Ayer
¿Dónde dejas esa ensaladera? ¡Estás tapando la bandeja de embutidos! Y, por favor, mueve las copas, que ahora viene Óscar y ya sabes que le gusta tener espacio para gesticular mientras habla.
Víctor iba de un lado a otro, recolocando con nervio el cristal sobre la mesa, casi dejando caer los tenedores. Yo, Aurora, respiraba hondo mientras me secaba las manos en el delantal. Llevaba desde las nueve frente a la vitro, y las piernas me dolían como si fueran de plomo, la espalda, justo debajo de los omóplatos, me quemaba. Pero no había tiempo de quejarse. Hoy venía el invitado estrella: el hermano menor de mi marido, Óscar.
Tranquilo, Víctor le dije, esforzándome para que mi voz sonara serena. La mesa está perfecta. Mejor dime si has comprado pan de pueblo. Que la otra vez Óscar protestó porque solo teníamos barra, y él vaya hombre está cuidándose.
Lo tengo, lo tengo, hogaza integral de centeno, como le gusta a él por poco se tropieza corriendo hacia la panera. Aurora, ¿y la carne? ¿Está lista seguro? Ya sabes que Óscar se pasa la vida probando sitios, no le va a impresionar una simple hamburguesa.
Fruncí los labios. Por supuesto que lo sabía. Óscar, soltero de cuarenta años, empeñado en que es un artista libre cuando en realidad vive de trabajos eventuales y de la pensión de su madre, se cree un gourmet insuperable. Cada vez que viene, para mí es un examen donde sé de antemano que no voy a sacar buena nota.
He asado lomo de cerdo en salsa de miel y mostaza dije con precisión. Lo he comprado fresco en el mercado, casi nueve euros el kilo. Si ni así le convence, me lavo las manos.
Qué carácter tienes, de verdad respondió mi marido, con ese tic de fruncir el ceño que me exaspera. Ha estado medio año sin venir. Hoy quiere hacer ambiente de familia. Esfuérzate, ¿vale? No está en su mejor momento, busca su sitio.
Busca dinero, no su sitio, pensé, pero callé. Víctor idolatra a su hermano pequeño, lo ha puesto siempre en un altar y no tolera la menor crítica.
El timbre sonó exactamente a las siete. Me quité rápido el delantal, me arreglé el pelo ante el espejo del recibidor y puse mi sonrisa más protocolaria. Víctor ya abría la puerta, radiante como si le hubieran dado un premio.
¡Óscar! ¡Por fin, hermano!
Óscar ocupaba el umbral con aire de triunfador: abrigo de marca abierto, bufanda tirada sobre el hombro, barba de dos días que le hace sentirse más interesante. Abraza a Víctor con parsimonia, pero solo le da unas palmaditas en la espalda.
Le miro las manos. Vacías. Ni bolsa de pasteles, ni una triste caja de bombones, ni flor. No trae nada para la casa donde lleva medio año sin aparecer, ni siquiera una chocolatina para los niños, que esta noche, por suerte, están con la abuela.
Hola, Aurora me saluda sin mirarme de frente, olisqueando el pasillo. ¿Habéis cambiado el papel de la pared? El color es un poco hospital, ¿no? Bueno, si os gusta a vosotros
Buenas tardes, Óscar le contesto templada. Lava las manos, por favor. Hay zapatillas nuevas.
Si ni he traído las mías, y esas de invitado cualquiera coge un hongo. Paso, me quedo con los calcetines. ¿El suelo está limpio, no?
La rabia empieza a burbujearme por dentro. Había fregado dos veces solo para recibirle.
Limpísimo, Óscar. Ven, que está la mesa puesta.
Nos sentamos en el salón. La mesa, la verdad, estaba elegante: mantel blanco, servilletas de tela caras, tres tipos de ensalada, bandeja de embutidos y quesos, huevas de salmón, setas en escabeche que yo misma había embotado en otoño, y en el centro, la carne humeante.
Óscar se reclina, observando el festín. Víctor destapa la botella de brandy un Torres de cinco años, comprado especialmente para su hermano.
¡Por la familia! proclama Víctor, llenando los vasos.
Óscar coge el suyo, gira el líquido, observa al trasluz, huele.
¿Torres? pone cara de vinagre Bueno Yo prefiero francés, tiene más matices. Este huele a alcohol puro. Pero mira, a caballo regalado
Se lo toma de un trago, ni lo saborea, y va directo a por el embutido más caro.
Sírvete, Óscar le acerco la ensaladera. Esta es de gambas con aguacate, receta nueva.
El invita a una gamba con el tenedor, la estudia como un joyero.
¿Congeladas? inquiere tajante.
Claro, aquí no estamos en Motril le contesto. Las compré hoy, del súper, son grandes.
Chicle dictamina, dejando la gamba en el cuenco. Aurora, te has pasado con la cocción. La gamba, dos minutos exactos en agua hirviendo. Si no, se pone correosa. Y el aguacate está poco hecho. Cruje.
Víctor, con la cuchara de ensalada en el aire, se queda parado.
venga, hombre, ¡está buenísimo! Lo probé antes, te ha salido perfecto.
Víctor, el gusto se educa sentencia su hermano. Si siempre comes sucedáneos, nunca sabrás lo que es la gastronomía de verdad. Yo, por ejemplo, estuve el otro día en la inauguración de un restaurante nuevo, y nos dieron ceviche de vieira. ¡Eso sí era textura! Aquí Al menos la mayonesa es casera, ¿o no?
Siento mi cara encendida. La mayonesa es de bote, Prima. Hoy no tuve tiempo de hacerla a mano.
De supermercado contesto seca.
Lo que me temía suspira como quien recibe un veredicto médico grave. Vinagre, conservantes, «almidón». Puro veneno. Bueno, a ver tu carne, que espero que, por lo menos
Sin decir nada, le sirvo una buena porción de lomo, bien jugoso, con su salsa y patatas asadas con romero. El aroma, para cualquiera, sería irresistible Pero Óscar no es cualquiera, es entendido.
Corta un trozo, mastica largo rato mirando el techo. Víctor me observa, esperando un milagro. Yo lo miro ya directamente con rabia.
Seco resume al fin Óscar. Y la salsa la miel tapa todo. Demasiado dulce. La carne debe saber a carne, no a postre. Y el marinado Se nota que ha estado poco tiempo. Eso se deja con kiwi o agua mineral, día entero.
Lo dejé toda la noche, con especias y mostaza contesto. Siempre ha gustado.
Siempre es relativo. A tus amigas igual les gusta, que no han probado más que zanahorias en la vida. Yo hablo profesionalmente. Para comer, vale, si tienes hambre, pero placer, ninguno.
Aparta el plato apenas tocado nueve euros por ese corte y va a por las setas.
¿Son del campo, al menos? ¿O las típicas de China del tarro?
Son nuestras doy entre dientes. Las cogimos y salamos nosotros.
Óscar mastica una, pone cara agria.
Mucho vinagre. Así se te quema el estómago. Y sal de sobra. Qué, ¿te has enamorado? Se dice que las enamoradas salan de más se ríe solo con su chiste. Víctor, tú ojo con la tensión, con esa dieta no llegas a viejo.
Mi marido se ríe tenso, intentando suavizar el ambiente.
Que no te pases, hombre, están buenas. Con un chupito acompañan de maravilla. Sirve otra ronda, anda.
Bebieron algo más. Óscar se soltó, aflojó la bufanda, pero mantenía el abrigo, dejando ver que no pensaba quedarse mucho ni iba a sentirse en casa.
¿Y no había huevas mejores? remueve un canapé. Estas son pequeñas y con piel. ¿Eran de oferta?
Son de salmón, seis mil euros el kilo no aguanté más; se me quebró la voz. Las compramos solo para ti. Nosotros ni las tocamos. Ahorramos para que puedas probarlas.
Ahorrar en comida nunca es buena idea soltó Óscar, llevándose otro canapé con la supuesta hueva mala. Somos lo que comemos. Yo jamás compro chorizo barato. Mejor ayunar que tragar porquería. Pero vosotros llenáis el frigorífico con basura de oferta y luego os sorprendéis por el mal humor, la cara gris.
Miré a Víctor. Él masticaba carne con la vista clavada en el plato, queriendo desaparecer. Su silencio me dolía más que todas las palabras de Óscar. Como siempre, prefería callar y no contrariar a su adorado hermanito.
Víctor le pregunté, antes de explotar. ¿Te parece seca la carne?
Se atragantó.
Eh no, Aurora, está buenísima. De verdad. Pero Óscar sabe más. Tiene paladar de artista
¿De artista? solté el tenedor, sonó contra la porcelana como un trueno. O sea, mi gusto es vulgar. Y mis manos torpes. Y cocino veneno.
No te pongas así se molestó Óscar. Solo te hago crítica constructiva. Para que mejores. Deberías estarme agradecida. Si Víctor te aplaude todo sin criterio, luego te acomodas. Una mujer debe superarse.
¿Agradecida? repetí. ¿Debería darte las gracias?
Me levanté. La silla chirrió desagradable.
Aurora, ¿a dónde vas? suplicó Víctor. Todavía no abrimos el postre.
Ahora vuelvo logré decir. Voy a por el dulce. Óscar, que eres de buen diente.
Salí a la cocina. Ahí estaba mi Milhojas casero, doce capas finísimas, crema pastelera hecha con yemas frescas y vainilla natural Lo miré, luego miré el cubo de basura.
Las manos me temblaban. Todo el rencor guardado en años se fue directito a los dedos, desbordando la prudencia. ¿Cuántas veces ha venido este hombre, ha cenado, ha bebido, ha pedido dinero y nunca ha devuelto nada? ¿Cuántas veces ha criticado mi decoración, mi ropa, mis hijos? Y Víctor, siempre callando. Es artista, es sensible, me decía. ¿Y yo, entonces, qué era? ¿De hierro?
No cogí el postre. Tomé una bandeja y volví al salón.
¿Ya hay postre? se animó Óscar, estirando el cuello. Espero que no sea uno de esos pasteluchos de supermercado.
Me acerqué a la mesa y, calma, empecé a recoger: primero la carne, luego la ensalada, luego la bandeja de embutidos.
¿Qué haces? preguntó desconcertado Óscar al ver desaparecer su plato. ¡Si no he terminado!
¿Para qué seguir comiendo? le respondí. Todo esto es incomible: carne seca, ensaladas con veneno de mayonesa, gambas de goma, hueva infame No puedo dejar que mi invitado se intoxique. No sería buena anfitriona.
Víctor se levantó de golpe.
¡Para, Aurora! ¡Ya está bien! ¡Vuelve a poner la comida! ¡Pide disculpas ya!
Fui a la cocina, dejé la bandeja en la encimera y me di la vuelta. Sin lágrimas, solo con hielo en la firmeza.
¿Yo te avergüenzo? ¿Y tú, cuando dejabas que me humillara, no te avergonzabas? ¿Eres hombre o un felpudo, Víctor? Solo faltó que te comprara yo la hueva para tu cumpleaños. Lo mejor siempre para los invitados, y el invitado trata nuestra casa como un campo de fútbol.
¡Es mi hermano! ¡Mi sangre!
Y yo tu mujer. Diez años cociendo, limpiando, cuidando. Anoche me acosté a las dos por este puñetero Milhojas. ¿Para qué? ¿Para que me diga que soy una inútil? Si no te callas, con el Milhojas te baptizo la cabeza. No estoy bromeando.
Nunca me había visto así, y la sorpresa le clavó en el sitio. Yo, Aurora, siempre dócil, conciliadora. Ahora era una tormenta, lista para arrasar.
Óscar, al oír el alboroto, se asoma. Ya no lleva el aire seguro, sino de niño apaleado.
Bueno, esto ya Nunca me han recibido igual. Venía de corazón, y ahora me reprocháis hasta el pan.
¿De corazón? ¿Dónde está ese corazón, Óscar? ¿En tus manos vacías? Ni una vez has traído nada. Vienes solo a tragar y a criticar.
Ahora estoy fatal, son problemas temporales.
Temporales llevan veinte años. Pero abrigo nuevo, bufanda cara, y de eventos vas de sobra. Para pedir dinero, sí, pero devolverlo bueno.
¡Cállate, Aurora! gritó Víctor. No hables de dinero ajeno.
No es ajeno, es de nuestra familia, lo que quitamos a los niños y se lo das a este gourmet de saldo.
Óscar se lleva la mano al pecho dramáticamente.
Ya está, me largo ahora mismo. Víctor, no pensaba que te casarías con semejante verdulera. No vuelvo a pisar esta casa.
Da media vuelta y va al recibidor. Víctor se le pega detrás.
¡Óscar, espera! No escuches a Aurora, estará con la regla, o del trabajo, se ha alterado. Se le pasa
No, hermano su voz resonaba de teatro. Esto es imperdonable. Me voy. No me llames hasta que pida perdón.
Portazo.
Víctor quedó en el pasillo, mirando la puerta como si fuera la boca del infierno. Luego vino a la cocina donde yo ya estaba guardando la carne en tuppers.
¿Contenta? me preguntó apagado. Has provocado una ruptura entre hermanos.
He quitado un parásito le respondí, sin girarme. Siéntate y cena. Todavía está caliente. O también te parece seco.
Él se sienta, se agarra la cabeza. El olor de la carne le tienta. Coge el tenedor, prueba.
La carne está suave, se deshace en la boca. La salsa combina dulce y picante, la mostaza le da carácter. Espectacular.
¿Qué tal? le pregunto, viendo su cara de placer.
Buenísimo admite, bajito. De verdad, Aurora.
Ya ves. Tu hermano, al final, solo es un envidioso que vive criticando para sentirse mejor. A ver si lo ves.
Víctor masticaba y meditaba. Tal vez, por primera vez, pensaba que yo tenía razón. Recordó las manos vacías de Óscar, su tonillo. Hasta él se sintió ridículo ante sus críticas.
¿Y el postre? preguntó, tímido. ¿Probamos el milhojas?
Le sonreí, sincera por primera vez en toda la tarde.
Por supuesto. Te hago un té con tomillo, como te gusta.
Corté generosas porciones de milhojas. Nos sentamos juntos, en la cocina, y poco a poco la tensión aflojó.
¿Sabes? reflexionó Víctor, acabando la segunda ración. El mes pasado ni le regaló nada a mamá en su santo. Dijo que él era el mejor regalo.
Ves, ahora vas entrando en razón.
Su móvil pitó. Era Óscar: “Podías haberme dado unos bocatas, que me he ido sin cenar. Por cierto, me debes 50 euros por el trauma”.
Víctor leyó en voz alta. Hice un gesto interrogante.
¿Y qué vas a contestar?
Él me miró, miró la mesa, el postre, la paz de la cocina. Tecló despacio: “Come fuera, que tú solo vas a restaurantes. Nosotros, sin dinero”. Y le bloqueó.
¿Qué pusiste? pregunté.
Que nos vamos a dormir.
Hice como que me lo creía, aunque vi el móvil de reojo. Me acerqué y le abracé por los hombros.
Muy bien hecho, Víctor. Has tardado, pero has llegado.
Esa noche, entendimos algo importante el uno del otro. A veces, para salvar una familia, hay que echar a los sobrantes. Incluso si son de la propia sangre. Y la carne, por cierto, estaba sublime aunque haya gourmets que vivan de prestado y nunca lo valoren.







