**Diario de Lucía**
¡Ay, pero quién es este! exclamé al entrar en la cocina de mi amiga.
Bajo la luz amarilla de la lámpara, en un rincón junto a la pequeña cómoda, había un hombre calvito de unos cuarenta años, cortando perejil con un cuchillo ancho de Marta. Parecía tan tímido como hábil con el utensilio.
Lucía, este es Tomás. Tomás, Lucía murmuró Marta, ruborizándose. Toma, el azúcar, vamos.
Me apretó en las manos una lata marcada con cristales de azúcar y me empujó hacia el pasillo.
¡Mucho gusto! alcancé a decir, lanzando una mirada rápida al “nuevo” de mi amiga.
Pero no había nada en él que justificara su repentina presencia en el delantal de Marta, estampado con rosquillas de colores.
Tomás, ya voy gritó hacia la cocina antes de cerrar la puerta.
En el pasillo, la agarré del brazo con fuerza:
¡Cuéntame!
¿Qué quieres que te cuente? intentó esquivar. Bueno, vamos.
Salimos del piso, cruzamos el estrecho rellano y entramos en mi casa. El aire olía a canela y a perfume de Dior. Cada detalle, desde el puff blanco junto a la puerta, revelaba mi obsesión por el orden.
No como el tuyo pensaría Marta, como siempre, recordando sus paredes mal empapeladas.
¡Cuéntame! insistí, añadiendo azúcar al bol de crema y agitando el batidor con impaciencia.
¿Y Rodri? intentó desviar la conversación.
En una reunión. Tardará. ¡Venga!
¿Qué quieres que diga? Lo vi en el mercado. Y lo recogí.
¿Cómo? arqué las cejas.
Pues eso, estaba vendiendo hierbas. Con una gabardina, aspecto decente, pero abandonado. Le pregunté: “¿Cuánto el perejil?”. Y él: “¿Puedo regalártelo?”. Le dije: “¿Por qué?”. Y él: “Me prometí que si una mujer con ojos tristes se acercaba, se lo daría todo. Tómalo, lo cultivé yo”.
¿Y tú?
Pues lo acepté. Al irme, le pregunté: “¿Por qué cree que mis ojos son tristes? No lo son”. Me miró en silencio luego cogió mis bolsas y caminó a mi lado.
¿Y tú? pregunté, olvidando el batidor en mi mano y rascándome el flequillo.
Seguí caminando, preguntándome qué hacer. Al final pensé: “Está perdido, pobre hombre. Que se quede”.
¡No me digas! ¿Trajiste a un desconocido a tu casa? ¿Escondiste al menos lo valioso?
¡Lucía! se enfadó. Es radiólogo.
¿Viste sus documentos?
Tú misma me lo enseñaste murmuró, desanimada. Con el aguacate
¿Qué aguacate? me quedé perpleja.
Pero Marta ya recordaba aquella noche en esta misma cocina: el aguacate cortado en finas láminas, el gradiente de verde intenso cerca de la piel hasta el tono lechoso junto al hueso.
Nunca supo elegirlos. Pasaba minutos palpándolos en el supermercado, tratando de adivinar su madurez. A veces creía acertar, pero al abrirlo, el cuchillo encontraba resistencia, como con una patata. Entonces lo dejaba madurar en la mesa.
Pero aquel día, el aguacate era perfecto. Lo había comprado yo. Marta lo probó, y su sabor fresco, con un toque a nuez, llenó su boca.
Dijiste que un buen aguacate no se elige por fuera, sino que se siente explicó, volviendo al presente.
¿Y eso qué tiene que ver con los hombres?
Pues que tú siempre aciertas, como con los aguacates. Yo no.
¿Y qué sentiste con Tomás? casi olvidaba su nombre, tan poco impresionante me parecía.
Me dio calma. Aunque el mercado era un caos, junto a él todo era tranquilo. Pensé: “¿Y si no importa que sea normal?”.
Vale, vete. No sea que le pase algo.
La empujé hacia la puerta con la lata de azúcar y me quedé escuchando. Un click, silencio.
“Bueno, ¿y si?”. Volví a la crema del pastel.
Marta entró en su casa y vio a Tomás, aún con su delantal, subido a un taburete, pegando un trozo de papel pintado en la pared.
Perdona, encontré el pegamento en la cocina ¿Te molesta? preguntó, tambaleándose.
Ella saltó hacia él, abrazándole las piernas, palpando sus rodillas bajo los vaqueros oscuros, como si comprobara la madurez de un aguacate. “Mío”, pensó.
Tomás no se movió, quizá por no soltar el papel, o por miedo a espantar algo frágil pero valioso.
Al fin, apartó las manos de la pared y acarició suavemente el pelo de Marta.
¿Te gusta el aguacate? preguntó ella, cerrando los ojos.
¡Mucho! mintió, sin haberlo probado nunca.
Y en ese instante, el papel húmedo se desprendió, cubriéndolos con un suave crujido. O quizá era la felicidad.







