Ayer
¿Pero dónde pones esa ensaladera? Está bloqueando la bandeja de embutidos. Y quita esas copas, que va a venir Óscar en un momento y ya sabes que le gusta tener sitio para gesticular cuando habla.
Víctor iba de aquí para allá, recolocando vasos y platos de cristal, casi tirando los tenedores. Celia suspiraba hondo, secándose las manos en el delantal. Llevaba desde la mañana pegada a los fogones; las piernas le pesaban como piedra y la espalda le dolía justo en el sitio acostumbrado, bajo los omóplatos. Pero no era momento de quejarse. Hoy llegaba el invitado estrella: el hermano menor de su marido, Óscar.
Tranquilo, Víctor le pidió Celia, esforzándose en sonar serena La mesa está perfecta. Mejor dime, ¿has comprado pan de pueblo? La vez pasada Óscar protestó porque sólo había barra, y que si él cuida su figura…
Lo he comprado, claro, hogaza de centeno con semillas de anís, como le gusta Víctor corrió hacia el panero. Celi, ¿y la carne? ¿Está bien hecha? Ya sabes que él entiende de comida, va por restaurantes, con unas croquetas no le impresionas.
Celia apretó los labios. Por supuesto que lo sabía. Óscar, cuarentón y soltero, autoproclamado artista libre aunque en realidad vivía de trabajos esporádicos y la pensión de la madre, se veía a sí mismo como un gran gourmet. Cada visita suya era un examen para Celia, examen que sabía que acabaría suspendiendo aunque lo intentara.
Hice lomo asado con salsa de miel y mostaza recitó. Carne fresca del mercado, por la que pagué veinte euros el kilo. Si no le gusta esto, yo me planto.
No empieces, mujer protestó su marido. Medio año sin venir, tiene ganas de ambiente familiar. Haz un esfuerzo, ¿vale? Está pasando una racha difícil, buscando su sitio…
Buscando dinero, no sitio, pensó Celia, pero prefirió callárselo. Víctor adoraba a su hermano pequeño; veía en él a un genio incomprendido y se ofendía por cualquier crítica.
El timbre sonó, las siete en punto. Celia se quitó el delantal, se arregló el pelo frente al espejo del recibidor y pintó la sonrisa de guardia. Víctor abrió la puerta como si fuera la tapa dorada de un samovar reluciente.
¡Óscar! ¡Hermano, por fin!
Óscar apareció en la entrada, luciendo un abrigo elegante abierto de par en par, bufanda echada al hombro como de cualquier manera, esa barba de dos días que parecía ponerle aire de tipo duro. Abrió los brazos para que Víctor lo abrazara, pero se limitó a darle dos golpecitos en la espalda.
Celia reparó enseguida en sus manos: vacías. Ni bolsa, ni caja de pasteles, ni una simple flor. Venía de visita después de seis meses, invitado a una mesa que rebosaba de manjares, y no traía absolutamente nada. Ni una chocolatina para los niños, por suerte hoy en casa de los abuelos, ni nada.
Hola, Celia apenas la saludó, mientras cruzaba la puerta y no se quitaba los zapatos, explorando el pasillo con la mirada. ¿Habéis puesto papel nuevo? Ese color… parece hospital. Pero bueno, mientras os guste.
Hola, Óscar contestó ella, templada. Ven, lávate las manos. Hay zapatillas nuevas.
No he traído las mías, y con las de otro te sale hongo se apartó el invitado. Voy en calcetines, que el suelo esté limpio.
Celia tragó bilis. Había fregado el suelo dos veces.
Está limpio, Óscar. Pasa, siéntate.
Se sentaron juntos en el salón. La mesa parecía puesta para la boda de un duque: mantel blanco, servilletas caras, tres tipos de ensalada, bandeja de embutidos y quesos, huevas de salmón, setas marinadas que Celia misma había conservado en otoño; el centro coronado por el asado desbordándose aroma.
Óscar se recostó como quien observa el escaparate de Cartier, mientras Víctor abría una botella de coñac que había comprado especialmente para la ocasión, un Solera Gran Reserva de cinco años.
¡Por el reencuentro! exclamó Víctor, repartiendo copas.
Óscar tomó la suya, la giró, la miró contra la luz, la olió.
¿Brandy español? arqueó una ceja. Bueno. Yo suelo preferir francés, el bouquet es más sutil. Este huele a alcohol. Pero bueno, no hay que mirar los dientes al caballo regalado…
Lo bebió de golpe, sin saborear, y fue directo a la bandeja de embutidos, eligiendo el corte más caro.
Sírvete, Óscar le animó Celia, acercándole la ensaladera. Esta es de gambas con aguacate, receta nueva.
El invitado pinchó una gamba, la miró como si tasara un anillo.
¿Congeladas? dijo sin preguntar.
Claro, aquí gambas frescas pocas, las compré en el súper, de las grandes.
Chicle sentenció Óscar, dejando la gamba de nuevo. Celia, si la cueces más de dos minutos, se pone dura. Y ese aguacate está verde aún. Cruje.
Víctor, con la cucharada de ensalada suspendida, se quedó helado.
Está rico, Óscar, lo probé, no tienes que ser tan tiquismiquis.
Víctor, el buen gusto se educa replicó el hermano con tono de profesor. Si te conformas siempre con sucedáneos, nunca sabrás lo que es la gastronomía verdadera. La semana pasada fui a la inauguración de un restaurante, me sirvieron ceviche de vieira. Eso sí es textura. Pero aquí… ¿al menos el alioli es casero?
Celia notó cómo las mejillas se le encendían. El alioli era del supermercado, como siempre, Provenzal. No tuvo tiempo de hacerlo a mano.
De tienda contestó seca.
Claro suspiró Óscar, como recibiendo diagnóstico fatal vinagre, conservantes, almidón. Veneno puro. Bueno, dame de la carne, a ver si por lo menos no la has estropeado.
En silencio, Celia le sirvió un buen trozo de lomo, lo bañó en salsa, patatas al horno con romero. El aroma llenaba la habitación, pero Óscar era de otro mundo, de los que degustan para criticar.
Cortó un pedazo, masticó mirando el techo. Víctor esperaba el veredicto con esperanza, Celia con odio creciente.
Seco declaró por fin Óscar. Y la salsa… la miel lo tapa todo. Demasiado dulce. La carne tiene que saber a carne, Celia. Y esta es postre. Además, no la dejaste marinando lo suficiente. Tenías que haberla puesto en kiwi o agua mineral veinticuatro horas.
La dejé toda la noche entre especias y mostaza murmuró ella. Siempre gusta a todos.
A todos es relativo. A tus compañeras de oficina, claro, que no han probado nada mejor que una zanahoria dulce. Pero yo hablo objetivamente. Se puede comer si hay hambre, pero disfrutar, nada.
Apartó la carne casi intacta, de veinte euros el kilo, y fue a por las setas.
¿Son vuestras, al menos? ¿O chinas de bote?
Nuestras bufó Celia. Las recogimos y conservamos nosotros.
Óscar probó una, hizo una mueca.
Demasiado vinagre. Vas a acabar con el estómago de Víctor. Y de sal te has pasado. Estarás enamorada, Celia, por lo salada soltó una risa satisfecho consigo mismo. Víctor, vigila la tensión, con esa dieta duras poco.
Víctor se rió nervioso.
Óscar, están bien, hombre. Perfectas para el orujo. Servid más.
Bebieron de nuevo. Óscar, ya encendido, se desató la bufanda; el abrigo no se lo quitó, como marcando territorio y dejando claro que no pensaba quedarse mucho.
¿No había huevas mejores? preguntó, hurgando en el canapé Estas son pequeñas y tienen pieles. ¿Las compraste en oferta?
Óscar, son huevas de salmón, seis mil euros el kilo explotó Celia, voz temblorosa Las compramos sólo porque venías. Nosotros ni las probamos, estamos ahorrando.
Ahorrar en comida es lo último filosofó Óscar, devorando otro canapé de la mala hueva. Somos lo que comemos. Yo, por ejemplo, jamás compro chorizo barato. Prefiero pasar hambre. Vosotros llenáis el frigo de porquerías sólo porque están en promoción y luego os extrañáis del mal humor y la cara gris.
Celia miró a su marido. Víctor, con la cabeza metida en el plato de carne, masticaba con esmero y fingía que no ocurría nada. Su silencio la hería más que los dardos de Óscar. Una vez más, prefería esconderse para evitar enfrentamientos con su hermanito querido.
Víctor le interpeló Celia ¿A ti la carne te parece seca también?
Víctor se atragantó.
Eh… no, Celi, está riquísima. Muy rica. Es que Óscar entiende, tiene paladar más fino…
Ah, más fino Celia dejó el tenedor sobre el plato; el metal sonó en la porcelana como un disparo O sea que mi gusto es tosco y mis manos torpes. Que cocino veneno.
Celia, no montes un numerito se molestó Óscar Esto es crítica constructiva, para que mejores. Deberías darme las gracias. Pero claro, como Víctor todo lo come y te lo elogia, te estancas. Una mujer ha de superarse.
¿Gracias? preguntó Celia, casi riendo ¿Pretendes que te agradezca?
Se levantó de la mesa. La silla chilló sobre el suelo.
¿Adónde vas? se alarmó Víctor. No hemos terminado de cenar.
Ahora vuelvo dijo con voz extraña. Voy por el postre. Óscar es goloso.
Salió hacia la cocina. Sobre la encimera, esperaba su Milhojas especial, que había horneado la noche anterior hasta las dos. Doce capas finísimas, crema pastelera de yema casera, vainilla… Miró el pastel, luego el cubo de basura.
Le temblaban las manos. La rabia, acumulada tras años, rebosaba ahora el vaso, ahogando la lógica. ¿Cuántas veces había venido ese hombre a su casa para comer, beber, pedir dinero y nunca devolverlo? ¿Cuántas veces criticó su decoración, su forma de vestir, sus hijos? Y siempre Víctor callaba. Siempre excusaba. Es sensible, artístico… ¿Y Celia, qué es? ¿Hierro puro?
No tocó el pastel. Cogió la gran bandeja y volvió al salón.
¿El postre? Óscar alzó el cuello ¿No será un brazo de gitano comprado?
Celia se acercó y empezó a retirar platos, metódica y tranquila. Primero se llevó la carne. Luego la ensalada de chicle. Luego la bandeja de embutidos.
¿Qué haces? Óscar protestó cuando le desapareció el canapé bajo la nariz ¡No he terminado!
¿Para qué comerlo? Celia preguntó, mirándole a los ojos Todo es incomible, según tú. Carne seca, ensalada venenosa, gambas de goma, huevas horribles. No quiero que mi querido invitado se intoxique. No soy tu enemiga.
Víctor saltó de su asiento.
¡Celia, basta! ¿Qué clase de circo es este? Déjalo todo como estaba.
No, Víctor, esto no es un circo. El circo es cuando viene alguien a tu casa sin traer nada, se sienta ante la mesa en la que gastamos la cuarta parte de tu sueldo, y empieza a echarle tierra a la anfitriona.
No he insultado Óscar se ofendió, el rostro enrojeciendo Sólo he dado mi opinión. Es país libre.
Libre asintió Celia, apilando platos Por eso decido libremente a quién doy de comer en mi casa. Dijiste que prefieres pasar hambre antes que comer mala comida, ¿verdad? Respeto tu opción. Pasa hambre.
Se giró con el montón de platos y desapareció hacia la cocina. El silencio resonó en el salón.
¡Te has vuelto loca! siseó Víctor, corriendo tras ella. ¡Me avergüenzas ante mi hermano! ¡Devuelve la comida! ¡Disculpa ya!
Celia dejó la bandeja en la encimera y se volvió. Sus ojos no tenían lágrimas, sólo una firmeza gélida.
¿Te avergüenzo? ¿Y tú, cuando asentías mientras él me pisoteaba, no te avergonzabas? ¿Eres hombre o sólo un felpudo, Víctor? Se tragó veinte euros de huevas y dijo que eran malas. ¿Has comprado esas huevas para mí alguna vez, sin motivo? No. Lo mejor siempre para los invitados, que después nos pisan.
¡Es mi hermano! ¡Sangre de mi sangre!
¡Y yo tu esposa! Diez años lavándote ropa, cocinando, limpiando. Anoche me he matado trabajando en la cocina. ¿Para qué? ¿Para que digan que cocino veneno? Si me culpas una vez más, te estampo el milhojas en la cabeza. No bromeo.
Víctor dio un paso atrás. Jamás había visto a Celia así. Siempre dócil, blanda, cómoda. Ahora parecía una furia preparada para arrasar todo.
Óscar apareció desde el pasillo. Ya no tan seguro; más bien desorientado y dolido.
Bueno, esto no lo he visto en ninguna casa… dijo teatral Vine con el corazón abierto y me lo pagáis con un trozo de pan.
¿Corazón abierto? Celia sonrió con sarcasmo ¿Dónde está tu corazón? ¿En tus manos vacías? ¿Alguna vez has traído algo a esta casa? ¿Una caja de té, siquiera? Sólo vienes a comer y criticar.
Yo… estoy sin blanca. ¡Son apuros temporales!
Esos apuros llevan veinte años. Pero abrigo nuevo y bufanda cara no te faltan. Y vas de cóctel en cóctel. Para pedir a tu hermano quinientos euros y olvidarlos, sí tienes memoria.
Calla, Celia gritó Víctor. ¡No cuentes el dinero ajeno!
No es ajeno, es nuestro, de nuestra familia, el que quitamos de nosotros y de los hijos para alimentar a este… gourmet.
Óscar se llevó la mano al pecho, haciéndose el mártir.
Se acabó. No pienso quedarme ni un minuto más. Víctor, nunca esperé que te casaras con esta verdulera. No piso más esta casa.
Giró sobre sus talones y se encaminó al recibidor. Víctor fue tras él, jadeante.
Óscar, ¡espera! ¡No le hagas caso, tiene la regla, o está cansada! En cuanto se calme volverá todo bien…
No, hermano Óscar contestó solemne, poniéndose los zapatos sobre los calcetines Esta humillación no se olvida. Me voy. Y no me llames hasta que me pida disculpas.
La puerta se cerró de golpe.
Víctor quedó mirando la puerta, como si fuera la reja del Paraíso perdida. Sigilosamente fue hacia la cocina, donde Celia guardaba la carne sobrante en táperes.
¿Satisfecha? murmuró. Has hecho que me pelee con mi único hermano.
Nos he librado de un gorrón replicó ella, sin mirar atrás. Siéntate y cena. La carne aún está caliente. O, ¿también te parece seca?
Víctor se sentó, agarrándose la cabeza.
¿Cómo podías? Era un invitado…
El invitado debe comportarse como tal, no como inspector sanitario. Escúchame bien, Víctor: Nunca más, ¿me oyes?, nunca más pondré una mesa para él. Quieres verle, vas a su casa, o a un bar. Pero lo pagas tú. Mi dinero y mi esfuerzo no se gastan en él.
Te has vuelto dura gimió él.
Me he vuelto justa. Come. ¿O recojo?
Víctor miró el lomo, apetitoso. Su estómago rugía traidoramente. Y pese a la bronca, el olor era irresistible. Con timidez, cogió el tenedor, cortó, probó.
La carne era tierna, jugosa. La salsa entre dulce y picante, sublime.
¿Qué tal? preguntó Celia, notando el placer en sus ojos cerrados.
Buenísima… murmuró Muy buena, Celia.
Lo sabía. Y tu hermano no es más que un envidioso que se crece humillando a los demás. Acéptalo.
Mientras masticaba y pensaba, Víctor por primera vez se dio cuenta de que quizá su mujer tenía razón. Se acordó de las manos vacías de Óscar, su tono despectivo, ese malestar incómodo cada vez que venía a criticar la comida.
¿Y el pastel? preguntó ¿Vamos a probarlo?
Celia, por primera vez en la noche, sonrió sin fingir.
Claro. Le haré el té con tomillo, como te gusta.
Sacó la milhojas, cortó trozos generosos. Comieron, bebieron té, y la tensión se fue disipando.
Oye dijo Víctor, terminando otro trozo ni a mamá le regaló nada en su cumple el mes pasado. Dijo que el mejor regalo era él mismo.
Al fin lo ves asintió Celia. Vas aprendiendo.
El móvil de Víctor vibró. Mensaje de Óscar: *«Podrías haberme dado un par de canapés para llevar, me fui con hambre. Y me debes 500 de moral.»*
Víctor leyó el mensaje en voz alta. Silencio. Celia levantó la ceja.
¿Y cómo le contestarás?
Víctor miró a su mujer, la cocina, el pastel delicioso, y al móvil. Escribió despacio: *«Cómete algo en un restaurante, que eres tan gourmet. Dinero, no.»* Y pulsó “bloquear”.
¿Qué pusiste? Celia preguntó.
Que nos vamos a dormir.
Celia fingió creérselo, aunque vio la pantalla de reojo. Se le acercó y le abrazó por los hombros.
Muy bien hecho, Víctor. Aunque eres lento, llegas.
Esa noche comprendieron algo importante. A veces, para proteger la familia, hay que echar fuera a quien sobra. Aunque sea tu propio hermano. La carne, por cierto, era magnífica, digan lo que digan los “sabios” que no traen nada más que problemas.






