Llevo viviendo en mi casa más de veinte años, y mi vecino tampoco se queda corto, solo llegó un poco después. Él empezaba a levantar ladrillo cuando yo ya estaba eligiendo el color del salón.
Nos conocemos de sobra, hemos charlado mil veces y hasta nos hemos invitado a las casas, aunque eso de la amistad íntima nunca estuvo sobre la mesa.
Aquel año, por cuestiones de salud, pasé el invierno con mi hija, porque apañarme sola en casa iba a darme más trabajo que recoger almendras en enero. Cuando llegó la primavera y el sol empezó a calentar, decidí que era hora de volver.
Regresé a finales de abril, cuando la nieve ya era solo cuento de viejas y en casa todo me esperaba como lo había dejado, aunque claro, yo seguía con esa inquietud que me sale cuando no estoy por la labor de la jardinería. Así que me puse manos a la obra: arreglé el jardín delantero y el huerto, todo bien presentado para lucirse ante la calle.
Tengo dos invernaderos pequeñitos. Planté pepinos y pimientos, y en el tercero, tomates que compiten con los de Almería. En los bancales, pusimos fresas, zanahorias, cebolla y eneldo. Pegado a la verja que comparto con mi vecino, ahí hay arbustos de grosellas y grosellas espinosas, todo muy de aquí. Y como el trabajo de campo nunca pasa desapercibido, volvió a pasar lo de siempre: problemas a la espalda. Mi hija me llevó a Madrid y acabé pasando el verano en un balneario, por recomendación médica, claro.
Ya en septiembre, cuando el otoño asoma y las fiestas de pueblo arrancan, volví a casa sana como una manzana. Fui a mi parcela, y sorpresa: la valla de madera que separa mi reino del de mi vecino estaba rota, tan rota que cualquiera podría cruzar directo a mi huerto.
De lo evidente no se escapa ni el alcalde: el vecino había estado usando mis invernaderos y bancales, como si fueran la huerta del ayuntamiento y ni una llamada, que tiene mi número guardado desde la última recogida de uvas.
Obviamente, esto no me hizo ni pizca de gracia. Así que fui, le pregunté cómo se había estropeado la valla. Él, con toda la desfachatez de un castizo, admitió que le resultaba más cómodo, y que así tenía los tomates y los pepinos más a mano. Le manifesté mi malestar y él, tranquilamente, ni se inmutó.
Le comenté que yo no quería a nadie entrando en mi jardín sin permiso, y que por favor, restaurara la valla exactamente como estaba. Como guinda, sugerí que compartir la cosecha tampoco le haría daño, aunque ya la necesito menos que un paraguas en agosto. Pero oye, a veces una lección castiza hace más efecto que mil charlas, seguro que esta mi vecino no la olvida.






