Ay, muchacha, en vano le saludas. No te casará.
A Clara acababa de cumplir dieciséis años cuando perdió a su madre. Su padre, hacía siete años, se marchó a Madrid a buscarse la vida, y desde entonces nada, ni noticias ni pesetas enviadas.
Casi todo el pueblo se reunió para el funeral, ayudando cada uno como podía. La tía Rosario, madrina de Clara, acudía a menudo a visitarla, recordándole lo que debía hacer en casa. Tan pronto terminó la escuela, la acomodaron a trabajar en la oficina de correos del pueblo vecino.
Clara era de esas muchachas fuertes, de las que se dice salud de hierro. Cara redonda y sonrosada, nariz chata, pero unos ojos grises, vivos y llenos de luz. La trenza rubia le llegaba a la cintura.
En el pueblo, el chico más guapo era sin duda Tomás. Hacía dos años que volvió del servicio militar, y desde entonces tenía a todas las chicas tras él. Incluso las chiquillas de la ciudad que venían a pasar el verano en el campo no le perdían de vista.
Más que conducir el camión en el pueblo, bien podría haber salido en películas de los de verdad. Tomás no se apuraba en buscarse novia, ni parecía tener prisa por sentar cabeza.
Un día, la tía Rosario se le presentó y le pidió que ayudara a Clara con la valla de la casa, que se estaba cayendo. Sin fuerza masculina, en el pueblo la vida se hace dura. Clara podía sola con la huerta, pero lo de arreglar la casa era otra historia.
Sin muchas palabras, Tomás aceptó. Llegó, miró el estropicio y empezó a dar órdenes: Tráeme esto, corre a por aquello, dame y pásame. Clara, sin rechistar, le traía cuanto pedía.
Y con eso, las mejillas de ella se encendían aún más, y la trenza saltaba de un lado a otro. Cuando Tomás se cansaba, ella le servía un buen cocido, y le preparaba un té bien fuerte. Y se quedaba mirándole cómo partía pan negro con esos dientes blancos y fuertes.
Tres días estuvo Tomás reparando la valla, y al cuarto se presentó sin más, de visita. Clara le ofreció la cena, palabra va, palabra viene, y él se quedó a dormir. Así empezó a aparecer cada noche. Se iba al amanecer, para que nadie pudiera verlo. Pero en el pueblo, nada se esconde mucho tiempo.
Ay, muchacha, en vano le saludas, que no se casará. Y si te casas, acabarás sufriendo. Cuando llegue el verano y se llenen las calles de chicas guapas de Madrid, ¿qué harás tú? Te consumirás de celos. No es ese el hombre que te conviene le repetía la tía Rosario.
Pero ¿acaso la juventud enamorada escucha los consejos de la vejez sabia?
Luego Clara se dio cuenta de que esperaba criatura. Al principio pensó que era una simple gripe o que algo le había sentado mal. Pero la debilidad y el mareo no cesaban, hasta que, de pronto, comprendió tras mucho pensar que llevaba un hijo de Tomás en el vientre.
Por momentos deseó sacudirse aquella carga, pues era muy joven para ser madre. Pero pensó que era mejor así, ya no viviría sola.
Su madre la había criado; ella también saldría adelante. Su padre, poco provecho le había dado, si acaso unas borracheras nada más. Las bocas hablan, pero luego se callan.
En primavera, al quitarse el abrigo, todos en el pueblo se percataron del vientre prominente. Movían la cabeza, murmurando que la pobre muchacha había tenido mala suerte. Tomás, por supuesto, pasó a preguntar qué pensaba hacer.
¿Qué voy a hacer? Tenerlo. No te preocupes, criaré yo sola a la criatura. Tú vive como quieras le dijo ella, sin mirarle, mientras removía la lumbre.
Tomás se le quedó mirando un buen rato, pero al final se marchó. Estaba decidido: como agua sobre la piel de un pato. Llegó el verano, llegaron las chicas de la ciudad, y Tomás apenas pensó en Clara.
Ella seguía trabajando en la huerta, despacito, y la tía Rosario venía a ayudarle a desyerbar. Con el vientre tan grande, apenas podía agacharse. Iba por agua al pozo, medio cubo cada vez. Las abuelas decían que por ese barrigón, tendría un mozo bien hermoso.
El que Dios quiera decía Clara, haciendo bromas.
En septiembre, una mañana se despertó con un dolor agudo, como si el vientre le partiera en dos. El dolor cedía, pero volvía. Corrió como pudo a casa de la tía Rosario, que con solo verla supo lo que ocurría.
¿Ya está? Siéntate, que yo me encargo y salió corriendo de la casa.
Fue a buscar a Tomás. Él tenía el camión aparcado junto a su casa. Los veraneantes ya se habían ido, y él, para colmo, la noche anterior se había emborrachado de lo lindo.
La tía Rosario le zarandeó hasta que despertó. Tomás miraba alrededor, desconcertado, sin saber qué pasaba ni a dónde había que ir. Cuando lo entendió, empezó a gritar:
¡Son diez kilómetros hasta el hospital! Para buscar médico y volver, ella ya habrá tenido al niño. ¡Directo, que la llevo yo! Prepara a la chica.
¿En el camión? Vas a destrozarla en ese traqueteo, y el niño se te cae por el camino protestó Rosario.
Pues tú vienes con nosotros, por si acaso respondió él, sin darle más vueltas.
Los dos recorrían los caminos pedregosos, Tomás conduciendo con delicadeza. Esquivaba un bache, caía en otro. La tía Rosario iba sentada en la parte trasera sobre un saco. Cuando llegaron al asfalto, pusieron el pie en el acelerador.
Clara se retorcía en el asiento de al lado, mordía el labio para no gemir y se abrazaba el vientre. Tomás había espabilado de golpe.
Le echaba miradas de reojo, con los músculos tensos, y los nudillos blancos de agarrar el volante, pensando en sus cosas.
Llegaron a tiempo. Dejaron a Clara en el hospital y se volvieron al pueblo. La tía Rosario no paró de reprocharle a Tomás por el camino:
¿Por qué le has destrozado la vida a la pobre muchacha? Sola, sin padres, casi una niña, y encima le dejas la carga de un hijo. ¿Cómo se las va a apañar?
El camión no había llegado aún al pueblo, pero Clara ya era madre de un niño sano y fuerte. Al día siguiente la trajeron para darle de comer al bebé. No sabía cómo cogerlo en brazos, ni cómo acercarlo al pecho.
Miraba con ojos asustados el rostro arrugado y rojizo de su hijo. Mordió de nuevo el labio, obedeciendo lo que le decían.
Pero por dentro su corazón palpitaba de alegría. Le miraba, soplaba suavemente en su frente, donde el pelo tímido se erizaba, y se sentía dichosa, aunque un poco torpe.
¿Vendrán a por ti? le preguntó el médico antes del alta, un hombre serio y mayor.
Clara se encogió de hombros y negó con la cabeza:
No lo creo.
El médico suspiró y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta del hospital, solo para el viaje. Le dio instrucciones de devolverla.
Federico te llevará en el coche al pueblo. ¿Cómo vas a ir en el autobús con el crío? soltó, un poco enfadada, juzgando el caso.
Clara le dio las gracias. Iba por el pasillo del hospital con la cabeza baja, toda colorada de vergüenza.
Clara viajaba en el coche, con su hijo apretado contra el pecho, pensando con angustia en cómo vivirían de ahora en adelante.
Las ayudas por maternidad eran tan escasas que apenas daban para comer. Se lamentaba por sí misma y por el inocente niño. Miraba aquel rostro arrugadito, dormido, y un torrente de ternura le inundaba el corazón, apartando las malas ideas.
De pronto el coche se detuvo. Clara miró preocupada a Federico, hombre bajito de unos cincuenta.
¿Qué ocurre?
Llevan dos días cayendo chuzos de punta. Mira qué charcos, ni entrar ni rodearlos. Nos hundiremos. Solo se puede cruzar con camión o tractor.
Perdona, no queda mucho. Un par de kilómetros. ¿Llegas andando? señaló la carretera, donde el agua se extendía como un lago sin fin.
El niño dormía en sus brazos. Incluso sentada ya le dolía de sostenerlo. Era un auténtico mozo. ¿Y ahora, cómo atravesar aquel lodazal así?
Con cuidado, Clara salió del coche, acomodó al pequeño y se puso a caminar, bordeando aquel gran charco. Los pies se le hundían hasta el tobillo en la arcilla, temiendo escurrirse con cada paso.
Los zapatos ya viejos chapoteaban; de haberlo sabido, hubiera ido al hospital con botas de agua. Uno de ellos se quedó enterrado en el barro. Clara se detuvo a pensar qué hacer. Era imposible sacarlo con el niño en brazos, así que siguió adelante con solo un zapato.
Cuando por fin llegó al pueblo, ya caía la noche y sus pies no sentían el frío. No le quedaban fuerzas para sorprenderse de que la luz estuviera encendida.
Subió los peldaños de la entrada, los pies helados y el sudor corriéndole por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó paralizada.
Junto a la pared había una cuna para el bebé, un carrito y ropa bonita bien doblada. Tomás, sentado a la mesa, tenía la cabeza escondida entre los brazos, dormido.
Ya fuera por el ruido o por presentir su llegada, levantó la cabeza. Clara, despeinada y sonrosada, con el niño en brazos apenas se sostenía en el umbral. El vestido empapado y las piernas llenas de barro hasta los zapatos.
Al ver que le faltaba uno, Tomás corrió hacia ella, tomó al niño y lo puso en la cuna. Se fue al fuego y sacó una olla de agua caliente.
La ayudó a sentarse, a desnudarse, a lavar los pies. Mientras ella se cambiaba detrás de la estufa, ya tenía la mesa preparada: patatas cocidas y una jarra de leche.
Entonces el niño empezó a llorar. Clara fue corriendo, lo tomó en brazos y se sentó a la mesa, sin vergüenza alguna para darle de comer.
¿Cómo le has llamado? preguntó Tomás con voz ronca.
Sergio. ¿Te parece bien? le respondió Clara, alzando la mirada de sus ojos claros.
En esos ojos había tanta pena y tanto amor, que el corazón de Tomás dolió de repente.
Es bonito. Mañana lo llevamos a registrar y nos casamos de paso.
No hace falta… empezó a decir Clara, mirando al niño mamar.
Mi hijo debe tener un padre. Ya está, se acabó la vida de calavera. No sé qué marido seré, pero al niño no lo abandono.
Clara asintió, sin levantar la cabeza.
Dos años después, llegó una niña más. Le pusieron Alejandra, como la madre de Clara.
No importa cuántos errores cometas al empezar la vida. Lo esencial es que siempre pueden corregirse
Así fue como sucedió todo. ¿Vosotros qué pensáis? Escribid vuestros comentarios. Dejad vuestro me gusta.







