Ayudé a mi hermano a hacer reformas gratis en su piso, y él me recompensó dándome toda la basura que le sobró.

¡Aún le debo dinero por aquello!

Ahora que lo pienso, he pasado media vida dedicado al mundo de la reforma. Mucho antes de que se pusiera de moda, yo ya recorría media Castilla con mis herramientas, convirtiendo esta habilidad en mi sustento. De vez en cuando, alguna prima o un tío me llamaban para echar una mano con alguna chapuza o arreglillo. Recuerdo perfectamente aquel día: sonó el viejo teléfono de casa y al otro lado estaba mi primo Alfonso. Me pidió ayuda, con ese tono que no deja lugar a la negativa.

Pocos días después, allí estaba yo, con la bata cubierta de polvo, dispuesto a dejarle la casa como nueva. Alfonso ya había comprado los materiales; los azulejos, la pintura, las tablas de madera… Todo reposaba en el pasillo esperando a ser usado. Sin pensarlo mucho, me puse manos a la obra. Siempre me ha dado alegría ofrecer mi tiempo a la familia; para mí, trabajar en una casa es como pintar un cuadro.

Desde pequeño me enseñaron que no se cobra a la familia, por eso cuando Alfonso insistió en pagarme, rechacé el dinero de buen grado. El piso cambió mucho tras mi trabajo, parecía otro lugar. Fueron dos semanas intensas, trabajando codo con codo. Al terminar, solo quedaban algunos restos y una montaña de trastos viejos amontonados en el recibidor.

En ese momento a Alfonso se le ocurrió una idea:
¿Por qué no te llevas estos materiales? Guárdalos en tu cochera y quizás tengas algún cliente al que le vengan bien. Así ahorras un buen dinero, me dijo. No le vi inconveniente. Azulejos, un poco de suelo laminado, pintura… No iba a hacerle ascos, siempre encontraba algún uso para esas cosas.

Por si acaso, grabé esa charla con el móvil, no porque desconfiase, sino por tener constancia. Lo cierto es que nunca me lo esperé, pero recuerdo perfectamente cómo, mirándome a los ojos, Alfonso repitió que podía llevarme todo aquello. Esa noche celebramos la obra terminada, con una copa de vino y un poco de queso manchego, y luego me fui para mi casa.

Al día siguiente, la rutina volvió. Pero a eso de las dos de la tarde, suena el teléfono y era Alfonso:
Oye, ¿qué tal? He estado pensando que igual me tendrías que pagar algo por los materiales. Las tablas son de buena calidad. Y el suelo laminado ¡de primera! Incluso podrías vender los azulejos. ¿Puedes hacerme una transferencia?.

No supe qué decir. Estuve un rato paralizado. Prometió llamar por la tarde para hablar de los detalles, pero desde entonces no me ha vuelto a llamar. Fue todo tan inesperado que, si lo cuento, casi nadie me cree.

No sé cómo hablar ahora con Alfonso. ¿Cobrarle por la reforma? Él sabe que todo lo que se llevó eran restos, cosas que pensaba tirar. Ni siquiera podría venderlas en el mercadillo de los domingos. Pero así fue dejando pasar el tiempo Y, aún hoy, me pregunto: ¿cómo actuar con la familia cuando la confianza se ve puesta a prueba?

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MagistrUm
Ayudé a mi hermano a hacer reformas gratis en su piso, y él me recompensó dándome toda la basura que le sobró.