Ay, muchacha, en vano le sonríes, que no se casará contigo. A Varita apenas le acababa de cumplir dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se fue a trabajar a la ciudad hace siete años y nunca volvió ni envió noticias ni dinero. Casi todo el pueblo acudió al funeral y ayudó como pudo. La tía María, madrina de Varita, venía a menudo y le enseñaba las tareas del hogar. Cuando terminó la escuela, la colocaron a trabajar en la oficina de correos del pueblo vecino. Varita era una chica fuerte, de esas que se dice “de buena sangre y buena leche”. Rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises, luminosos. La trenza rubia gruesa le bajaba hasta la cintura. El muchacho más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que volvió del servicio militar y era el favorito de todas las chicas. Incluso las de la ciudad, que pasaban el verano allí, se fijaban en él. No debería trabajar de chófer en el pueblo, sino actuar en películas de Hollywood. No tenía prisa por sentar cabeza y elegir esposa. Un día la tía María fue a pedirle que ayudara a Varita a arreglar la cerca, que se caía. Sin fuerza masculina es difícil vivir en el pueblo. Ella podía con el huerto, pero la casa era otro cantar. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Miró, inspeccionó y empezó a dar órdenes: trae esto, ve allá, pasa lo otro. Varita obedecía sin rechistar, las mejillas cada vez más rojas y la trenza saltando de lado a lado. Cuando el joven se cansaba, ella le preparaba un buen cocido y un té fuerte. Lo miraba comer pan negro, maravillada de sus dientes fuertes y blancos. Durante tres días Nicolás arregló la cerca y el cuarto día vino de visita sin motivo. Varita lo invitó a cenar, charlaron y acabó quedándose a dormir. Y así empezó a ir con frecuencia, marchándose antes del amanecer para que nadie los viera. Pero en el pueblo todo se sabe. —Ay, muchacha, en vano te alegras con él, que no se casará —repetía la tía María—. Y si lo hace, te va a hacer sufrir. En cuanto llegue el verano, regresan las de la ciudad y ¿qué harás tú? Te vas a quemar de celos. No es el tipo de hombre que necesitas. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha a la sabiduría de los mayores? Al cabo, Varita comprendió que estaba encinta. Al principio pensó que sería un resfriado o que había comido algo en mal estado. Debilidad y náuseas. Pero, de pronto, comprendió que llevaba dentro un hijo de Nicolás, el guapo. Tuvo la tentación de deshacerse del niño, pensaba que era demasiado joven. Pero luego se convenció de que sería mejor, así no viviría sola. Su madre la sacó adelante, ella también podría. El padre tampoco sirvió mucho, siempre estaba ausente. La gente comenta, pero pronto se olvida. En primavera, cuando dejó el abrigo, todo el pueblo notó la barriga que sobresalía. Sacudían la cabeza, lamentando la suerte de la muchacha. Nicolás fue a preguntarle qué pensaba hacer. —¿Qué voy a hacer? Tenerlo. No te preocupes, yo sola criaré al hijo. Sigue con tu vida —dijo sentándose junto al fuego, con el resplandor rojizo en el rostro y en los ojos. Nicolás la miró con cariño, pero se marchó. Ella lo había decidido sola. Como agua sobre el pato. Llegó el verano, regresaron las chicas de ciudad y Nicolás se olvidó de Varita. Ella seguía trabajando en el huerto, y la tía María venía a ayudar. Le costaba agacharse con la barriga, llevaba agua del pozo en cubos a medio llenar. Era grande y las mujeres del pueblo decían que tendría un niño fuerte. —Lo que Dios mande —bromeaba Varita. A mediados de septiembre comenzó a sentir un dolor agudo, como si le partieran la barriga en dos. Acudió corriendo a la tía María, que lo entendió todo solo con verla. —¿Ya está? Siéntate, que voy ahora —y salió corriendo. Fue a buscar a Nicolás, que tenía la furgoneta cerca de casa. Los veraneantes ya se habían ido. Justo el día anterior, él había bebido demasiado. La tía María lo zarandeó y Nicolás despertó sin entender. Cuando captó lo que pasaba, exclamó: —¡Pero si hay diez kilómetros hasta el hospital! Para cuando vaya y vuelva con el médico, ella ya habrá tenido al niño. Mejor llevarla yo mismo, prepárala. —¿Cómo vas a ir en la furgoneta? La sacudirás tanto que tendrá al niño en el camino —protestó ella. —Pues vienes con nosotros, por si acaso —decidió Nicolás. Anduvo dos kilómetros por el camino de tierra con sumo cuidado, esquivando pozos. La tía María iba detrás, sentada sobre sacos. Al llegar al asfalto, aceleró. Varita sufría en el asiento de al lado, apretando los dientes para no gemir y sujetándose el vientre. Nicolás se puso serio, miraba a la muchacha de reojo, los nudillos blancos en el volante, perdido en sus pensamientos. Llegaron a tiempo. La dejaron en el hospital y regresaron. La tía María regañaba a Nicolás: —¿Para qué le estropeaste la vida a la muchacha? Sola, sin padres, todavía una niña y le sumaste preocupaciones. ¿Cómo se las apañará con el niño sola? La furgoneta aún no había vuelto al pueblo cuando Varita ya era madre de un niño fuerte y sano. Al día siguiente lo llevó a alimentar y no sabía ni cómo cogerlo ni cómo darle el pecho. Miraba con temor el rostro rojo y arrugado de su hijo. Aguantó las lágrimas y siguió las indicaciones, el corazón le vibraba de felicidad, soplaba en la frente del pequeño y se llenaba de orgullo. —¿Vendrán a por ti? —le preguntó el médico al darle el alta. Varita encogió los hombros y negó con la cabeza. Él suspiró y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta para que solo aguantara hasta casa. Le pidió que la devolviera. —Federico te llevará en el coche de la consulta hasta el pueblo. No vas a ir en autobús con el recién nacido —le dijo con severidad. Varita se lo agradeció, toda roja de vergüenza. Viajaba acurrucando al niño y preocupada por cómo vivirían ahora. La paga maternal era escasa. Le daba pena de sí misma y del niño inocente. Miró el carita arrugada del pequeño dormido y el amor le llenó el corazón, apartando los pensamientos tristes. De repente el coche se detuvo. Varita miró nerviosa a Federico. —¿Qué pasa? —Ha estado lloviendo dos días. Mira qué charcos, ni avanzar ni rodear. Aquí solo con furgoneta o tractor. —Lo siento. Quedan unos dos kilómetros. ¿Te ves capaz de caminar? —señaló una enorme poza de agua que parecía un lago interminable. El bebé dormía. Hasta sentada se cansaba de sostenerlo, era un auténtico fortachón. Pero ¿cómo caminar con él por ese camino? Varita bajó con cuidado, acomodó al niño y siguió por el borde del charco. Los pies se hundían en el barro hasta los tobillos y temía resbalar. Los zapatos viejos chorreaban. De haber sabido, habría ido al hospital con botas de goma. Uno se quedó atrapado en el barro. Intentó sacarlo, pero no podía con el niño en brazos. Siguió solo con uno. Al llegar al pueblo ya anochecía y los pies estaban helados. No pudo sorprenderse al ver luz en las ventanas. Subió los escalones secos. Las piernas estaban frías pero ella sudaba por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó inmóvil. Junto a la pared había una cuna, un cochecito, ropa bonita para el bebé. Nicolás dormía sobre la mesa, la cabeza hundida en los brazos. Al sentirla entrar, levantó la cabeza. Varita, roja y despeinada, apenas se sostenía sobre las piernas con el niño en brazos. El vestido mojado y las piernas de barro hasta las rodillas. Al verla sin un zapato, Nicolás corrió a ayudarla, tomó al niño y lo acostó en la cuna. Fue directo al fuego a calentar agua. La sentó, la ayudó a cambiarse y lavarse los pies. Cuando Varita terminó de cambiarse, ya había patatas cocidas y una jarra de leche sobre la mesa. Entonces el niño lloró. Varita lo abrazó, se sentó y lo amamantó sin rubor. —¿Cómo lo has llamado? —le preguntó Nicolás con voz ronca. —Sergio. ¿Te parece bien? —le miró con los ojos claros y radiantes. En ellos había tanta tristeza y amor, que a Nicolás se le encogió el corazón. —Bonito nombre. Mañana vamos a registrarlo y de paso nos casamos. —No es necesario —empezó Varita, mirando cómo el pequeño comía. —Mi hijo tiene que tener un padre. Ya está, ya he vivido bastante. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no lo abandono. Varita asintió con la cabeza baja. Dos años después tuvieron una niña, la llamaron como la madre de Varita: Esperanza. No importa qué errores cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Así fue esta historia real. ¿Tú qué opinas? ¿Qué hubieras hecho? Déjanos tu comentario y tu “me gusta”.

Madrid, 12 de octubre

Hoy he vuelto a releer mi propio pasado, como si en las líneas de este diario encontrara las respuestas que busco. No sé si estas páginas aliviarán mi corazón, pero así me desahogo, aunque sea un poco.

Apenas tenía dieciséis años cuando mamá se fue para siempre. Papá ya se había marchado a trabajar a Barcelona hacía unos siete años y nunca recibió respuesta suya, ni dinero, ni cartas. En nuestro pueblo, todos colaboraron en el funeral, ayudando cada uno como pudo. Mi tía María, mi madrina, siempre se preocupó por mí, enseñándome lo que debía hacer. Cuando terminé el colegio, me consiguió trabajo en la oficina de Correos del pueblo de al lado.

Nunca fui la chica más hermosa de la región, pero sí fuerte y sana; más sana que las manzanas de Aragón, decían las vecinas. Rostro redondeado, mejillas coloradas, nariz ancha, pero con unos ojos grises llenos de luz. Mi trenza rubia caía hasta mi cintura.

En el pueblo, todos sabían que el chico más guapo era Nicolás. Volvió del servicio militar hace dos años y no había chica que no lo mirara. Incluso las jóvenes de la ciudad, que venían a pasar el verano con los abuelos, se le acercaban. Dicen que su sitio no era conducir el tractor del padre, sino aparecer en las películas que salen por la tele. Pero Nicolás no estaba listo para comprometerse; le gustaba disfrutar de su juventud y no pensaba en novias ni bodas.

Un día, vino tía María pidiéndole que ayudara a arreglar mi verja, que ya amenazaba con caerse. Porque vivir sola en el campo sin un hombre que eche una mano… se hace cuesta arriba. Yo me defendía con las hortalizas, pero con la casa poco podía hacer. Nicolás vino sin poner pegas. Observó el desastre y empezó a mandar: esto, lo otro Tráeme el martillo, corre por las tablas, acerca los clavos. Yo obedecía, intentando no enrojecer más aún, con la trenza bamboleándose a mi espalda.

Al final del día, él acababa cansado y yo le servía un cocido bien hecho y té caliente, y me quedaba mirándole masticar el pan negro con esos dientes tan blancos que tenía. Nicolás tardó tres días en acabar la verja, pero el cuarto vino solo, a visitarme. Yo le preparé la cena y entre palabra y palabra, se quedó a dormir. Así empezó a venir cada noche. Salía al amanecer para que nadie nos viera, aunque en el pueblo todo se sabe.

Las lenguas no tardaron. Ay, muchacha, que lo saludas y él no piensa casarse. Si se casa, te va a dar muchos dolores de cabeza. Cuando llegue el verano, vendrán las chicas de Madrid, ¿no te va a salir la envidia por las orejas? No es para ti ese chico, repetía la tía María, preocupada.

Pero cuando la juventud está enamorada, los consejos de los mayores poco sirven.

Unos meses después, llegué a entender que estaba embarazada. Pensé primero que sería una gripe o una intoxicación, con ese mareo y debilidad, pero la realidad se impuso como un jarro de agua fría: llevaba en mi vientre el hijo de Nicolás.

Por un momento pensé en deshacerme del bebé; era demasiado pronto para ser madre. Pero luego me convencí de que quizás sería mejor así: al menos no viviría sola. Mi madre me crió, y yo podría hacer lo mismo. Si del padre no saqué mucho, y era más dado al vino que al cariño, la gente hablaría y luego se acostumbraría.

Cuando la primavera se fue, guardé el abrigo; fue entonces cuando todos notaron mi barriga en el pueblo. Las mujeres murmuraban que algo malo había pasado conmigo. Nicolás vino a enterarse de mis planes.

¿Y qué voy a hacer? le dije. Tener el niño. No te preocupes, lo criaré sola. Vive tu vida como siempre.

Nicolás se fue, embelesado y pensativo, mientras yo seguía encendiendo el fuego. Y llegó el verano y, como decía la tía, vinieron las chicas guapas de la ciudad, y desde entonces Nicolás desapareció aún más de mi vida.

Yo, en silencio, seguía con mis tareas; tía María venía a ayudarme a quitar hierbas porque inclinarse con la tripa me costaba. Bajaba cubos de agua de la fuente, y las mujeres del pueblo decían que tendría un mozo fuerte.

Lo que Dios quiera decía yo bromeando.

En septiembre, desperté una mañana con un dolor que me partía el cuerpo. El dolor se aligeró, pero luego volvió de golpe. Salí corriendo a casa de la tía María, que, con solo mirarme, ya lo entendió.

¿Ya es hora? Quédate aquí dijo y salió volando.

Fue a buscar a Nicolás, que tenía el camión aparcado junto a casa. Los veraneantes ya se habían ido y él, como si lo hubiera hecho adrede, se había emborrachado la noche anterior. Tía María lo zarandeó hasta que entendió lo que pasaba:

¡Nos quedan diez kilómetros hasta el hospital! Como busques médico y vuelvas, ya habrá nacido el chiquillo. Mejor la llevamos directamente. Decidió, convencida.

¿En el camión? gritó la tía. Nos vas a sacudir tanto que el niño nace en la cuneta.

Entonces ven con nosotros repuso él.

Condujo con mucho cuidado los dos primeros kilómetros, esquivando baches, y cuando por fin llegaron al asfalto, aceleró. Yo, encogida en el asiento, me mordía los labios para no gemir, las manos apretando la barriga. Nicolás estaba serio, con los nudillos blancos y la mandíbula tensa, como si se le fueran a romper.

Llegamos justos de tiempo. Me dejaron en el hospital y volvieron. Tía María regañaba a Nicolás todo el camino por lo que había hecho conmigo, una niña sola y ahora con un hijo, sin ayuda alguna.

Antes de que el camión llegara al pueblo, ya era madre de un niño grande y sano. Al día siguiente, me lo llevaron para que le diera de comer. Yo no sabía ni cómo cogerlo ni cómo acercarlo al pecho, miraba su carita arrugada y colorada y hacía lo que me decían las enfermeras, mordiéndome otra vez los labios de nervios. Pero mi corazón latía de alegría al mirarlo, soplando en la frente donde sobresalían los pelitos finos.

¿Vendrá alguien a por ti? me preguntó el médico serio antes de darme el alta.

Encogí los hombros y negué con la cabeza.

Suspiró el hombre. La enfermera me envolvió al niño en una manta sólo para llegar a casa y me pidió devolverla luego. Fermín te lleva en la furgoneta. No irás en bus con el bebé, dijo, definitivamente.

Le di las gracias, y bajé el pasillo del hospital con la cabeza baja, roja de vergüenza. En el viaje de vuelta, apretaba a mi niño contra el pecho, preocupada por cómo saldríamos adelante. La ayuda por maternidad es escasa, apenas unos euros, y entre la fatiga y el miedo por el futuro, me compadecía de mí y del pequeño inocente.

La carretera se puso imposible: lluvias de dos días dejaron enormes charcos. Imposible avanzar, ni rodear. Sólo con tractor o camión se pasa. Te queda un par de kilómetros; ¿vas andando? me preguntó Fermín, señalando ese lago interminable en plena carretera.

El niño dormía. Solo de tenerlo en brazos estaba agotada. Era enorme, y yo, con sólo una pierna calzada porque el charco devoró uno de mis zapatos, me fui arrastrando por el borde, hundiendo los pies en el barro, resbalando cada paso. Si hubiera llevado botas de goma

Al llegar al pueblo era de noche, no sentía ya mis pies y estaba empapada, pero no me quedaban fuerzas ni para sorprenderme al ver luz en la ventana. Subí las escaleras y abrí la puerta.

Me quedé helada: En la casa había una cuna, un carrito con ropa nueva para el niño. Nicolás dormía sobre la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos.

Quizás me oyó, porque levantó la cabeza. Yo, roja y despeinada, apenas podía sostenerme en pie, el vestido empapado y el barro hasta las rodillas. Al ver que faltaba un zapato, corrió a tomar al niño y lo acostó en la cuna. Fue directo a la cocina y calentó agua.

Me sentó y me ayudó a lavarme, y mientras yo me vestía detrás de la estufa, ya tenía papas cocidas y una jarra de leche en la mesa. El niño lloró entonces, y corrí a buscarlo, lo tomé, me senté y sin vergüenza empecé a amamantar.

¿Cómo se llama? preguntó Nicolás con voz ronca.

Sergio. ¿Te parece bien? Le miré, mis ojos claros llenos de dolor y amor.

Bonito nombre. Mañana iremos al registro y nos casaremos.

No hace falta… empecé a decir, mientras el bebé comía.

Mi hijo debe tener padre. Ya basta de jugar. No sé si seré buen esposo, pero no dejo a mi hijo.

Asentí, sin levantar la cabeza.

Dos años después, llegó también una niña: la llamamos Esperanza, por mi madre.

No importa los errores al empezar el camino, lo que cuenta verdaderamente es que siempre pueden corregirse

Así es mi historia. Si alguien la lee, cuéntame qué piensas. Y si te parece, déjame un me gusta.

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MagistrUm
Ay, muchacha, en vano le sonríes, que no se casará contigo. A Varita apenas le acababa de cumplir dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se fue a trabajar a la ciudad hace siete años y nunca volvió ni envió noticias ni dinero. Casi todo el pueblo acudió al funeral y ayudó como pudo. La tía María, madrina de Varita, venía a menudo y le enseñaba las tareas del hogar. Cuando terminó la escuela, la colocaron a trabajar en la oficina de correos del pueblo vecino. Varita era una chica fuerte, de esas que se dice “de buena sangre y buena leche”. Rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises, luminosos. La trenza rubia gruesa le bajaba hasta la cintura. El muchacho más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que volvió del servicio militar y era el favorito de todas las chicas. Incluso las de la ciudad, que pasaban el verano allí, se fijaban en él. No debería trabajar de chófer en el pueblo, sino actuar en películas de Hollywood. No tenía prisa por sentar cabeza y elegir esposa. Un día la tía María fue a pedirle que ayudara a Varita a arreglar la cerca, que se caía. Sin fuerza masculina es difícil vivir en el pueblo. Ella podía con el huerto, pero la casa era otro cantar. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Miró, inspeccionó y empezó a dar órdenes: trae esto, ve allá, pasa lo otro. Varita obedecía sin rechistar, las mejillas cada vez más rojas y la trenza saltando de lado a lado. Cuando el joven se cansaba, ella le preparaba un buen cocido y un té fuerte. Lo miraba comer pan negro, maravillada de sus dientes fuertes y blancos. Durante tres días Nicolás arregló la cerca y el cuarto día vino de visita sin motivo. Varita lo invitó a cenar, charlaron y acabó quedándose a dormir. Y así empezó a ir con frecuencia, marchándose antes del amanecer para que nadie los viera. Pero en el pueblo todo se sabe. —Ay, muchacha, en vano te alegras con él, que no se casará —repetía la tía María—. Y si lo hace, te va a hacer sufrir. En cuanto llegue el verano, regresan las de la ciudad y ¿qué harás tú? Te vas a quemar de celos. No es el tipo de hombre que necesitas. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha a la sabiduría de los mayores? Al cabo, Varita comprendió que estaba encinta. Al principio pensó que sería un resfriado o que había comido algo en mal estado. Debilidad y náuseas. Pero, de pronto, comprendió que llevaba dentro un hijo de Nicolás, el guapo. Tuvo la tentación de deshacerse del niño, pensaba que era demasiado joven. Pero luego se convenció de que sería mejor, así no viviría sola. Su madre la sacó adelante, ella también podría. El padre tampoco sirvió mucho, siempre estaba ausente. La gente comenta, pero pronto se olvida. En primavera, cuando dejó el abrigo, todo el pueblo notó la barriga que sobresalía. Sacudían la cabeza, lamentando la suerte de la muchacha. Nicolás fue a preguntarle qué pensaba hacer. —¿Qué voy a hacer? Tenerlo. No te preocupes, yo sola criaré al hijo. Sigue con tu vida —dijo sentándose junto al fuego, con el resplandor rojizo en el rostro y en los ojos. Nicolás la miró con cariño, pero se marchó. Ella lo había decidido sola. Como agua sobre el pato. Llegó el verano, regresaron las chicas de ciudad y Nicolás se olvidó de Varita. Ella seguía trabajando en el huerto, y la tía María venía a ayudar. Le costaba agacharse con la barriga, llevaba agua del pozo en cubos a medio llenar. Era grande y las mujeres del pueblo decían que tendría un niño fuerte. —Lo que Dios mande —bromeaba Varita. A mediados de septiembre comenzó a sentir un dolor agudo, como si le partieran la barriga en dos. Acudió corriendo a la tía María, que lo entendió todo solo con verla. —¿Ya está? Siéntate, que voy ahora —y salió corriendo. Fue a buscar a Nicolás, que tenía la furgoneta cerca de casa. Los veraneantes ya se habían ido. Justo el día anterior, él había bebido demasiado. La tía María lo zarandeó y Nicolás despertó sin entender. Cuando captó lo que pasaba, exclamó: —¡Pero si hay diez kilómetros hasta el hospital! Para cuando vaya y vuelva con el médico, ella ya habrá tenido al niño. Mejor llevarla yo mismo, prepárala. —¿Cómo vas a ir en la furgoneta? La sacudirás tanto que tendrá al niño en el camino —protestó ella. —Pues vienes con nosotros, por si acaso —decidió Nicolás. Anduvo dos kilómetros por el camino de tierra con sumo cuidado, esquivando pozos. La tía María iba detrás, sentada sobre sacos. Al llegar al asfalto, aceleró. Varita sufría en el asiento de al lado, apretando los dientes para no gemir y sujetándose el vientre. Nicolás se puso serio, miraba a la muchacha de reojo, los nudillos blancos en el volante, perdido en sus pensamientos. Llegaron a tiempo. La dejaron en el hospital y regresaron. La tía María regañaba a Nicolás: —¿Para qué le estropeaste la vida a la muchacha? Sola, sin padres, todavía una niña y le sumaste preocupaciones. ¿Cómo se las apañará con el niño sola? La furgoneta aún no había vuelto al pueblo cuando Varita ya era madre de un niño fuerte y sano. Al día siguiente lo llevó a alimentar y no sabía ni cómo cogerlo ni cómo darle el pecho. Miraba con temor el rostro rojo y arrugado de su hijo. Aguantó las lágrimas y siguió las indicaciones, el corazón le vibraba de felicidad, soplaba en la frente del pequeño y se llenaba de orgullo. —¿Vendrán a por ti? —le preguntó el médico al darle el alta. Varita encogió los hombros y negó con la cabeza. Él suspiró y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta para que solo aguantara hasta casa. Le pidió que la devolviera. —Federico te llevará en el coche de la consulta hasta el pueblo. No vas a ir en autobús con el recién nacido —le dijo con severidad. Varita se lo agradeció, toda roja de vergüenza. Viajaba acurrucando al niño y preocupada por cómo vivirían ahora. La paga maternal era escasa. Le daba pena de sí misma y del niño inocente. Miró el carita arrugada del pequeño dormido y el amor le llenó el corazón, apartando los pensamientos tristes. De repente el coche se detuvo. Varita miró nerviosa a Federico. —¿Qué pasa? —Ha estado lloviendo dos días. Mira qué charcos, ni avanzar ni rodear. Aquí solo con furgoneta o tractor. —Lo siento. Quedan unos dos kilómetros. ¿Te ves capaz de caminar? —señaló una enorme poza de agua que parecía un lago interminable. El bebé dormía. Hasta sentada se cansaba de sostenerlo, era un auténtico fortachón. Pero ¿cómo caminar con él por ese camino? Varita bajó con cuidado, acomodó al niño y siguió por el borde del charco. Los pies se hundían en el barro hasta los tobillos y temía resbalar. Los zapatos viejos chorreaban. De haber sabido, habría ido al hospital con botas de goma. Uno se quedó atrapado en el barro. Intentó sacarlo, pero no podía con el niño en brazos. Siguió solo con uno. Al llegar al pueblo ya anochecía y los pies estaban helados. No pudo sorprenderse al ver luz en las ventanas. Subió los escalones secos. Las piernas estaban frías pero ella sudaba por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó inmóvil. Junto a la pared había una cuna, un cochecito, ropa bonita para el bebé. Nicolás dormía sobre la mesa, la cabeza hundida en los brazos. Al sentirla entrar, levantó la cabeza. Varita, roja y despeinada, apenas se sostenía sobre las piernas con el niño en brazos. El vestido mojado y las piernas de barro hasta las rodillas. Al verla sin un zapato, Nicolás corrió a ayudarla, tomó al niño y lo acostó en la cuna. Fue directo al fuego a calentar agua. La sentó, la ayudó a cambiarse y lavarse los pies. Cuando Varita terminó de cambiarse, ya había patatas cocidas y una jarra de leche sobre la mesa. Entonces el niño lloró. Varita lo abrazó, se sentó y lo amamantó sin rubor. —¿Cómo lo has llamado? —le preguntó Nicolás con voz ronca. —Sergio. ¿Te parece bien? —le miró con los ojos claros y radiantes. En ellos había tanta tristeza y amor, que a Nicolás se le encogió el corazón. —Bonito nombre. Mañana vamos a registrarlo y de paso nos casamos. —No es necesario —empezó Varita, mirando cómo el pequeño comía. —Mi hijo tiene que tener un padre. Ya está, ya he vivido bastante. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no lo abandono. Varita asintió con la cabeza baja. Dos años después tuvieron una niña, la llamaron como la madre de Varita: Esperanza. No importa qué errores cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Así fue esta historia real. ¿Tú qué opinas? ¿Qué hubieras hecho? Déjanos tu comentario y tu “me gusta”.