**Diario personal:**
Era un vuelo matutino normal de Madrid a Barcelona. El sol apenas asomaba cuando la azafata Lucía recorría el pasillo, comprobando que los pasajeros llevaban los cinturones abrochados. Todo transcurría con normalidad hasta que su mirada se detuvo en un niño sentado en la tercera fila, junto a la ventanilla.
Era de esos niños callados que pasan desapercibidos. Tendría unos diez u once años. A su lado, un hombre robusto, de unos cuarenta años, mantenía una mano en el reposabrazos, rozando levemente el hombro del pequeño. Su expresión era fría, calculadora.
Lucía iba a seguir caminando cuando, de pronto, notó que el niño hacía un gesto extraño con los dedos. Al principio, lo ignoró, pensando que quizás jugaba. Pero minutos después, el avión realizó un aterrizaje de emergencia y todos fueron evacuados.
Algo en la mirada del niño la inquietó: era una mezcla de angustia y silenciosa súplica.
Más tarde, cuando el supuesto padre se levantó para ir al baño, el niño repitió el gesto, esta vez con desesperación. Sus ojos brillaban de miedo. Lucía se detuvo. Reconocía esa señal. Había recibido formación sobre códigos gestuales que usan los niños en peligro. Era una petición de ayuda.
Sin llamar la atención, se acercó y, con una sonrisa, le ofreció un vaso de zumo de melocotón.
Seguro que es tu favorito, ¿verdad?
El niño asintió en silencio, las manos temblorosas al tomar el vaso. Miró hacia atrás, como temiendo que el hombre regresara.
Cuando el hombre volvió, lanzó a Lucía una mirada penetrante. La frente le brillaba de sudor, aunque el aire acondicionado funcionaba bien. Se sentó y, de inmediato, clavó los ojos en el niño y luego en su teléfono.
El corazón de Lucía se aceleró.
Discretamente, pasó una nota a los pilotos mediante un compañero: *”Posible secuestro. Fila 3A. Niño pide ayuda. Hombre, comportamiento sospechoso. Solicitar aterrizaje urgente y presencia policial.”*
Diez minutos después, el capitán anunció: *”Debido a una incidencia técnica, realizaremos un aterrizaje no programado en Zaragoza.”*
El hombre se agitó. Pidió ir al baño de nuevo, pero en el pasillo lo esperaban dos agentes de seguridad, alertados por la tripulación.
Al ser detenido, gritó:
¡No entienden! ¡Es mi hijo! ¡Tengo los documentos!
Pero los papeles eran falsos.
Abajo, agentes de policía y un trabajador social esperaban al niño. Cuando le preguntaron con cuidado si conocía a aquel hombre, él negó con la cabeza y rompió a llorar.
Después se supo: lo habían secuestrado semanas atrás en otro país. Interpol y las autoridades locales lo buscaban, pero nadie esperaba encontrarlo en el aire.
Lucía se quedó en la puerta del avión, observando cómo se llevaban al niño a un lugar seguro. Él se giró, la miró y, esta vez, solo alzó la mano y sonrió.



