarías orgulloso de mí
Pero yo ya me marchaba, alejándome a paso rápido, sintiendo la rabia, la tristeza, la quemazón del fracaso.
Alba gritó algo tras de mí, pero sus amigas la sujetaron.
Déjalo, mujer. Está en shock, volverá arrastrándose le aseguró una de ellas, abrazándola.
Eso, la dignidad primero. Ahora eres guapísima. Encontrarás un hombre mejor.
Alba solo las oía de fondo, mirando cómo me alejaba entre la multitud, el maquillaje mezclándosele en los surcos de las lágrimas. Dentro de ella, solo quedaba un vacío, el dolor de haber perdido lo esencial intentando agradar a todos menos a quien más la quería.
Y yo que realmente planeaba casarme terminé mi relato, ocultando la cara con las manos, temblando. Imaginé decírselo, abrazarla, reírnos pero al verla, todo murió por dentro. Ya no la reconocía.
Respiré hondo y continué, mirando la ciudad llovida más allá de la ventana:
¿Por qué estáis, siempre, tan incómodas con vuestra imagen? Yo no le falté nunca un cumplido, la valoraba, la amaba tal cual. Y aún así, se ha dejado destruir por dentro y por fuera para contentar a ¿a quién? ¿A sus amigas?
Marina me apretó la mano. Sentí su calor. No ofreció consuelos vacíos; estuvo ahí, simplemente.
Lo más doloroso dije, apartando la mano de la cara, luchando contra las lágrimas. Es que fue una de sus amigas la que lo planeó todo, para separarnos. Ahora lo sé.
¿Y eso? preguntó Marina, acercándose más, cariñosa.
Me lo confesó ella misma. Vino a mi casa diciendo que era mejor que Alba, que su belleza era natural sollocé de rabia. Casi la echo escaleras abajo. Dejó claro que esperaba que cayese a sus pies como si fuera tan fácil olvidar a Alba. No, no soy así. La quería y lo que me destroza es que permitiera que la envenenaran así.
Marina se mantuvo en silencio, sin saber cómo animar a alguien descompuesto por dentro, viendo su fuerza evaporada.
¿Y ahora qué? ¿Vas a hablar con Alba? Siempre se puede intentar volver atrás, si hay amor me tocó suavemente el hombro.
A Alba le encanta su nueva imagen. No piensa renunciar. El otro día me llamó, exigiendo, casi, que no la dejara tras esperarme medio año. Me dejé caer en el sofá, encorvado, el peso de la tristeza agachándome. La quiero, la quise muchísimo. Pero aquella Alba ya no existe. Solo queda alguien falso, vacío.
Sentí la mano de Marina, cálida, apoyada en la mía. Solo ese contacto me dio algo de alivio, mientras luchaba contra la avalancha de recuerdos y emociones.
¿Sabes? dije de pronto, más bajo. Una vez paseábamos por El Retiro, otoño, hojas doradas girando y ella reía, el pelo le caía y yo se lo arreglaba. Me dijo: Jacobo, quiero que esto sea para siempre. Le respondí: Lo será, pequeña, claro que lo será. Y lo creía de corazón
Me rompí. Solté lágrimas bajitas, en silencio, como un niño perdido.
Marina se acercó más, me abrazó y sentí el calor sincero de un amigo que no juzga.
Jacobo susurró, muy cerca. No es culpa tuya. La amaste de verdad, estuviste, la valorabas. No te eches la responsabilidad. A veces la vida es cruel, y la envidia o la inseguridad de otras personas puede más que el amor. Pero eso jamás es culpa tuya.
Levanté la mirada vidriosa hacia ella.
¿Y si me equivoco? ¿Si tenía que intentar comprenderla más, sostenerla mejor? Quizá fue el miedo a perderme lo que la impulsó
En mi silencio bullía el combate entre el daño y la esperanza. Aún buscaba bajo toda esa apariencia, a la Alba de verdad, la de los desayunos de chocolate, la de los garabatos en los espejos, la de la risa fácil y los abrazos eternos.
Marina me sostuvo la mirada y apretó mi mano.
Tienes derecho a tus sentimientos y a lo que tú eres. No tienes que forzarte a aceptar cosas que no soportas. Pero si todavía quieres arreglarlo, dale una oportunidad de explicarse. Habla con ella, sincérate. A lo mejor entre los dos podéis comprender qué ha pasado realmente.
Asentí en silencio, mirando cómo tras la lluvia el atardecer doraba los tejados de Madrid. Quizá era tiempo de escuchar, de dejar que el dolor se asentara y decidir, después, si valía la pena luchar por lo que un día fue verdadero.





