—¡Vaya obrerito que nos ha caído! —Así recibió Ana Fernández a Javier, con esa ironía que solo las abuelas de la vieja escuela saben lanzar. Era la abuela de su esposa, Lucía, y llevaba años poniendo verde a su yerno por todo: sus vaqueros, sus camisetas, y sobre todo, su profesión. Javier era peluquero, o como ella decía con sorna, *”un barbero de esos que ahora se creen artistas”*.
—Un hombre de verdad debería trabajar en algo de hombres. Como tu abuelo, que pasó media vida en la fábrica, arreglando máquinas. ¡Eso sí que es un oficio! Pero este… todo el día recortando melenas. Cosas de mujeres, y punto. Y él, igual, con esos modales finos, pareciendo un figurín —le soltaba a Lucía cada dos por tres.
Apoyando la barbilla en su bastón, gritó: —¡Lucía, que ha venido tu señor!
Su esposa salió corriendo de la cocina, quitándose el delantal, y le plantó un beso tímido en la mejilla.
—Puaj, ¡qué cursilería! —bufó Ana Fernández mientras escupía al suelo, como si el cariño le diera alergia—. ¿Y la cena? Tengo hambre.
Lucía alzó las manos—: Ahora mismo, Javier se lava las manos y nos sentamos.
La abuela frunció el ceño—: Pero si hace cinco minutos me dijiste que faltaba media hora.
—Pues… ya ves, la cosa salió antes —murmuró Lucía, intentando escabullirse.
—¡Ah, conque esperando al *príncipe azul* me has tenido con el estómago rugiendo! —vociferó la abuela mientras Lucía se escurría hacia la cocina, seguida de cerca por Ana, que no perdía ripio—. ¡Espera, listilla!
Un minuto después, se oyeron carcajadas. Javier, secándose las manos, preveía otra noche soporífera. Cena, peli antigua de esas que solo le gustan a su suegra (nada de cine moderno, *”esa basura sin valores”*), y a las nueve en punto, todos a la cama.
Cuántas veces había intentado convencer a Lucía de mudarse. Pero ella se lo suplicaba—: *”Por favor, cariño. No puedo dejarla, aunque se haga la dura, ya no tiene fuerzas. Además, ella nunca me abandonó. Me sacó del hospital cuando mi madre me dejó allí.”*
Y Javier, que venía de un pueblo donde la familia lo era todo, cedía. Él mismo había crecido con la ayuda de toda su parentela hasta conseguir trabajo en Madrid. Ahora les devolvía el favor: dinero a sus padres, ayuda con la huerta, arreglar el tejado…
—¿Te has quedado en remojo o qué? —rugió Ana desde la cocina—. ¡Que se te va a enfriar la cena!
Javier entró y vio la mesa puesta. Lucía podía estar cansada del trabajo, pero nunca faltaban platos ricos.
La abuela, mientras devoraba un trozo de tortilla, mascullaba—: *”Tú no has salido a mí. Yo con un puré de sobre y unas croquetas compradas crié a media familia. Y no me quejaban. ¡Tenía cosas más importantes! El sindicato, las reunines del barrio…”* Pero eso no le impedía limpiarse el plato.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Lucía.
Javier abrió la boca, pero Ana lo atajó—: *”¡Bah! ¿Qué va a contar? Cortar pelos no es como cavar zanjas. Chas, chas, y listo. Mi vecino Pepe, ese sí que suda la gota gorda.”*
Javier puso los ojos en blanco. Otra noche de *”cuando yo era joven”*. Todas iguales, todas para recordarle que *”un hombre de verdad”* sudaría en una obra, no en una peluquería.
Pero él no tenía la culpa. A los diez años, su madre se enredó el pelo en una zarza. Él, con unas tijeras temblorosas, le cortó el enredo. Y luego, casi sin pensarlo, le pidió—: *”Mamá, ¿puedo arreglarte un poco más?”*
Le salió un corte *”como Dios quiso”* (ni él sabía cómo), pero su madre se miró al espejo, se emocionó y le dijo—: *”¡Hijo mío, me has rejuvenecido!”* Y al día siguiente, medio pueblo quería probar *”las manos de oro del pequeño Javier”*.
A Lucía la conoció en el Retiro, recogiendo hojas secas. Él, tímido como era, se armó de valor y la abordó. Cuando ella le contó su historia (padre fallecido, madre ausente, abuela que la rescató del orfanato), supo que jamás la dejaría.
Claro, a la abuela no le hizo gracia, pero tras perder a su hijo por prohibirle un matrimonio, ahora *”aguantaba carros y carretas”*. Aunque no perdía ocasión de soltar pullas.
Hasta que una noche, Ana se puso mala. Javier la oyó gemir y entró a toda prisa. Las pastillas por el suelo, la abuela pálida… Actuó rápido: medicación, ambulancia.
Durante dos semanas, la casa fue un paraíso. Fútbol, películas nuevas… Hasta que Ana volvió, y con una sonrisa, dijo—: *”Oye, Javier, ¿qué echan hoy en la tele? Me aburren esas pelis viejas.”*
Él se quedó de piedra.
—No te asustes —rió ella—. Es que ya estaba harta. Y… gracias. El médico dijo que me salvaste. Podrías haberte librado de *la bruja*, pero no. Ahora eres familia. Si te riño, haz caso omiso. Es la costumbre.
Hace poco, Lucía les dio una alegría: un bebé en camino. Hasta brindaron a escondidas con un *”chinchín”* de vino.
Total, *¡qué demonios!* Hasta las abuelas más cascarrabias tienen corazón.







