Ayer
¿Dónde vas a poner esa ensaladera? ¡Si es que tapa la bandeja de fiambres! Y, por favor, mueve las copas, que ahora viene Enrique y necesita espacio para gesticular cuando habla.
Víctor andaba de aquí para allá, recolocando el cristal sobre la mesa, casi tirando los tenedores en el proceso. Presenta suspiró con pesadez, limpiando sus manos en el delantal. Llevaba en la cocina desde el amanecer; las piernas le dolían como si fueran de plomo y la espalda protestaba justo donde siempre, por debajo de las escápulas. Pero no había tiempo para quejas. Hoy recibían visita de postín: el hermano pequeño de su marido, Enrique.
Víctor, relájate le pidió ella, esforzándose para que la voz sonara equilibrada. La mesa está perfecta. Más bien dime, ¿has comprado pan candeal? La última vez Enrique se quedó diciendo que el de barra no le iba, que él vigila la línea.
Sí, sí, he comprado pan de pueblo con semillas, tal como le gusta Víctor se lanzó hacia la panera. Presenta, ¿y la carne? ¿La carne está lista, seguro? Ya sabes que Enrique es un sibarita, siempre va de restaurantes, no se impresiona con simples filetes.
Presenta apretó los labios. Por supuesto que lo sabía. Enrique, soltero cuarentón que se autodenominaba artista libre, aunque en realidad iba tirando de chapuzas y ayuditas de la madre, se creía un gran gourmet. Cada visita suya era para Presenta una especie de examen cuyas preguntas ya estaban amañadas en su contra.
He hecho lomo asado con salsa de miel y mostaza respondió rotunda. Carne fresca, del mercado, diecisiete euros el kilo. Si esto tampoco le gusta, yo ya me desentiendo.
No te pongas así frunció el ceño Víctor. El chaval no viene desde hace medio año, tiene ganas de estar en familia. Haz el favor, anda. Está pasando un momento difícil, buscando su sitio.
Buscando el dinero, será, pensó Presenta, pero se guardó la frase. Víctor adoraba a su hermano pequeño, lo tenía por genio incomprendido y no toleraba el más mínimo reproche.
El timbre sonó exactamente a las siete. Presenta dejó el delantal a toda prisa, se arregló el pelo ante el espejo del recibidor y se colocó su mejor sonrisa de emergencias. Víctor ya abría la puerta, radiante como una lámpara de fiesta mayor.
¡Enriquito, hermano! ¡Por fin!
En la entrada apareció Enrique, la verdad, bastante llamativo: abrigo de moda entreabierto, bufanda caída con desgana sobre los hombros, barba de dos días que le daba cierto aire de maniquí de revista. Extendió los brazos para que Víctor lo abrazara, pero él sólo le palmeó la espalda.
Presenta miró discretamente sus manos. Vacías. Ni una bolsa, ni una tarta, ni una mísera flor. Después de medio año sin aparecer, a cenar en una mesa rebosante, y ni se molestaba en traer algo. Ni para los niños, que hoy por suerte estaban con la abuela, había dejado una tableta de chocolate.
Buenas, Presenta le soltó, cruzando el umbral sin quitarse los zapatos, mientras miraba el pasillo. ¿Habéis cambiado el papel? El color… parece de hospital. Pero bueno, si os gusta…
Hola, Enrique respondió ella, sin emoción. Lávate las manos, hay zapatillas nuevas.
No he traído las mías, y en las de otra gente uno se lleva hongos eludió. Y en calcetines está bien, ¿no? Espero que el suelo esté limpio.
Presenta sintió cómo el enfado le borboteaba por dentro. Limpiaba los suelos dos veces antes de su llegada.
Limpísimo, Enrique. Ven a la mesa.
Se sentaron en el salón. La mesa, eso sí, estaba imponente: mantel blanco, servilletas elegantes, tres tipos de ensalada, bandeja de embutidos y quesos, huevas de salmón, setas en escabeche hechas por Presenta en otoño, y la carne aún humeante en el centro.
Enrique se recostó retador en la silla, mirando la abundancia. Víctor se afanaba en abrir la botella de brandy de Jerez que compró solo para él, añejo, cinco años de barrica.
Bueno, ¡por el reencuentro! exclamó Víctor, sirviendo la bebida.
Enrique tomó la copa, la giró, la miró al trasluz, la olió.
¿Brandy español? torció el gesto. En fin… Yo prefiero el francés, tiene más matices. Este huele a alcohol. Pero bueno, a caballo regalado…
Bebió de golpe, sin saborear, y se dirigió directo con el tenedor a la bandeja de fiambres. Presenta vio cómo elegía el corte más caro de jamón.
Sirve, Enrique le invitó, acercándole la ensalada. Esta lleva gambas y aguacate, receta nueva.
El invitado pinchó una gamba, la examinó como joyero mirando una piedra preciosa.
¿Congeladas, verdad? sentenció.
Claro, aquí no estamos junto al mar repuso Presenta, extrañada. De supermercado, tamaño grande.
Goma juzgó Enrique, dejando la gamba en la ensaladera. Presenta, te pasaste de cocción. La gamba dos minutos y basta, si no, se queda dura. Y el aguacate, poco maduro. Cruje.
Víctor, que ya se había servido, se quedó con la cuchara suspendida.
¡Pero si está bueno! Yo lo probé y de lujo.
Víctor, el gusto requiere educación sentenció Enrique. Si siempre comes cualquier cosa, no entiendes lo que es alta cocina. La semana pasada fui a la presentación de un restaurante, hicieron ceviche de vieira. ¡Eso sí es textura! Y aquí… ¿El aliño al menos es casero?
Presenta notó que le ardían las mejillas. El aliño era comprado, de marca. No había tenido tiempo de hacer mayonesa a mano.
Es industrial respondió tajante.
Ya, claro Enrique puso cara de tragedia. Vinagre, conservantes, almidón. Veneno puro. Bueno, dame la carne, a ver si eso se salva.
Presenta sirvió silenciosamente un trozo generoso de lomo, lo bañó en salsa y añadió patatas al romero. Olían tan bien que cualquier mortal estaría extasiado. Pero Enrique escudriñaba como catador profesional.
Cortó un trozo, lo masticó largamente, mirando al techo. Presenta y Víctor esperaban el veredicto, Víctor con inquietud, Presenta con una furia creciente.
Seca dictó al final Enrique. Y la salsa… la miel lo tapa todo. Muy dulce. La carne debe saber a carne, Presenta. Aquí parece postre. Además, el marinado corto, lo noto en la fibra. Debías haberla dejado en kiwi o en agua con gas veinticuatro horas.
La mariné toda la noche, con especias y mostaza musitó Presenta. Siempre ha gustado así.
Gustar es relativo. A tus compañeras del trabajo igual les viene bien, si llevan la dieta de zanahorias. Yo soy objetivo. Esto se puede comer si hay hambre, pero placer, ninguno.
Apartó el plato, casi intacto, carne de seis euros desperdiciada, y fue directo a las setas.
¿Setas caseras? ¿O esas chinas de bote?
Caseras escupió Presenta. Las recogimos y las aliñé yo misma.
Enrique se llevó una a la boca y frunció el ceño.
Demasiado vinagre. Eso es una bomba para el estómago. Y de sal, exageras. ¿Será que estás enamorada, por lo salado? soltó, riéndose de su propia guasa. Víctor, vigila la tensión, con esta dieta no llegas lejos.
Víctor rió nervioso, intentando que la cosa no escalara.
No está tan mal, Enrique. Son perfectas para el anís. Venga, sírvete otro poco.
Bebieron. Enrique se aflojó la bufanda y el abrigo, pero sin quitárselo, como haciendo un favor por estar ahí.
¿Y no teníais huevas decentes? dijo, rebuscando el bocadillo. Estas son pequeñas, con piel dura. ¿De oferta de supermercado?
Enrique, son huevas de salmón salvaje, veinticinco euros el kilo no pudo más Presenta, la voz temblándole. Las trajimos para ti. Nosotros ni la probamos, hemos ahorrado para esto.
Ahorrar en comida es de lo peor filosofó Enrique, comiéndose otro bocadillo con las malas huevas. Somos lo que comemos. Yo jamás compro mortadela barata. Prefiero ayunar. Pero vosotros… llenáis la nevera con rebajas y luego os extraña estar sin energía y con mala cara.
Presenta miró a su marido. Víctor tenía la vista clavada en el plato, tragando la carne y fingiendo que nada pasaba. Su silencio dolía más que las críticas de Enrique. Siempre evitaba el conflicto, excusando al hermanito.
Víctor se dirigió Presenta, ¿a ti la carne también te parece seca?
Víctor carraspeó, incómodo.
Eh… no, Presenta, está rica. Muy rica. Pero Enrique distingue, tiene el paladar fino…
¿Delicado, eh? Presenta dejó el tenedor. El sonido del metal sobre la porcelana resonó como un disparo. O sea, que yo tengo gusto tosco, manos torcidas y cocino veneno.
Presenta, no hagas un drama se quejó Enrique. Mi crítica es para ayudarte a mejorar. Así creces. Deberías agradecerlo. Estás mal acostumbrada a que Víctor lo devore todo y te lo alabe, así nunca avanzas. Hay que aspirar a más.
¿Agradecer? repitió Presenta. ¿Quieres que te agradezca?
Se levantó de la mesa. La silla chirrió de mala manera.
¿Adónde vas? preguntó Víctor, inquieto. Si apenas hemos empezado.
Ahora vuelvo respondió ella, rara. Voy por el postre. Sabes que a Enrique le pierden los dulces.
En la cocina tenía su tarta Napoleón casera, que horneó la noche anterior hasta las dos de la mañana. Doce láminas finísimas, crema de leche y vainilla, todo artesanal. Miró la tarta y luego el cubo de basura.
Las manos le temblaban. La rabia acumulada en años la desbordaba, arrasando el sentido común. ¿Cuántas veces ese hombre venía, comía, bebía, pedía dinero y nunca devolvía? ¿Cuántas veces criticaba su piso, la ropa, los hijos? Y Víctor, siempre callando. Escudando. Es sensible, es artista. ¿Y ella, Presenta, era una máquina?
No tocó la tarta. Cogió una bandeja grande y volvió al salón.
¿El postre? Enrique se animó, estirando el cuello. Espero que no sea un bizcocho de supermercado.
Presenta empezó a recoger platos con calma, uno a uno: el de la carne, el de ensalada de gomas, la bandeja de fiambres.
¿Pero qué haces? protestó Enrique, al ver que le retiraban los bocadillos. Si ni he terminado.
¿Para qué seguir comiendo esto? se extrañó Presenta, mirándole directo. Es basura. Carne seca, ensaladas con veneno de mayonesa, gambas duras, huevas malas. No quiero que el invitado se intoxique en mi casa. No soy tu enemiga.
Víctor saltó de la silla.
¡Presenta, basta! ¿Qué circo es este? ¡Pon todo de vuelta!
No, Víctor, esto no es circo. Circo es que uno venga de manos vacías a mesa puesta, donde gastamos parte de tu sueldo, y se dedique a despreciar a la anfitriona.
¡Yo no he despreciado! Enrique se puso rojo. Sólo di mi opinión. España es libre.
Pues como es libre prosiguió Presenta recogiendo todo, yo decido libremente a quién doy de comer. Dijiste que prefieres ayunar antes que comida mediocre. Respeto tu criterio. Ayuna.
Se fue con la bandeja a la cocina. El silencio se apoderó del salón.
¿Te has vuelto loca? el susurro furioso de Víctor la siguió en la cocina. ¡Me avergüenzas ante mi hermano! ¡Pon todo en su sitio! ¡Pide perdón!
Presenta dejó la bandeja sobre la encimera y se volvió hacia él. Tenía la mirada helada, sin lágrimas, solo determinación fría.
¿Yo te avergüenzo? Y tú, cuando le dabas la razón mientras me humillaba, ¿no te avergonzaste? ¿Eres hombre o alfombra, Víctor? Se ha zampado las huevas de veinticinco euros para decir que son malas. ¿Alguna vez me has comprado unas así, por gusto? No, todo lo mejor para los invitados. Y el invitado nos pisotea.
¡Es mi hermano! Sangre de mi sangre.
Y yo soy tu esposa. Diez años dándote todo, cocinando, limpiando, cuidando. Anoche me dejé la vida por esto. ¿Para que me diga que tengo las manos torcidas? Si no te callas y me das la lata, te planto el Napoleón en la cabeza. Y no bromeo, Víctor.
Víctor se apartó. Jamás vio a Presenta así de combativa. Ella siempre fue dócil, fácil. Pero ahora se transformó en una auténtica fiera.
Enrique asomó la cabeza en la cocina. Ya no se le veía chispeante, sino perdido y dolido.
Bueno… esto no lo he visto en ninguna parte. Yo venía con buena intención, y acabáis echándome en cara hasta el pan.
¿Con buena intención? ironizó Presenta. ¿Y dónde se ve la buena intención, en las manos vacías? ¿Alguna vez has traído algo? ¿Un paquete de té? Sólo vienes a comer y a criticar.
Ahora estoy mal de dinero. Es temporal.
Llevas veinte años mal. Eso sí, el abrigo y la bufanda nuevos, y bien que vas a presentaciones. Pero para pedirle a Víctor cien euros y no devolverlos, siempre hay tiempo.
¡Cállate, Presenta! gritó Víctor. ¡No se cuentan los dineros ajenos!
¡No son ajenos, son nuestros! ¡Dinero de nuestra familia, que quitamos para este gourmet!
Enrique puso cara de ultraje.
Ya está. No aguanto un minuto más aquí. Víctor, no esperaba que te casaras con alguien tan ordinaria. No vuelvo.
Se giró, y fue directo al recibidor. Víctor, por supuesto, corrió detrás.
Enrique, espera, no hagas caso… Presenta está con la regla, o cansada de trabajar. En un rato se calma.
Ni hablar, hermano Enrique ya se ponía los zapatos sobre los calcetines. Esto no se perdona. No vuelvo hasta que ella se disculpe.
La puerta se cerró de golpe.
Víctor se quedó mirando aquella puerta cerrada, como si el cielo se hubiese clausurado. Luego dio media vuelta y entró en la cocina, donde Presenta ya metía la carne en tuppers.
¿Feliz? Ahora has hecho que me pelee con mi único hermano.
Nos hemos librado de un aprovechado replicó ella sin mirar. Siéntate y come. La carne está tierna aún. ¿También te parece seca?
Víctor se sentó, cabizbajo.
¿Cómo puedes hacer esto? Es el invitado…
Un invitado debe comportarse como tal, no como el inspector de sanidad. Escúchame, Víctor. No volveré a preparar nada para él, nunca. Si quieres verlo, ve tú, o llévalo al restaurante, pero con tu dinero. Mi esfuerzo y mi gasto no van para él.
Te has vuelto dura.
Me he vuelto justa. Come. O lo guardo.
Víctor miró el lomo reluciente. El estómago le rugía traicioneramente. Cogió el tenedor, cortó, probó.
La carne era tiernísima, fundente, el aliño un equilibrio perfecto de dulzor y picante. Exquisita.
¿Te gusta? le preguntó Presenta.
Está buenísima admitió. Muy buena, Presenta…
Lo sabía. Lo que pasa es que tu hermano es un frustrado que se cree crítico. Acéptalo.
Víctor masticó pensativo. Por primera vez en su vida le pareció que su mujer tenía razón. Recordó las manos vacías de Enrique, sus aires de superioridad, y cómo él mismo se sintió incómodo frente a las críticas.
¿Y el postre? ¿Comemos tarta?
Presenta sonrió, por primera vez en la noche, de verdad.
Por supuesto. Y el té con tomillo, como te gusta.
Sacó el Napoleón, majestuoso. Lo cortó en porciones grandes. Comieron, bebieron té, y la tensión se fue.
¿Sabes? dijo Víctor, acabando el segundo trozo. El mes pasado ni regaló nada a mamá por su cumpleaños. Dijo que él mismo era el mejor regalo.
¿Lo ves? Estás abriendo los ojos.
El móvil de Víctor sonó. Mensaje de Enrique: Me podrías dar unos bocatas para llevar, que me he ido sin cenar. Pásame cien euros por el disgusto.
Víctor leyó el mensaje en voz alta. Presenta alzó la ceja.
¿Qué le vas a decir?
Víctor miró a Presenta, a la cocina acogedora, a la tarta, al móvil. Y redactó despacio: Come en el restaurante, que tú entiendes. No hay dinero. Y le bloqueó.
¿Qué pusiste? preguntó Presenta.
Que nos vamos a la cama.
Presenta fingió creérselo, aunque vio la pantalla de reojo. Se acercó por detrás y le abrazó los hombros.
Eres un fenómeno, Víctor. Aunque tardas mucho en arrancar.
Ese día aprendieron algo importante. A veces, para que una familia sobreviva, hay que echar a quien sobra. Aunque sean de la sangre. Y la carne, desde luego, estaba de campeonato, digan lo que digan los críticos de bolsillo vacío.







