— Ay, yo no podría hacer eso. Convertirse en un vegetal, estar pendiente de enfermos postrados es pa…

Ay, yo no podría, de verdad. Una persona que ya es casi como una planta ¡Te puedes volver loca con enfermos encamados! Había que llevarlos a residencias, a lugares especiales. ¡Y no me mires así! ¿Por qué hay que andar con tanto miramiento? Mira, a los animales los duermen sin más. Y no pasa nada. Nosotros, en cambio, tan humanos, tan dignos. En algún país llevan a los viejos a la montaña, bien lejos, y los dejan allí. Y además iba a seguir Antonia, pero Begoña la cortó bruscamente:

¡Toni, deberías tener vergüenza de hablar así! ¡Que es nuestra madre! ¿Qué montaña ni qué montaña? ¡Estás fatal!

Primero, madre no es nuestra, es vuestra. Es madre de mi marido, que es bien distinto, no digas que no Y aunque fuera mía, haría lo mismo si se pusiese así. Begoña, cuidar de bebés aún, ¡claro! Son dulces. Pero cuando una adulta se vuelve ya inválida, que ni esperanza queda, que huele mal Lo siento, no puedo. Por cierto, ¿la casa de la madre qué? Ahora que la tienes allí, ¿la vivienda se queda vacía? Habrá que venderla, antes de que bajen los precios. Qué sé yo, mi Nico va a la universidad, y Pablo se quiere casar. La verdad, nos hace más falta a nosotros. Tu hija aún es pequeña, ni se sabe cuándo se independizará. Si fueras justa, dejarías la herencia para tu hermano y Antonia dejó la frase en el aire.

¡Begoñita! ¿Dónde estás, hija? se oyó desde la habitación.

Anda, Toni, ve. Ha despertado, Begoña empujó a su cuñada hacia la puerta.

La cabeza le retumbaba. La madre se sentía mal y llevaba tres noches sin dormir. Y pensó: «¿Habrá escuchado la conversación? ¡Qué horror!».

Entró en la estancia. Tenía que abrir de par en par la ventana. El aire estaba denso, pegajoso. Pero la madre tenía frío, siempre helada. Begoña la envolvió en una mantita. Al oír los pasos, la madre se giró, se incorporó un poco en la cama, se atusó tímidamente el pelo. Begoña miró sus manos grandes, de trabajadora, pero con los dedos finos, recorridos de venitas azuladas. Movía las manos sin cesar, como buscando algo. La mirada perdida, un punto fijo. No veía ya. Dicen que quizá aún regrese algo de visión en el ojo bueno, pero Begoña ya no se lo cree. Le cambió las sábanas, la ropa, y le dio de comer. La madre se acurrucó y pronto cayó dormida. Begoña, entonces, corrió al ambulatorio. Quería consejo, necesitaba desahogarse. Sentía la cabeza embotada, solo deseaba huir de los problemas.

Se estuvo lamentando un buen ratoque no mejoraba nada, que no podía más. El médico, elegante, con perilla, apenas la escuchaba mientras rellenaba papeles, la cola en la puerta crecía. La miró cansado.

Será el trabajo, mucho trabajo murmuró Begoña, cortándose, de repente avergonzada.

Trabajo sobra. Lo que faltan son médicos. Si pudiera yo poner la juventud en botes y repartirla, no habría ni colas ni enfermos sonrió un poco el doctor.

¿La juventud? ¿Hace falta receta para eso? preguntó esperanzada Begoña.

Juventud. ¿Ya se ha puesto triste nada más oírlo? Así son las cosas. Está usted agotada, normal. ¿Pero su madre, se quejó alguna vez? Cuando era usted niña y caía mala, ¿quién la cuidaba de noche? Se quitó las gafas el doctor.

Begoña suspiró. La memoria, traicionera, le trajo una ráfaga de imágenes. Ella, con ocho años, fiebre y mocos en la cama. La madre la cogía en brazos, a pesar del dolor de espaldas. Y le traía té con limón, y arándanos que no se sabía de dónde sacaba. Una noche, casi la una, le apeteció zumo. La madre, sin decir palabra, bajó a la calle y volvió al rato con un cucurucho de frutas. De madrugada bajó la fiebre, Begoña por fin se durmió y la madre se marchó al trabajo. Siempre había trabajado en dos o tres sitios, para que no les faltase nada.

Y otra vez, una Navidad, en el escaparate había un vestido, plateado, que resplandecía. La madre lo miró fascinada pero solo le acarició la mejilla antes de seguir a comprarle a Begoña un abrigo y zapatos. Para ella, nada. Y aquel pastel, blanco y rosa, pequeño pero de otro mundo, y Begoña se lo zampó casi entero, a la madre solo le tocó un trocito de nata. Cuando la miró arrepentida, su madre la abrazó: «No pasa nada, hija, ya vendrán más tartas».

Los hijos crecen y se olvidan de lo que costó añadió el médico. Usted fue la niña frágil, su madre ahora es la que necesita ayuda. ¿Y qué? ¿Ya la quiere descartar? Entiendo el cansancio. Pero, piénselo, señorita: si faltara su madre de repente, si tuviera de nuevo tiempo libre, sin noches en vela, ¿sería feliz, estaría satisfecha? preguntó con voz firme.

No, yo Haremos lo que usted diga, doctor. Disculpe, volveré otro día tartamudeó Begoña y salió corriendo.

Ardía de la vergüenza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo iba a vivir sin su madre? ¡No podría! Muy mayor, con hija y todo, pero solo tenía una madre. Siempre había sido su consuelo, su refugio. Cuando todo iba mal, la esperanza era volver a casa, que ella la abrazara, la alimentara, le diera una palabra buena.

Sonó el móvil. Era Jacinto, su hermano.

¿Y tú qué quieres? ¿Otra vez con la casa? Quédatela toda, ¡pesados! Madre te adora, siempre se preocupa por ti, pregunta. ¿Te acuerdas cuando estuviste tres meses en cama? ¿Quién te cuidó, eh? gritó y colgó.

Caminó por las calles mojadas sin ver nada, lágrimas corriendo por el rostro. Entró a una tienda y allí estaba: un vestido como aquél de la infancia en el escaparate.

Solo queda esta talla, le quedará pequeño susurró la dependienta.

Ya lo sé. Es para mi madre, está muy delgadita. Yo ni entro, se sonó Begoña.

La muchacha la miraba, boquiabierta. Vestido en mano. De camino a casa, compró también una tarta rosa y blanca, igual que aquel recuerdo. Aunque su madre ya no podría verla, no importaba: le contaría cómo lucía.

Subió los peldaños de tres en tres. Abrió y oyó cantar. Entrósu hija, Yara, sentada junto a la abuela, le acariciaba el cabello y le murmuraba una canción. La abuela sonreía.

Mi niña, ven aquí. Anda, ve a descansar, te agotas, mi vida dijo la madre, buscando la mano de Begoña.

Un nudo en la garganta. No podía respirar. La vida pone pruebas y no todos las superan dignamente. Ella, Begoña, había estado a punto de fallar.

¡Madre! se arrodilló a sus pies.

Eso era: tener padres vivos es seguir siendo hijos. Sin ellos, uno queda huérfano, aunque tenga 10, 20 o 50 años. Todos necesitamos una madre.

Mamá, te he comprado un vestido. Como aquél de la vitrina, el plateado. Y una tarta, igual que la de antes. Venga, vamos a arreglarnos y a merendar. ¡Vas a estar guapísima! y le soltó el pelo a la madre, le puso el vestido.

La madre jugaba con el vestido, tímida la sonrisa. Yara fue corriendo por el perfume y pintó los labios de la abuela, puso a calentar agua para el té.

Pasaron la tarde recordando, riendo, merendando. A Begoña le parecía que su madre era la más bella del mundo, con un semblante sereno, bondadoso, de esas caras que ya casi no quedan. Nunca una queja de su boca, ni en el peor dolor. De pronto llamaron. Jacinto, su hermano, llegaba con un ramo de flores. Y ¡un piña!

¿Para qué traes eso, Jacinto? exclamó Begoña, sorprendida.

Mamá quería probarla una vez, pero no había dinero. Ahora puedo traerle una cada día. Perdona, Begoña, no hagas caso a Toni. ¡Que viva madre muchos años! No quiero ni metros, ni pisos Cuando esté mejor, se viene conmigo. Y seguimos reuniéndonos contestó Jacinto.

Entró en la habitación maravillándose del vestido nuevo, la madre reía, aunque tímida, como si no estuviera enferma.

Los días de Begoña cambiaron. Imaginaba, y se le helaba el pecho, qué sería si faltase la madre. Luchaba entonces por cada día, cada instante. Decía a todos:

Temía llegar a casa y no encontrar a mi madre. Ahora que es casi como una niña, la baño, la peino y le pido, bajito: «Solo vive, aunque sea así, sólo quédate conmigo».

Echó de casa la tristeza, la resignación. Se forzó a sonreír cada día, a contarle historias graciosas, prometerle que pronto caminaría. Hacía de cada jornada una celebración: llenaban el salón de globos, cantaban karaoke, ponían música. ¡La madre adoraba las canciones y tenía voz fuerte! Se animaba incluso a acompañarlas.

Begoñita, llevas algo amarillo, ¿verdad? preguntó una tarde la madre.

Begoña dejó caer la bayeta, sorprendida. Iba vestida con su traje amarillo de flores.

¿Me ves, madre? ¡Qué felicidad! corrió a abrazarla.

Poco a poco, la madre empezó a caminar, primero agarrada a la pared. No había mayor alegría para Begoña. Ni habló ya de que volviera a su piso: mejor estaban juntas.

Viviremos aquí, las tres: tú, Yara y yo. Hay tanto por hacer aún. Me ibas a enseñar a cocinar, las formas del pan siguen en el estante y siempre se me queman los pasteles. Jacinto ha prometido venir besó a su madre.

Jacinto llegó, grande y fuerte. La madre lo llamaba cariñosamente «mi osito». La sacó en brazos al patio y la sentó en el banco. Begoña la miraba orgullosa: tan arreglada, con abrigo nuevo y sombrero. Como una muñeca.

Por fin, por primera vez, sintió tranquilidad. Poco a poco, paso a paso, todo era posible. Sólo pedía una cosa: que viviera. Oír su voz cada día. Porque ella era el agua, la luz y el sol. Como una flor no puede vivir sin sol, así los hijos sin madre se apagan.

¿Y qué desear, entonces? Que los corazones de las madres siempre sigan latiendo, que reciban atenciones, sorpresas de los hijos: ramos de flores un día lluvioso, ese vestido que quizá ya no estrenen pero que les hace ilusión, un frasquito de colonia.

Y, sobre todo, escuchar en vida las palabras más importantes del mundo:

Te quiero, mamá. Quédate siempre conmigo, mamá. Eres lo mejor de mi vida.

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MagistrUm
— Ay, yo no podría hacer eso. Convertirse en un vegetal, estar pendiente de enfermos postrados es pa…