«¡Basta de berrinches, que tengo hambre! ¿Acaso un simple resfriado justifica quedarse en cama dos días?»
La incapacidad de su marido para entender lo obvio marcó el punto de no retorno en la vida de mi amiga. Conocí a Lucía desde la escuela. Siempre la vi como una mujer fuerte, pero que aguantara ese matrimonio tres años aún me deja perpleja.
Su esposo, Roberto, era de esos que siempre ven las cosas a su manera. ¿Que te duele la cabeza o tienes cuarenta de fiebre? Da igual, lo importante es la cena a tiempo. Para Roberto, el rol de esposa incluía ser cocinera, limpiadora, enfermera y psicóloga, pero él, en cambio, se mantenía distante, incapaz hasta de un gesto de compasión.
Incluso cuando Lucía estuvo hospitalizada por complicaciones después de una gripe, ni siquiera la visitó. Y al salir, lo primero que le pidió fue: «Aquí nadie ha hecho la cena.» Cuando ella le dijo que no había podido dormir en toda la noche, él resopló: «¡Vaya drama! Cansada… Pues deja de vaguear y muévete, que tengo hambre.»
Lucía se levantó, pero no para ir a comprar, sino al registro civil. Luego, hizo las maletas y se fue a casa de sus padres. Sin gritos, sin discusiones. Sencillamente, se marchó.
Y fue lo correcto. Cuando el amor se convierte en desprecio, quedarse es destrozarse a una misma. Ahora Lucía ha renacido, y en su voz noto esa fuerza de antes. Estoy segura de que lo que le espera será mejor.






