Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy ya no sé si he perdido los dos.
Trabajé en esa empresa casi ocho años. Entré poco después de casarme y, durante mucho tiempo, ese lugar fue sinónimo de estabilidad: sueldo fijo, horario claro, planes de futuro. Mi mujer siempre ha sabido lo importante que era ese trabajo para mí. Incluso hablamos de comprar un piso con los ahorros que estábamos juntando. Jamás se me pasó por la cabeza que precisamente ahí, en ese despacho, iba a cometer el error que nos ha traído hasta aquí.
La mujer con la que fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio, nada raro. Se sentaba cerca, preguntaba por el curro, pedía ayuda porque era nueva. Poco a poco empezamos a comer juntos primero junto al resto, después ella y yo solos. Me contaba sus problemas con su pareja: discusiones, inseguridades, líos. Yo escuchaba cada vez más. Empecé a borrar mensajes por si acaso, a silenciar el móvil al llegar a casa, a inventar reuniones que se prolongaban.
La infidelidad pasó un día cualquiera, al salir tarde de la oficina. No fue planificado ni romántico, pero sí plenamente consciente. Sabía lo que hacía y que estaba mal. Esa noche llegué a casa, le di un beso a mi mujer como siempre, y es justo eso lo que más me pesa ahora.
Claudia se enteró semanas después. Estábamos en el dormitorio, cogió mi móvil para buscar un número y encontró mensajes que no eran normales. Me miró: ¿Esto qué es?. Me quedé mudo. Ella guardó silencio un rato y luego me pidió que se lo contara todo, con detalle. Se lo conté. Aquella noche no dormimos juntos.
Los días siguientes en casa fueron como vivir en una película de Almodóvar, pero sin la música de fondo. Me hacía preguntas muy directas: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. Respondí a todo. Un día, me soltó una frase que no se me va a olvidar nunca:
No sé si podré perdonarte, pero tengo claro que no puedo vivir pensando que os veo cada día.
Y ahí entró en juego el trabajo.
El ultimátum fue así de sencillo. Ella me dijo que no me obligaba, pero que necesitaba sentirse segura. Que si yo seguía yendo a esa oficina, ella no podría seguir adelante. Me dejó elegir: o dejo el trabajo, o asumo que ella se va. No gritó. No lloró. Y eso lo hizo todavía peor.
Pasé noches dándole vueltas a los números: gastos, lo que teníamos ahorrado, la hipoteca, facturas, el supermercado. Sabía que si renunciaba me quedaba sin ingresos. Pero también sabía que, si no lo hacía, todo lo nuestro se iba al garete. Ayer hablé con mi jefe, entregué la carta de dimisión y me fui de la empresa con una mezcla rara de alivio y miedo, como si hubiera aprobado el carné de conducir y me hubieran dado un burro en vez de un coche.
Al llegar a casa se lo conté a Claudia. Pensé que se tranquilizaría. Me dijo que agradecía el gesto, pero que eso no lo arreglaba todo. Que todavía no sabía si podría volver a confiar en mí. Que necesitaba tiempo. No prometió nada.
Hoy estoy sin trabajo y con el matrimonio en stand by.
No sé si simplemente me he quedado sin curro
o si estoy perdiendo también a mi mujer.







