Así suceden las cosas
A Julián sus padres lo esperaron con mucha ilusión. Pero el embarazo fue difícil y el niño nació prematuro. Tuvo que estar en una incubadora. Muchos de sus órganos no se habían desarrollado del todo. Ventilación mecánica. Dos operaciones. Desprendimiento de retina.
Dos veces permitieron a la familia despedirse del pequeño. Pero Julián sobrevivió.
Sin embargo, pronto se descubrió que apenas veía ni oía. El desarrollo físico poco a poco fue mejorando Julián se sentó, agarró juguetes, luego comenzó a caminar agarrado a los muebles. Pero el desarrollo mental simplemente no avanzaba.
Al principio los padres aún tenían esperanza primero lucharon juntos, pero el padre acabó desapareciendo de manera silenciosa y la madre, Clara, continuó batallando sola.
Encontró una plaza en la Seguridad Social y, a los tres años y medio, a Julián le pusieron implantes para que pudiera oír. Ahora aparentemente escuchaba todo, pero seguía sin avanzar. Visitas a pedagogos terapéuticos, logopedas, psicólogos y todo tipo de especialistas. Clara venía a menudo a consulta conmigo, siempre con su Julián.
Le iba sugiriendo alternativas: ¿por qué no probamos esto, o aquello, o lo otro? Clara intentaba lo que fuese. Pero no había resultados. La mayor parte del tiempo Julián se quedaba callado en el parque, girando algún objeto entre las manos. Lo golpeaba contra el suelo. Se mordía la mano o alguna otra cosa. A veces daba aullidos monótonos, a veces modulaba el sonido. Clara aseguraba que Julián la reconocía, que la llamaba con una especie de arrullo especial y que le encantaba cuando le rascaba la espalda o las piernas.
Finalmente, un psiquiatra ya mayor le dijo: “¿Qué diagnóstico esperas ya? Es como un vegetal ambulante. Toma una decisión práctica respecto a él y sigue adelante. O lo ingresas, o simplemente sigues cuidándole ya lo has aprendido, ¿no? No tiene sentido alimentar ninguna esperanza ni condenarte tú también a una vida de encierro junto a su parque”. Fue la única persona en la vida de Clara que le habló con esa claridad. Dejó a Julián en un centro de educación especial y volvió a trabajar.
Tiempo después, se compró una moto algo que siempre había soñado. Empezó a recorrer las calles y las afueras de Madrid con otros aficionados, y cuando rugía el motor todos los pensamientos y sentimientos angustiantes se disipaban. El padre pasaba pensión y Clara lo gastaba íntegramente en cuidadoras para los fines de semana Julián, en el fondo, no era difícil de cuidar, solo había que acostumbrarse a sus aullidos. Luego, uno de los amigos moteros le dijo a Clara: “¿Sabes? Me he fijado en ti de otra manera, tienes un algo trágicamente interesante”.
Ven, que te lo enseño, respondió Clara.
Él sonrió convencido, pensando que le invitaba a su casa y a la cama. Pero Clara le enseñó a Julián. Justo estaba animado, modulando aullidos y arrullando seguro que había reconocido a su madre o quizá se inquietaba ante el desconocido.
¡Vaya tela! soltó el motero.
¿Tela de qué te pensabas tú…? contestó Clara.
Al tiempo, no solo compartían rutas, sino también la vida diaria. El motero, Santiago, acordó con Clara no involucrarse con Julián, y ella tampoco lo quería. Luego Santiago le propuso tener un hijo juntos. Clara contestó tajante: “¿Y si nos sale otro como Julián, qué hacemos?” Santiago calló casi un año entero, hasta que volvió a sacar el tema: “No, venga, de verdad; quiero intentarlo”.
Nació entonces Iván; por suerte, completamente sano. Santiago dijo: “Ahora que tenemos un hijo normalito, ¿por qué no ingresamos ya a Julián en una residencia?”. Clara respondió: “Antes te ingreso yo a ti”. Santiago reculó de inmediato: “Solo preguntaba. Iván descubrió a Julián cuando tenía unos nueve meses, al empezar a gatear.
Se sintió fascinado al instante. Santiago se asustaba y se mosqueaba: “No dejes al niño acercarse a él, que puede ser peligroso, nunca se sabe”. Pero Santiago trabajaba mucho o estaba de ruta, y Clara sí dejaba a Iván acercarse. Cuando Iván gateaba junto a Julián, este último misteriosamente no aullaba. Es más, parecía estar atento, esperando algo. Iván le traía juguetes, le enseñaba cómo jugar, le abría y cerraba los deditos.
Un fin de semana que Santiago se encontraba enfermo, vio cómo Iván, aún inseguro sobre sus pies, recorría la casa murmurando como llamando a alguien, y tras él, pegado, venía Julián (que anteriormente no salía de la esquina de su cuarto). Santiago montó en cólera y exigió: “¡Aleja a mi hijo de tu idiota o estás vigilándolos a todas horas!”. Clara en silencio le señaló la puerta.
Santiago se asustó. Acabaron reconciliándose. Clara me consultó:
Él es un madero, pero le quiero dijo, entre risas y lágrimas. Terrible, ¿verdad?
Es comprensible respondí. Amar a los hijos, cualquiera sea su situación, es muy natural
Me refiero a Santiago, en realidad puntualizó Clara. Pero dime: ¿ves peligroso que Iván esté con Julián?
Le aseguré que, según todo lo visto, quien llevaba la iniciativa era Iván, pero que, aun así, había que estar pendientes. Así lo acordamos.
Con año y medio Iván enseñó a Julián a organizar cubos de mayor a menor. Él ya hablaba con frases, entonaba sencillas canciones infantiles y hacía juegos de manos como “La señora gallina”. ¿Tenemos un genio en casa o qué? me preguntó Clara. Santiago quiere saber, está de orgullo que revienta: en el grupo nadie tiene niños que hablen así
Creo que es gracias a Julián sugerí. No todos los niños a esa edad tienen la oportunidad de ser el motor del desarrollo de otro.
¡Eso le diré yo a ese tronco con ojos! celebró Clara.
Vaya familia curiosa, pensé un vegetal ambulante, un tronco con ojos, una mujer en moto y un niño prodigio. Después de aprender a usar el orinal, Iván pasó medio año enseñando a su hermano. Que aprendiera a comer solo, a beber de un vaso, a vestirse y desvestirse esa misión la puso Clara en manos de Iván.
A los tres años y medio, Iván planteó la gran pregunta: Mamá, ¿qué tiene Julián?
Bueno, en primer lugar, él no ve.
Ve, sí replicó Iván. Pero poco. Así ve esto, pero aquello no. Depende de la luz. Donde más ve es con la bombilla del baño encima del espejo.
El oftalmólogo no daba crédito ante las observaciones de un niño tan pequeño, pero escuchó con atención, pidió nuevas pruebas y recetó tratamiento y unas gafas complicadas.
En la guardería, a Iván no le iba nada bien. ¡Este niño debería estar ya en primaria, es un sabiondo! protestó la profesora. No hay quien le aguante, lo sabe todo mejor que nadie.
Me opuse firmemente a la escolarización temprana: mejor que Iván asista a actividades y siga ayudando a Julián. Santiago, sorprendentemente, estuvo de acuerdo y le dijo a Clara: “Quédate con ellos en casa hasta que el peque entre al cole, total, ¿qué va a hacer en esa guardería? ¿Y te has fijado que tu hijo ya lleva casi un año sin aullar?”
A los seis meses, Julián dijo: «mamá, papá, Iván, dame, agua, miau-miau». Entraron juntos en primaria. Iván se angustiaba: ¿cómo estará sin mí? ¿De verdad hay buenos profesionales en la escuela especial? ¿Le entenderán? Hasta ahora, en quinto, hace primero los deberes con Julián y luego los suyos.
Julián habla con frases sencillas. Sabe leer y usar el ordenador. Le gusta cocinar y ayudar en casa (Iván o su madre le orientan), disfrutar en el patio sentado en el banco, observando y escuchando a su alrededor. Conoce a todos los vecinos y siempre saluda. Le encanta amasar plastilina y montar/desmontar construcciones.
Pero lo que más le gusta en el mundo es cuando la familia sale junta en moto por la carretera de Segovia él con su madre, Iván con su padre todos gritando algo al viento, felices y dejando que los recuerdos y el aire se fundan en una sola canción antigua.




