Oye, Marisa… ¿Te gustaría que probáramos tener una relación abierta? susurró de repente Ricardo, como si intentara hablar bajo el agua.
¿Que si qué? parpadeó Marisa, aún sintiendo en la boca el regusto de sueños olvidados. ¿Lo dices en serio?
¿Por qué no? Hoy en día esto es normal, contestó su marido, encogiéndose de hombros con una calma demasiado ensayada. Mira en Europa, en Dinamarca, en Berlín… Allí lo ve todo el mundo natural. Eso dicen, incluso que le da chispa al matrimonio. Si tú misma decías lo del postre en la dieta, ¿no? Un poquito, y no se cae el mundo. Pues esto, igual: un poco de variedad alimenta el alma.
Marisa pestañeó con pesadez, como si las palabras no terminaran de aterrizar en su cabeza encharcada de niebla. Equiparar una infidelidad con un trozo de chocolate le pareció tan absurdo que hasta tuvo gracia. O rabia, mejor dicho.
Ricardito… empezó, y en su voz ya se notaba el temblor de lo irreparable. Si quieres irte, hazlo como Dios manda. Yo te regalo tu libertad, pero no me metas a mí en tus trampas sucias.
No te pongas así, Marisa, mujer. Si te quiero un mundo. Pero… falta chispa. Dormimos espalda con espalda, hablamos sólo de Mercadona y de la factura de Iberdrola. Así tampoco es vida, nos vendría bien una sacudida. A ti tampoco te cierro las puertas, ¿eh? Si charlas con alguien, te distraes… Mal no puede ser.
Marisa entrecerró los ojos, sintiendo que la habitación flotaba. De pronto lo entendió con una claridad delirante: Ricardo mentía. Esos ojos huidizos, los dedos tamborileando sobre la mesa como si buscaran un nuevo ritmo. Él quería libertad, sí. Pero la quería desde hace mucho, tal vez incluso desde antes de ayer.
Ricardo, dime la verdad. ¿Ya tienes a alguien? ¿Y por eso me propones esto, para limpiar tu conciencia?
Ya estamos… resopló él, agitándose. ¿Tú crees que, si fuera así, te lo iba a preguntar? Ni ganas me quedan de hablar. Eres una costumbrista del siglo pasado. Olvídalo, no he dicho nada.
Ricardo se levantó, digno como un santo de retablo, y se marchó a otra habitación que no era la suya ni la de ella, sino la de los sueños que nunca tuvieron juntos. Marisa se quedó mirando el hueco vacío que dejó y el caos desordenado de sus pensamientos.
Veinticinco años. Un cuarto de siglo entregándole los mejores almendros de su primavera, aceptando apagones, estrecheces, retrasos que hoy olían a deslealtad… Y ahora él, satisfecho, bien alimentado, le ofrecía un pacto que parecía un delito contra la familia. Darse un capricho… Qué cómodo era decirlo así.
Aquella noche durmieron en habitaciones separadas, aunque dormir era sólo la palabra reina del insomnio. Marisa, acostada de espaldas a un techo interminable, recordaba los días en que Ricardo la sorprendía con lilas frescas del parque de El Retiro, se desvivía por organizar una boda bonita en la iglesia de San Ginés y brincaba de alegría al ver nacer a su hija. ¿Dónde estaba ese hombre? Ahora hubiera preferido incluso que sencillamente se fuera.
¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando ella dejó de pintarse los labios los domingos? ¿La vez que él olvidó su aniversario alegando un pico de trabajo? Ya daba igual.
Por un lado, daba ganas de ir al juzgado y pedir el divorcio. Por otro, ¿cómo tirar por la borda media vida y quedarse tan tranquila?
No había pasión, pero sí costumbre, muebles comprados a plazos y domingos de sofá y película. Incluso parecía que Ricardo era aún un buen refugio en la tormenta. La hija ya hacía años que se emancipó, la vejez asomaba, y juntos, muchas veces se habían curado y rescatado el uno al otro. Una vez, incluso, él pidió un préstamo para ayudar a la madre de Marisa. Eso no lo hace cualquiera.
Por dentro, Marisa era un cóctel de agravio, temor y furia. ¿Pensará este que yo soy tan poca cosa que jamás encontré a nadie? ¿Cree que me quedaré aquí para siempre, levantando un puchero y tejiendo calcetines para nietos invisibles? ¿Esperando fielmente a que él acabe su espacio y regrese cuando le dé la gana?
Pues no.
Vale, anunció por la mañana, con una seriedad de estatua. Como tú quieras.
¿Cómo?
Acepto lo de la relación abierta.
Ricardo casi se atraganta con su café con leche. Esperaba un grito, y en vez de eso, recibió la ola gélida de un sí tranquilo.
Bueno, pues mira, igual hasta te gusta balbuceó. Por cierto, esta noche llegaré tarde.
Otra punzada en el costado, como si el corazón fuera un globo pinchado. ¿Tan rápido iba a estrenarse?
La tarde la envolvió como una mantilla vieja. Marisa se sentía hueca, rechazada, mercancía de otro siglo, obsoleta. Se colocó frente al espejo del baño, miró sus ojos cansados, las arrugas bailando en los bordes, la piel cansina pero aún firme, la melena espesa y revuelta. ¿Quizá todavía era una mujer atractiva? ¿O era él el que no sabía ver? Otros hombres, pensó de pronto. Como aquel gerente nuevo del área, Andrés. Lo transfirieron el mes anterior desde Valencia.
Andrés era un hombre agradable, con las sienes plateadas y una voz ligeramente ronca, siempre atento, siempre con una media sonrisa pilla. Le abrió la puerta más de una vez, le llevó café, le dedicó cumplidos sutiles. Incluso la había invitado a cenar un día.
Andrés, gracias, pero estoy a dieta… le llamo estar casada, replicó Marisa en aquella ocasión.
Mari, estar casada es un sello en el carnet, no una condena, respondió él con una sonrisa felina. Pero tampoco insistió.
Así que Ricardo quería relaciones abiertas. Quería que ella se distrajera. Pues bien.
Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie la invitación a cenar? Me sobran ganas de saltarme la dieta, le escribió por WhatsApp.
No era venganza. Solo quería sentir que seguía siendo mujer. Soplar el polvo de tanto yo propio que, hasta entonces, Ricardo pisoteaba cada lunes.
La velada fue una extraña ensoñación: Andrés, poeta atento a cada gesto, llenando la copa justo antes de que se vaciase, escuchando a Marisa con curiosidad auténtica, y mirándola como si no hubiese en el local otra mujer. Marisa se ruborizabaqué vergüenza sentir tanto después de tanto tiempo, pero también un vértigo delicioso, como si le hubieran brotado alas.
¿Subimos a mi piso? Compramos una botella de vino, miramos una serie, seguimos charlando propuso Andrés una vez terminados los petit fours.
Marisa asintió, aunque dentro algo gritaba: ¡Despierta! Pero entonces recordaba el rostro de Ricardo sugiriendo distráete.
Apenas cruzaron el umbral del portal, el móvil de Marisa empezó a sonar implacable. Ricardo. Una, dos, tres llamadas. Por fin respondió.
¿Dónde coño andas? disparó Ricardo sin anestesia. Son las diez, en casa sólo hay yogures caducados y tú ni estás ni avisas. ¿Te has vuelto loca?
Avergonzada, Marisa vio cómo Andrés se retiraba con elegancia a otra habitación, dejando tras la puerta el aroma a romanticismo frustrado.
Pues… estoy teniendo una cita, Ricardo.
¿¡Cómo!? ¿¡Tú!? ¿De verdad te has ido con otro?
Te lo expliqué ayer, Ricardo. Fuiste tú quien propuso abrir la relación. Me dijiste que me divirtiera. Lo hago, ¿no?
Un silencio denso como sopa de lentejas les separó durante unos segundos. De repente, Ricardo explotó.
¡Pero si era una broma! ¡Quería ver cómo reaccionabas! ¡Sólo eso! ¿Y tú qué, lo tenías planeado, estabas contando los minutos para largarte? Un día haciéndote la mártir y al día siguiente, ¡zas!, ya en brazos de cualquiera.
Marisa, confundida, balbuceó:
¿Y tú, con quién estabas esta noche?
¡Que no, mujer! ¡He estado en la oficina! Pero mira, yo no quiero que me traigas enfermedades ni rollos raros. O tú haces la maleta o me la hago yo. Nos divorciamos y punto.
Colgó. Marisa miró al techo, descompuesta. A su alrededor, las paredes palidecían, el suelo perdía contorno.
¿Todo bien? preguntó Andrés desde la distancia.
Sí, son cosas pequeñas, mintió ella, incapaz de sostener la sonrisa.
Mari… Andrés miró el reloj. Creo que el ambiente se ha vuelto desagradable. Mejor vete, aclara tus cosas.
La magia se deshizo como en un cuento; la carroza, en calabaza; el príncipe, en un señor educado que no quería líos ajenos. Era comprensible. Buscaba una noche fácil, no una tormenta de familia.
Quizá tendría que haber terminado todo con un divorcio. Pero la idea, como en los sueños, llegó demasiado tarde.
Esa noche, Marisa no regresó a casa. Durmió en un hostal de la calle Atocha, abrazando la almohada como si fuera un salvavidas. Volver a Ricardo era imposible; hacía falta tiempo para aceptar que el pasado ya era solo eco.
Pasaron tres años.
La vida ese escultor ciego fue puliendo los restos y dejando solo lo necesario, aunque doliera.
Ricardo tardó poco en encontrar reemplazo. Incluso antes del divorcio, ya compartía sofá y paella con una nueva novia. Pero esta desapareció justo cuando vendieron el piso compartido y ella se llevó de paso la mitad de los euros que le tocaban a Ricardo.
Con Andrés no pasó nada. Seguían coincidiendo en la oficina, pero sólo intercambiaban saludos automáticos. Marisa entendió una verdad simple: los hombres que sonríen a la aventura salen corriendo ante una vacante para pareja real o siquiera para amigo en el dolor.
Y Marisa tampoco buscó más. Al instalarse sola en su piso nuevo de Lavapiés, descubrió que tenía tiempo de sobra y energías que antes devoraba su matrimonio. Empezó a cuidar de sí: pilates mañanero para calmar la espalda, clases de inglés para desperezar la mente. Se cortó el pelo y renovó el armario entero.
Y lo más importante: se convirtió en abuela.
Su hija, Carmen, dio a luz hace poco más de seis meses. Durante el estallido del divorcio, Carmen se puso de parte de su padre; Ricardo supo hacerse el mártir y la culpó de todos los pecados, diciendo que su madre deshizo la casa por un amante. Pero el tiempo aclaró todas las heridas. Carmen fue a verla para escuchar la verdad y enfrentarse cara a cara. No halló a una mujer frívola, sino a una madre exhausta pero honesta.
Marisa le contó todo. Que fue Ricardo quien propuso la relación abierta, que él empezó a ausentarse mucho antes, que la soledad no llegó de la noche a la mañana. Carmen, ya casada, lo entendió. Y cuando su padre paseó nueva novia, la alianza se templó aún más.
Hoy, Marisa estaba en la cocina de su hija, meciéndose con su nieta, Sofía, entre sus brazos. La pequeña intentaba enganchársele del dedo como un pececillo tras la luz.
Papá ha vuelto a llamar… resopló Carmen. Quiere pasarse a ver a Sofía.
¿Y tú?
Le he dicho que no estamos. No quiero que venga, mamá. Dice cosas feas de ti, luego me pide que os reconcilie. No puedo con el drama, ni soportaría que intentara liar a Sofía en sus historias. Que disfrute su libertad
Marisa calló mientras apretaba más fuerte a su nieta.
Ricardo obtuvo lo que tanto anhelaba: una libertad absoluta y absurda. Nadie le esperaba para cenar, nadie se cruzaba en su esquina del sofá mientras veía la televisión. Así probó el sabor de la libertad verdadera, sólo para descubrir, demasiado tarde, lo amarga que puede ser la soledad.







