¿Lo habéis visto, chicas, a la señora que está en nuestra sala? pregunta Lucía, mirando al rincón del pabellón. Parece muy mayor, toda canosa. Seguramente tenga nietos, pero aun así
Sí, está completamente gris responde Marta. Seguro que los nietos la visitan, aunque el bebé de su edad le reclama compañía
Yo tengo a mi madre mucho más joven que ella. Me pregunto, ¿cuántos años tendrá su marido? se escucha entre susurros.
Es callada y taciturna, no habla con nadie.
Le da pena, por eso no se relaciona. Nosotras le hacemos de hijas, ni siquiera sé cómo llamarla. Le dicen Antonia, pero quizá sería mejor con su nombre completo y su apellido concluye Lucía mientras una de las futuras madres sale brevemente del recinto.
La vida de Antonia Pérez es dura. Cuando Celia Fernández tenía cuatro años, toda su familia contrajo tifus. Su madre, su padre, su hermano de un año y su abuelo no sobrevivieron. Desde entonces, la niña la cría su abuela, María Gómez, una mujer estricta y autoritaria, que no le brinda amor alguno.
En el año cuarenta y uno, Celía cumple trece y Víctor Sánchez también. Viven en pueblos diferentes, pero se trasladan al centro de la comarca, a Alpedrete, para trabajar en la fábrica textil de Zaragoza, donde la mano de obra escasea. Allí, en las barracas de la empresa, se conocen y empiezan a trabajar codo con codo, como si ya fueran adultos.
A los quince, Víctor se alista para el frente. Celía, una chica vivaz de cabellos rojizos, quiere acompañarlo, pero le deniegan el paso. Le explican que en la retaguardia su ayuda es mucho más valiosa, que aún necesitan obreros.
A los dieciocho, Celía y Víctor se casan sin gran celebración; los años de posguerra son duros y no hay motivos para fiestas. Por disgusto de su abuela, Celía se muda a la casa de su marido; sus pueblos están a unos treinta kilómetros de distancia. Un año después nace su hijo, al que llaman Vasco Martínez. Los jóvenes están felices, la familia vive una especie de idilio. Tras tantos obstáculos, sienten que han ganado merecidamente esta felicidad.
Sin embargo, la dicha es breve. Cuando Vasco cumple seis años, Celía y Víctor siguen viviendo como una pareja inseparable, y los vecinos los envidian. Víctor trabaja como calderero; sus hornos son famosos en toda la zona.
Llaman a Víctor para que monte una caldera en el pueblo vecino, a la orilla del río Guadarrama. Lleva a Vasco consigo, porque Celía está en la fábrica. Hace un día helado y frío; cruzan el río congelado. Víctor lleva un pesado cajón con sus herramientas, pues nunca usa las ajenas. Vasco corre alegre y apenas le hace caso a su padre, que le manda caminar a su lado. Cuando quedan unos veinte metros de la orilla, el niño resbala en una capa de nieve y se halla atrapado en el hielo. Víctor se lanza a rescatarlo, pero
Antonia, con apenas veinticinco años, pierde a su marido y a su hijo. No puede seguir viviendo en la casa donde todo le recuerda, y vuelve al pueblo natal, al hogar de su abuela María.
Celía se encierra en sí misma; su vida pierde sentido y no piensa en formar otra familia.
Antonia acaba de cumplir cuarenta y tres años. A su edad, sin marido, Celía decide, después de mucho meditar, que quiere volver a intentar ser madre. Sabe bien los obstáculos que le esperan, pero la soledad le aterra más que cualquier dificultad futura.
El pueblo donde vive Celía es remoto; llegar allí no es fácil. En un día de enero, temiendo que la ayuda llegue tarde, la mujer llega al hospital con antelación, angustiada por la salud del pequeño, pues la edad sigue siendo un factor importante.
Desde la mañana, Celía recorre los pasillos del hospital como una sombra; hace dieciocho años perdió a su esposo y a su hijo. El tiempo no ha curado su dolor, la herida sigue abierta.
Al fin, Celía se convierte en madre de un niño sano al que llama Diego. Siempre recuerda que Vasco soñaba con tener un hermano.
Cómprame un hermanito le decía . Papá me hizo tantos juguetes, ¡jugaré con mi hermano!
¿Y cómo lo llamarás? preguntó su padre.
¡Dieguito! respondió.
Entonces será Diego sonrió Víctor, mirándose con Celía.
En ese momento, Celía alberga una nueva esperanza; Víctor, por supuesto, lo sabe. Deciden no hablar del pasado mientras el duelo aún está fresco. Tras la pérdida del marido y del hijo, Celía había perdido la fe en la vida.
Ahora, Diego ha llegado, tal como soñó Vasco.
María Gómez recibe a Celía con el bebé en el hospital, mostrando una mezcla de molestia y ternura.
¿Otra vez lloras, mi tesoro? le dice Celía, intentando calmar al pequeño.
¡Bah! Qué vergonzoso, ¡qué deshonra! gruñe María con voz áspera. Todo el pueblo hablará de tu escándalo.
Ya llevo una semana sin salir a la calle. Apenas empiezo a responder preguntas. ¿Qué diré? ¿Que mi nieta está loca?
En el pueblo, los rumores no se hacen esperar. Nada inquieta más a la gente que una mujer soltera de cuarenta y tres años con un recién nacido. La abuela la critica sin piedad, pero al año, María, a sus setenta años, fallece repentinamente, dejando a Celía sola, aunque agradecida por haber sido criada por ella.
Diego crece como un auténtico galán: alto, moreno y de ojos claros, muy diferente a su madre, quien lo adora con ternura.
A los setenta, Celía se convierte en abuela. Cuando Diego descubre que su madre ha tenido una hija, él y su esposa, Lucía, van al hospital. Su esposa, Sonia, está en el primer piso.
¡Sonia, Sonia! grita Diego, emocionado. ¡Mira a nuestra hija!
Sonia se acerca a la ventana, sosteniendo al recién nacido en brazos. Celía sonríe feliz, secándose las lágrimas.
¡Mira, mamá, es rojiza! ¡Se parece a ti! exclama Diego. Para Antonia, es una alegría ver a su nieto feliz. Ahora la vida parece menos dura y el futuro, aunque incierto, ya no asusta tanto.






