Aún nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina logró abrir a duras penas el portón, llegó con dificultad hasta la puerta, luchó un buen rato con la vieja cerradura oxidada, y por fin entró en su antigua casa sin calefacción, donde se sentó en la silla, junto a la estufa fría. En la casa se notaba el olor a deshabitada. Solo habían pasado tres meses desde su ausencia, pero las telarañas ya cubrían los techos, la silla antigua crujía con pena, el viento silbaba en la chimenea; la casa la recibió enfadada: “¿Dónde has estado, dueña mía, a quién nos dejaste? ¿Cómo vamos a pasar el invierno?” —Ahora, ahora, hijo mío, espera un poco, me repongo… Encenderé el fuego, entraremos en calor… Aún hace un año Valentina revoloteaba por la casa antigua: encalando, retocando, trayendo agua. Su menuda y ligera figura se inclinaba ante los santos, se movía entre la cocina y el huerto, plantando, desherbando, regando. La casa estaba viva con ella: crujían vivamente las tablas bajo sus pasos ligeros, puertas y ventanas se abrían prestas con el toque de sus pequeñas y curtidas manos, la estufa horneaba esponjosos bollos. Juntas, Valentina y su vieja casa, eran felices. Perdió a su marido temprano. Crió a tres hijos, todos estudiaron, se hicieron de provecho. Un hijo es capitán de la marina mercante, el otro militar, teniente coronel, ambos viven lejos y apenas vienen a verla. Solo la hija menor, Tamara, se quedó en el pueblo, como jefa de ingenieros agrónomos, siempre trabajando de sol a sol, y apenas pasa por casa los domingos, se deleita con los bollos y otra semana sin verse. El consuelo era su nieta, Lucía. Criada prácticamente por la abuela. ¡Y qué nieta! ¡Guapísima! Ojos grises grandes, melena rubia como el trigo maduro, largo, rizado, brillante. Cuando se ata el pelo y deja mechas caer sobre los hombros, a los chicos del pueblo les da hasta un pasmo. Boquiabiertos se quedaban. Figurita de escándalo. ¿De dónde en una muchacha serrana tanta elegancia, tanto porte tan noble? Valentina también fue guapa de joven, pero si comparas una foto antigua con la de Lucía: pastora y reina… Además, lista. Se graduó en la Escuela Superior de Agricultura de Madrid, regresó a su aldea como economista. Se casó con el veterinario y, gracias al plan de viviendas para jóvenes familias, les dieron una casa nueva. ¡Y vaya casa! Sólida, de ladrillo, toda una mansión según el pueblo. Solo le faltaba un buen jardín como el de la abuela, que ya tenía frutales y flores; en la nueva de Lucía apenas crecen tres matas. Además, lo de cuidar plantas nunca se le dio; aunque es de campo, Lucía es tierna, siempre protegida de cualquier corriente de aire o faena pesada por la abuela. Y encima nació el pequeño Daniel. Ya no había tiempo de jardines. Así empezó Lucía a convencer a la abuela de venirse a su casa: cómodamente, sin tener que encender la estufa. Valentina empezó a encontrarse mal al cumplir los ochenta; como si la enfermedad esperara el día señalado: las piernas dejaron de responder. Cedió la abuela… Vivió dos meses con la nieta. Pero al poco escuchó: —Abuela, te quiero muchísimo, pero no haces nada aquí. Tú siempre andabas trajinando, y ahora estás sentada. Yo quiero montar la casa y necesito tu ayuda… —No puedo, hija, las piernas ya no me sostienen, me he hecho muy mayor… —¡Vaya! Justo al venir a mi casa, te has hecho mayor… No era lo que la nieta esperaba y la abuela regresó a su hogar. De la pena, de no poder ayudar esta vez, se quedó postrada. Las piernas se arrastraban sin ganas de moverse, agotadas de tanto trabajar en la vida. Levantarse de la cama para ir a la mesa era ya un reto; llegar a la iglesia, imposible. El padre Benito fue a verla. Antes, su fiel feligresa y ayudante en todo cuanto necesitaba la parroquia antigua. Observó la situación con ojo atento. Valentina estaba escribiendo sus cartas mensuales a los hijos. Hacía frío en la casa. La estufa mal encendida. El suelo helado. Ella, con su rebeca ya gastada y un pañuelo apagado, en los pies unos viejos zuecos – y eso que siempre fue impecable y pulcra. El padre Benito suspiró: necesitaba ayuda. ¿A quién acudir? Quizá a Ana, que vive cerca y es casi veinte años más joven. Sacó pan, dulces y medio bollo de pescado, regalo de su esposa Carmen. Arremangó la sotana y limpió la ceniza de la estufa; en varios viajes trajo leña para unos días, la apiló en una esquina. Encendió el fuego. Puso agua a hervir en un puchero… —¡Ay, hijo!… quiero decir, ¡padre! ¿Me ayudas con las direcciones? Que mi letra ya ni llega… El padre Benito se sentó, escribió los sobres, echó una mirada a las cartas con letras grandes y temblonas. En seguida se fijó: “Aquí estoy muy bien, querido hijo. Me va todo de maravilla, gracias a Dios”. Pero aquellas hojas estaban llenas de borrones, y los borrones, seguramente, eran lágrimas saladas. Finalmente Ana se ocupó de la abuela, el padre Benito la confesaba y le llevaba la comunión. Por las festividades, el marido de Ana, el tío Paco, viejo marinero, la llevaba en moto a misa. Así la vida fue recobrando algo de orden. La nieta nunca volvió. Al cabo de un par de años, cayó gravemente enferma. Hacía tiempo que arrastraba dolores de estómago, pensando que serían solo molestias. Resultó cáncer de pulmón. Nadie sabe por qué, pero en seis meses Lucía se apagó. El marido se instaló en su tumba: botella en mano, dormía en el cementerio y, al despertar, buscaba otra copa. El hijo, Daniel, de cuatro años, quedó abandonado, sucio y hambriento. Lo acogió Tamara, pero su trabajo la absorbía y el niño iba a ir a un internado de la comarca. El centro era decente: director enérgico, comida completa, los niños podían ir a casa los fines de semana, pero no era lo mismo que hogar. Tamara no tenía otra opción, tenía que seguir trabajando hasta la jubilación. Entonces, en el sidecar de una vieja “Ural”, la abuela Valentina llegó a casa de la hija. Conduciendo estaba el corpulento tío Paco, vestido con camiseta de rayas, tatuado con anclas y sirenas. Su aspecto era toda una declaración. Valentina dijo simplemente: —Me llevo a Daniel conmigo. —¡Mamá, tú casi no puedes andar! ¿Cómo vas a cuidar de un niño? ¡Tendrás que cocinar, lavar…! —Mientras viva, Daniel no irá al internado, —sentenció la abuela. Tamara, sorprendida por la firmeza de su madre siempre dulce, se quedó callada, pensó un instante y empezó a preparar la ropa del nieto. El tío Paco llevó a la abuela y al niño de vuelta. Casi los metió en brazos en la casa. Los vecinos cuchicheaban: —Buena señora, sí, pero parece que se le ha ido la cabeza: apenas puede moverse y se lleva a un niño… Después de misa el domingo, el padre Benito fue a verlos, temiendo tener que sacar a Daniel de la casa de la pobre abuela. Pero dentro hacía calor, la estufa ardía bien. Daniel, limpio y contento, escuchaba en el tocadiscos un cuento de “El panecillo valiente”. Y la “pobre anciana” se movía alegremente: untaba bandejas, amasaba masa, batía huevos con requesón. Sus viejas piernas, renovadas, como si nunca hubieran estado enfermas. —¡Padre! Aquí estoy, preparando bollos… Espera un poco, que luego Carmen y tu hijo tendrán merienda caliente… El padre Benito volvió a casa contándolo estupefacto a su mujer. Carmen pensó, sacó del mueble un grueso cuaderno azul, lo abrió en una página: “La vieja Gregoria vivió su vida larga. Todo pasó, todos los sueños, los sentimientos, la esperanza: todo duerme bajo el blanco y silencioso manto de nieve. Es la hora, la hora de ir donde no hay enfermedad, ni tristeza, ni suspiros… Un ventoso atardecer de febrero, Gregoria rezó largo rato ante los santos. Se acostó y dijo a los de casa: ‘Llamad al padre, que me muero’. Su cara blanca como la nieve de fuera. Avisaron al cura, Gregoria se confesó y comulgó, y pasó un día entero sin probar bocado ni agua. Solo un leve respiro mostraba que el alma seguía ahí. Se oyó el portazo de la entrada: un soplo de aire frío, un llanto de bebé. —Silencio, que la abuela se está muriendo… —No puedo callar al bebé, acaba de nacer y aún no entiende… Del hospital llegó la nieta de Gregoria, Ana, con su bebé. Todos se habían ido, y solo la joven madre con su inexperiencia y el recién nacido acompañaban a la abuela moribunda. El niño lloraba con fuerza, impidiendo a Gregoria morir en paz. Pero la anciana alzó la cabeza, enfocó la mirada y con dificultad se sentó, deslizó los pies en busca de las zapatillas. Cuando regresaron los de casa por la tarde, creyendo hallarla muerta, la encontraron no solo viva, sino más enérgica que nunca: caminaba por la sala acunando al bebé tranquilo, mientras la madre descansaba. Carmen cerró el diario, sonrió y concluyó: —Mi bisabuela, Vero Gregoria, me quiso tanto que no pudo permitirse morir. Como dice la canción: ‘Todavía no es hora de morir— aún nos quedan cosas por hacer en casa’. Vivió otros diez años ayudando a mi madre, y a mí, su bisnieta, a crecer. El padre Benito le devolvió la sonrisa.

Todavía nos quedan cosas pendientes en casa…

La abuela Valentina empujó con esfuerzo la cancilla de hierro, tambaleándose hasta la vieja puerta de madera, que resistía cerrada por el óxido del cerrojo. Tras una larga pelea con la cerradura, entró en la casa fría de su infancia y se dejó caer, exhausta, en una silla junto a la chimenea apagada.

El ambiente olía a cerrado, a abandono.

Tan solo habían pasado tres meses desde su marcha, pero las telarañas ya colgaban de los techos, la silla crujía bajo su peso y el viento aullaba en la chimenea. La casa la recibió con un reproche mudo y agrio: ¿Dónde te has ido, señora? ¿A quién nos has dejado? ¿Cómo vamos a aguantar el invierno?

Ya va, tranquilo, mi queridísimo, espera un poco… Respiro, y enseguida enciendo la lumbre… ya verás…

Hace un año, Valentina aún recorría ágilmente aquella vivienda antigua: encalaba las paredes, retocaba las persianas, traía agua del pozo. Su menudo cuerpo apenas tocaba el suelo; parecía flotar entre las imágenes de los santos al pie del altar, maniobraba magistralmente la vieja cocina, o se perdía entre los limoneros y rosales del jardín, siempre a tiempo para plantar, desherbar o regar.

Y la casa vibraba con ella: las duelas crujían jubilosas bajo sus pasos ligeros, las ventanas se abrían al primer roce de sus manos curtidas, el horno trabajaba sin descanso y le regalaba a Valentina rosquillas tiernas y doradas. Les iba bien juntos: la abuela y su vieja casa en un pequeño pueblo de Castilla la Vieja.

Viuda demasiado temprano, sacó adelante a tres hijos; todos estudiaron y triunfaron. Uno, marino mercante; otro, comandante en el ejército, ambos lejos, tan solo visitando a su madre en escasas ocasiones.

Solo la hija menor, Inés, se quedó en el pueblo, como ingeniera agrónoma; pasaba los días perdida entre la oficina y el campo, y en casa de su madre apenas paraba los domingos a dejarle el alma reconfortada con un trozo de empanada.

El gran consuelo de Valentina era su nieta Luz. La crio casi desde que nació.

¡Y qué moza tan guapa! Ojos grises enormes, melena dorada alborotada hasta la cintura, rizos gruesos y relucientes, que lanzaban destellos cuando la luz los tocaba. Se hacía una coleta, y algunos mechones caían sobre sus hombros, dejando embobados a todos los muchachos de la zona. La boca se les abría de asombro al verla… Una figura esbelta y elegante. ¿De dónde habría sacado una chica de pueblo semejante porte y hermosura?

Valentina también fue guapa de joven, pero si se comparara una fotografía antigua suya con una de Luz, parecerían una pastora humilde y una reina…

Inteligente, además. Luz estudió Economía en la Universidad de Salamanca y volvió al pueblo, trabajando como contable en la cooperativa. Se casó con el veterinario y, gracias a un programa de vivienda para jóvenes, les concedieron una casa nueva.

¡Y qué casa! Firme, de ladrillo rojo, con tejados sólidos y ventanales enormes. Una mansión, a ojos de todo el pueblo.

Solo un detalle: el jardín de la abuela Valentina era un paraíso de flores y frutales, pero en la casa de Luz apenas crecían tres plantas enclenques; no tenía tiempo ni mano para la jardinería.

Porque Luz, aunque de campo, era delicada, siempre sobreprotegida por Valentina de corrientes y de faena pesada.

Además, tuvo pronto un hijo, Vicente. Entonces ya no había minutos para huertos ni flores.

Así fue que la nieta empezó a rogarle a la abuela: Ven a vivir con nosotros, la casa es grande, cómoda, y no tendrás que encender la chimenea.

Y Valentina, al cumplir los ochenta, empezó a flojear; las piernas le fallaban, como si la enfermedad hubiera esperado esa cifra redonda para ensañarse con ella. Cedió y aceptó mudarse con Luz.

Pasó allí un par de meses. Hasta que escuchó:

Abuela, querida, ¡cuánto te quiero, lo sabes! Pero ¿por qué solo estás sentada? ¡Tú siempre has sido de trabajar sin parar! Y ahora, mírame y señalaba a su alrededor, todo a mi cargo. Esperaba tu ayuda

Cariño, no puedo Las piernas ya no responden. Me hago mayor

Vaya, nada más llegar aquí, de pronto eres mayor

Así fue como la abuela, después de no cumplir las expectativas, volvió a su antigua casa.

De la tristeza por no haber podido ayudar a su adorada nieta, Valentina se postró aún más. Las piernas, cansadas de tantos años, apenas arrastraban su cuerpo hasta la mesa; llegar hasta la iglesia de su niñez era ya imposible.

Don Rodrigo, el párroco de la iglesia, buen amigo y confidente, fue a visitarla. Observó con atención todo a su alrededor.

La abuela, sentada junto a la mesa, cumplía con el ritual sagrado de sus cartas mensuales a los hijos ausentes.

El frío era notable, la madera chirriaba a su paso, la chaqueta más gruesa le cubría los hombros y, sobre sus piernas, unas zapatillas raídas. Don Rodrigo suspiró; claramente, necesitaba ayuda. Pensó en Ángeles, que vivía cerca y todavía tenía fuerzas, seguramente podría encargarse.

Llevó pan, unos dulces, y media empanada de bonito (regalo de su mujer, doña Carmen). Arrimando el hombro, sacó las cenizas de la chimenea, trajo leña suficiente para varios días y puso agua a calentar para el té.

¡Ay, hijo mío! O sea, padre ¿me ayudas con las direcciones de los sobres? Si lo escribo yo, no llegará nunca…

Don Rodrigo se sentó, escribió las direcciones y, mientras ojeaba las cartas, notó las letras grandes y temblorosas: Vivo estupendamente, mi niño querido. No me falta de nada, gracias a Dios.

Pero esas cartas que hablaban de felicidad estaban cubiertas de borrones salados, lágrimas camufladas entre líneas.

Ángeles tomó la responsabilidad sobre la abuela; don Rodrigo le dio compañía espiritual y, en las grandes fiestas, el marido de Ángeles, el viejo marinero Paco, traía a Valentina a misa en su moto. La vida, poco a poco, volvía a tomar ritmo.

La nieta dejó de aparecer. Poco después, enfermó gravemente; lo que ella achacaba a un problema de estómago resultó ser cáncer de pulmón. En apenas medio año, Luz se consumió.

Su marido, desgarrado, prácticamente se instaló en el cementerio, bebiendo cada día al lado de la tumba. El pequeño Vicente, de cuatro años, quedó sucio y hambriento, sin quién se hiciera cargo.

Inés, la hija de Valentina, lo acogió, pero el trabajo de agrónoma le impedía ocuparse realmente del nieto. Así, empezó a gestionarse el internado para el chico.

El internado no era malo: tenía personal competente, comida abundante y permitía a los niños ir a casa los fines de semana.

No era un hogar, pero Inés no tenía otra salida: el trabajo la exigía hasta altas horas y aún le faltaban años para jubilarse.

Esa tarde, la vieja moto rusa apareció en la casa de Inés. Al manillar, Paco, con sus brazos tatuados de anclas y sirenas; aspecto tosco pero decidido.

La abuela Valentina dijo solo:

Me llevo a Vicente conmigo.

¡Mamá, apenas puedes andar! ¿Cómo vas a cuidar de un crío? ¡Hay que lavarle, atenderle!

Mientras yo viva, Vicente no va al internado sentenció Valentina.

Atónita por la firmeza de su madre, Inés solo pudo empezar a prepararle el hatillo.

Paco llevó a la abuela y al niño hasta la casa, descargó su moto, y casi en brazos entró a ambos en la casa. Los vecinos cuchicheaban:

Tan buena mujer, pero ya se le ha ido la cabeza. ¡Si ella necesita ayuda! ¿Y ahora coge un niño? ¡Eso no es un perrillo! ¡Requiere cuidados! ¿Y dónde mira Inés?

Don Rodrigo fue a visitarlos, temiendo tener que sacar a Vicente de brazos de la anciana enferma.

Pero encontró la casa caliente, la chimenea encendida. Vicente, limpio y contento, escuchaba un cuento en vinilo. Y la abuela, ágil y sonriente, amasaba rosquillas y batía huevos con una facilidad recuperada del pasado.

¡Padre querido! Estoy preparando unas rosquillas de requesón… ¡no se vaya! Lleve una docena para doña Carmen y para Elenita…

Don Rodrigo regresó a casa, aún maravillado, y compartió la escena con su mujer.

Doña Carmen, pensativa, buscó en una vieja libreta azul de tapas gruesas una página:

Doña Eufrasia vivió una larga vida. Todo pasó, los sueños y las penas, y la calma lo cubre todo bajo la helada invernal. Cuando presintió la muerte, pidió que avisaran al cura. Tras confesar y comulgar, pasó un día entero sin tomar ni agua ni pan. Solo su respiración casi imperceptible decía que su alma seguía allí. De pronto, la puerta se abrió. Entró un viento helado junto a un llanto de bebé. Silencio, que la abuela muere protestó alguien. No le puedo tapar la boca a un bebé, acaba de nacer y no entiende Era su nieta recogida del hospital. Toda inexperta, la hija no sabía cómo consolar a la recién nacida, que lloraba y gritaba, interrumpiendo los últimos momentos de la abuela. Eufrasia, desde su lecho, enfocó los ojos y, con enorme esfuerzo, se sentó en la cama, bajó los pies descalzos y buscó sus zapatillas. Cuando todos volvieron del trabajo, sorprendidos por la escena, encontraron a doña Eufrasia más viva que nunca, paseando a la pequeña en brazos, mientras la madre descansaba en el sofá.

Cerró el cuaderno y miró a su marido sonriendo:

Mi bisabuela, Eufrasia, me adoraba y no quiso morirse. Como dice esa canción: Aún no es hora de morir todavía nos quedan cosas por hacer en casa.

Vivió diez años más, ayudando a mi madre, tu suegra, a criarme, su bisnieta favorita.

Y don Rodrigo le devolvió la sonrisa a su esposa.

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MagistrUm
Aún nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina logró abrir a duras penas el portón, llegó con dificultad hasta la puerta, luchó un buen rato con la vieja cerradura oxidada, y por fin entró en su antigua casa sin calefacción, donde se sentó en la silla, junto a la estufa fría. En la casa se notaba el olor a deshabitada. Solo habían pasado tres meses desde su ausencia, pero las telarañas ya cubrían los techos, la silla antigua crujía con pena, el viento silbaba en la chimenea; la casa la recibió enfadada: “¿Dónde has estado, dueña mía, a quién nos dejaste? ¿Cómo vamos a pasar el invierno?” —Ahora, ahora, hijo mío, espera un poco, me repongo… Encenderé el fuego, entraremos en calor… Aún hace un año Valentina revoloteaba por la casa antigua: encalando, retocando, trayendo agua. Su menuda y ligera figura se inclinaba ante los santos, se movía entre la cocina y el huerto, plantando, desherbando, regando. La casa estaba viva con ella: crujían vivamente las tablas bajo sus pasos ligeros, puertas y ventanas se abrían prestas con el toque de sus pequeñas y curtidas manos, la estufa horneaba esponjosos bollos. Juntas, Valentina y su vieja casa, eran felices. Perdió a su marido temprano. Crió a tres hijos, todos estudiaron, se hicieron de provecho. Un hijo es capitán de la marina mercante, el otro militar, teniente coronel, ambos viven lejos y apenas vienen a verla. Solo la hija menor, Tamara, se quedó en el pueblo, como jefa de ingenieros agrónomos, siempre trabajando de sol a sol, y apenas pasa por casa los domingos, se deleita con los bollos y otra semana sin verse. El consuelo era su nieta, Lucía. Criada prácticamente por la abuela. ¡Y qué nieta! ¡Guapísima! Ojos grises grandes, melena rubia como el trigo maduro, largo, rizado, brillante. Cuando se ata el pelo y deja mechas caer sobre los hombros, a los chicos del pueblo les da hasta un pasmo. Boquiabiertos se quedaban. Figurita de escándalo. ¿De dónde en una muchacha serrana tanta elegancia, tanto porte tan noble? Valentina también fue guapa de joven, pero si comparas una foto antigua con la de Lucía: pastora y reina… Además, lista. Se graduó en la Escuela Superior de Agricultura de Madrid, regresó a su aldea como economista. Se casó con el veterinario y, gracias al plan de viviendas para jóvenes familias, les dieron una casa nueva. ¡Y vaya casa! Sólida, de ladrillo, toda una mansión según el pueblo. Solo le faltaba un buen jardín como el de la abuela, que ya tenía frutales y flores; en la nueva de Lucía apenas crecen tres matas. Además, lo de cuidar plantas nunca se le dio; aunque es de campo, Lucía es tierna, siempre protegida de cualquier corriente de aire o faena pesada por la abuela. Y encima nació el pequeño Daniel. Ya no había tiempo de jardines. Así empezó Lucía a convencer a la abuela de venirse a su casa: cómodamente, sin tener que encender la estufa. Valentina empezó a encontrarse mal al cumplir los ochenta; como si la enfermedad esperara el día señalado: las piernas dejaron de responder. Cedió la abuela… Vivió dos meses con la nieta. Pero al poco escuchó: —Abuela, te quiero muchísimo, pero no haces nada aquí. Tú siempre andabas trajinando, y ahora estás sentada. Yo quiero montar la casa y necesito tu ayuda… —No puedo, hija, las piernas ya no me sostienen, me he hecho muy mayor… —¡Vaya! Justo al venir a mi casa, te has hecho mayor… No era lo que la nieta esperaba y la abuela regresó a su hogar. De la pena, de no poder ayudar esta vez, se quedó postrada. Las piernas se arrastraban sin ganas de moverse, agotadas de tanto trabajar en la vida. Levantarse de la cama para ir a la mesa era ya un reto; llegar a la iglesia, imposible. El padre Benito fue a verla. Antes, su fiel feligresa y ayudante en todo cuanto necesitaba la parroquia antigua. Observó la situación con ojo atento. Valentina estaba escribiendo sus cartas mensuales a los hijos. Hacía frío en la casa. La estufa mal encendida. El suelo helado. Ella, con su rebeca ya gastada y un pañuelo apagado, en los pies unos viejos zuecos – y eso que siempre fue impecable y pulcra. El padre Benito suspiró: necesitaba ayuda. ¿A quién acudir? Quizá a Ana, que vive cerca y es casi veinte años más joven. Sacó pan, dulces y medio bollo de pescado, regalo de su esposa Carmen. Arremangó la sotana y limpió la ceniza de la estufa; en varios viajes trajo leña para unos días, la apiló en una esquina. Encendió el fuego. Puso agua a hervir en un puchero… —¡Ay, hijo!… quiero decir, ¡padre! ¿Me ayudas con las direcciones? Que mi letra ya ni llega… El padre Benito se sentó, escribió los sobres, echó una mirada a las cartas con letras grandes y temblonas. En seguida se fijó: “Aquí estoy muy bien, querido hijo. Me va todo de maravilla, gracias a Dios”. Pero aquellas hojas estaban llenas de borrones, y los borrones, seguramente, eran lágrimas saladas. Finalmente Ana se ocupó de la abuela, el padre Benito la confesaba y le llevaba la comunión. Por las festividades, el marido de Ana, el tío Paco, viejo marinero, la llevaba en moto a misa. Así la vida fue recobrando algo de orden. La nieta nunca volvió. Al cabo de un par de años, cayó gravemente enferma. Hacía tiempo que arrastraba dolores de estómago, pensando que serían solo molestias. Resultó cáncer de pulmón. Nadie sabe por qué, pero en seis meses Lucía se apagó. El marido se instaló en su tumba: botella en mano, dormía en el cementerio y, al despertar, buscaba otra copa. El hijo, Daniel, de cuatro años, quedó abandonado, sucio y hambriento. Lo acogió Tamara, pero su trabajo la absorbía y el niño iba a ir a un internado de la comarca. El centro era decente: director enérgico, comida completa, los niños podían ir a casa los fines de semana, pero no era lo mismo que hogar. Tamara no tenía otra opción, tenía que seguir trabajando hasta la jubilación. Entonces, en el sidecar de una vieja “Ural”, la abuela Valentina llegó a casa de la hija. Conduciendo estaba el corpulento tío Paco, vestido con camiseta de rayas, tatuado con anclas y sirenas. Su aspecto era toda una declaración. Valentina dijo simplemente: —Me llevo a Daniel conmigo. —¡Mamá, tú casi no puedes andar! ¿Cómo vas a cuidar de un niño? ¡Tendrás que cocinar, lavar…! —Mientras viva, Daniel no irá al internado, —sentenció la abuela. Tamara, sorprendida por la firmeza de su madre siempre dulce, se quedó callada, pensó un instante y empezó a preparar la ropa del nieto. El tío Paco llevó a la abuela y al niño de vuelta. Casi los metió en brazos en la casa. Los vecinos cuchicheaban: —Buena señora, sí, pero parece que se le ha ido la cabeza: apenas puede moverse y se lleva a un niño… Después de misa el domingo, el padre Benito fue a verlos, temiendo tener que sacar a Daniel de la casa de la pobre abuela. Pero dentro hacía calor, la estufa ardía bien. Daniel, limpio y contento, escuchaba en el tocadiscos un cuento de “El panecillo valiente”. Y la “pobre anciana” se movía alegremente: untaba bandejas, amasaba masa, batía huevos con requesón. Sus viejas piernas, renovadas, como si nunca hubieran estado enfermas. —¡Padre! Aquí estoy, preparando bollos… Espera un poco, que luego Carmen y tu hijo tendrán merienda caliente… El padre Benito volvió a casa contándolo estupefacto a su mujer. Carmen pensó, sacó del mueble un grueso cuaderno azul, lo abrió en una página: “La vieja Gregoria vivió su vida larga. Todo pasó, todos los sueños, los sentimientos, la esperanza: todo duerme bajo el blanco y silencioso manto de nieve. Es la hora, la hora de ir donde no hay enfermedad, ni tristeza, ni suspiros… Un ventoso atardecer de febrero, Gregoria rezó largo rato ante los santos. Se acostó y dijo a los de casa: ‘Llamad al padre, que me muero’. Su cara blanca como la nieve de fuera. Avisaron al cura, Gregoria se confesó y comulgó, y pasó un día entero sin probar bocado ni agua. Solo un leve respiro mostraba que el alma seguía ahí. Se oyó el portazo de la entrada: un soplo de aire frío, un llanto de bebé. —Silencio, que la abuela se está muriendo… —No puedo callar al bebé, acaba de nacer y aún no entiende… Del hospital llegó la nieta de Gregoria, Ana, con su bebé. Todos se habían ido, y solo la joven madre con su inexperiencia y el recién nacido acompañaban a la abuela moribunda. El niño lloraba con fuerza, impidiendo a Gregoria morir en paz. Pero la anciana alzó la cabeza, enfocó la mirada y con dificultad se sentó, deslizó los pies en busca de las zapatillas. Cuando regresaron los de casa por la tarde, creyendo hallarla muerta, la encontraron no solo viva, sino más enérgica que nunca: caminaba por la sala acunando al bebé tranquilo, mientras la madre descansaba. Carmen cerró el diario, sonrió y concluyó: —Mi bisabuela, Vero Gregoria, me quiso tanto que no pudo permitirse morir. Como dice la canción: ‘Todavía no es hora de morir— aún nos quedan cosas por hacer en casa’. Vivió otros diez años ayudando a mi madre, y a mí, su bisnieta, a crecer. El padre Benito le devolvió la sonrisa.