Aunque Lucía era una nuera y esposa ejemplar, terminó arruinando no solo su matrimonio, sino también a sí misma

Aunque Leonor era una nuera excelente y una esposa dedicada, no solo destruyó su matrimonio, sino también a sí misma.

Leonor creció sola, sin recuerdos de madre ni padre, rodeada de los muros fríos de un orfanato en las afueras de Salamanca. Al cumplir dieciocho años, se desposó casi sin saber qué significaba compartir la vida con otro, pues ninguna amiga suya había pisado una iglesia nupcial ni sentido la presión de una alianza en el dedo. Cuando entró en el piso diminuto de su marido, comenzó a absorber vorazmente todo lo que, según creía, debía forjar una esposa ideal. Su faro en este mundo nuevo era su suegra, Doña Pilar.

Por supuesto, Leonor había escuchado historias de suegras despiadadas, ahí donde el aceite de oliva nunca falta y el chisme es como pan de cada día, pero quizá porque nunca conoció a su madre, idealizó que su suegra la amaría como a una hija y solo desearía su bien. De alguna manera no se equivocaba del todo, pues Doña Pilar no albergaba verdaderas malas intenciones, pero la vida toma formas extrañas, como un cuadro de Dalí. Con fervor, Doña Pilar empezó a enseñarle los secretos domésticos: En los deslices del marido, la culpa es de la mujer, sentenció una tarde mientras pelaba naranjas en la mesa de la cocina, con los rayos del sol bailando en las baldosas.

¿Por qué? meditaba Leonor, cayendo en la lógica de los sueños donde todo parece evidente y absurdo a la vez. ¿No será culpa de quien traiciona?

No, en el trasfondo surrealista de su nueva familia, la esposa llevaba la culpa del adulterio por descuidar su figura y dejar de seducir al marido. Doña Pilar la aconsejó mantener siempre una cintura de avispa, incluso con los años, así que Leonor apuntó en una libreta forrada de tela: No engordar nunca. Se apuntó en un gimnasio moderno, donde las máquinas chirriaban como los recuerdos de la infancia.

Aunque Leonor era delgada y elegante, empezó a obsesionarse con la báscula y a evitar el pan. Cuando supo complacido este deber, Doña Pilar vino con una nueva máxima: En una familia apañada, trabajando estamos las dos.

Leonor no protestó, pues en secreto lo deseaba, ansiando tener un rincón y un sueldo propio. Preguntó un día por cómo proceder durante la baja por maternidad, y Doña Pilar le respondió: Eso apáñatelo tú, hija, cada una resuelve sus problemas.

Esta sentencia no la anotó, pero años después, al tomar la baja por maternidad tras el nacimiento de su segundo hijo, buscó un trabajillo cuidando niños por horas. Aunque se sentía realizada, pronto escuchó los reproches de su esposo, Enrique, y de Doña Pilar: ganaba apenas unas cuantas monedas, apenas valía la pena.

Pensó que emplear esos euros para cortarse el pelo no haría daño a nadie, pero entonces llegó el siguiente consejo onírico: ¿Para qué arreglarte en la baja? Cuando trabajes de verdad, ya te maquillarás, pero ahora ahorrar.

Leonor, como fantasía recurrente, entregaba cada céntimo de su esfuerzo a Enrique. Y siempre escuchaba el eco de otra sabiduría materna: Una buena esposa sabe apañárselas sola en la casa.

Así Leonor hacía todo: limpiar, fregar, poner lavadoras, entre sueños y despistes. Caía de puro cansancio. Los desmayos eran normales, como el olor a café en los portales. Muchas noches, tras acostar a los niños al filo de las nueve, limpiaba y cocinaba para dejar todo perfecto al día siguiente, mientras Enrique roncaba, envuelto en su décima siesta de la tarde, con la paz que solo otorga el salario propio.

Que acabara en el hospital tenía su lógica dentro de esa quimera: nunca atendió a las punzadas en el costado ni notó el principio de la enfermedad grave. Pasó más de dos semanas en un edificio blanco y frío, y ni Enrique ni Doña Pilar la visitaron. Por fortuna, llevaba el móvil escondido en el bolsillo de la bata. Llamó a su amiga Marisol, que apareció con todas las bolsas necesarias y un abrigo color salmón.

Cuando salió del hospital, con el sueño aún adherido a la piel, fue directa a solicitar el divorcio en el juzgado de la plaza Mayor, bajo el cielo gris y húmedo de Castilla, donde todo parecía tan irreal como un cuadro colgado del revés.

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Aunque Lucía era una nuera y esposa ejemplar, terminó arruinando no solo su matrimonio, sino también a sí misma