Aún nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina logró abrir la cancela como pudo, lle…

También nos quedan asuntos pendientes en casa

Abuela Valentina apenas logró abrir la verja del pequeño jardín, y con dificultad alcanzó la puerta. Estuvo un buen rato peleándose con la cerradura oxidada antes de poder entrar en su vieja casa, que llevaba todo el invierno sin calentar. Se dejó caer en una silla junto a la chimenea apagada.

La vivienda olía a deshabitado.

Solo se había ausentado tres meses, pero en ese tiempo el techo se tapizó de telarañas, la silla antigua crujía lastimosamente cada vez que se sentaba, y el viento se colaba por el conducto de la chimenea, murmurando como si la casa la recibiera regañando: ¿Dónde has estado, dueña? ¿A quién nos dejaste? ¿Cómo vamos a pasar el invierno ahora?

Ahora, ahora, mi querida, espera un poco descanso y enciendo la chimenea para calentarnos

Solo un año antes, la abuela Valentina recorría con vivacidad cada rincón de su caserón: encalaba las paredes, pintaba allí donde faltaba color, cargaba cubos de agua del pozo. Su figura diminuta y ligera se inclinaba ante los santos, luego se apresuraba a la cocina, después volaba por el huerto, plantando, desbrozando y regando.

Entonces la casa vibraba junto a su dueña, las tablas del suelo respondían con crujidos alegres ante sus pasos ágiles, las puertas y ventanas se abrían tan solo con el roce de sus manos pequeñas y trabajadas, y la cocina nunca paraba de preparar rosquillas gigantes y tartas al horno. Valentina y su vieja casa formaban un dúo perfecto.

Se quedó viuda muy joven. Sacó adelante a tres hijos, todos estudiados y convertidos en personas de bien. Uno Andrés era capitán de la marina mercante, otro Fernando militar, coronel; ambos vivían muy lejos y solo regresaban al pueblo en contadas ocasiones.

Solo Carmen, la menor, se quedó en el pueblo como ingeniera agrónoma. Pasaba los días trabajando de sol a sol y solo algunos domingos se acercaba a comer con su madre y reponer el ánimo con una buena empanada. Del resto, ni rastro toda la semana.

El mayor consuelo de Valentina era su nieta Lucía, a la que prácticamente había criado.

¡Y cómo creció esa muchacha! Guapa como ella sola, con unos ojos grises enormes, y el pelo largo y rizado, rubio como el trigo maduro, brillante como el oro en la siesta sevillana.

Cuando Lucía se recogía el pelo en una coleta, media melena se derramaba sobre los hombros y los chicos del pueblo se quedaban petrificados al verla. Se les caía la mandíbula. Una figura de escándalo, esa postura tan recta, esa belleza, ¿de dónde le venía a una chica de la aldea?

De joven, la abuela Valentina era guapa, pero si ponías una foto antigua de ella junto a la de Lucía, la diferencia era entre una pastora y una reina.

Además, la niña era lista. Estudió en la Universidad de Agronomía en Valladolid y volvió al pueblo como economista. Se casó con un veterinario, y con el Plan de Vivienda de Jóvenes Familias les dieron una casa nueva.

¡Y qué casa! Sólida, moderna, de ladrillo, todo un chalé para la época.

Eso sí, a diferencia de la casa de la abuela, rodeada de un jardín rebosante de flores y frutales, en la nueva vivienda de Lucía apenas habían crecido tres matas raquíticas. Ni especial maña tenía Lucía para plantar ni tiempo, la verdad.

La chica, aunque venía del campo, era delicada, protegida por la abuela de cualquier corriente o trabajo pesado.

Después nació el hijo, Paco. Así que jardinería, ni soñar.

Lucía insistía a su abuela:

¡Vente conmigo, abuela! ¡Que la casa es grande, moderna, y no necesitas encender la chimenea ni nada!

Valentina había cumplido ya ochenta años y la salud empezaba a fallar. Las piernas, siempre ligeras, pesaban cada día más. Al final la abuela se dejó convencer y se mudó unos meses con su nieta.

Pero pronto escuchó:

Abuela, te quiero muchísimo y lo sabes ¡Pero no paras de estar sentada! ¡Siempre has estado activa! ¡Y aquí te has vuelto eso, solo descansas! Yo quiero organizar una granja, necesito ayuda

Pero hija, apenas puedo andar Estoy mayor ya.

¡Qué cosas, abuela! ¡En cuanto llegaste aquí envejeciste!

Total, que la abuela, que no pudo cumplir con las expectativas, regresó a su vieja casa.

La tristeza de no haber podido ayudar a su querida nieta la postró en cama. Las piernas resbalaban lentas por el suelo, agotadas tras una vida de carreras y esfuerzos. Llegar de la cama a la mesa era un reto, y hasta soñar con volver a su iglesia era imposible.

El padre Borja, el cura del pueblo y buen amigo, fue a verla. Siempre había contado con Valentina como ayudante en todos los festejos de la parroquia. Observó la situación con ojo de médico y amigo.

Valentina estaba sentada escribiendo como cada mes a sus hijos. La casa, fría aún; la chimenea, mal encendida. La abuela, enfundada en la rebeca más pasada, el pañuelo ligeramente sucio y eso que toda la vida había sido una mujer pulcra, y unas zapatillas desgastadas.

Padre Borja suspiró: la mujer necesitaba ayuda. Quizá Ana, la vecina, que era más joven y vivía cerca.

Sacó pan, unas pastas, y la mitad de una empanada de bonito aún caliente (saludos de doña Alejandra, su esposa). Se remangó el alzacuellos, limpió la ceniza de la chimenea, trajo tres cargas de leña y las apiló en la esquina. Encendió bien la lumbre y puso agua en un puchero ennegrecido a calentar.

¡Ay, hijo mío! Digo, padre Ayúdame con las direcciones de los sobres. Escribo tan torcido que no van a llegar nunca las cartas.

El cura escribió las direcciones y, de reojo, leyó los papeles llenos de letras temblorosas: Estoy fenomenal, querido hijo. Lo tengo todo, gracias a Dios.

Solo que aquellas hojas que hablaban de la buena vida de Valentina estaban llenas de borrones y no eran de tinta, sino de lágrimas saladas.

Ana la vecina se hizo cargo de Valentina, y el padre Borja iba regularmente a confesarla y darle la comunión. En fiestas, el marido de Ana, don Pedro, antiguo marinero, la traía en moto hasta la iglesia. Poco a poco, la vida volvía a su cauce.

Lucía, la nieta, dejó de ir a verla. Luego, tras un par de años, enfermó gravemente. Llevaba tiempo con molestias en el estómago, y lo achacaba a nervios, pero resultó ser cáncer de pulmón. En seis meses, Lucía se apagó.

Su esposo, destrozado, se pasaba el día en el cementerio, bebiendo y durmiendo allí entre sollozos. El hijo, Paco, con apenas cuatro años, se quedó sucio, sin comer, ni atención. Ana, la tía y trabajadora del campo, lo recogió, pero apenas tenía tiempo para él, así que Paco acabó preparándose para ir al internado comarcal.

El internado no era malo: buen director, comida completa, y los fines de semana podían ir con la familia. Pero, claro, nada como criar a un niño en casa.

Un día, en el sidecar del viejo Ural, llegaron Valentina y don Pedro. Él, con su camisa rayada de marinero y anclas tatuadas en los brazos, parecía un corsario; ella, decidida como nunca.

La abuela no dudó:

Me llevo a Paco conmigo.

¡Mamá, pero si apenas puedes moverte! ¡Cómo vas a poder cuidar a un niño! ¡Hace falta cocinarle, lavarle, atenderlo!

Mientras me quede vida, mi Paco no va a un internado sentenció Valentina.

La hija se quedó muda ante la firmeza de la anciana abuela y empezó a preparar la mochila del pequeño.

Pedro les llevó de vuelta a casa y casi tuvo que cargar con los dos de lo débiles que estaban. Los vecinos murmuraban:

Mira que es buena, pero debe de habérsele ido la cabeza: necesita ayuda ella misma y se ha traído a un crío ¡Como si fuera un cachorrillo! ¿Dónde tiene los ojos Carmen?

El padre Borja, inquieto tras la misa del domingo, fue a ver si encontraba al niño mal atendido. Pero lo que halló fue otra cosa: una casa caldeada, Paco escuchando cuentos en el tocadiscos, bien limpio y sonriente sobre el sofá, y la abuela Valentina, rejuvenecida, moviéndose ligera entre la harina y los huevos, preparando rosquillas con esa gracia de antaño.

¡Padre, qué alegría! Estoy haciendo bollos Espere un poco y se llevará algo caliente para doña Alejandra y Kiko.

El cura regresó a casa asombrado y contó lo vivido a su esposa.

Doña Alejandra reflexionó, sacó de la estantería un cuaderno azul y leyó una página:

Doña Evarista llegó al final de su vida. Todo pasó ya, sueños, esperanzas, amores descansando bajo la nieve tranquila. Pero entonces, una tarde fría de febrero, oró ante los santos y se acostó diciendo: Llamad al cura, que me voy.

Pero justo llegó su nieta Ana del hospital con una niña recién nacida, que lloraba sin parar, y apenas empezaba a fluir la leche materna, desesperando a la nueva madre. Los gritos del bebé no dejaban morir en paz a la abuela.

De pronto, doña Evarista abrió los ojos, se sentó, buscó las zapatillas, se levantó y, como si nada, acunó a la pequeña hasta que se calmó. Cuando la familia volvió del trabajo, lejos de encontrar a la abuela finada, la hallaron más viva que nunca, paseando con la niña en brazos mientras la madre descansaba en el sofá.

Doña Alejandra cerró el cuaderno, sonrió a su marido y concluyó:

Mi bisabuela, Evarista, me quería tanto que se negó a morir. Y decía: No es tiempo aún todavía nos quedan tareas en casa.

Vivió luego diez años más y ayudó a mi madre, tu suegra Anastasia, a criarme, su querida bisnieta.

El padre Borja sonrió de vuelta a su mujer.

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