Avivando las brasas del matrimonio — Oye, Leni… ¿Y si probamos una relación abierta? — propuso Víctor, con cautela. — ¿Qué dices? — Elena tardó en captar. — ¿Hablas en serio? — ¿Y qué tiene de malo? Es bastante normal, — replicó él, alzando los hombros e intentando disimular su nerviosismo. — Mira, en Europa la gente lo hace, es algo muy común. Incluso dicen que así se aviva el matrimonio. Acuérdate cuando decías que un poquito de dulce en la dieta no hace daño, ayuda a no perder el control. Pues lo mismo: en la vida, un poco de variedad nunca viene mal. Elena parpadeó, digiriendo la frase. Comparar a una amante con un bombón era el colmo del descaro. O de la estupidez. — Viti… — comenzó ella. — Si quieres irte, vete con dignidad. Yo te doy la libertad que pides, pero no me metas a mí en tus porquerías. — ¡No te pongas a la defensiva desde el primer momento! Yo te quiero, pero… la chispa se ha perdido. Nos vendría bien avivar el fuego, porque ahora dormimos espalda con espalda y sólo hablamos de la compra y de la factura de la luz. Nos hace falta un poco de meneo. No te limito, Len, puedes conocer a otro, divertirte un poco. ¿Eso es tan malo? Elena lo miró entrecerrando los ojos. Y por fin entendió: le estaba mintiendo. Esos ojos fugaces, el tamborileo nervioso de los dedos en la mesa… Sí, lo que quería era libertad, pero no a partir de hoy ni de mañana. La quería desde ayer. — Viti, sé sincero. ¿Ya tienes a otra, verdad? ¿Ahora me propones esto sólo para tranquilizar tu conciencia? — ¡Ya estamos…! — Víctor agitó la mano. — ¿Crees que te lo preguntaría si ya tuviera a alguien? Me arrepiento de haberlo sacado siquiera. Eres una chica de otra época, Len. Olvida el asunto… Después de eso, su marido se fue con aires de mártir ofendido a otra habitación. Elena se quedó a solas con sus pensamientos. Veinticinco años. Le había dado los mejores años de su vida, aguantó sus subidas y bajadas, la falta de dinero, las eternas jornadas laborales… que ahora veía con otros ojos. Ahora él estaba ahí, tan satisfecho, proponiéndole que fuera cómplice del crimen contra su propia familia. “Divertirse…” Vaya, qué palabra tan cómoda. Aquella noche durmieron en habitaciones separadas. Bueno, dormir… Elena no pegó ojo. Miraba al techo, luego por la ventana, preguntándose cómo habían llegado hasta allí. Hubo un tiempo en que Víctor le traía ramos de lilas, trabajaba duro para montar una boda preciosa y celebró el nacimiento de su hija. Pero ahora… Ojalá simplemente se hubiera ido. ¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando dejó de maquillarse en casa por él? ¿O cuando él olvidó su aniversario por primera vez, culpando al trabajo? ¿Importaba ahora? Por un lado, pensó en pedir el divorcio y borrar todo de su cabeza. Por otro… ¿cómo olvidar media vida así de fácil? No habían tenido pasión, pero sí costumbre, una vida en común, todo construido entre dos. Víctor era su apoyo siempre. Su hija hacía tiempo que había volado del nido; quedaba la vejez por delante, y juntos se habían salvado y cuidado en momentos duros. Una vez, él incluso pidió un crédito para ayudar a la madre de ella. No todo el mundo lo haría. Dentro de Elena bullía una mezcla de rabia, miedo y dolor. “¿Será que piensa que no voy a encontrar a nadie? ¿Que soy una vieja que no le interesa a nadie, que me quedaré en casa, haciéndole la comida, tejiendo para los nietos y esperándole resignada mientras él sale por ahí?” No, desde luego. — Muy bien, — le soltó al marido por la mañana. — Si quieres, probamos lo de la relación abierta. — ¿Cómo? — Que acepto. Vamos a probarlo. A Víctor casi se le atraganta el té; esperaba otro escándalo, no esa calma repentina. — Bueno… mejor así. Igual hasta te gusta, — dijo rápidamente. — Por cierto, hoy llegaré tarde. Otra punzada dolorosa. ¿Tan pronto? …La tarde fue gris y silenciosa. Elena se sentía destrozada, traicionada. Como si hubieran valorado su vida y la vieran tan desfasada como un móvil antiguo. Se miró en el espejo. Sí, ojos cansados, arrugas, la piel ya no tan perfecta. Pero el cuerpo seguía en forma, el pelo abundante. ¿Y si seguía siendo atractiva? ¿No sería Víctor el del problema? Otros hombres la miraban. Como Andrés, jefe de otra sección, recién llegado de otra sucursal. Un hombre interesante: canas en las sienes, voz ronca, sonrisa pilla. Desde el primer momento, la llenó de atenciones; le abría la puerta, llevaba el café, la invitó a comer y, hace poco, a cenar. — Andrés, estoy a dieta. Se llama “casada”, — le contestó Elena. — Leni, el matrimonio es un sello en el DNI, no una cadena, — respondió él, sonriente. — Sin presión. ¿Quería Víctor que “se despejara”? Pues adelante. — Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie tu invitación a cenar? Creo que por fin me apetece saltarme la dieta, — le escribió por WhatsApp. No era venganza. Sólo quería sentirse mujer otra vez, reconectar con su yo pisoteado durante dos días por su marido. …El resto de la tarde resultó sorprendente. Andrés era todo un caballero: arrimaba la silla, llenaba la copa en su momento, la escuchaba atento y la miraba como si fuera la única mujer del restaurante. Sintió vergüenza, pero también se despertaron emociones abandonadas: ilusión y deseos de ser el centro de atención. Por fin, algo en su vida era más emocionante que la cocina y los calcetines sucios de Víctor. — ¿Nos vamos a mi casa? — propuso Andrés tras el postre. — Paramos a por vino, vemos algo chulo… Seguimos pasándolo bien. Ella asintió, aunque por dentro una voz gritaba: “¡Reacciona!”. Pero se le venía a la cabeza la caradura de Víctor, sugiriendo que “se divirtiera”. Ya en casa de Andrés, el móvil empezó a vibrar sin parar. Era su marido. Rechazó la llamada una vez, otra, pero él insistió. — Dime, — contestó, esforzándose por ser firme. — ¿Dónde te has metido? — saltó Víctor. — ¡Son las diez, la nevera está vacía y tú no apareces! ¿Se puede saber qué te pasa? Elena se quedó a cuadros. Andrés, al oír la discusión, desapareció discretamente en otra habitación. El momento romántico se desvaneció. — Pues estoy en una cita, Viti. — ¿Cómo? ¿Qué cita ni qué niño muerto? — ¿Te lo explico con manzanas? Me lo propusiste tú: querías una relación abierta. Así que, me entretengo con otro. ¿Ya no hace gracia? Silencio. Después, Víctor estalló. — ¿De verdad te has liado ya con otro? ¡Era una broma! ¡Quería ponerte a prueba! ¿Tanto ansias tenías? ¡Has tardado poco en salir disparada! Elena se quedó helada. — ¿Y tú? ¿Dónde has estado esta noche? — ¡En la oficina! — gruñó él. — Pero te aviso: no quiero ni una sola porquería en casa. O coges tus cosas y te largas, o me voy yo. Nos vamos a divorciar. Colgó. Elena se quedó mirando al vacío, hundida. — ¿Todo bien? — preguntó Andrés, apareciendo. — Sí… nada grave, — intentó sonreír, sin éxito. — Leni… — Andrés miró el reloj. — Creo que lo mejor es que te vayas. Tienes cosas que resolver en casa. El cuento se esfumó: la carroza se hizo calabaza y el pretendiente, alguien que no quería meterse en líos ajenos. Era comprensible. Esperaba una velada ligera, y recibió un drama ajeno. Quizás debería haber presentado los papeles del divorcio desde el principio. Pero las buenas ideas siempre llegan tarde. Aquella noche no volvió a casa. Se alojó en un hotel. No quería enfrentarse a la furia de Víctor, necesitaba tiempo para asumir que nada volvería a ser como antes. Pasaron tres años… La vida, como escultora, fue eliminando por sí sola todo lo innecesario, aun a costa del dolor. Víctor encontró rápido otra pareja, antes del divorcio oficial. Pero justo cuando él y Elena vendieron el piso, la nueva se marchó con la mitad del dinero. Con Andrés nunca pasó nada. Coincidían en la oficina, pero solo como colegas. Elena entendió que muchos hombres que aceptan ser amantes desaparecen en cuanto hay hueco para algo serio. Pero ella ya no quiso buscar a nadie. Sola en su piso nuevo, descubrió tiempo y energía: antes lo consumía todo el hogar y Víctor. Ahora, empezó a vivir para sí misma. Piscina por las mañanas —adiós a los dolores de espalda— y clases de inglés para mantener la cabeza despejada. Se cortó el pelo, renovó el armario. Y lo mejor: se convirtió en abuela. Marina, su hija, tuvo una bebé hace medio año. Al principio, al estallar el escándalo del divorcio, se posicionó con su padre. Víctor se hizo la víctima y le pintó a Elena como la traidora que rompió la familia por un amante. Pero el tiempo pone todo en su sitio. Marina fue a ver a su madre para hablar, soltar reproches y mirarle a los ojos. Y vio a una mujer cansada, pero honesta, nada que ver con la “descarriada” que le vendió su padre. Elena contó la verdad: que fue idea de Víctor, que él llevaba años llegando tarde, que ella se sentía sola mucho antes. Marina, casada ya, lo entendió. Cuando Víctor se agenció una novia rápidamente, no dudó en quedarse con su madre. Ahora, Elena estaba en la cocina con Marina, acunando a la nieta. La pequeña Sonia le cogía el dedo con entusiasmo. — Por cierto, papá ha vuelto a llamar — comentó su hija, con fastidio. — Que si podía venir a ver a Sonia. — ¿Y tú? — Le he dicho que no estamos en Madrid. No quiero que venga, mamá. Después de las cosas que habla de ti, o que intenta reconciliarnos… Cada vez que aparece me pone de los nervios. Tampoco quiero que le meta cosas raras a la niña. Que siga con su libertad… Elena no dijo nada, solo apretó un poco más a su nieta. Víctor obtuvo lo que quería: plena libertad. Nadie reclamaba su atención ni le molestaba al ver la tele. Pero esa libertad tenía un regusto muy amargo a soledad. Y ya era demasiado tarde.

Oye, Marisa… ¿Te gustaría que probáramos tener una relación abierta? susurró de repente Ricardo, como si intentara hablar bajo el agua.
¿Que si qué? parpadeó Marisa, aún sintiendo en la boca el regusto de sueños olvidados. ¿Lo dices en serio?
¿Por qué no? Hoy en día esto es normal, contestó su marido, encogiéndose de hombros con una calma demasiado ensayada. Mira en Europa, en Dinamarca, en Berlín… Allí lo ve todo el mundo natural. Eso dicen, incluso que le da chispa al matrimonio. Si tú misma decías lo del postre en la dieta, ¿no? Un poquito, y no se cae el mundo. Pues esto, igual: un poco de variedad alimenta el alma.

Marisa pestañeó con pesadez, como si las palabras no terminaran de aterrizar en su cabeza encharcada de niebla. Equiparar una infidelidad con un trozo de chocolate le pareció tan absurdo que hasta tuvo gracia. O rabia, mejor dicho.

Ricardito… empezó, y en su voz ya se notaba el temblor de lo irreparable. Si quieres irte, hazlo como Dios manda. Yo te regalo tu libertad, pero no me metas a mí en tus trampas sucias.
No te pongas así, Marisa, mujer. Si te quiero un mundo. Pero… falta chispa. Dormimos espalda con espalda, hablamos sólo de Mercadona y de la factura de Iberdrola. Así tampoco es vida, nos vendría bien una sacudida. A ti tampoco te cierro las puertas, ¿eh? Si charlas con alguien, te distraes… Mal no puede ser.

Marisa entrecerró los ojos, sintiendo que la habitación flotaba. De pronto lo entendió con una claridad delirante: Ricardo mentía. Esos ojos huidizos, los dedos tamborileando sobre la mesa como si buscaran un nuevo ritmo. Él quería libertad, sí. Pero la quería desde hace mucho, tal vez incluso desde antes de ayer.

Ricardo, dime la verdad. ¿Ya tienes a alguien? ¿Y por eso me propones esto, para limpiar tu conciencia?
Ya estamos… resopló él, agitándose. ¿Tú crees que, si fuera así, te lo iba a preguntar? Ni ganas me quedan de hablar. Eres una costumbrista del siglo pasado. Olvídalo, no he dicho nada.

Ricardo se levantó, digno como un santo de retablo, y se marchó a otra habitación que no era la suya ni la de ella, sino la de los sueños que nunca tuvieron juntos. Marisa se quedó mirando el hueco vacío que dejó y el caos desordenado de sus pensamientos.

Veinticinco años. Un cuarto de siglo entregándole los mejores almendros de su primavera, aceptando apagones, estrecheces, retrasos que hoy olían a deslealtad… Y ahora él, satisfecho, bien alimentado, le ofrecía un pacto que parecía un delito contra la familia. Darse un capricho… Qué cómodo era decirlo así.

Aquella noche durmieron en habitaciones separadas, aunque dormir era sólo la palabra reina del insomnio. Marisa, acostada de espaldas a un techo interminable, recordaba los días en que Ricardo la sorprendía con lilas frescas del parque de El Retiro, se desvivía por organizar una boda bonita en la iglesia de San Ginés y brincaba de alegría al ver nacer a su hija. ¿Dónde estaba ese hombre? Ahora hubiera preferido incluso que sencillamente se fuera.

¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando ella dejó de pintarse los labios los domingos? ¿La vez que él olvidó su aniversario alegando un pico de trabajo? Ya daba igual.

Por un lado, daba ganas de ir al juzgado y pedir el divorcio. Por otro, ¿cómo tirar por la borda media vida y quedarse tan tranquila?

No había pasión, pero sí costumbre, muebles comprados a plazos y domingos de sofá y película. Incluso parecía que Ricardo era aún un buen refugio en la tormenta. La hija ya hacía años que se emancipó, la vejez asomaba, y juntos, muchas veces se habían curado y rescatado el uno al otro. Una vez, incluso, él pidió un préstamo para ayudar a la madre de Marisa. Eso no lo hace cualquiera.

Por dentro, Marisa era un cóctel de agravio, temor y furia. ¿Pensará este que yo soy tan poca cosa que jamás encontré a nadie? ¿Cree que me quedaré aquí para siempre, levantando un puchero y tejiendo calcetines para nietos invisibles? ¿Esperando fielmente a que él acabe su espacio y regrese cuando le dé la gana?

Pues no.

Vale, anunció por la mañana, con una seriedad de estatua. Como tú quieras.
¿Cómo?
Acepto lo de la relación abierta.

Ricardo casi se atraganta con su café con leche. Esperaba un grito, y en vez de eso, recibió la ola gélida de un sí tranquilo.

Bueno, pues mira, igual hasta te gusta balbuceó. Por cierto, esta noche llegaré tarde.

Otra punzada en el costado, como si el corazón fuera un globo pinchado. ¿Tan rápido iba a estrenarse?

La tarde la envolvió como una mantilla vieja. Marisa se sentía hueca, rechazada, mercancía de otro siglo, obsoleta. Se colocó frente al espejo del baño, miró sus ojos cansados, las arrugas bailando en los bordes, la piel cansina pero aún firme, la melena espesa y revuelta. ¿Quizá todavía era una mujer atractiva? ¿O era él el que no sabía ver? Otros hombres, pensó de pronto. Como aquel gerente nuevo del área, Andrés. Lo transfirieron el mes anterior desde Valencia.

Andrés era un hombre agradable, con las sienes plateadas y una voz ligeramente ronca, siempre atento, siempre con una media sonrisa pilla. Le abrió la puerta más de una vez, le llevó café, le dedicó cumplidos sutiles. Incluso la había invitado a cenar un día.

Andrés, gracias, pero estoy a dieta… le llamo estar casada, replicó Marisa en aquella ocasión.
Mari, estar casada es un sello en el carnet, no una condena, respondió él con una sonrisa felina. Pero tampoco insistió.

Así que Ricardo quería relaciones abiertas. Quería que ella se distrajera. Pues bien.

Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie la invitación a cenar? Me sobran ganas de saltarme la dieta, le escribió por WhatsApp.

No era venganza. Solo quería sentir que seguía siendo mujer. Soplar el polvo de tanto yo propio que, hasta entonces, Ricardo pisoteaba cada lunes.

La velada fue una extraña ensoñación: Andrés, poeta atento a cada gesto, llenando la copa justo antes de que se vaciase, escuchando a Marisa con curiosidad auténtica, y mirándola como si no hubiese en el local otra mujer. Marisa se ruborizabaqué vergüenza sentir tanto después de tanto tiempo, pero también un vértigo delicioso, como si le hubieran brotado alas.

¿Subimos a mi piso? Compramos una botella de vino, miramos una serie, seguimos charlando propuso Andrés una vez terminados los petit fours.

Marisa asintió, aunque dentro algo gritaba: ¡Despierta! Pero entonces recordaba el rostro de Ricardo sugiriendo distráete.

Apenas cruzaron el umbral del portal, el móvil de Marisa empezó a sonar implacable. Ricardo. Una, dos, tres llamadas. Por fin respondió.

¿Dónde coño andas? disparó Ricardo sin anestesia. Son las diez, en casa sólo hay yogures caducados y tú ni estás ni avisas. ¿Te has vuelto loca?

Avergonzada, Marisa vio cómo Andrés se retiraba con elegancia a otra habitación, dejando tras la puerta el aroma a romanticismo frustrado.

Pues… estoy teniendo una cita, Ricardo.
¿¡Cómo!? ¿¡Tú!? ¿De verdad te has ido con otro?
Te lo expliqué ayer, Ricardo. Fuiste tú quien propuso abrir la relación. Me dijiste que me divirtiera. Lo hago, ¿no?

Un silencio denso como sopa de lentejas les separó durante unos segundos. De repente, Ricardo explotó.

¡Pero si era una broma! ¡Quería ver cómo reaccionabas! ¡Sólo eso! ¿Y tú qué, lo tenías planeado, estabas contando los minutos para largarte? Un día haciéndote la mártir y al día siguiente, ¡zas!, ya en brazos de cualquiera.

Marisa, confundida, balbuceó:
¿Y tú, con quién estabas esta noche?
¡Que no, mujer! ¡He estado en la oficina! Pero mira, yo no quiero que me traigas enfermedades ni rollos raros. O tú haces la maleta o me la hago yo. Nos divorciamos y punto.

Colgó. Marisa miró al techo, descompuesta. A su alrededor, las paredes palidecían, el suelo perdía contorno.

¿Todo bien? preguntó Andrés desde la distancia.
Sí, son cosas pequeñas, mintió ella, incapaz de sostener la sonrisa.
Mari… Andrés miró el reloj. Creo que el ambiente se ha vuelto desagradable. Mejor vete, aclara tus cosas.

La magia se deshizo como en un cuento; la carroza, en calabaza; el príncipe, en un señor educado que no quería líos ajenos. Era comprensible. Buscaba una noche fácil, no una tormenta de familia.

Quizá tendría que haber terminado todo con un divorcio. Pero la idea, como en los sueños, llegó demasiado tarde.

Esa noche, Marisa no regresó a casa. Durmió en un hostal de la calle Atocha, abrazando la almohada como si fuera un salvavidas. Volver a Ricardo era imposible; hacía falta tiempo para aceptar que el pasado ya era solo eco.

Pasaron tres años.
La vida ese escultor ciego fue puliendo los restos y dejando solo lo necesario, aunque doliera.
Ricardo tardó poco en encontrar reemplazo. Incluso antes del divorcio, ya compartía sofá y paella con una nueva novia. Pero esta desapareció justo cuando vendieron el piso compartido y ella se llevó de paso la mitad de los euros que le tocaban a Ricardo.

Con Andrés no pasó nada. Seguían coincidiendo en la oficina, pero sólo intercambiaban saludos automáticos. Marisa entendió una verdad simple: los hombres que sonríen a la aventura salen corriendo ante una vacante para pareja real o siquiera para amigo en el dolor.

Y Marisa tampoco buscó más. Al instalarse sola en su piso nuevo de Lavapiés, descubrió que tenía tiempo de sobra y energías que antes devoraba su matrimonio. Empezó a cuidar de sí: pilates mañanero para calmar la espalda, clases de inglés para desperezar la mente. Se cortó el pelo y renovó el armario entero.

Y lo más importante: se convirtió en abuela.

Su hija, Carmen, dio a luz hace poco más de seis meses. Durante el estallido del divorcio, Carmen se puso de parte de su padre; Ricardo supo hacerse el mártir y la culpó de todos los pecados, diciendo que su madre deshizo la casa por un amante. Pero el tiempo aclaró todas las heridas. Carmen fue a verla para escuchar la verdad y enfrentarse cara a cara. No halló a una mujer frívola, sino a una madre exhausta pero honesta.

Marisa le contó todo. Que fue Ricardo quien propuso la relación abierta, que él empezó a ausentarse mucho antes, que la soledad no llegó de la noche a la mañana. Carmen, ya casada, lo entendió. Y cuando su padre paseó nueva novia, la alianza se templó aún más.

Hoy, Marisa estaba en la cocina de su hija, meciéndose con su nieta, Sofía, entre sus brazos. La pequeña intentaba enganchársele del dedo como un pececillo tras la luz.

Papá ha vuelto a llamar… resopló Carmen. Quiere pasarse a ver a Sofía.
¿Y tú?
Le he dicho que no estamos. No quiero que venga, mamá. Dice cosas feas de ti, luego me pide que os reconcilie. No puedo con el drama, ni soportaría que intentara liar a Sofía en sus historias. Que disfrute su libertad

Marisa calló mientras apretaba más fuerte a su nieta.

Ricardo obtuvo lo que tanto anhelaba: una libertad absoluta y absurda. Nadie le esperaba para cenar, nadie se cruzaba en su esquina del sofá mientras veía la televisión. Así probó el sabor de la libertad verdadera, sólo para descubrir, demasiado tarde, lo amarga que puede ser la soledad.

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MagistrUm
Avivando las brasas del matrimonio — Oye, Leni… ¿Y si probamos una relación abierta? — propuso Víctor, con cautela. — ¿Qué dices? — Elena tardó en captar. — ¿Hablas en serio? — ¿Y qué tiene de malo? Es bastante normal, — replicó él, alzando los hombros e intentando disimular su nerviosismo. — Mira, en Europa la gente lo hace, es algo muy común. Incluso dicen que así se aviva el matrimonio. Acuérdate cuando decías que un poquito de dulce en la dieta no hace daño, ayuda a no perder el control. Pues lo mismo: en la vida, un poco de variedad nunca viene mal. Elena parpadeó, digiriendo la frase. Comparar a una amante con un bombón era el colmo del descaro. O de la estupidez. — Viti… — comenzó ella. — Si quieres irte, vete con dignidad. Yo te doy la libertad que pides, pero no me metas a mí en tus porquerías. — ¡No te pongas a la defensiva desde el primer momento! Yo te quiero, pero… la chispa se ha perdido. Nos vendría bien avivar el fuego, porque ahora dormimos espalda con espalda y sólo hablamos de la compra y de la factura de la luz. Nos hace falta un poco de meneo. No te limito, Len, puedes conocer a otro, divertirte un poco. ¿Eso es tan malo? Elena lo miró entrecerrando los ojos. Y por fin entendió: le estaba mintiendo. Esos ojos fugaces, el tamborileo nervioso de los dedos en la mesa… Sí, lo que quería era libertad, pero no a partir de hoy ni de mañana. La quería desde ayer. — Viti, sé sincero. ¿Ya tienes a otra, verdad? ¿Ahora me propones esto sólo para tranquilizar tu conciencia? — ¡Ya estamos…! — Víctor agitó la mano. — ¿Crees que te lo preguntaría si ya tuviera a alguien? Me arrepiento de haberlo sacado siquiera. Eres una chica de otra época, Len. Olvida el asunto… Después de eso, su marido se fue con aires de mártir ofendido a otra habitación. Elena se quedó a solas con sus pensamientos. Veinticinco años. Le había dado los mejores años de su vida, aguantó sus subidas y bajadas, la falta de dinero, las eternas jornadas laborales… que ahora veía con otros ojos. Ahora él estaba ahí, tan satisfecho, proponiéndole que fuera cómplice del crimen contra su propia familia. “Divertirse…” Vaya, qué palabra tan cómoda. Aquella noche durmieron en habitaciones separadas. Bueno, dormir… Elena no pegó ojo. Miraba al techo, luego por la ventana, preguntándose cómo habían llegado hasta allí. Hubo un tiempo en que Víctor le traía ramos de lilas, trabajaba duro para montar una boda preciosa y celebró el nacimiento de su hija. Pero ahora… Ojalá simplemente se hubiera ido. ¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando dejó de maquillarse en casa por él? ¿O cuando él olvidó su aniversario por primera vez, culpando al trabajo? ¿Importaba ahora? Por un lado, pensó en pedir el divorcio y borrar todo de su cabeza. Por otro… ¿cómo olvidar media vida así de fácil? No habían tenido pasión, pero sí costumbre, una vida en común, todo construido entre dos. Víctor era su apoyo siempre. Su hija hacía tiempo que había volado del nido; quedaba la vejez por delante, y juntos se habían salvado y cuidado en momentos duros. Una vez, él incluso pidió un crédito para ayudar a la madre de ella. No todo el mundo lo haría. Dentro de Elena bullía una mezcla de rabia, miedo y dolor. “¿Será que piensa que no voy a encontrar a nadie? ¿Que soy una vieja que no le interesa a nadie, que me quedaré en casa, haciéndole la comida, tejiendo para los nietos y esperándole resignada mientras él sale por ahí?” No, desde luego. — Muy bien, — le soltó al marido por la mañana. — Si quieres, probamos lo de la relación abierta. — ¿Cómo? — Que acepto. Vamos a probarlo. A Víctor casi se le atraganta el té; esperaba otro escándalo, no esa calma repentina. — Bueno… mejor así. Igual hasta te gusta, — dijo rápidamente. — Por cierto, hoy llegaré tarde. Otra punzada dolorosa. ¿Tan pronto? …La tarde fue gris y silenciosa. Elena se sentía destrozada, traicionada. Como si hubieran valorado su vida y la vieran tan desfasada como un móvil antiguo. Se miró en el espejo. Sí, ojos cansados, arrugas, la piel ya no tan perfecta. Pero el cuerpo seguía en forma, el pelo abundante. ¿Y si seguía siendo atractiva? ¿No sería Víctor el del problema? Otros hombres la miraban. Como Andrés, jefe de otra sección, recién llegado de otra sucursal. Un hombre interesante: canas en las sienes, voz ronca, sonrisa pilla. Desde el primer momento, la llenó de atenciones; le abría la puerta, llevaba el café, la invitó a comer y, hace poco, a cenar. — Andrés, estoy a dieta. Se llama “casada”, — le contestó Elena. — Leni, el matrimonio es un sello en el DNI, no una cadena, — respondió él, sonriente. — Sin presión. ¿Quería Víctor que “se despejara”? Pues adelante. — Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie tu invitación a cenar? Creo que por fin me apetece saltarme la dieta, — le escribió por WhatsApp. No era venganza. Sólo quería sentirse mujer otra vez, reconectar con su yo pisoteado durante dos días por su marido. …El resto de la tarde resultó sorprendente. Andrés era todo un caballero: arrimaba la silla, llenaba la copa en su momento, la escuchaba atento y la miraba como si fuera la única mujer del restaurante. Sintió vergüenza, pero también se despertaron emociones abandonadas: ilusión y deseos de ser el centro de atención. Por fin, algo en su vida era más emocionante que la cocina y los calcetines sucios de Víctor. — ¿Nos vamos a mi casa? — propuso Andrés tras el postre. — Paramos a por vino, vemos algo chulo… Seguimos pasándolo bien. Ella asintió, aunque por dentro una voz gritaba: “¡Reacciona!”. Pero se le venía a la cabeza la caradura de Víctor, sugiriendo que “se divirtiera”. Ya en casa de Andrés, el móvil empezó a vibrar sin parar. Era su marido. Rechazó la llamada una vez, otra, pero él insistió. — Dime, — contestó, esforzándose por ser firme. — ¿Dónde te has metido? — saltó Víctor. — ¡Son las diez, la nevera está vacía y tú no apareces! ¿Se puede saber qué te pasa? Elena se quedó a cuadros. Andrés, al oír la discusión, desapareció discretamente en otra habitación. El momento romántico se desvaneció. — Pues estoy en una cita, Viti. — ¿Cómo? ¿Qué cita ni qué niño muerto? — ¿Te lo explico con manzanas? Me lo propusiste tú: querías una relación abierta. Así que, me entretengo con otro. ¿Ya no hace gracia? Silencio. Después, Víctor estalló. — ¿De verdad te has liado ya con otro? ¡Era una broma! ¡Quería ponerte a prueba! ¿Tanto ansias tenías? ¡Has tardado poco en salir disparada! Elena se quedó helada. — ¿Y tú? ¿Dónde has estado esta noche? — ¡En la oficina! — gruñó él. — Pero te aviso: no quiero ni una sola porquería en casa. O coges tus cosas y te largas, o me voy yo. Nos vamos a divorciar. Colgó. Elena se quedó mirando al vacío, hundida. — ¿Todo bien? — preguntó Andrés, apareciendo. — Sí… nada grave, — intentó sonreír, sin éxito. — Leni… — Andrés miró el reloj. — Creo que lo mejor es que te vayas. Tienes cosas que resolver en casa. El cuento se esfumó: la carroza se hizo calabaza y el pretendiente, alguien que no quería meterse en líos ajenos. Era comprensible. Esperaba una velada ligera, y recibió un drama ajeno. Quizás debería haber presentado los papeles del divorcio desde el principio. Pero las buenas ideas siempre llegan tarde. Aquella noche no volvió a casa. Se alojó en un hotel. No quería enfrentarse a la furia de Víctor, necesitaba tiempo para asumir que nada volvería a ser como antes. Pasaron tres años… La vida, como escultora, fue eliminando por sí sola todo lo innecesario, aun a costa del dolor. Víctor encontró rápido otra pareja, antes del divorcio oficial. Pero justo cuando él y Elena vendieron el piso, la nueva se marchó con la mitad del dinero. Con Andrés nunca pasó nada. Coincidían en la oficina, pero solo como colegas. Elena entendió que muchos hombres que aceptan ser amantes desaparecen en cuanto hay hueco para algo serio. Pero ella ya no quiso buscar a nadie. Sola en su piso nuevo, descubrió tiempo y energía: antes lo consumía todo el hogar y Víctor. Ahora, empezó a vivir para sí misma. Piscina por las mañanas —adiós a los dolores de espalda— y clases de inglés para mantener la cabeza despejada. Se cortó el pelo, renovó el armario. Y lo mejor: se convirtió en abuela. Marina, su hija, tuvo una bebé hace medio año. Al principio, al estallar el escándalo del divorcio, se posicionó con su padre. Víctor se hizo la víctima y le pintó a Elena como la traidora que rompió la familia por un amante. Pero el tiempo pone todo en su sitio. Marina fue a ver a su madre para hablar, soltar reproches y mirarle a los ojos. Y vio a una mujer cansada, pero honesta, nada que ver con la “descarriada” que le vendió su padre. Elena contó la verdad: que fue idea de Víctor, que él llevaba años llegando tarde, que ella se sentía sola mucho antes. Marina, casada ya, lo entendió. Cuando Víctor se agenció una novia rápidamente, no dudó en quedarse con su madre. Ahora, Elena estaba en la cocina con Marina, acunando a la nieta. La pequeña Sonia le cogía el dedo con entusiasmo. — Por cierto, papá ha vuelto a llamar — comentó su hija, con fastidio. — Que si podía venir a ver a Sonia. — ¿Y tú? — Le he dicho que no estamos en Madrid. No quiero que venga, mamá. Después de las cosas que habla de ti, o que intenta reconciliarnos… Cada vez que aparece me pone de los nervios. Tampoco quiero que le meta cosas raras a la niña. Que siga con su libertad… Elena no dijo nada, solo apretó un poco más a su nieta. Víctor obtuvo lo que quería: plena libertad. Nadie reclamaba su atención ni le molestaba al ver la tele. Pero esa libertad tenía un regusto muy amargo a soledad. Y ya era demasiado tarde.