Un viaje de 300 kilómetros: cómo la abuela enfrentó la fría recepción de su nuera
Eugenia María siempre había soñado con tener nietos. Cuando su hijo, Ignacio, se casó con Irene, la esperanza de un nuevo miembro en la familia se hizo aún más fuerte. Sin embargo, pasaban los años y no llegaban los niños. Los médicos dieron un diagnóstico desalentador: Ignacio no podría tener hijos de forma natural. Tras largas reflexiones y consultas, la pareja decidió optar por la FIV y, afortunadamente, el procedimiento tuvo éxito: nació la tan esperada hija, Ana.
La felicidad parecía ilimitada. Ignacio adoraba a su esposa e hija, y las rodeaba de cuidados y atención. Pero después de un tiempo, la idílica escena familiar se fracturó. Ignacio se enamoró de otra mujer — joven, despreocupada, sin obligaciones familiares. Decidió marcharse, dejando a Irene sola con su pequeña hija.
Incapaz de soportar la traición, Irene empaquetó sus pertenencias y se mudó con sus padres a un pequeño pueblo de la provincia de Soria, a 300 kilómetros de Madrid. Eugenia María sufrió mucho por la separación de su hijo y especialmente por la lejanía de su nieta. Trató de establecer contacto con Irene, llamándola, enviando mensajes, pero las respuestas fueron frías y distantes.
Cuando Ana cumplió dos años, Eugenia María decidió felicitar a su nieta en persona a toda costa. Llamó a Irene para comunicarle su intención de visitarla con regalos. La voz de su nuera no mostraba entusiasmo, pero tampoco hubo una negativa clara. Reuniendo los mejores juguetes, hermosos trajes y los dulces favoritos de Ana, la abuela emprendió el largo viaje.
Al llegar a la provincia de Soria, Eugenia María esperaba una cálida bienvenida, pero la realidad fue otra. Irene la recibió en el portal y le propuso dar un paseo con Ana en la calle. Era un fresco día de otoño y lloviznaba. La abuela, empapada y helada, se refugiaba bajo el paraguas, sosteniendo las bolsas de regalos, tratando de disfrutar breves momentos de compañía con su nieta. Irene no la invitó a entrar al apartamento, ni le ofreció tomar asiento, beber un té o al menos secarse del viaje.
La conversación fue tensa y breve. Irene contestaba con monosílabos, evitando el contacto visual. Cuando Eugenia María intentó entregar los regalos, su nuera inicialmente los rechazó, pero después de insistir, los aceptó. Media hora después, Irene señaló que era hora de que Ana almorzara y se durmiera, se despidió y se marchó, dejando a la abuela sola bajo la lluvia.
De regreso a Madrid, Eugenia María no pudo contener las lágrimas. Se sentía rechazada e innecesaria. Comprendía que su hijo había actuado de forma vil al traicionar a la familia, pero no podía entender por qué Irene dirigía su resentimiento hacia ella. Siempre había intentado apoyar a su nuera, ayudar con la niña, estar presente en los momentos difíciles. Ahora le estaban privando de ver cómo crecía y se desarrollaba Ana, de la alegría de ser abuela.
En casa, Eugenia María tardó en recuperarse. Intentaba justificar el comportamiento de Irene, entendiendo que había sufrido traición y dolor. Pero su corazón no encontraba descanso. Esperaba que, con el tiempo, su nuera se ablandara y le permitiera participar en la vida de su nieta. Hasta entonces, solo le quedaba esperar y confiar en que el amor de abuela por Ana podría superar las barreras del resentimiento y la incomprensión.