Aunque Inés era una nuera y esposa ejemplar, terminó con su matrimonio y consigo misma.
Inés había quedado huérfana siendo niña y se crió en un orfanato de Toledo. Se casó muy joven, a los dieciocho años, sin saber realmente lo que implicaba ser esposa ni formar parte de una familia, pues tampoco tenía amigas casadas a quienes preguntar. Al instalarse en el piso de su marido en Salamanca, absorbía con avidez todo lo que se decía sobre cómo debía comportarse una mujer casada. Su suegra, Doña Mercedes, se convirtió en su principal fuente de consejos y sabiduría doméstica.
Naturalmente, Inés había escuchado muchas historias sombrías sobre suegras mandonas, pero en su ingenuidad pensaba que, como ella no tenía madre, su suegra le daría ese cariño y apoyo. En realidad, Doña Mercedes no quería causarle ningún perjuicio a su nuera, aunque la situación acabó tomando otro rumbo. La señora, llena de entusiasmo, comenzó a instruir a Inés en los valores del hogar: Cuando un marido es infiel, la responsable siempre es la esposa, le decía con solemnidad.
¡Vaya doctrina! Inés siempre pensó que la culpa era de quien decidía traicionar, pero, por lo visto, allí las cosas eran distintas. Según su suegra, la mujer cargaba con la responsabilidad de las infidelidades del esposo simplemente porque, tal vez, descuidó su figura o dejó de ser atractiva para él. Procura mantener siempre una cintura de avispa, aunque pasen los años, le aconsejó Doña Mercedes. Inés anotó: No subir de peso, y se inscribió en un gimnasio del barrio.
Aunque ya era esbelta, el miedo a engordar la llevó a restricciones que rozaban la obsesión. Cumplida esta lección, llegó otro consejo: En las casas decentes, ambos trabajan.
Inés no discutió, porque en realidad ansiaba trabajar y colaborar con el hogar. Estaba dispuesta a aceptar cualquier empleo honrado. Y cuando consultó a su suegra sobre el permiso de maternidad, recibió una respuesta tajante: Las bajas de maternidad son asunto tuyo. Tú sabrás cómo apañarte.
Aquella frase la dejó perpleja y, aunque no la apuntó, años después, cuando nació su primer hijo, decidió trabajar media jornada como niñera para poder contribuir algo en la economía familiar. Inés se sentía satisfecha, mas ni su suegra ni su marido dejaron de señalar que apenas traía unos euros más a la casa.
Pensó que quizás no pasaría nada si dedicaba ese pequeño sueldo a arreglarse el pelo de vez en cuando, pero entonces llegó otro consejo de Doña Mercedes: Durante la baja por maternidad no hace falta lucirse. Cuando vuelvas a trabajar, ya te pondrás guapa, ahora es momento de ahorrar.
Así fue como Inés entregaba íntegramente su paga a su esposo. En toda su vida de casada, los dictados de su suegra estuvieron siempre presentes: Una buena esposa hace todas las tareas del hogar por sí sola.
Y así lo hacía Inés, enfrentándose sola a la montaña de labores domésticas hasta caer rendida. Los desmayos se convirtieron en parte de su rutina; muchas noches, tras dormir a sus hijos a las nueve, comenzaba a limpiar y a preparar la comida para el día siguiente. Mientras tanto, su marido ya había gozado de su décima siesta porque, claro, él trabajaba fuera y estaba agotado.
Lo inevitable ocurrió: Inés terminó ingresada en el hospital. Los pequeños achaques diarios le parecían insignificantes y no vio venir la enfermedad seria. Pasó en la sala de cuidados más de medio mes, y ni su esposo ni su suegra acudieron a visitarla. Por fortuna, llevaba consigo su móvil y pudo llamar a su amiga Pilar, que acudió sin dudar y le llevó todo lo que necesitaba. Al recibir el alta, lo primero que hizo Inés fue tramitar el divorcio.
Todo esto ocurrió hace ya muchos años, pero aún recuerdo a Inés y me duele pensar en lo cerca que estuvo de perderse completamente intentando ser la esposa perfecta, según un ideal ajeno y antiquísimo de Castilla.







