—¡Basta de caprichos, que tengo hambre! ¿Acaso un segundo día de resfriado es excusa para quedarse en la cama?
La incapacidad de su marido para entender lo más básico fue el punto de no retorno en la vida de mi amiga. Conozco a Lucía desde el colegio. Siempre la vi como una mujer fuerte, pero que aguantara ese matrimonio durante tres años todavía me deja perpleja.
Su esposo, Javier, era de esos hombres que solo ven las cosas a su manera. ¿Te duele la cabeza o tienes fiebre alta? Da igual, lo importante es que la cena esté a tiempo. Para Javier, el rol de esposa incluía ser cocinera, limpiadora, enfermera y psicóloga, pero él, en cambio, asumía sus propias responsabilidades con total indiferencia y ni siquiera era capaz de mostrar empatía.
Incluso cuando Lucía estuvo hospitalizada por complicaciones de la gripe, él no fue a verla ni una vez. Y al salir del hospital, lo primero que le pidió fue: “Alguien tiene que hacer la cena”. Cuando Lucía le dijo que no había podido dormir en toda la noche, él soltó un bufido: “¡Vaya drama! ¿Cansada? Pues deja de vaguear y muévete, que tengo hambre”.
Lucía se levantó, pero no fue a comprar comida, sino al registro civil. Después, hizo las maletas y se marchó a casa de sus padres. En silencio, sin discusiones ni escándalos. Simplemente se fue.
Y hizo lo correcto. Cuando el amor se convierte en desprecio, quedarse es destruirse a una misma. Ahora Lucía ha renacido, y noto la fuerza en su voz. Estoy segura de que le espera un futuro mejor.







