Vamos a ver, Carmen, dime la verdad empezó a quejarse Manuel , ¿qué más da a quién le alquilemos la casa? ¿A conocidos o a desconocidos? El dinero es el mismo, ¿no?
Carmen acababa de tender la ropa en el tendedero y suspiró. Mejor sería que en vez de quejarse tanto, ayudara un poco.
Manolo, cariño, la diferencia está en que luego a los familiares no hay manera de sacarles el dinero le contestó ella.
¿Lo dices por Álvaro? qué mal sonaba escuchar eso, ¡pero si Álvaro es mi hermano! Te lo juro por lo más sagrado, nos va a pagar. Ni siquiera te ha pedido rebaja. Va a alquilar la casa todo el verano y pagará el precio íntegro. Así no tenemos que estar buscando inquilinos, y todos contentos.
Manolo, la casa está en la playa. Yo tardo cinco minutos en encontrar inquilinos dijo ella zanjando el tema.
Pero explícame, ¿por qué te empeñas tanto en alquilar la casa a gente que no conocemos?
Con desconocidos es sencillo: contrato, señal, si no pagan, fuera, y san se acabó. Pero con los familiares empieza el Ay, Carmen, que ya sabes, con los niños es complicado, Ay, que este mes no hemos podido, te pagamos el siguiente, Ay, que hemos roto la tele, pero no nos vas a cobrar, ¿verdad?. Créeme, ya lo he vivido. No sabes cómo acaba la cosa.
La casa de la playa la heredó de sus padres, que también vivían en Valencia y habían acabado hartos de alquilarla a conocidos y amigos que a la mínima se olvidaban de pagar. Carmen había aprendido la lección y su norma era clara: ni amigos ni familia entrando por la puerta.
¿Y cómo termina? preguntó Manuel.
Pues que los parientes ni pagan ni se disculpan. Como si fuera nuestro deber dejarles quedarse gratis. Mira, la casa es un negocio, no el balneario gratuito para tu familia.
Álvaro, el hermano de Manolo, acababa de decidir que a su mujer y a sus tres peques les venía de perlas pasar tres meses en la playa. El verano era temporada baja para él en el trabajo, así que le salía estupendo. Carmen tenía clarísimo que Álvaro no tenía intención de pagar un céntimo.
Álvaro no está pidiendo que le dejes quedarse por la cara insistía Manuel. ¡Te va a pagar!
Todos dicen que van a pagar al principio.
Dime, ¿para qué nos vamos a complicar? Hay cola de gente dispuesta a pagar el precio de mercado por la casita. Vienen, firman el contrato y yo puedo estar tranquila. No quiero líos. Ni familiares ni amigos. Las cosas claras: amistades aparte, el dinero es el dinero.
Con la lógica aplastante de Carmen costaba discutir, pero Manuel tenía un as bajo la manga.
Vale, no confías en Álvaro. ¿Pero en mí sí confías, no?
Carmen lo miró esperando.
Confío, sí ¿y?
Pues si Álvaro intenta escaquearse, yo te pago el alquiler. Palabra. Voilà, qué héroe.
Solo que el argumento era flojo.
Vaya propuesta brillante. Me vas a pagar a mí misma con nuestro dinero.
Bueno si lo pones así puedo buscarme un extra. Me busco un trabajo de tardes o de fines de semana, y todo lo que gane te lo doy a ti. No será de los dos, será solo tuyo. ¿Qué te parece?
Carmen no se había imaginado que para Manolo esto fuera tan importante. Quizás, pensó, si le tiene tanta fe a su hermano, debería ella también confiar un poco
Convences a cualquiera le dijo ella. Pues nada, si tanto te importa, toda la responsabilidad es tuya.
Faltaba mucho para el verano así que Carmen tuvo tiempo de relajarse y casi empezar a confiar en su marido.
Llegó junio y con él los problemas. Manolo llamaba a Álvaro cada pocos días para recordarle, de manera muy sutil, que debía ir pagando al menos el primer mes. Las respuestas siempre eran optimistas:
Sí, sí, Manolo, tranquilo. El dinero… estoy esperando a que un cliente me pague una factura bien gorda. En cuanto me lo ingrese, lo tuyo lo tienes el mismo día. Perdona por el retraso, son cosas que pasan, pero de verdad, tranqui.
Junio terminó.
El dinero no apareció.
Carmen fue paciente todo un mes. No preguntó, no presionó, no montó escenas. Manolo le había pedido que confiara y ella lo hizo. No era cuestión de herir su orgullo, pero tras otra conversación fallida con su hermano, Carmen preguntó:
Bueno, ¿ha pagado ya algo?
Dice que su cliente aún no le ha pagado la última factura. Que en cuanto le llegue, lo primero que hace es pagarnos, que le sabe muy mal la demora…
Exactamente la misma excusa de hace un mes.
Le daban ganas de soltar un te lo dije.
¿Ves? Lo que yo decía. Los de la familia siempre tienen razones de peso para no pagar a tiempo.
¡Carmen, es pura casualidad! insistía Manolo. No lo hace aposta Son cosas que pasan. Hay que esperar un poco más.
¿Esperar hasta septiembre? Hasta que recojan los bártulos y nos digan: “Gracias por el veranito, ya si eso te llamamos”?
Carmen, tú no pierdes nada. Si hace falta, me busco otro trabajo.
¿Tú? ¿De verdad vas a buscar trabajo ahora?
Le cambió la cara enseguida.
Dale un par de semanas más. Si no, yo te pago yo si tanto te importa.
Yo no te he obligado a nada, Manolo. Fuiste tú el que se lanzó diciendo que tu hermano jamás fallaría. Ahora demuéstralo.
El ambiente en casa cambió; Manolo andaba mustio, casi enfadado consigo mismo.
Julio llegó acompañado por un calor insoportable. Carmen veía cada noche a Manolo mirando ofertas de trabajo en internet, pero no llamaba a ninguna.
Manolo, ¿te das cuenta que hoy ya es día treinta? Dos tercios del verano y llevamos cero euros de alquiler le recordó.
Álvaro todavía no ha podido pagar… Pero…
Pero en cuanto pueda, paga.
Lo va a devolver todo. Ha prometido que en cuanto le llegue el dinero, lo primero es lo nuestro, ¡y hasta una propina por el trastorno!
Mira, yo ya no me lo creo. Tú te comprometiste por él. Dijiste: Si hace falta, yo pago. Así que ahora te toca cumplir. ¿Dónde está ese trabajo extra?
Está claro que ni a Manolo le apetecía ya la heroicidad en la que él mismo se metió. Prometer es fácil y trabajar de más, cuesta.
Encontraré algo. Pero es que las ofertas que veo no valen la pena. Tampoco voy a ir a cargar cajas, con mi espalda como está.
Pues manda a tu hermano a cargar cajas por mí. Lo prometiste. O buscas trabajo ya, o llamo yo misma a Álvaro y le digo que si el viernes no tengo ni la mitad, los echo de la casa y le reclamo por vía legal.
A Manolo le entró frío solo de pensarlo.
¡No llames a Álvaro! ¡¿Qué vas a ir contando luego por la familia?! ¿Qué le diré a mi madre? He denunciado a mi hermano, Carmen, nadie lo entendería.
Álvaro no quería pagar, Manolo no quería cumplir lo prometido ni enmendarlo, pero tampoco enfrentarse a nadie. Y de pronto se pone a hacerle sentir culpable a Carmen.
Claro, a ti te da igual que yo tenga que matarme a trabajar por tu dichoso dinero, ¿no? Me veo a dos turnos solo para pagarte, vamos, y a ti ni te importa.
¡Yo no te obligué, Manolo! Fuiste tú quien insistió.
Es que no esperaba que Álvaro nos la jugara.
Yo sí lo esperaba le respondió Carmen, calmada. Porque ya lo he vivido muchas veces. Tú no me escuchaste.
¡Ya lo he entendido! Manolo se hacía el mártir Pero tú también eres la monda, Carmen. Prefieres que yo me mate a trabajar a que pierdas unos euros. Como si me diera un infarto, te da igual…
No es eso. Solo exijo que me cumplas lo que TÚ propusiste.
¡Vale! gritó Manolo. Pues me busco el segundo empleo y te pago por Álvaro, ¿contenta? Si el dinero vale más que yo, pues muy bien.
La apuesta le salió rana, pero Carmen al final consiguió que Manolo buscara trabajo. Aun así, le dejó mal sabor de boca. Cada noche, al volver de repartir comida, Manolo la miraba con odio.
Por tu culpa, claro le soltó una tarde.
¿Mi culpa?
¡Sí!
A ver si por lo menos así aprendes le respondió Carmen. Muy bonito quedar bien pagando con mi dinero; ahora paga tú por tu hermano y saca tus propias conclusiones.
Carmen, para qué mentir, aún albergaba la esperanza de que Álvaro finalmente diera señales de vida y pagara aunque sea al final. Y, cómo no, quién llamó fue él. Pero no a Manolo, sino a ella.
¿Sería posible que se hubiera equivocado y Álvaro realmente le fuera a pagar?
Carmen, mira, es que tengo que pedirte un favor
Álvaro, no tengo tiempo para tus favores. Ya ibais tarde con el mes de agosto, pero llevamos esperando desde julio. Ahora es tu problema y de Manolo, que fue el que se comprometió por ti.
Sí, sí, Manolo ya me lo ha dicho. ¡Pobre, cómo le tienes! Pero mira, se me ha fastidiado el coche y me ha costado un dineral arreglarlo. Imagínate, tengo que volver con la familia y no tengo para pagar ahora, pero seguro que más adelante
Predecible.
Carmen colgó el teléfono.
Manolo le pilló la cara y lo entendió todo.
Vale Reconozco que me equivoqué confiando tanto en él. Pero tú tampoco das margen para el error. En vez de apoyarme, pareces querer machacarme.
¿Qué quieres que te diga, Manolo? ¿Que agradezco que la familia pase gratis el verano y que yo me aguanto? Fuiste tú quien insistió en que si hacía falta pagarías tú.
Ya, pero no me imaginaba que no te importaría que sea mi salud la que pague. ¿Tú piensas en mí?
¿Pero tu hermano piensa en ti?
No es mala persona Solo que ha salido así
Genial. Él no es malo aunque me deje tirada, y yo, que solo pido lo justo, soy la mala.
Manolo se quedó callado.
Me da a mí que en su pareja vienen curvasEl silencio se alargó, denso y pesado como la humedad del verano. Afuera, los últimos turistas de agosto arrastraban maletas entre risas, ajenos a la guerra fría que ocupaba el salón de Carmen y Manolo.
Carmen recogió las llaves de la casa de la playa y las sostuvo un momento, como si estuviera midiendo su propio cansancio. De pronto, habló con calma:
El verano que viene la alquilo por internet en enero y que entren los primeros que la reserven. Familia, amigos, desconocidos: todos igual, por escrito, y el que no pague, se queda fuera. Ni sentimiento ni culpa, solo reglas. Porque aquí, los únicos que realmente pagan el pato somos tú y yo, Manolo.
Se quedó Manolo mirando el suelo, removiendo el aire con los dedos. Bajó la voz, casi un susurro:
Me duele que no confíes en la familia pero me duele más vernos así.
Carmen se acercó y, por primera vez en semanas, apoyó la mano en su hombro.
No se trata de no confiar Se trata de poner límites para que no terminemos destrozados tú y yo. La familia puede equivocarse; nosotros también. Pero si esta casa sirve para algo, es para enseñarnos qué es lo que no queremos repetir.
A lo lejos, sonó el móvil de Manolo: un mensaje de Álvaro con un triste Gracias por todo, hermano, el verano que viene invito yo a unas paellas.
Esta vez, ni Carmen ni Manolo dijeron nada. Compartieron una sonrisa cansada, de esas que solo se comparten después de perder algo y al mismo tiempo ganarlo todo.
Y de repente, en ese instante de entendimiento mudo, ambos supieron que el verano siguiente sería distinto. Quizá sin paellas de Álvaro, pero, al fin, en paz.







