«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la caradura familia de mi marido y cambié la cerradura. El telefonillo no sonó, sino que aulló exigiendo atención. Miré el reloj: siete de la mañana, sábado. El único día que pensaba dormir tras cerrar el informe trimestral, no recibir visitas. En la pantalla apareció la cara de mi cuñada. Sonia, la hermana de mi marido Iñigo, tenía pinta de estar a punto de asaltar la Bastilla, con tres niños despeinados detrás. —¡Iñigo! —grité sin descolgar—. Es tu familia. Apáñatelas. Mi marido salió de la habitación poniéndose los pantalones al revés. Sabía que cuando hablaba así, mi paciencia con su parentela había tocado fondo. Mientras él balbuceaba al telefonillo, yo ya estaba en el recibidor, brazos cruzados. Mi piso, mis normas. Ese piso de tres habitaciones en el centro lo compré dos años antes de casarnos, a base de hipoteca y mucho sacrificio. Lo último que quería era ver desconocidos por aquí. La puerta se abrió y entró la tribu. Sonia, cargada de bolsas, ni saludó. Me apartó de un empujón igual que a una cómoda. —¡Madre mía, qué alivio haber llegado! —dijo dejando los bultos en mi porcelánico italiano—. Anda, Elena, ¿te vas a quedar ahí mirando? Pon el agua, que los niños vienen muertos de hambre. —Sonia —respondí seria, haciendo que Iñigo encogiera los hombros—. ¿Qué pasa aquí? —¿No te lo contó Iñigo? —puso cara de santa—. Estamos de reformas. Integral. Cambio de tuberías, levantar suelos… Invivible: polvo por todas partes. Sólo estaremos una semanita. En este pisazo os sobra espacio, total… Miré a Iñigo, que miraba el techo, sabiendo lo que le esperaba esa noche. —¿Iñigo? —Venga, Elena, que son mi hermana y los niños… una semana y listo. —Una semana. Siete días. La comida, cosa vuestra. Los niños no corren, no tocan las paredes, y a mi despacho ni se acercan. Y silencio después de las diez. Sonia bufó y puso los ojos en blanco: —Madre mía, qué amargada eres, Elena, pareces la carcelera. Venga, ¿dónde dormimos? ¿En el suelo? Así empezó el infierno. La “semanita” fue dos, luego tres. Mi piso, trabajado a conciencia con decoradora, se volvía un gallinero. Montañas de zapatos sucios en el recibidor, caos en la cocina: manchas de grasa en la encimera de Silestone, migas, charcos pegajosos… Sonia iba de señora feudal. —¿Y en la nevera qué? —me reclamó una tarde—. A los niños les hacen falta yogures y a Iñigo y a mí nos apetece carne. ¡Tú que ganas bien podrías cuidar de la familia! —Tienes tarjeta y tiendas abiertas 24h, adelante —ni levanté la vista del portátil. —Agarrada. En la tumba no hay bolsillos, ya lo verás —dijo cerrando la nevera de un portazo. Pero la gota colmó el vaso al volver temprano del trabajo: mis sobrinos en mi dormitorio, el mayor saltando en mi colchón ortopédico que costó un riñón, la pequeña pintando la pared con MI pintalabios Tom Ford de edición limitada. —¡Fuera! —rugí, y salieron disparados. Sonia apareció y, viendo el desastre, solo se encogió de hombros: —Son niños, mujer. Ya limpiarás. Y la barra esa de labios… pues te compras otra, que tampoco te vas a arruinar. Por cierto, que hemos pensado quedarnos hasta el verano, que los obreros de la obra son unos borrachos. Total, os viene bien compañía… Iñigo, al lado, callado, como un cero a la izquierda. No dije nada. Me encerré en el baño, a contenerme. Esa noche Sonia dejó su móvil en la cocina, y vi la pantalla encendida: mensaje de “Marina Alquiler”: «Sonia, ya he hecho el ingreso para el próximo mes. Los inquilinos encantados, preguntan si pueden quedarse hasta agosto». Otro aviso del banco: “+850 euros”. Click en mi cabeza: no había reformas, la jetas había alquilado su piso para sacar pasta y venía a mi casa a vivir gratis, gastando mi comida. Negocio redondo y yo de tonta. Fotografié la prueba. Con templanza llamé a Iñigo y le enseñé el móvil. Le cambiaron los colores. —Igual es un error… —El error es que sigan aquí mañana. O se van, o te vas tú también con ellos. —¿Y dónde? —Me da igual. Bajo un puente o al Ritz si te llega. A la mañana siguiente, Sonia se fue de compras, dejando a los niños con Iñigo. Esperé a que se fuera: —Iñigo, llévate a los niños al parque. Larga. —¿Por…? —Voy a fumigar la casa de parásitos. Cuando salieron, llamé al cerrajero. Luego avisé al policía de barrio. Se acabó el cuento de la hospitalidad. Cuando la cerradura estuvo cambiada, empaqueté sus cosas en bolsas de basura industriales, sin miramientos: sujetadores, leotardos, juguetes, cosméticos: todo de un plumazo. A los 40 minutos, cinco bolsas y dos maletas en el rellano. Cuando llegó la policía, tenía lista toda la documentación de la casa a mi nombre. —Son familia, ¿no? —preguntó el municipal. —Ex—familia —corregí riendo—. Sonia llegó cargada de bolsas de lujo, la sonrisa se le borró al ver el panorama. —¡Pero qué haces loca! ¡Eso son mis cosas! —chilló. —Correcto. Tus cosas. Y te las llevas ya. Se acabó el hotel. Intentó pasar, pero el agente la paró: —¿Está empadronada aquí? —Soy hermana de Iñigo, estamos de invitados… —balbuceó, roja. —Llámale —le concedí—. Pero no te va a coger. Está explicando a tus hijos lo emprendedora que eres. Llamó. Tono. Otro intento. Nada. Iñigo ya había aprendido. —¡No tienes derecho! ¡Estamos de obras, y los niños…! —No mientas. Dile a Marina si le interesa seguir hasta agosto, porque tendrás que pedirle el piso de vuelta. Sonia se quedó boqueando, sin aire. —¿Cómo…? —No bloquees el móvil, empresaria. Has estado un mes viviendo de mi cuenta mientras alquilabas tu piso para ahorrar para un coche, ¿no? Muy lista. Y ahora escucha: te vas y no quiero verte cerca de mi casa. Si vuelves, denuncio alquiler ilegal y robo. Por cierto, me falta un anillo de oro: igual aparece en tus bolsas si la policía decide mirar. El anillo, claro, estaba en mi caja fuerte. Pero Sonia no lo sabía y palideció como una cal en procesión. —Eres una zorra, Elena. Que Dios te juzgue. —Dios está ocupado y yo ahora, por fin, estoy libre. Y mi casa también. Se llevó todo como pudo y el policía, encantado de no tener que escribir ni un parte, se despidió: —Ponga buenos cerrojos y a vivir tranquila. Entré y cerré la puerta. El nuevo cerrojo sonaba a gloria. Olía a lejía, la limpieza profesional ya había pasado al dormitorio. Iñigo volvió dos horas después, solo. Dejó a los niños abajo. Entró mirando por si caía otra. —Se ha ido. —Ya lo sé. —Lo que gritaba de ti… —Me da igual lo que griten las ratas cuando las echan del barco. Estaba en la cocina, café recién hecho, sólo en mi taza favorita y sin dibujos en la pared. —¿Sabías lo del alquiler? —le pregunté sin mirarle. —¡No! Si lo llego a saber… —Si lo llegas a saber, callabas igual. Escúchame bien, Iñigo. Una más de tu familia y tus maletas estarán también en el rellano. ¿Me entiendes? Asintió rápido, asustado. Sabía que iba en serio. Bebí un sorbo de café. Fuerte, caliente, y —por fin— en el ansiado silencio de MI casa. La corona no aprieta. Encaja de maravilla.

«¡Aquí estaremos hasta verano!» Cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié la cerradura.

El telefonillo no sonó, sino que rugió reclamando atención. Miré el reloj: las siete de la mañana, sábado. El único día en la semana que planeaba dormir hasta tarde después de terminar el informe trimestral, no recibir visitas inesperadas. En la pantalla apareció la cara de mi cuñada. Lucía, hermana de mi marido Javier, tenía la expresión de quien va a asaltar el Congreso, y detrás de ella asomaban tres cabecitas despeinadas.

¡Javier! grité sin levantar el auricular. Es tu familia. Ocúpate tú.

Javier se arrastró fuera del dormitorio, poniéndose los pantalones cortos al revés. Sabía que con ese tono la paciencia con su parentela se me había agotado. Mientras él balbuceaba algo al telefonillo, yo ya estaba en el recibidor, brazos cruzados en el pecho. Mi piso, mis normas. Este piso de tres habitaciones en el centro de Madrid lo compré dos años antes de casarnos, pagué la hipoteca sudando tinta, y lo último que me apetecía era tener desconocidos paseando por mi casa.

La puerta se abrió de golpe y en mi pasillo, ordenado e impregnado de un perfume caro, irrumpió la caravana. Lucía, cargada de bolsas, ni se dignó a saludar. Simplemente me apartó de un codazo como si fuera un perchero.

¡Por fin! ¡Menos mal que llegamos! suspiró, soltando todo directamente sobre mi suelo de gres italiano. ¡Almudena, deja de hacer de estatua en la puerta y pon el hervidor, que los niños llegan muertos de hambre!

Lucía mi tono era seco y Javier se encogió en los hombros inmediatamente. ¿Qué ocurre aquí?

¿No te ha contado Javier? puso cara de inocente. Estamos en obras, reforma total. Nos cambian las tuberías, levantan el suelo imposible quedarse en casa, polvo por todas partes. Solo estaremos con vosotros una semanita. En este palacio no os va a faltar espacio. ¡Menudo pisazo que tienes!

Miré a Javier. Él fingía examinar el techo, sabiendo que esa noche le tocaría dormir con un ojo abierto.

¿Javier?

Vamos, Almudena es mi hermana. ¿Dónde van a estar con los niños con la casa hecha un desastre? Solo una semana.

Una semana repetí, marcando palabra por palabra. Siete días exactos. La comida la ponéis vosotros. Nada de niños corriendo por toda la casa, ni tocar las paredes, y mi despacho, ni acercarse. Quiero silencio después de las diez.

Lucía puso los ojos en blanco y resopló:

Ay, Almudena, qué exagerada eres, chica. Pareces una carcelera. Venga, vale. ¿Dónde dormimos? Espero que no en el suelo, ¿eh?

Así empezó el infierno.

La “semana” se convirtió en dos. Luego, tres. El piso que diseñé con mimo quedó irreconocible. Siempre había montañas de calzado sucio en la entrada, que esquivaba a trompicones. El caos reinaba en la cocina: manchas de grasa en la encimera, migas por todas partes, charcos pegajosos. Lucía actuaba como la dueña de la casa y nosotros como sus sirvientes.

Almudena, ¿y esa nevera tan vacía? preguntó una noche espiando los estantes. Los críos quieren yogures, y Javier y yo algo de carne. Tú que ganas bien, podrías cuidar algo más de la familia.

Tienes tarjeta, tienes supermercados le respondí, sin apartar la vista del portátil. La entrega a domicilio es veinticuatro horas.

Qué tacaña eres bufó, cerrando la nevera de un portazo que hizo temblar los vasos. En la tumba no hay bolsillos, recuerda.

Pero el colmo llegó otro día. Llegué temprano del trabajo y encontré a mis sobrinos en mi dormitorio. El mayor brincando en mi colchón viscoelástico, que costó lo mismo que una Vespa, y la pequeña La pequeña pintando en la pared con mi barra de labios de edición limitada de Loewe.

¡Fuera! rugí, y los dos salieron escopetados.

Lucía llegó corriendo al oír el griterío. Al ver mi pared decorada y el pintalabios mutilado, simplemente se encogió de hombros:

¿Qué escándalo es ese? ¡Son niños! Una rayita en la pared se quita frotando. Y tampoco es para tanto tu pintalabios, guapa. Te compras otro. Por cierto, como las obras se alargan, la cuadrilla que contraté es nefasta, así que creo que nos quedamos hasta verano. Mejor así, que aburridos solos no vais a estar.

Javier callaba a mi lado. Un blando.

No contesté. Me fui al baño a respirar. Tenía que calmarme para no hacer una barbaridad.

Por la noche, Lucía se metió en la ducha y dejó su móvil en la encimera de la cocina. Llegó una notificación con letras bien grandes en la pantalla bloqueada: un mensaje de “Marina Alquiler”:

«Lucía, te paso el dinero del mes siguiente. Los inquilinos están encantados, preguntan si se puede alargar hasta agosto».

Y justo después la app del banco: «Ingreso recibido: +900 euros».

Fue como si se encendiera una bombilla. No había ninguna obra. La muy lista había alquilado su pisito y se había venido con todo el paquete a vivir cómodamente aquí, a mi costa, ahorrando en gastos y sacándose un ingreso extra. Negocio redondo. Gracias a mí.

Saqué el móvil y fotografié la pantalla del suyo. Ni me tembló el pulso. Sentí fría claridad.

Javier, ven a la cocina le llamé.

Cuando llegó, le mostré la foto. Se le desencajó la cara.

Almudena, ¿no será un error?

Error es que tú aún no los has echado de aquí contesté serena. O mañana a mediodía no queda nadie de tu familia aquí, o tampoco quedas tú. Con toda tu parentela.

Pero, ¿y adónde van a ir?

Me da igual. Que se instalen en el Ritz, si quieren.

Por la mañana, Lucía salió airosa diciendo que iba de compras viendo unas botas maravillosas (debe ser con el dinero de la renta). Dejó a los niños con Javier, que pidió el día libre.

Esperé hasta que se cerró el portal tras ello.

Javier, coge a los niños y llévatelos al Retiro toda la mañana, largo.

¿Para qué?

Porque vamos a desinfectar la casa de parásitos.

Cuando el ascensor se los llevó, saqué el móvil. Llamé primero a un cerrajero 24h. Luego, al comisario del barrio.

El juego del anfitrión amable había terminado. Tocaba limpiar la casa.

«¿No será un error?» resonaba la pregunta de Javier mientras el cerrajero cambiaba la cerradura.

Nada de errores. Solo cálculo.

El cerrajero, un hombre fuerte con tatuajes, trabajó veloz.

Buena puerta asintió. Este bombín es a prueba de ladrones.

Es lo que quiero: seguridad.

Le transferí lo justo para una cena decente en un restaurante del centro, pero la paz cuesta más. Después me ocupé de las cosas de Lucía. Sin remilgos. Bolsas de basura industriales, todo dentro: sujetadores, medias de niña, juguetes, cosméticos. Ni lo doblé. Todo embutido.

En cuarenta minutos se apilaban cinco bolsas negras en el rellano. Al lado, dos maletas.

Cuando llegó el comisario, yo esperaba en la puerta con la carpeta de escrituras.

Buenos días, agente le entregué la nota simple y mi DNI. Soy la propietaria. Aquí solo resido yo. Hoy van a venir a intentar entrar unos familiares sin derecho alguno. Le ruego registre el incidente.

El policía, joven y cansado, examinó la documentación.

¿Familia?

Ex-familia respondí con media sonrisa. Tema de herencia en plena guerra civil.

Lucía apareció una hora después, feliz con bolsas del Corte Inglés. Se le borró la sonrisa al ver el panorama.

¿Qué es esto? chilló. ¿Te has vuelto loca, Almudena? ¡Mis cosas!

Sí, tus cosas. Te puedes ir. El hotel ha cerrado.

Quiso avanzar, pero el policía le cortó el paso.

Señora, ¿vive usted aquí? ¿Está empadronada?

Soy hermana de Javier, estamos de visita se fue poniendo roja. ¿Pero tú qué haces, loca? ¿Dónde está Javier? Cuando le llame, verás.

Llama, llama le respondí. No te contestará. Ahora mismo les explica a tus hijos por qué su madre es tan lista.

Intentó varias veces, pero solo daba señal. Javier por fin mostró coraje o miedo al divorcio y a irse con las manos vacías.

¡No tienes derecho! gritó, tirando las bolsas. ¡Tenemos obras! ¡No tenemos a dónde ir! ¡Tengo niños!

No mientas me acerqué mirándola en la nariz. Saluda a Marina. Pregunta si van a seguir alquilando hasta agosto, o tendrás que desalojar para meterte allí tú.

Lucía se quedó boquiabierta.

¿Cómo?

Hay que bloquear el móvil, emprendedora. Llevas un mes viviendo de mí, comiendo mi compra, destrozando mi casa, y alquilando la tuya para pagarte un coche. Me parece muy bien, pero se acabó.

Bajé la voz, pero en el rellano sonó como latigazos:

Ahora te llevas todo esto y desapareces. Si te acerco a un kilómetro de mi casa, denuncio en Hacienda por alquiler sin declarar. Y también por robo: me “falta” un anillo de oro. ¿Sabes dónde lo encontrarán? Igual en una de estas bolsas, si registro policial.

El anillo dormía en mi caja fuerte. Ella lo ignoraba. Se puso lívida.

Eres una bruja, Almudena escupió. Dios te lo pague.

Dios tiene trabajo. Yo ya tengo paz. Y casa en paz.

Bajó todo corriendo mientras pedía un Cabify con manos temblorosas. El policía miraba con aburrimiento que le ahorraba rellenar papeles.

Cuando el ascensor cerró sus puertas tras Lucía, sus bolsas y sus planes destrozados, le di las gracias al agente.

Cuando quiera rió. Pero ponga buenos cerrojos, señora.

Entré, cerré la puerta. El nuevo bombín sonó firme, seguro. El olor a lejía me dio la bienvenida: la limpieza profesional ya había terminado con la cocina y atacaba mi dormitorio.

Javier volvió dos horas más tarde, solo. Le dio los críos a Lucía en la puerta mientras se subía las maletas. Entró como asustado, esperando bronca.

Almudena se ha ido.

Lo sé.

Ha dicho de todo de ti

Me da igual lo que griten las ratas al huir del barco.

Me senté en la cocina a saborear un café recién hecho, en mi taza favorita, intacta. En la pared ya no quedaban pintadas; todo limpio. En la nevera, solo mi comida.

¿Sabías lo del alquiler? le pregunté, sin mirarle.

¡No! Te juro que no, Almudena. De haberlo sabido

De haberlo sabido, te habrías callado igual afirmé. Escucha. Ha sido la última vez. La próxima vez que tu familia se pase un pelo, tus cosas estarán junto a las suyas en el rellano. ¿Me entiendes?

Asintió, rápido y asustado. Sabía que no bromeaba.

Di un sorbo al café.

Perfecto.

Caliente, intenso y, lo mejor, degustado en la calma absoluta de mi casa.

La corona no aprieta.

Va perfectamente ajustada.

Y la lección es clara: quien no se hace respetar en su propio hogar acaba siendo un invitado más.

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MagistrUm
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la caradura familia de mi marido y cambié la cerradura. El telefonillo no sonó, sino que aulló exigiendo atención. Miré el reloj: siete de la mañana, sábado. El único día que pensaba dormir tras cerrar el informe trimestral, no recibir visitas. En la pantalla apareció la cara de mi cuñada. Sonia, la hermana de mi marido Iñigo, tenía pinta de estar a punto de asaltar la Bastilla, con tres niños despeinados detrás. —¡Iñigo! —grité sin descolgar—. Es tu familia. Apáñatelas. Mi marido salió de la habitación poniéndose los pantalones al revés. Sabía que cuando hablaba así, mi paciencia con su parentela había tocado fondo. Mientras él balbuceaba al telefonillo, yo ya estaba en el recibidor, brazos cruzados. Mi piso, mis normas. Ese piso de tres habitaciones en el centro lo compré dos años antes de casarnos, a base de hipoteca y mucho sacrificio. Lo último que quería era ver desconocidos por aquí. La puerta se abrió y entró la tribu. Sonia, cargada de bolsas, ni saludó. Me apartó de un empujón igual que a una cómoda. —¡Madre mía, qué alivio haber llegado! —dijo dejando los bultos en mi porcelánico italiano—. Anda, Elena, ¿te vas a quedar ahí mirando? Pon el agua, que los niños vienen muertos de hambre. —Sonia —respondí seria, haciendo que Iñigo encogiera los hombros—. ¿Qué pasa aquí? —¿No te lo contó Iñigo? —puso cara de santa—. Estamos de reformas. Integral. Cambio de tuberías, levantar suelos… Invivible: polvo por todas partes. Sólo estaremos una semanita. En este pisazo os sobra espacio, total… Miré a Iñigo, que miraba el techo, sabiendo lo que le esperaba esa noche. —¿Iñigo? —Venga, Elena, que son mi hermana y los niños… una semana y listo. —Una semana. Siete días. La comida, cosa vuestra. Los niños no corren, no tocan las paredes, y a mi despacho ni se acercan. Y silencio después de las diez. Sonia bufó y puso los ojos en blanco: —Madre mía, qué amargada eres, Elena, pareces la carcelera. Venga, ¿dónde dormimos? ¿En el suelo? Así empezó el infierno. La “semanita” fue dos, luego tres. Mi piso, trabajado a conciencia con decoradora, se volvía un gallinero. Montañas de zapatos sucios en el recibidor, caos en la cocina: manchas de grasa en la encimera de Silestone, migas, charcos pegajosos… Sonia iba de señora feudal. —¿Y en la nevera qué? —me reclamó una tarde—. A los niños les hacen falta yogures y a Iñigo y a mí nos apetece carne. ¡Tú que ganas bien podrías cuidar de la familia! —Tienes tarjeta y tiendas abiertas 24h, adelante —ni levanté la vista del portátil. —Agarrada. En la tumba no hay bolsillos, ya lo verás —dijo cerrando la nevera de un portazo. Pero la gota colmó el vaso al volver temprano del trabajo: mis sobrinos en mi dormitorio, el mayor saltando en mi colchón ortopédico que costó un riñón, la pequeña pintando la pared con MI pintalabios Tom Ford de edición limitada. —¡Fuera! —rugí, y salieron disparados. Sonia apareció y, viendo el desastre, solo se encogió de hombros: —Son niños, mujer. Ya limpiarás. Y la barra esa de labios… pues te compras otra, que tampoco te vas a arruinar. Por cierto, que hemos pensado quedarnos hasta el verano, que los obreros de la obra son unos borrachos. Total, os viene bien compañía… Iñigo, al lado, callado, como un cero a la izquierda. No dije nada. Me encerré en el baño, a contenerme. Esa noche Sonia dejó su móvil en la cocina, y vi la pantalla encendida: mensaje de “Marina Alquiler”: «Sonia, ya he hecho el ingreso para el próximo mes. Los inquilinos encantados, preguntan si pueden quedarse hasta agosto». Otro aviso del banco: “+850 euros”. Click en mi cabeza: no había reformas, la jetas había alquilado su piso para sacar pasta y venía a mi casa a vivir gratis, gastando mi comida. Negocio redondo y yo de tonta. Fotografié la prueba. Con templanza llamé a Iñigo y le enseñé el móvil. Le cambiaron los colores. —Igual es un error… —El error es que sigan aquí mañana. O se van, o te vas tú también con ellos. —¿Y dónde? —Me da igual. Bajo un puente o al Ritz si te llega. A la mañana siguiente, Sonia se fue de compras, dejando a los niños con Iñigo. Esperé a que se fuera: —Iñigo, llévate a los niños al parque. Larga. —¿Por…? —Voy a fumigar la casa de parásitos. Cuando salieron, llamé al cerrajero. Luego avisé al policía de barrio. Se acabó el cuento de la hospitalidad. Cuando la cerradura estuvo cambiada, empaqueté sus cosas en bolsas de basura industriales, sin miramientos: sujetadores, leotardos, juguetes, cosméticos: todo de un plumazo. A los 40 minutos, cinco bolsas y dos maletas en el rellano. Cuando llegó la policía, tenía lista toda la documentación de la casa a mi nombre. —Son familia, ¿no? —preguntó el municipal. —Ex—familia —corregí riendo—. Sonia llegó cargada de bolsas de lujo, la sonrisa se le borró al ver el panorama. —¡Pero qué haces loca! ¡Eso son mis cosas! —chilló. —Correcto. Tus cosas. Y te las llevas ya. Se acabó el hotel. Intentó pasar, pero el agente la paró: —¿Está empadronada aquí? —Soy hermana de Iñigo, estamos de invitados… —balbuceó, roja. —Llámale —le concedí—. Pero no te va a coger. Está explicando a tus hijos lo emprendedora que eres. Llamó. Tono. Otro intento. Nada. Iñigo ya había aprendido. —¡No tienes derecho! ¡Estamos de obras, y los niños…! —No mientas. Dile a Marina si le interesa seguir hasta agosto, porque tendrás que pedirle el piso de vuelta. Sonia se quedó boqueando, sin aire. —¿Cómo…? —No bloquees el móvil, empresaria. Has estado un mes viviendo de mi cuenta mientras alquilabas tu piso para ahorrar para un coche, ¿no? Muy lista. Y ahora escucha: te vas y no quiero verte cerca de mi casa. Si vuelves, denuncio alquiler ilegal y robo. Por cierto, me falta un anillo de oro: igual aparece en tus bolsas si la policía decide mirar. El anillo, claro, estaba en mi caja fuerte. Pero Sonia no lo sabía y palideció como una cal en procesión. —Eres una zorra, Elena. Que Dios te juzgue. —Dios está ocupado y yo ahora, por fin, estoy libre. Y mi casa también. Se llevó todo como pudo y el policía, encantado de no tener que escribir ni un parte, se despidió: —Ponga buenos cerrojos y a vivir tranquila. Entré y cerré la puerta. El nuevo cerrojo sonaba a gloria. Olía a lejía, la limpieza profesional ya había pasado al dormitorio. Iñigo volvió dos horas después, solo. Dejó a los niños abajo. Entró mirando por si caía otra. —Se ha ido. —Ya lo sé. —Lo que gritaba de ti… —Me da igual lo que griten las ratas cuando las echan del barco. Estaba en la cocina, café recién hecho, sólo en mi taza favorita y sin dibujos en la pared. —¿Sabías lo del alquiler? —le pregunté sin mirarle. —¡No! Si lo llego a saber… —Si lo llegas a saber, callabas igual. Escúchame bien, Iñigo. Una más de tu familia y tus maletas estarán también en el rellano. ¿Me entiendes? Asintió rápido, asustado. Sabía que iba en serio. Bebí un sorbo de café. Fuerte, caliente, y —por fin— en el ansiado silencio de MI casa. La corona no aprieta. Encaja de maravilla.