Ayer – Pero ¿dónde vas a poner esa ensaladera, hombre? ¡Que tapa toda la bandeja de fiambres! Y aparta las copas, que ahora viene Óscar y ya sabes que necesita espacio para gesticular como si estuviera en un tablao. Víctor revolvía nervioso el cristal sobre la mesa, a punto de tirar los tenedores. Carmen soltó un suspiro tan hondo que retumbó en la cocina, secándose las manos en el delantal. Llevaba desde el amanecer entre fogones; las piernas le ardían como si fueran de plomo y la espalda se quejaba en ese sitio de siempre, justo bajo los omóplatos. Pero no había tiempo para lamentos: hoy venía el “invitado estelar” –el hermano menor de su marido, Óscar. – Relájate un poco, Víctor –le pidió Carmen, esforzándose por sonar tranquila–. La mesa está perfecta. Por cierto, ¿compraste pan de pueblo? Que la última vez Óscar se quejó de que sólo teníamos baguette, y ahora, mírale, que está cuidando línea. – Sí, sí, compré buen pan negro, de esos con cominos, como le gusta a él –Víctor corrió hacia la panera–. Carmen, ¿la carne está lista? Ya sabes que él tiene el paladar fino, que no se impresiona con una simple hamburguesa. Carmen apretó los labios. Claro que lo sabía. Óscar, soltero de cuarenta, autoproclamado “artista libre”, aunque en realidad vivía de trapicheos y de la ayuda de su madre, se creía gurú gastronómico. Cada vez que venía, Carmen sentía que se le examinaba como si estuviera en «MasterChef», sabiendo que iba a suspender. – He hecho lomo asado con salsa de miel y mostaza –puntualizó–. Carne fresca del mercado, casi veinte euros el kilo. Si con esto no le vale, yo me retiro. – No te pongas así –gruñó Víctor–. ¡Es mi hermano! Lleva medio año sin venir, quiere vernos. Intenta que esté todo bien, ¿vale? Ahora anda «buscándose a sí mismo». “Buscándose el dinero”, pensó Carmen, pero no dijo nada. Víctor idolatraba a su hermano pequeño, lo tenía por genio incomprendido y se ofendía con cualquier comentario sobre él. El timbre sonó puntual a las siete. Carmen se quitó el delantal a toda prisa, se arregló el pelo ante el espejo y forzó una sonrisa. Víctor ya estaba en la puerta, radiante como un botijo recién pulido. – ¡Óscar, hermano! ¡Al fin! Allí estaba Óscar: abrigo de diseño abierto, bufanda al hombro, barba de tres días lograda, como si hubiera salido de una sesión de moda en Malasaña. Dejó abrazarse, pero a Víctor sólo le dio dos golpecitos en la espalda. Carmen buscó algo en sus manos: nada. Sin bolsa, ni caja de dulces, ni siquiera una mísera flor. Entró en casa después de medio año sin aparecer, con una mesa rebosando comida, y ni un detalle. Ni para los niños, que por suerte estaban en casa de la abuela, ni un chocolate. – Buenas, Carmen –asintió, mirando el pasillo sin descalzarse–. ¿Habéis cambiado el papel? Se ve todo muy… hospitalario. Bueno, a gusto de cada uno. – Hola, Óscar –contestó ella–. Pasa, lávate las manos por favor. Tienes zapatillas nuevas aquí. – No traigo las mías. Y con las de otros igual pillo hongos –se excusó Óscar–. Yo voy en calcetines, ¿el suelo limpio? Carmen sintió la rabia subirle por dentro. Había limpiado el suelo dos veces para él. – Impecable, Óscar. Ven a la mesa. Se sentaron en el salón. La mesa sí que parecía sacada de una boda: mantel blanco, servilletas de lino, tres tipos de ensaldas, embutidos, quesos, caviar rojo, setas en escabeche caseras de Carmen, y la carne aún humeante en el centro. Óscar se dejó caer en la silla como un marqués, escudriñando el festín. Víctor se afanaba abriendo una botella de brandy caro que había comprado solo para él. – ¡Por el reencuentro! –exclamó Víctor, sirviendo los vasos. Óscar cogió su copa, la giró, miró al trasluz, olfateó. – ¿Es español? –puso cara de asco–. Yo prefiero francés, tiene más carácter. Este sabe mucho a alcohol. Bueno, qué se le va a hacer, a caballo regalado… Se lo bebió de golpe y a por la bandeja. Carmen vio cómo elegía el trozo más caro de jamón ibérico. – Sírvete, Óscar –le ofreció, acercándole la ensaladera–. Aquí tienes una ensalada de langostinos y aguacates, receta nueva. Óscar pinchó un langostino, lo examinó como si fuera oro en el Retiro. – ¿Congelados, verdad? – Claro, aquí no estamos en la costa –se extrañó Carmen–. Pero son buenísimos, de los grandes. – Chicle. Los has cocido de más, Carmen. El marisco sólo dos minutos en agua hirviendo. Y el aguacate está duro todavía, cruje. Víctor, que ya se servía ensalada, se paralizó con la cuchara en el aire. – Venga, Óscar, está buenísimo. Yo ya lo he probado. – Víctor, hay que educar el gusto –sentenció el hermano–. Si te acostumbras al sucedáneo, nunca distinguirás la verdadera cocina. Yo la semana pasada estuve en la presentación de un restaurante, con ceviche de vieira. Esa textura sí que era otra cosa. ¿El aliño por lo menos es casero? Carmen sintió que se sonrojaba. La mayonesa era del supermercado, “Provenzal”. No le sobró tiempo para batir huevos al aceite. – De bote –respondió seca. – Me lo imaginaba –Óscar suspiró, como si le hubieran diagnosticado cáncer–. Todo vinagres y químicos. Eso es veneno. Bueno, dame carne, a ver si aquí hay suerte. En silencio, Carmen le sirvió un buen trozo de lomo, lo bañó en salsa y lo acompañó de patatas al horno con tomillo. Olía tan bien que cualquier persona normal ya habría repetido. Pero Óscar era “entendido”. Dio un mordisco, masticó mirando al techo. Víctor aguardaba su dictamen con cara de ilusión, Carmen con odio. – Seco –soltó Óscar al rato–. La salsa está demasiado dulce. La carne debe saber a carne. Aquí parece postre. Y el marinado muy corto. Hay que dejarlo en kiwi o agua con gas al menos un día. – He marinado toda la noche, en mostaza y especias –susurró Carmen–. Y siempre ha gustado a todos. – Bueno, “todos” es relativo. A tus compañeras de oficina, tal vez; ellas no saben lo que es comer bien. Yo opino objetivamente: se puede comer, sí, pero no es para disfrutar. Apartó el plato con más de la mitad de la carne intacta y fue directo a las setas. – ¿Estas sí son vuestras o de lata china? – Son nuestras –escupió Carmen–. Las recogimos y las hicimos nosotros. Óscar metió una en la boca y se retorció. – Demasiado vinagre. Así terminarás con el estómago destrozado. Y mucha sal. Así se sala alguien enamorado, ¿no? –rió satisfecho con su ocurrencia–. Víctor, cuidado con el colesterol, que con esta dieta no vas lejos. Víctor carraspeó y sonrió forzado, tratando de mediar. – Venga, hermano, las setas están bien. Al vodka y para adelante. Echamos otro copa. Bebieron. Óscar se puso rojo, soltó la bufanda, pero no el abrigo, como si avisara que no pensaba quedarse mucho. – ¿Y caviar de verdad no había? –preguntó picando pan–. Este es muy pequeño. De oferta, ¿no? – Óscar, es caviar de salmón. Veinticinco euros la latita, para ti la compramos. Nosotros ni lo probamos. – Escatimar en comida es lo peor –sentenció filosófico–. Somos lo que comemos. Yo jamás compro embutido barato, antes paso hambre. Vosotros llenáis la nevera de ofertas y después os extrañáis de tener cara de foto carné. Carmen miró a Víctor. Él tenía los ojos clavados en la bandeja y masticaba carne fingiendo normalidad. Su silencio dolía mucho más que los comentarios de Óscar. Una vez más, agachaba la cabeza por su “genial” hermano. – Víctor –le preguntó Carmen–, ¿a ti la carne te parece seca? Víctor casi se atragantó. – Eh… qué va, está buenísima, Carmen. Sólo que Óscar es más exigente, qué le vamos a hacer… – Ajá, más exigente –Carmen dejó la tenedor con fuerza, sonó como un disparo contra el plato–. O sea, tengo gusto grueso y manos torcidas. Y encima cocino veneno. – Carmen, basta de dramas –bufó Óscar–. Te hago críticas constructivas, para que mejores. Deberías darme las gracias. Aquí Víctor se lo traga todo y te adula, así no progresas. Toda mujer debe superarse. – ¿Gracias? –repitió Carmen–. ¿Quieres que te dé las gracias? Se levantó de la mesa. La silla chirrió como un trueno. – Carmen, ¿adónde vas? –geme Víctor–. Si aún no hemos terminado. – Ahora vuelvo –dijo, con voz extraña–. Voy por el postre. Sé que te encanta el dulce, Óscar. Fue a la cocina. Sobre la encimera, la joya de la casa: su “Milhojas” especial, horneado ayer hasta las dos de la mañana. Doce capas de masa finísima, crema pastelera de verdad, vainilla… Carmen miró el pastel y luego el cubo de basura. Temblaba. Todo el dolor acumulado durante años se había desbordado. ¿Cuántas veces aquel hombre apareció, devoró, pidió dinero y nunca devolvió? ¿Cuántas veces despreció su decoración, su ropa, sus hijos? Y Víctor, siempre callado. Siempre defendiéndole. “Es artista, es muy sensible”. Y ella, ¿es un mueble? No tocó el pastel. Cogió una gran bandeja y volvió al salón. – ¿Traes postre? –se animó Óscar, estirando el cuello–. ¿O es una tarta industrial? Carmen comenzó a recoger platos. Primero la carne “seca”, luego la ensalada de “chicle”, luego los embutidos. – ¿Qué haces? –balbuceó Óscar, cuando su bocadillo desapareció–. ¡Si no he terminado! – ¿Para qué quieres comer esto? –le respondió, mirándole fija–. Todo es incomible. Carne seca, mayonesa tóxica, langostinos de goma, caviar de tercera. No puedo permitir que un huésped tan distinguido se envenene en mi mesa. No soy tu enemiga. Víctor saltó del asiento. – ¡Carmen! ¡Para! ¡No montes el show! ¡Ponlo de vuelta! – No, Víctor. El show real es que alguien venga a mi casa con las manos vacías, se siente en una mesa mejor que un banquete y humille a la anfitriona. – ¡No te he humillado! –protestó Óscar, ya rojo como un tomate–. Solo soy sincero. ¡Esto es España, libertad de expresión! – Justo, libertad –Carmen seguía apilando platos–. Así yo decido libremente a quién servir. Dijiste que preferías pasar hambre antes que comer bazofia. Respeto tu elección. Pasa hambre. Se marchó a la cocina cargando con la comida. En el salón quedó una quietud de cuchillo. – ¿Te has vuelto loca? –chillaba Víctor, siguiéndola–. ¡Ahora mi hermano no quiere volver! ¡Pon la comida y discúlpate YA! Carmen dejó la bandeja en la encimera, le miró sin rastro de lágrimas, sólo con fría determinación. – ¿Yo te avergüenzo? ¿Y cuando tú callabas mientras él me ridiculizaba, no te avergonzabas? ¿Eres hombre o alfombra, Víctor? Él se zampó el caviar y encima lo criticó. ¿Tú alguna vez me has regalado ese caviar, sin motivo? No. Lo mejor, siempre para los “invitados”. Y el invitado nos pisa. – Es mi hermano. ¡Sangre! – Yo soy tu mujer. Llevo diez años lavando, cocinando, limpiando. Ayer me dejé media vida cocinando hasta medianoche. ¿Para qué? Para que me diga que tengo las manos inútiles. Si sigues echándome la bronca, te pongo el milhojas en la cabeza. Hablo en serio, Víctor. Víctor retrocedió. Nunca había visto a Carmen así. Ella siempre tan dulce, tan fácil, tan “cómoda”. Ahora era una tormenta. Óscar asomó cabizbajo. – Esto… –farfulló–. Jamás me han tratado así. Vengo de corazón y me echáis en cara el pan. – ¿De corazón? –rió Carmen–. ¿Y dónde se nota tu corazón? ¿Alguna vez has traído algo? ¿Aunque sea un paquete de té? Vienes a comer y criticar. – Ahora estoy mal de dinero. ¡Es temporal! – Llevas veinte años en crisis. Pero sí para ropa, sí para saraos. Pedir cinco mil euros al mes al hermano, casi ni acordarte de devolver, eso sí es “sagrado”. – ¡Carmen, calla! –gritó Víctor–. ¡No le cuentes lo de nuestro dinero! – Nuestro dinero. El de familia, que apartamos de los niños para que comas tú y tu gourmetismo. Óscar se llevó teatralmente las manos a la cabeza. – Ya está. No aguanto más. Aquí no piso más. Víctor, no pensaba que te casarías con una borde así. Jamás vuelvo. Se fue a la puerta, Víctor detrás. – Óscar, espera. No le hagas caso, está con la regla o quemada por el trabajo. En breve se le pasa. – No, hermano. Esto no tiene perdón. Me marcho. Ni me llames hasta que haya disculpa. Portazo. Víctor quedó mirando la puerta cerrada como si se le hubiera escapado la lotería. Luego volvió despacio a la cocina, donde Carmen ya guardaba la carne en tuppers. – ¿Contenta ya? –balbuceó–. Me has enemistado con mi único hermano. – Nos he librado de un parásito –contestó ella sin mirar–. Siéntate y come, la carne sigue caliente. ¿O también te parece seca? Víctor se sentó, cabeza en las manos. – ¿Cómo has podido? Era un invitado… – Un invitado debe comportarse de invitado, no de inspector sanitario. Escucha bien, nunca, NUNCA, volveré a preparar mesa para él. Si quieres verle, te vas tú, o lo invitas a un bar. Pero con tu dinero y tu esfuerzo. Yo ya no gasto ni un céntimo ni un minuto más. – Te has vuelto dura –musitó él. – No, justa. Come o lo retiro. Víctor miró el lomo. El estómago le rugía. Un trozo. Probó. Tiernísimo, se deshacía en la boca. La salsa, un punto dulce, la mostaza, ese toque… Exquisito. – ¿Qué tal? –preguntó Carmen, notando su expresión. – Buenísimo –admitió–. De verdad, Carmen. – Ya ves. Y tu hermano no es más que un envidioso que se crece pisando a los demás. Date cuenta. Víctor masticó en silencio. Por primera vez, pensó que Carmen tenía razón. Se acordó de las manos vacías de Óscar, su tono, la vergüenza sentida ante tanto desprecio. – ¿Y el pastel? ¿Vamos a probarlo? Carmen sonrió, por primera vez sincera. – Claro. Y hago el té, como te gusta, con tomillo. Sacó el milhojas, lo cortó generoso, sirvió el té. Comieron juntos; la tensión desapareció poco a poco. – ¿Sabes? –musitó Víctor, acabando el trozo–, el mes pasado ni un regalo a mamá por su cumpleaños. “El mejor regalo soy yo”, dijo. – Lo ves –asintió Carmen–. Ya lo ves. Sonó el móvil. Mensaje de Óscar: «Si hubieras guardado algún bocadillo para el camino… Me fui con hambre. Pásame cinco mil por daños y perjuicios». Víctor leyó en voz alta. Silencio. Carmen levantó la ceja. – ¿Qué le respondes? Víctor miró a su mujer, la cocina, el pastel delicioso, el móvil. Escribió despacio: «Vete al restaurante, artista. No hay dinero». Y bloqueó el contacto. – ¿Qué pusiste? –preguntó Carmen. – Le dije que vamos a dormir. Carmen fingió creérselo, pero vio la pantalla de reojo. Se acercó y abrazó a Víctor por los hombros. – Muy bien, Víctor. Aunque te cueste. Esa noche, los dos aprendieron algo valioso. A veces, para salvar la familia, hay que sacar a quienes sobran. Incluso si son de la sangre. Y la carne, por cierto, estaba para chuparse los dedos –por mucho que digan los “expertos” sin un duro.

Ayer

¿Dónde dejas esa ensaladera? ¡Estás tapando la bandeja de embutidos! Y, por favor, mueve las copas, que ahora viene Óscar y ya sabes que le gusta tener espacio para gesticular mientras habla.

Víctor iba de un lado a otro, recolocando con nervio el cristal sobre la mesa, casi dejando caer los tenedores. Yo, Aurora, respiraba hondo mientras me secaba las manos en el delantal. Llevaba desde las nueve frente a la vitro, y las piernas me dolían como si fueran de plomo, la espalda, justo debajo de los omóplatos, me quemaba. Pero no había tiempo de quejarse. Hoy venía el invitado estrella: el hermano menor de mi marido, Óscar.

Tranquilo, Víctor le dije, esforzándome para que mi voz sonara serena. La mesa está perfecta. Mejor dime si has comprado pan de pueblo. Que la otra vez Óscar protestó porque solo teníamos barra, y él vaya hombre está cuidándose.

Lo tengo, lo tengo, hogaza integral de centeno, como le gusta a él por poco se tropieza corriendo hacia la panera. Aurora, ¿y la carne? ¿Está lista seguro? Ya sabes que Óscar se pasa la vida probando sitios, no le va a impresionar una simple hamburguesa.

Fruncí los labios. Por supuesto que lo sabía. Óscar, soltero de cuarenta años, empeñado en que es un artista libre cuando en realidad vive de trabajos eventuales y de la pensión de su madre, se cree un gourmet insuperable. Cada vez que viene, para mí es un examen donde sé de antemano que no voy a sacar buena nota.

He asado lomo de cerdo en salsa de miel y mostaza dije con precisión. Lo he comprado fresco en el mercado, casi nueve euros el kilo. Si ni así le convence, me lavo las manos.

Qué carácter tienes, de verdad respondió mi marido, con ese tic de fruncir el ceño que me exaspera. Ha estado medio año sin venir. Hoy quiere hacer ambiente de familia. Esfuérzate, ¿vale? No está en su mejor momento, busca su sitio.

Busca dinero, no su sitio, pensé, pero callé. Víctor idolatra a su hermano pequeño, lo ha puesto siempre en un altar y no tolera la menor crítica.

El timbre sonó exactamente a las siete. Me quité rápido el delantal, me arreglé el pelo ante el espejo del recibidor y puse mi sonrisa más protocolaria. Víctor ya abría la puerta, radiante como si le hubieran dado un premio.

¡Óscar! ¡Por fin, hermano!

Óscar ocupaba el umbral con aire de triunfador: abrigo de marca abierto, bufanda tirada sobre el hombro, barba de dos días que le hace sentirse más interesante. Abraza a Víctor con parsimonia, pero solo le da unas palmaditas en la espalda.

Le miro las manos. Vacías. Ni bolsa de pasteles, ni una triste caja de bombones, ni flor. No trae nada para la casa donde lleva medio año sin aparecer, ni siquiera una chocolatina para los niños, que esta noche, por suerte, están con la abuela.

Hola, Aurora me saluda sin mirarme de frente, olisqueando el pasillo. ¿Habéis cambiado el papel de la pared? El color es un poco hospital, ¿no? Bueno, si os gusta a vosotros

Buenas tardes, Óscar le contesto templada. Lava las manos, por favor. Hay zapatillas nuevas.

Si ni he traído las mías, y esas de invitado cualquiera coge un hongo. Paso, me quedo con los calcetines. ¿El suelo está limpio, no?

La rabia empieza a burbujearme por dentro. Había fregado dos veces solo para recibirle.

Limpísimo, Óscar. Ven, que está la mesa puesta.

Nos sentamos en el salón. La mesa, la verdad, estaba elegante: mantel blanco, servilletas de tela caras, tres tipos de ensalada, bandeja de embutidos y quesos, huevas de salmón, setas en escabeche que yo misma había embotado en otoño, y en el centro, la carne humeante.

Óscar se reclina, observando el festín. Víctor destapa la botella de brandy un Torres de cinco años, comprado especialmente para su hermano.

¡Por la familia! proclama Víctor, llenando los vasos.

Óscar coge el suyo, gira el líquido, observa al trasluz, huele.

¿Torres? pone cara de vinagre Bueno Yo prefiero francés, tiene más matices. Este huele a alcohol puro. Pero mira, a caballo regalado

Se lo toma de un trago, ni lo saborea, y va directo a por el embutido más caro.

Sírvete, Óscar le acerco la ensaladera. Esta es de gambas con aguacate, receta nueva.

El invita a una gamba con el tenedor, la estudia como un joyero.

¿Congeladas? inquiere tajante.

Claro, aquí no estamos en Motril le contesto. Las compré hoy, del súper, son grandes.

Chicle dictamina, dejando la gamba en el cuenco. Aurora, te has pasado con la cocción. La gamba, dos minutos exactos en agua hirviendo. Si no, se pone correosa. Y el aguacate está poco hecho. Cruje.

Víctor, con la cuchara de ensalada en el aire, se queda parado.

venga, hombre, ¡está buenísimo! Lo probé antes, te ha salido perfecto.

Víctor, el gusto se educa sentencia su hermano. Si siempre comes sucedáneos, nunca sabrás lo que es la gastronomía de verdad. Yo, por ejemplo, estuve el otro día en la inauguración de un restaurante nuevo, y nos dieron ceviche de vieira. ¡Eso sí era textura! Aquí Al menos la mayonesa es casera, ¿o no?

Siento mi cara encendida. La mayonesa es de bote, Prima. Hoy no tuve tiempo de hacerla a mano.

De supermercado contesto seca.

Lo que me temía suspira como quien recibe un veredicto médico grave. Vinagre, conservantes, «almidón». Puro veneno. Bueno, a ver tu carne, que espero que, por lo menos

Sin decir nada, le sirvo una buena porción de lomo, bien jugoso, con su salsa y patatas asadas con romero. El aroma, para cualquiera, sería irresistible Pero Óscar no es cualquiera, es entendido.

Corta un trozo, mastica largo rato mirando el techo. Víctor me observa, esperando un milagro. Yo lo miro ya directamente con rabia.

Seco resume al fin Óscar. Y la salsa la miel tapa todo. Demasiado dulce. La carne debe saber a carne, no a postre. Y el marinado Se nota que ha estado poco tiempo. Eso se deja con kiwi o agua mineral, día entero.

Lo dejé toda la noche, con especias y mostaza contesto. Siempre ha gustado.

Siempre es relativo. A tus amigas igual les gusta, que no han probado más que zanahorias en la vida. Yo hablo profesionalmente. Para comer, vale, si tienes hambre, pero placer, ninguno.

Aparta el plato apenas tocado nueve euros por ese corte y va a por las setas.

¿Son del campo, al menos? ¿O las típicas de China del tarro?

Son nuestras doy entre dientes. Las cogimos y salamos nosotros.

Óscar mastica una, pone cara agria.

Mucho vinagre. Así se te quema el estómago. Y sal de sobra. Qué, ¿te has enamorado? Se dice que las enamoradas salan de más se ríe solo con su chiste. Víctor, tú ojo con la tensión, con esa dieta no llegas a viejo.

Mi marido se ríe tenso, intentando suavizar el ambiente.

Que no te pases, hombre, están buenas. Con un chupito acompañan de maravilla. Sirve otra ronda, anda.

Bebieron algo más. Óscar se soltó, aflojó la bufanda, pero mantenía el abrigo, dejando ver que no pensaba quedarse mucho ni iba a sentirse en casa.

¿Y no había huevas mejores? remueve un canapé. Estas son pequeñas y con piel. ¿Eran de oferta?

Son de salmón, seis mil euros el kilo no aguanté más; se me quebró la voz. Las compramos solo para ti. Nosotros ni las tocamos. Ahorramos para que puedas probarlas.

Ahorrar en comida nunca es buena idea soltó Óscar, llevándose otro canapé con la supuesta hueva mala. Somos lo que comemos. Yo jamás compro chorizo barato. Mejor ayunar que tragar porquería. Pero vosotros llenáis el frigorífico con basura de oferta y luego os sorprendéis por el mal humor, la cara gris.

Miré a Víctor. Él masticaba carne con la vista clavada en el plato, queriendo desaparecer. Su silencio me dolía más que todas las palabras de Óscar. Como siempre, prefería callar y no contrariar a su adorado hermanito.

Víctor le pregunté, antes de explotar. ¿Te parece seca la carne?

Se atragantó.

Eh no, Aurora, está buenísima. De verdad. Pero Óscar sabe más. Tiene paladar de artista

¿De artista? solté el tenedor, sonó contra la porcelana como un trueno. O sea, mi gusto es vulgar. Y mis manos torpes. Y cocino veneno.

No te pongas así se molestó Óscar. Solo te hago crítica constructiva. Para que mejores. Deberías estarme agradecida. Si Víctor te aplaude todo sin criterio, luego te acomodas. Una mujer debe superarse.

¿Agradecida? repetí. ¿Debería darte las gracias?

Me levanté. La silla chirrió desagradable.

Aurora, ¿a dónde vas? suplicó Víctor. Todavía no abrimos el postre.

Ahora vuelvo logré decir. Voy a por el dulce. Óscar, que eres de buen diente.

Salí a la cocina. Ahí estaba mi Milhojas casero, doce capas finísimas, crema pastelera hecha con yemas frescas y vainilla natural Lo miré, luego miré el cubo de basura.

Las manos me temblaban. Todo el rencor guardado en años se fue directito a los dedos, desbordando la prudencia. ¿Cuántas veces ha venido este hombre, ha cenado, ha bebido, ha pedido dinero y nunca ha devuelto nada? ¿Cuántas veces ha criticado mi decoración, mi ropa, mis hijos? Y Víctor, siempre callando. Es artista, es sensible, me decía. ¿Y yo, entonces, qué era? ¿De hierro?

No cogí el postre. Tomé una bandeja y volví al salón.

¿Ya hay postre? se animó Óscar, estirando el cuello. Espero que no sea uno de esos pasteluchos de supermercado.

Me acerqué a la mesa y, calma, empecé a recoger: primero la carne, luego la ensalada, luego la bandeja de embutidos.

¿Qué haces? preguntó desconcertado Óscar al ver desaparecer su plato. ¡Si no he terminado!

¿Para qué seguir comiendo? le respondí. Todo esto es incomible: carne seca, ensaladas con veneno de mayonesa, gambas de goma, hueva infame No puedo dejar que mi invitado se intoxique. No sería buena anfitriona.

Víctor se levantó de golpe.

¡Para, Aurora! ¡Ya está bien! ¡Vuelve a poner la comida! ¡Pide disculpas ya!

Fui a la cocina, dejé la bandeja en la encimera y me di la vuelta. Sin lágrimas, solo con hielo en la firmeza.

¿Yo te avergüenzo? ¿Y tú, cuando dejabas que me humillara, no te avergonzabas? ¿Eres hombre o un felpudo, Víctor? Solo faltó que te comprara yo la hueva para tu cumpleaños. Lo mejor siempre para los invitados, y el invitado trata nuestra casa como un campo de fútbol.

¡Es mi hermano! ¡Mi sangre!

Y yo tu mujer. Diez años cociendo, limpiando, cuidando. Anoche me acosté a las dos por este puñetero Milhojas. ¿Para qué? ¿Para que me diga que soy una inútil? Si no te callas, con el Milhojas te baptizo la cabeza. No estoy bromeando.

Nunca me había visto así, y la sorpresa le clavó en el sitio. Yo, Aurora, siempre dócil, conciliadora. Ahora era una tormenta, lista para arrasar.

Óscar, al oír el alboroto, se asoma. Ya no lleva el aire seguro, sino de niño apaleado.

Bueno, esto ya Nunca me han recibido igual. Venía de corazón, y ahora me reprocháis hasta el pan.

¿De corazón? ¿Dónde está ese corazón, Óscar? ¿En tus manos vacías? Ni una vez has traído nada. Vienes solo a tragar y a criticar.

Ahora estoy fatal, son problemas temporales.

Temporales llevan veinte años. Pero abrigo nuevo, bufanda cara, y de eventos vas de sobra. Para pedir dinero, sí, pero devolverlo bueno.

¡Cállate, Aurora! gritó Víctor. No hables de dinero ajeno.

No es ajeno, es de nuestra familia, lo que quitamos a los niños y se lo das a este gourmet de saldo.

Óscar se lleva la mano al pecho dramáticamente.

Ya está, me largo ahora mismo. Víctor, no pensaba que te casarías con semejante verdulera. No vuelvo a pisar esta casa.

Da media vuelta y va al recibidor. Víctor se le pega detrás.

¡Óscar, espera! No escuches a Aurora, estará con la regla, o del trabajo, se ha alterado. Se le pasa

No, hermano su voz resonaba de teatro. Esto es imperdonable. Me voy. No me llames hasta que pida perdón.

Portazo.

Víctor quedó en el pasillo, mirando la puerta como si fuera la boca del infierno. Luego vino a la cocina donde yo ya estaba guardando la carne en tuppers.

¿Contenta? me preguntó apagado. Has provocado una ruptura entre hermanos.

He quitado un parásito le respondí, sin girarme. Siéntate y cena. Todavía está caliente. O también te parece seco.

Él se sienta, se agarra la cabeza. El olor de la carne le tienta. Coge el tenedor, prueba.

La carne está suave, se deshace en la boca. La salsa combina dulce y picante, la mostaza le da carácter. Espectacular.

¿Qué tal? le pregunto, viendo su cara de placer.

Buenísimo admite, bajito. De verdad, Aurora.

Ya ves. Tu hermano, al final, solo es un envidioso que vive criticando para sentirse mejor. A ver si lo ves.

Víctor masticaba y meditaba. Tal vez, por primera vez, pensaba que yo tenía razón. Recordó las manos vacías de Óscar, su tonillo. Hasta él se sintió ridículo ante sus críticas.

¿Y el postre? preguntó, tímido. ¿Probamos el milhojas?

Le sonreí, sincera por primera vez en toda la tarde.

Por supuesto. Te hago un té con tomillo, como te gusta.

Corté generosas porciones de milhojas. Nos sentamos juntos, en la cocina, y poco a poco la tensión aflojó.

¿Sabes? reflexionó Víctor, acabando la segunda ración. El mes pasado ni le regaló nada a mamá en su santo. Dijo que él era el mejor regalo.

Ves, ahora vas entrando en razón.

Su móvil pitó. Era Óscar: “Podías haberme dado unos bocatas, que me he ido sin cenar. Por cierto, me debes 50 euros por el trauma”.

Víctor leyó en voz alta. Hice un gesto interrogante.

¿Y qué vas a contestar?

Él me miró, miró la mesa, el postre, la paz de la cocina. Tecló despacio: “Come fuera, que tú solo vas a restaurantes. Nosotros, sin dinero”. Y le bloqueó.

¿Qué pusiste? pregunté.

Que nos vamos a dormir.

Hice como que me lo creía, aunque vi el móvil de reojo. Me acerqué y le abracé por los hombros.

Muy bien hecho, Víctor. Has tardado, pero has llegado.

Esa noche, entendimos algo importante el uno del otro. A veces, para salvar una familia, hay que echar a los sobrantes. Incluso si son de la propia sangre. Y la carne, por cierto, estaba sublime aunque haya gourmets que vivan de prestado y nunca lo valoren.

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MagistrUm
Ayer – Pero ¿dónde vas a poner esa ensaladera, hombre? ¡Que tapa toda la bandeja de fiambres! Y aparta las copas, que ahora viene Óscar y ya sabes que necesita espacio para gesticular como si estuviera en un tablao. Víctor revolvía nervioso el cristal sobre la mesa, a punto de tirar los tenedores. Carmen soltó un suspiro tan hondo que retumbó en la cocina, secándose las manos en el delantal. Llevaba desde el amanecer entre fogones; las piernas le ardían como si fueran de plomo y la espalda se quejaba en ese sitio de siempre, justo bajo los omóplatos. Pero no había tiempo para lamentos: hoy venía el “invitado estelar” –el hermano menor de su marido, Óscar. – Relájate un poco, Víctor –le pidió Carmen, esforzándose por sonar tranquila–. La mesa está perfecta. Por cierto, ¿compraste pan de pueblo? Que la última vez Óscar se quejó de que sólo teníamos baguette, y ahora, mírale, que está cuidando línea. – Sí, sí, compré buen pan negro, de esos con cominos, como le gusta a él –Víctor corrió hacia la panera–. Carmen, ¿la carne está lista? Ya sabes que él tiene el paladar fino, que no se impresiona con una simple hamburguesa. Carmen apretó los labios. Claro que lo sabía. Óscar, soltero de cuarenta, autoproclamado “artista libre”, aunque en realidad vivía de trapicheos y de la ayuda de su madre, se creía gurú gastronómico. Cada vez que venía, Carmen sentía que se le examinaba como si estuviera en «MasterChef», sabiendo que iba a suspender. – He hecho lomo asado con salsa de miel y mostaza –puntualizó–. Carne fresca del mercado, casi veinte euros el kilo. Si con esto no le vale, yo me retiro. – No te pongas así –gruñó Víctor–. ¡Es mi hermano! Lleva medio año sin venir, quiere vernos. Intenta que esté todo bien, ¿vale? Ahora anda «buscándose a sí mismo». “Buscándose el dinero”, pensó Carmen, pero no dijo nada. Víctor idolatraba a su hermano pequeño, lo tenía por genio incomprendido y se ofendía con cualquier comentario sobre él. El timbre sonó puntual a las siete. Carmen se quitó el delantal a toda prisa, se arregló el pelo ante el espejo y forzó una sonrisa. Víctor ya estaba en la puerta, radiante como un botijo recién pulido. – ¡Óscar, hermano! ¡Al fin! Allí estaba Óscar: abrigo de diseño abierto, bufanda al hombro, barba de tres días lograda, como si hubiera salido de una sesión de moda en Malasaña. Dejó abrazarse, pero a Víctor sólo le dio dos golpecitos en la espalda. Carmen buscó algo en sus manos: nada. Sin bolsa, ni caja de dulces, ni siquiera una mísera flor. Entró en casa después de medio año sin aparecer, con una mesa rebosando comida, y ni un detalle. Ni para los niños, que por suerte estaban en casa de la abuela, ni un chocolate. – Buenas, Carmen –asintió, mirando el pasillo sin descalzarse–. ¿Habéis cambiado el papel? Se ve todo muy… hospitalario. Bueno, a gusto de cada uno. – Hola, Óscar –contestó ella–. Pasa, lávate las manos por favor. Tienes zapatillas nuevas aquí. – No traigo las mías. Y con las de otros igual pillo hongos –se excusó Óscar–. Yo voy en calcetines, ¿el suelo limpio? Carmen sintió la rabia subirle por dentro. Había limpiado el suelo dos veces para él. – Impecable, Óscar. Ven a la mesa. Se sentaron en el salón. La mesa sí que parecía sacada de una boda: mantel blanco, servilletas de lino, tres tipos de ensaldas, embutidos, quesos, caviar rojo, setas en escabeche caseras de Carmen, y la carne aún humeante en el centro. Óscar se dejó caer en la silla como un marqués, escudriñando el festín. Víctor se afanaba abriendo una botella de brandy caro que había comprado solo para él. – ¡Por el reencuentro! –exclamó Víctor, sirviendo los vasos. Óscar cogió su copa, la giró, miró al trasluz, olfateó. – ¿Es español? –puso cara de asco–. Yo prefiero francés, tiene más carácter. Este sabe mucho a alcohol. Bueno, qué se le va a hacer, a caballo regalado… Se lo bebió de golpe y a por la bandeja. Carmen vio cómo elegía el trozo más caro de jamón ibérico. – Sírvete, Óscar –le ofreció, acercándole la ensaladera–. Aquí tienes una ensalada de langostinos y aguacates, receta nueva. Óscar pinchó un langostino, lo examinó como si fuera oro en el Retiro. – ¿Congelados, verdad? – Claro, aquí no estamos en la costa –se extrañó Carmen–. Pero son buenísimos, de los grandes. – Chicle. Los has cocido de más, Carmen. El marisco sólo dos minutos en agua hirviendo. Y el aguacate está duro todavía, cruje. Víctor, que ya se servía ensalada, se paralizó con la cuchara en el aire. – Venga, Óscar, está buenísimo. Yo ya lo he probado. – Víctor, hay que educar el gusto –sentenció el hermano–. Si te acostumbras al sucedáneo, nunca distinguirás la verdadera cocina. Yo la semana pasada estuve en la presentación de un restaurante, con ceviche de vieira. Esa textura sí que era otra cosa. ¿El aliño por lo menos es casero? Carmen sintió que se sonrojaba. La mayonesa era del supermercado, “Provenzal”. No le sobró tiempo para batir huevos al aceite. – De bote –respondió seca. – Me lo imaginaba –Óscar suspiró, como si le hubieran diagnosticado cáncer–. Todo vinagres y químicos. Eso es veneno. Bueno, dame carne, a ver si aquí hay suerte. En silencio, Carmen le sirvió un buen trozo de lomo, lo bañó en salsa y lo acompañó de patatas al horno con tomillo. Olía tan bien que cualquier persona normal ya habría repetido. Pero Óscar era “entendido”. Dio un mordisco, masticó mirando al techo. Víctor aguardaba su dictamen con cara de ilusión, Carmen con odio. – Seco –soltó Óscar al rato–. La salsa está demasiado dulce. La carne debe saber a carne. Aquí parece postre. Y el marinado muy corto. Hay que dejarlo en kiwi o agua con gas al menos un día. – He marinado toda la noche, en mostaza y especias –susurró Carmen–. Y siempre ha gustado a todos. – Bueno, “todos” es relativo. A tus compañeras de oficina, tal vez; ellas no saben lo que es comer bien. Yo opino objetivamente: se puede comer, sí, pero no es para disfrutar. Apartó el plato con más de la mitad de la carne intacta y fue directo a las setas. – ¿Estas sí son vuestras o de lata china? – Son nuestras –escupió Carmen–. Las recogimos y las hicimos nosotros. Óscar metió una en la boca y se retorció. – Demasiado vinagre. Así terminarás con el estómago destrozado. Y mucha sal. Así se sala alguien enamorado, ¿no? –rió satisfecho con su ocurrencia–. Víctor, cuidado con el colesterol, que con esta dieta no vas lejos. Víctor carraspeó y sonrió forzado, tratando de mediar. – Venga, hermano, las setas están bien. Al vodka y para adelante. Echamos otro copa. Bebieron. Óscar se puso rojo, soltó la bufanda, pero no el abrigo, como si avisara que no pensaba quedarse mucho. – ¿Y caviar de verdad no había? –preguntó picando pan–. Este es muy pequeño. De oferta, ¿no? – Óscar, es caviar de salmón. Veinticinco euros la latita, para ti la compramos. Nosotros ni lo probamos. – Escatimar en comida es lo peor –sentenció filosófico–. Somos lo que comemos. Yo jamás compro embutido barato, antes paso hambre. Vosotros llenáis la nevera de ofertas y después os extrañáis de tener cara de foto carné. Carmen miró a Víctor. Él tenía los ojos clavados en la bandeja y masticaba carne fingiendo normalidad. Su silencio dolía mucho más que los comentarios de Óscar. Una vez más, agachaba la cabeza por su “genial” hermano. – Víctor –le preguntó Carmen–, ¿a ti la carne te parece seca? Víctor casi se atragantó. – Eh… qué va, está buenísima, Carmen. Sólo que Óscar es más exigente, qué le vamos a hacer… – Ajá, más exigente –Carmen dejó la tenedor con fuerza, sonó como un disparo contra el plato–. O sea, tengo gusto grueso y manos torcidas. Y encima cocino veneno. – Carmen, basta de dramas –bufó Óscar–. Te hago críticas constructivas, para que mejores. Deberías darme las gracias. Aquí Víctor se lo traga todo y te adula, así no progresas. Toda mujer debe superarse. – ¿Gracias? –repitió Carmen–. ¿Quieres que te dé las gracias? Se levantó de la mesa. La silla chirrió como un trueno. – Carmen, ¿adónde vas? –geme Víctor–. Si aún no hemos terminado. – Ahora vuelvo –dijo, con voz extraña–. Voy por el postre. Sé que te encanta el dulce, Óscar. Fue a la cocina. Sobre la encimera, la joya de la casa: su “Milhojas” especial, horneado ayer hasta las dos de la mañana. Doce capas de masa finísima, crema pastelera de verdad, vainilla… Carmen miró el pastel y luego el cubo de basura. Temblaba. Todo el dolor acumulado durante años se había desbordado. ¿Cuántas veces aquel hombre apareció, devoró, pidió dinero y nunca devolvió? ¿Cuántas veces despreció su decoración, su ropa, sus hijos? Y Víctor, siempre callado. Siempre defendiéndole. “Es artista, es muy sensible”. Y ella, ¿es un mueble? No tocó el pastel. Cogió una gran bandeja y volvió al salón. – ¿Traes postre? –se animó Óscar, estirando el cuello–. ¿O es una tarta industrial? Carmen comenzó a recoger platos. Primero la carne “seca”, luego la ensalada de “chicle”, luego los embutidos. – ¿Qué haces? –balbuceó Óscar, cuando su bocadillo desapareció–. ¡Si no he terminado! – ¿Para qué quieres comer esto? –le respondió, mirándole fija–. Todo es incomible. Carne seca, mayonesa tóxica, langostinos de goma, caviar de tercera. No puedo permitir que un huésped tan distinguido se envenene en mi mesa. No soy tu enemiga. Víctor saltó del asiento. – ¡Carmen! ¡Para! ¡No montes el show! ¡Ponlo de vuelta! – No, Víctor. El show real es que alguien venga a mi casa con las manos vacías, se siente en una mesa mejor que un banquete y humille a la anfitriona. – ¡No te he humillado! –protestó Óscar, ya rojo como un tomate–. Solo soy sincero. ¡Esto es España, libertad de expresión! – Justo, libertad –Carmen seguía apilando platos–. Así yo decido libremente a quién servir. Dijiste que preferías pasar hambre antes que comer bazofia. Respeto tu elección. Pasa hambre. Se marchó a la cocina cargando con la comida. En el salón quedó una quietud de cuchillo. – ¿Te has vuelto loca? –chillaba Víctor, siguiéndola–. ¡Ahora mi hermano no quiere volver! ¡Pon la comida y discúlpate YA! Carmen dejó la bandeja en la encimera, le miró sin rastro de lágrimas, sólo con fría determinación. – ¿Yo te avergüenzo? ¿Y cuando tú callabas mientras él me ridiculizaba, no te avergonzabas? ¿Eres hombre o alfombra, Víctor? Él se zampó el caviar y encima lo criticó. ¿Tú alguna vez me has regalado ese caviar, sin motivo? No. Lo mejor, siempre para los “invitados”. Y el invitado nos pisa. – Es mi hermano. ¡Sangre! – Yo soy tu mujer. Llevo diez años lavando, cocinando, limpiando. Ayer me dejé media vida cocinando hasta medianoche. ¿Para qué? Para que me diga que tengo las manos inútiles. Si sigues echándome la bronca, te pongo el milhojas en la cabeza. Hablo en serio, Víctor. Víctor retrocedió. Nunca había visto a Carmen así. Ella siempre tan dulce, tan fácil, tan “cómoda”. Ahora era una tormenta. Óscar asomó cabizbajo. – Esto… –farfulló–. Jamás me han tratado así. Vengo de corazón y me echáis en cara el pan. – ¿De corazón? –rió Carmen–. ¿Y dónde se nota tu corazón? ¿Alguna vez has traído algo? ¿Aunque sea un paquete de té? Vienes a comer y criticar. – Ahora estoy mal de dinero. ¡Es temporal! – Llevas veinte años en crisis. Pero sí para ropa, sí para saraos. Pedir cinco mil euros al mes al hermano, casi ni acordarte de devolver, eso sí es “sagrado”. – ¡Carmen, calla! –gritó Víctor–. ¡No le cuentes lo de nuestro dinero! – Nuestro dinero. El de familia, que apartamos de los niños para que comas tú y tu gourmetismo. Óscar se llevó teatralmente las manos a la cabeza. – Ya está. No aguanto más. Aquí no piso más. Víctor, no pensaba que te casarías con una borde así. Jamás vuelvo. Se fue a la puerta, Víctor detrás. – Óscar, espera. No le hagas caso, está con la regla o quemada por el trabajo. En breve se le pasa. – No, hermano. Esto no tiene perdón. Me marcho. Ni me llames hasta que haya disculpa. Portazo. Víctor quedó mirando la puerta cerrada como si se le hubiera escapado la lotería. Luego volvió despacio a la cocina, donde Carmen ya guardaba la carne en tuppers. – ¿Contenta ya? –balbuceó–. Me has enemistado con mi único hermano. – Nos he librado de un parásito –contestó ella sin mirar–. Siéntate y come, la carne sigue caliente. ¿O también te parece seca? Víctor se sentó, cabeza en las manos. – ¿Cómo has podido? Era un invitado… – Un invitado debe comportarse de invitado, no de inspector sanitario. Escucha bien, nunca, NUNCA, volveré a preparar mesa para él. Si quieres verle, te vas tú, o lo invitas a un bar. Pero con tu dinero y tu esfuerzo. Yo ya no gasto ni un céntimo ni un minuto más. – Te has vuelto dura –musitó él. – No, justa. Come o lo retiro. Víctor miró el lomo. El estómago le rugía. Un trozo. Probó. Tiernísimo, se deshacía en la boca. La salsa, un punto dulce, la mostaza, ese toque… Exquisito. – ¿Qué tal? –preguntó Carmen, notando su expresión. – Buenísimo –admitió–. De verdad, Carmen. – Ya ves. Y tu hermano no es más que un envidioso que se crece pisando a los demás. Date cuenta. Víctor masticó en silencio. Por primera vez, pensó que Carmen tenía razón. Se acordó de las manos vacías de Óscar, su tono, la vergüenza sentida ante tanto desprecio. – ¿Y el pastel? ¿Vamos a probarlo? Carmen sonrió, por primera vez sincera. – Claro. Y hago el té, como te gusta, con tomillo. Sacó el milhojas, lo cortó generoso, sirvió el té. Comieron juntos; la tensión desapareció poco a poco. – ¿Sabes? –musitó Víctor, acabando el trozo–, el mes pasado ni un regalo a mamá por su cumpleaños. “El mejor regalo soy yo”, dijo. – Lo ves –asintió Carmen–. Ya lo ves. Sonó el móvil. Mensaje de Óscar: «Si hubieras guardado algún bocadillo para el camino… Me fui con hambre. Pásame cinco mil por daños y perjuicios». Víctor leyó en voz alta. Silencio. Carmen levantó la ceja. – ¿Qué le respondes? Víctor miró a su mujer, la cocina, el pastel delicioso, el móvil. Escribió despacio: «Vete al restaurante, artista. No hay dinero». Y bloqueó el contacto. – ¿Qué pusiste? –preguntó Carmen. – Le dije que vamos a dormir. Carmen fingió creérselo, pero vio la pantalla de reojo. Se acercó y abrazó a Víctor por los hombros. – Muy bien, Víctor. Aunque te cueste. Esa noche, los dos aprendieron algo valioso. A veces, para salvar la familia, hay que sacar a quienes sobran. Incluso si son de la sangre. Y la carne, por cierto, estaba para chuparse los dedos –por mucho que digan los “expertos” sin un duro.