En la vida pasa de todo
Durante una buena temporada trabajó en nuestro centro de salud infantil un cardiólogo, Eduardo Jiménez (todos los nombres, como debe ser, se mantienen como en la vida real). Como hacíamos nosotros, en verano se iba uno o dos meses a algún campamento juvenil, hacía de médico: vigilaba la cocina, pesaba a los niños, inspeccionaba mesillas, curaba rasguños con mercromina salvo que pasase algo serio, toquemos madera.
En esa época rondaría los 38 o 40 años, deportista, pelo con canas sal y pimienta, un poco rizado, perfil aguileño, ojos intensos, cejas pobladas a las mujeres les daba bastante fuerte por él, eso era indiscutible.
Un día nos contó lo siguiente:
Corría 1985, plena época de moralidad intachable y control del alcohol. Por pillarte bebiendo no sólo te cancelaban la vacante de piso y te mandaban de vacaciones forzosas en invierno: te podían despedir sin miramientos, de cualquier puesto. Era de locos, el ambiente imposible.
Llegó la última tanda, la de agosto, en el campamento de verano. Última noche, lo habitual: los críos saltando de litera en litera, pintando caras dormidas con pasta de dientes y mercromina. Los monitores hacían como que les seguían el juego, de vez en cuando se tomaban una copita de vino, algún licor, no por vicio, sino por tradición.
Y yo tampoco me escaqueaba, ¿que pasa? ¿Acaso no era médico? La noche transcurrió en paz. Bien temprano se dio de comer a los chavales, todos al autobús. Nos plantamos al cabo de hora y pico en pleno centro, frente al Teatro Real de Madrid, bajamos a los niños, a cada padre el suyo, sin olvidos, todo bajo control.
Nos reunimos los mayores para un último chupito, y me fui para casa. Ya estaban preparando la mesa, fin de turno, y tras comer, mi mujer, Nerea, y yo, nos íbamos de vacaciones a Salamanca, a visitar a mi madre y aprovechar el buen tiempo de septiembre. ¡Qué gusto!
Y fue en ese momento cuando el cansancio y el vino me pasaron factura noche en vela, nervios, calor agobiante, cuerpo destrozado, y me fui directo al suelo, bajo unos arbustos en la plaza. Literalmente me desmayé.
La gente del campamento se esfumó enseguida, pero casualmente Ana, una de las enfermeras, llegó a verme desplomado, intentó reanimarme, levantarme pero estaba KO, dormía mejor que nunca, ni musitaba.
Ana debía saber que por una tontería así me podían arruinar la vida, con explicaciones en comisaría, cartas de despido, sindicatos; pero no me dejó tirado, era buena persona.
Por suerte vivía justo al lado, en la Calle Mayor, número 84. Entre ella y alguien más, consiguieron arrastrarme, supongo que yo andaba como podía Me metió en su cuarto, en un piso compartido.
Un par de horas después desperté, no por estar sobrio, sino porque el más seco vino blanco busca su camino de salida, y la vejiga ya no admitía postergas.
Intenté levantarme mascullando algo, pero Ana me saltó encima casi, tapándome la boca y susurrándome que guardara silencio.
Yo ahí, sin postura ni dignidad, solo quería ir al baño. Pero Ana, con voz baja, me explica: tenía unas vecinas muy cotillas, brujas de manual, ni azúcar ni sal. Si una de ellas veía un hombre en su dormitorio, por mucho que fuese por accidente, a la pobre Ana la convertirían en su víctima favorita.
Comprendía su situación, pero me meaba tan a lo grande que le tuve que confesar mi apuro. Ella, al fin y al cabo enfermera, trajo un cubo, lo dejó, salió, volvió y se lo llevó.
Menos mal ¡ya empezaba a ver la luz!
Pero entonces caí en la cuenta: llevaba ya dos horas desaparecido, la maleta sin cerrar, mujer, suegros y toda la familia debían de estar ya llamando desesperados. Pronto empezarían a buscarme por hospitales. ¡Un desastre!
Le expliqué a Ana, en susurros y gestos, que aunque agradecía enormemente su discreción y el riesgo ante sus vecinas, si no aparecía ya en casa el infierno que le esperaba a ella se iba a quedar corto para lo que me esperaba a mí.
Negociamos un poco y Ana me contó su plan: una vecina estaba ausente desde la mañana; a la segunda la mandaría a por pan y a la tercera la distraería en la cocina con historias campamentiles. Yo debía entonces salir sigilosamente, sin portazos, cerrando la puerta con sumo cuidado.
Veo cómo una vecina se va al súper, la otra en la cocina, Ana haciendo el máximo ruido posible con el hervidor para cubrir mi huida. Yo, descalzo, zapatos en mano, andando de puntillas por el pasillo del piso, hacia la puerta desvencijada…
Tiro de la palanca, y justo entonces un chirrido brutal detrás de mí, donde supuestamente no había nadie. Y una voz inconfundible y nasal, entre admirada y feliz, grita: ¡Eduarrdooo Jiméneezzz!.
Los zapatos se me caen ruidosamente, me los pongo torpemente, abro la puerta de golpe sin mirar atrás y suelto: Buenas tardes, Doña Belén Ramos.
¿Para qué mirar? A la mejor amiga de mi suegra la reconocía bien de sobra y ya me imaginaba con qué colores, detalles y dramatismo iba a relatarle la escena; ¿quién iba a creer en mi versión después de verme salir con los zapatos en la mano y el sigilo de un ladrón?
Media hora después estaba ya en casa, Belén aún no había llamado. Mi familia emocionada y nerviosa: ¡Edu, casi te perdemos, ya íbamos a llamar a la policía! ¡Venga, siéntate, que el taxi para el aeropuerto ya espera!. El bullicio de la gran familia, aún cordial.
Viajamos a Salamanca yo temblando con cada llamada telefónica, esperando el aviso funesto a mi mujer de parte de la suegra. Recorría el piso de punta a punta como alma en pena, no pisé la playa por miedo a perder un mensaje, ni dormía ni comía apenas.
A los tres días mi madre me pilló en la cocina, me interrogó hasta que conté toda la verdad.
Hijo, claro que te creo, como en la canción, pero será difícil que nadie más lo haga. No puedo ayudarte más que filtrando todas las llamadas mientras estés aquí para que descanses un poco. Ya en casa, que sea lo que tenga que ser. Duerme.
Pasó el mes. Volvimos. Mi ánimo podía describirse, fácil, como hundido en el barro; llevaba el corazón hecho trizas de imaginarme las escenas, preguntas y miradas. El avión aterrizó. Todos bajaron y yo seguía pegado al asiento, las piernas como piedras. La azafata ya miraba mal y mi mujer me rogaba Me levanté a duras penas, apoyado en Nerea, arrastrándome.
En esa época del avión al control se iba andando por la pista. Ya no quedaba casi nadie fuera, los pocos eran mis suegros, que nos saludaron con sonrisas tan grandes como falsas.
¡Por fin llegáis! ¡Nos teníais preocupadísimos! Nadie llegaba, sólo vosotros faltabais. ¡Nerea, qué bien te sienta el descanso! ¡Edu, estás tan delgado y pálido! ¿Has estado enfermo? ¿Qué ha pasado?
Yo miraba esas caras de falsa preocupación y no podía creer cómo en otro tiempo había respetado tanto a esas personas, prolongando mi sufrimiento por puro placer.
Fuimos a casa; mesa puesta, brindis, historias familiares De Belén Ramos, ni palabra. Bueno, que disfruten si quieren, me dije, yo también sabré esperar.
Pasó un mes. Perdí siete kilos, no dormía, me dio arritmia, no atinaba a pensar en el trabajo, era un zombi. Ni el alcohol me ayudaba; el vino me parecía agua, hasta el primer trago de anís me sentaba fatal.
Llegó la fiesta de Todos los Santos. Mesa llena, comida, copas, toda la familia reunida, ágape, suegra frente a mí
No aguanté más.
Me apoyé en los codos, me acerqué hacia ella y grité casi a todo pulmón: ¿Y, mamá, qué tal su amiga, Belén Ramos, cómo sigue?
La respuesta fue tan seca como triste: Ay, Edu, el día que os fuisteis de vacaciones, a Belén le dio un pequeño ictus y perdió el habla.
Me entró una risa incontrolable, casi histérica; tiré la cabeza hacia atrás, resbalé junto con la silla y estuve riéndome a carcajadas mientras toda la familia, asustada, intentaba tranquilizarme.
Me echaron agua, me calmé, bebí, brindé, y, por primera vez en semanas, disfruté de verdad la comida.
No sé si entendieron mi reacción, pero una cosa sí aprendí: en esta vida no podemos nunca tenerlo todo bajo control, y hay que saber reírse de la mala leche del destino cuando nos la juega. Seremos lo que recordamos, no lo que otros digan de nosotros.






