Bajo el yugo materno
A sus treinta y cinco años, Pilar era una mujer discreta y, como se suele decir, algo apocada. Jamás había salido con chicos ni hombres, aunque llevaba años trabajando de contableni bien terminó la formación profesional, entró en una gestoría en Madrid y ahí se quedó.
Sin prestarse mucha atención frente al espejo, Pilar iba siempre enfundada en prendas holgadas y algo anticuadas, tenía algo de sobrepeso, mirada tristona y los labios caídos que parecían haber firmado una tregua con la risa. Pilar era hija de Manuela, a la que la maternidad le pilló con 18 años y sin novio oficial; lo del padre ha sido un misterio digno de telenovela, porque su hija ni siquiera conoció al ilustre desconocido. En su infancia, Pilar fue criada en el pueblo de la abuela Carmen, lugar donde terminó la secundaria y solo cuando entró a estudiar en Madrid volvió a vivir bajo el techo de su madre.
Mientras Pilar aprendía a no pedir demasiado de la vida junto a su abuela estricta, Manuela vivía la vida loca en la capital, entre pinchitos y cañas, trabajo y romances fugaces. Preciosa y despreocupada, Manuela cambiaba de parejas como de pintalabios: con frecuencia se acercaba al pueblo, dejaba a su hija un peluche y volvía a desaparecer. El amor y las caricias brillaron por su ausencia tanto de la abuela como de la madre.
Pilar aún compartía piso en Madrid con Manuela, que, con sus cincuenta y pocos años, era un portento: moderna, delgada, financieramente independiente, cliente fiel de salones de belleza y dueña de productos cosméticos cuyo precio compite con el alquiler en Chamberí. Pilar, en cambio, era todo lo opuesto.
Al final de su día en la gestoría, Pilar pasó los papeles de las cuentas a la compañera que la sustituiría en vacaciones y se fue con paso lento.
Pues nada, otras vacaciones refunfuñaba Pilar. Los euros de las pagas extra guardados en el bolso, qué gracia. Seguro que mi madre me los pide en cuanto entre por la puerta. Otra vez a pasar las vacaciones en casa. Siempre igual. ¿Por qué soy incapaz de plantarle cara? Ya no soy una cría, pero mi madre me tiene atada muy corto, no me deja ni administrar mi sueldo, ni uno solo de mis euros. Mi vida va sin rumbo
Al abrir la puerta del piso, encontró a Manuela en el pasillo, aguardando como la sombra de Hacienda.
Ya era hora que llegaras soltó Manuela. ¿Te dieron las pagas extra? Dámelas.
Sí, ya las tengo respondió la hija. Dame un minuto, al menos para quitarme la chaqueta.
Eso se puede hacer luego
Pilar rebuscaba en el bolso que para su madre era la definición visual de ruina.
Por Dios, vas con esa bolsa como de mercadillo. ¿No te da vergüenza? criticó Manuela con tono de sentencia.
A Pilar se le llenaron los ojos de lágrimas.
¿Y con qué dinero me voy a comprar otro bolso, si tú me quitas hasta los céntimos? contestó, casi sin creer que se atrevió.
Menuda tienes: no solo el bolso da pena, tú pareces una bolsa sin fondo, desaliñada y rechoncha. ¡Adelgaza y arréglate de una vez! remató la madre, sin piedad. Da vergüenza salir contigo.
¿Vergüenza? saltó Pilar. ¿Y no te da vergüenza quedarte con mi paga? Ni salgo contigo, ¡mejor!
Gritando ya, se giró y salió disparada del piso.
Entre lágrimas, bajó las escaleras a toda velocidad, cruzó la puerta del edificio y se sentó en un banco, cubriéndose la cara con las manos. Pasaron unos minutoso quizá fueron siglosy de pronto oyó una voz.
Pilar, ¿qué haces aquí? alzó la mirada y vio a doña Encarnación, vecina del primer piso del portal de al lado. ¿Estás llorando? se sentó junto a ella y tomó su mano. ¿Tan mal están las cosas, hija?
Pilar no aguantó más, y le contó todo a Encarnación, sin dejarse nada.
Mi madre me quita todo el dinero, se lo gasta en potingues y ropa, y yo con la ropa vieja de hace diez temporadas. Es que soy así, floja desde niña, ni contestaba a la abuela, ni ahora a mi madre. Mi madre es imponente y malhumorada Encarnación negaba con la cabeza, pero entonces Pilar sintió pudor.
Ay, no sé ni por qué te cuento esto. Vas a pensar que soy una bocazas, una fracasada, desde luego.
Encarnación conocía bien a Manuela. Nunca la había respetado mucho y siempre había mirado a Pilar con compasión.
Mira, Pilar, basta de llantos y lamentos. Ya eres mayor para cuidarte tú sola.
¿Mayor yo, doña Encarnación? Ni siquiera sé lo que es que alguien me quiera, y yo no quiero a nadie. Nadie me necesita
Tienes que dejar ese piso y a tu madre, urgentemente dijo Encarnación, y Pilar se encogió. ¿Y a dónde voy? Con mi sueldo no puedo alquilar nada, y si me voy mi madre se pone histérica. Le iba a dar el dinero de las vacaciones, es que no aguanté cómo me saltó encima, me dolió tanto y salí disparada.
O sea, tienes la paga extra y lograste que no te la robara. No te preocupes por tu madre, sabe apañarse sola y dinero tiene. Piensa en ti. Yo te puedo dejar mi casa en El Escorial, mi difunto esposo la construyó con sus propias manos, para quedarse. Qué ironía, ¿no? Y como estás de vacaciones, ve allí, ni se te ocurra darme un céntimo.
Doña Encarnación, ¿y no le da apuro dejarme la casa?
Qué cosas dices, si te conozco de toda la vida. Siéntate, voy a por las llaves y te apunto la dirección y mi teléfono.
Pilar llegó a la estación, compró un billete en la Renfe y se acomodó a mirar por la ventana los viajeros y el paisaje nuevo. Jamás se había salido del circuito piso-oficina-Mercadona. Nadie se fijaba en ella, y por fin empezó a sentirse liberada mientras los árboles desfilaban al ritmo de los raíles. Bajó donde le tocaba y caminó hasta la casa del campo, abrió puerta y entró.
La envolvió un silencio sepulcral. Se acomodó en una silla vieja y suspiró.
Madre mía, qué tranquilidad. ¡Qué gusto estar sola! Mira tú por dónde, este es el mundo desconocido de la libertad pensó.
Manuela no estaba rondando, ni soltando sarcasmos. Pilar vio el mando de la tele y la encendió. Salía un programa de tertulia, ese tipo de show que nunca la madre le permitía versiempre cambiando el canal a sus cosas, sin escuchar a Pilar.
Anda que tú, con tus cara y tus gustos absurdos, ni los programas sabes elegir solía burlarse Manuela.
Pilar jamás contestaba con una grosería, prefería encogerse e inclinar la cabeza más y más, sin tener nunca el valor de poner a su madre en su sitio.
Se puso a recorrer la casa, encendió la nevera y metió dentro una bolsa de croquetas, otra de manchego y un par de yogures, compras de última hora en la tienda de la estación.
Pilar preparó las croquetas, se las comió y hasta se le olvidó la tristeza.
¡Qué bien se está sola! brindaba consigo misma.
Al rato, sonó el móvil: era Manuela.
Así que te has largado, te vi sentada con Encarnación. Bueno, ya te cansarás. Nadie te ayuda porque eres una inútil y dependiente. Sin mí no eres nada
Pilar colgó sin escuchar el rosario de insultos. Ya no le afectaba, curiosamente. Por la noche la llamó doña Encarnación.
¿Pili, cómo te va? ¿Estás instalada?
Sí, doña Encarnación, mil gracias.
Mañana te hará una visita mi sobrino Esteban. Te lleva tus cosas.
¿Qué cosas?
Pues Manuela me dejó una bolsa enorme con tus trapos, toda ofendida: “Si te llevas a mi hija, llévate sus cosas también.”
Perfecto, ¿y cómo le reconozco?
Es alto, con gafas, y vendrá en coche.
¿No será mucha molestia?
Ay, Pilar, ya basta de preguntas tontas, eres una mujer hecha y derecha, empieza a espabilar y quiérete un poco. Hazte un cambio de imagen, renueva tu vestuario, tú en el fondo eres guapa, lo que pasa es que te has abandonado mucho. Venga, mañana hablamos.
El rocío brillaba en la hierba, ladraba un perro, cantaban pájaros.
Pilar pensó en las palabras de la vecina y se paró frente al espejo.
La verdad, me he dejado mucho. Si lo pienso, tengo los ojos bonitostristes, pero bonitosel pelo fuerte, aunque siempre recogido como una señora mayor. Me vendría bien perder unos kilos, al final la madre tenía razón.
Esa noche durmió como nunca, ni se enteró de las horas. Al despertar, vio la luz colándose por la cortina y el sol calentando fuera. Al abrir la ventana, el jardín relucía, el rocío brillaba y los pájaros sonreían en sus trinos.
¡Qué maravilla de mañana! sonrió y se desperezó.
Un rato después, estaba en la terraza, café en mano, casi sintiéndose una influencer de Instagram. Miró la tele, pensó cambiar de trabajo, buscar piso para alquilardesde aquí no era práctico ir a Madrid, y a su madre ni la recordó. El corazón le latía de ilusión por empezar una vida nueva.
Por fin seré independiente, libre de mi madre pensaba. Su fantasía se interrumpió por unos golpecitos en la puerta.
¿Quién será? se asustó.
Allí estaba Esteban, con gafas y una bolsa grande.
Buenos días, saludó. Soy Esteban, ¿Pilar, verdad?
Sí, pase, pase respondió, haciéndose a un lado.
Mi tía, doña Encarnación, me pidió que te acerque tus cosas y que te eche una mano. ¿Necesitas ir a algún sitio? Tengo el coche fuera ofreció con voz cálida. No te cortes, Pili, tía me dijo que eres tímida y reservada, sé… bueno, sé tu situación por ella.
Así fue como Pilar conoció a su futuro marido. Esteban se enamoró en serio, el primer matrimonio de él había acabado como el arcoíris cuando llueve poco: de manera discreta y aburrida. Con Esteban, Pilar resurgió: se esfumó el andar encogido y la mirada apaleada. Adelgazó, quería estar guapa para Esteban, fue al salón de belleza y salió irreconocible.
¿Pero esta soy yo? se reía frente al espejo, radiante, con chispas en los ojos.
Esteban la llevó a vivir con él en Madrid.
Pili, siempre quise a una mujer como tú: buena gente, verdadera y atenta. No demos más rodeos, somos adultos. ¿Quieres casarte conmigo?
Por supuesto Pilar dijo sí, sabia que le había tocado la lotería con Esteban y, de hecho, hasta se parecían. La boda fue sencilla y muy familiar, invitaron también a Manuela, claro que ella no pudo resistir soltar su ironía en la mesa. Doña Encarnación la frenó enseguida y Manuela se fue antes de que sirvieran el postre. Nadie se dio cuenta, y Pilar ni se inmutó.
A la familia de Esteban le encantó Pilar. Él la miraba enamorado y pensaba:
Tarde o temprano, la dicha acaba llegando, y desde luego, a Pili y a mí nos tocó.
Y antes de que acabase el año, Pilar ya esperaba un bebé. Era doble felicidad. Aunque había tardado, el amor le llegó. Ya ni se acordaba de la vida gris y sometida a los caprichos de su madre, encontró las fuerzas para dar el giro y cambiar todo. No solo estaba guapa por fuera: estaba increíble por dentro. Porque, al fin, Pilar se quería a sí misma y a Esteban.
Gracias por leer, por seguir y por estar ahí. ¡Suerte a todos!







