Mira, te cuento la historia de Rebeca, que se casó siendo todavía muy joven. Su padre le buscó marido justo cuando cumplió los dieciocho; sí, como lo oyes, en su mismo cumpleaños le presentó al chico. Su familia tenía dinero, de esos que en el pueblo no les falta de nada, así que todos decían que más no podía pedir para ser feliz. La boda fue espectacular, con tanta comida, música y baile que no hubo ni un solo vecino del pueblo que no fuera. Pero, claro, los únicos que parecían un poco fuera de lugar eran justo los novios.
Rebeca, que tampoco conocía mucho al chico, le caía bien, la verdad. No le pasó lo mismo a su hermana, que acabó casada con un hombre de cuarenta años que era de un pueblo de al lado. Todo el mundo pensaba que se quedaría como “solterona”, pero el padre se las apañó para encontrarle pareja y encima le prometió una buena dote.
Nada más casarse, los recién casados se fueron a vivir a la casa de Eduardo, el marido. No era muy grande aquello, pero al menos era suyo y podían empezar su vida juntos. El patriarca ya avisó que, en cuanto llegaran los nietos, ampliarían la casa, que para eso está la familia.
La suegra de Rebeca, por suerte, era un encanto y le ayudó mucho a acostumbrarse al nuevo papel de esposa joven. Sin embargo, la cuñada, Ángela, siempre iba con el ceño fruncido y una mala leche Ángela era mayor, pero seguía viviendo con los padres porque el marido que le habían buscado la devolvió al año con todas las maletas. Era la típica víbora que no ayuda en casa ni se quiere casar de nuevo, así que ahí andaba, sola y con ganas de guerra.
Verás, según las costumbres viejas del pueblo, una nuera no se convertía en la verdadera señora de la casa hasta que no daba a luz a su primer hijo varón. Hasta ese momento, tenía que mantener la boca cerrada y obedecer. Por eso, las chicas recién casadas intentaban quedarse embarazadas cuanto antes.
Rebeca, pues, hizo lo mismo. Y mientras tanto, Ángela le hacía la vida imposible, mandándole hacer los trabajos más sucios y pesados de la casa, fingiendo que no había nadie que la ayudara, cuando en realidad tenían hasta servicio contratado. Pero era eso, la cuñada disfrutaba viendo a Rebeca pasándolo mal.
Cuando Eduardo se enteró de que iba a ser padre, estaba tan feliz que brillaba. Los suegros no cabían de alegría, y fíjate si estaban orgullosos que ese mismo día se fueron a por materiales para ampliar la casa. En cambio, Ángela estaba que no podía con la rabia. Ella sabía que se iba a quedar de por vida en aquella casita, sirviendo a sus padres, sin ni marido ni casa para ella.
Pasaron seis meses y una mañana, Rebeca se despertó con un golpe tremendo en la puerta. Era Ángela, claro.
¿Pero tú qué haces ahí tumbada? ¿Ya lo has hecho todo en la casa? Terminada la casa, sí, pero mi marido no me deja levantar peso ni salir al patio contestó Rebeca.
¡Ya, claro que no! ¡Eres una floja! ¿Y tú qué quieres? ¿Y eso a mí cómo me hablas así? ¿Estás ensayando para darme órdenes? Recuerda que aquí aún no has parido, así que nada de mandar, ¿eh?
Que no, que no he pensado nada de eso Nada, aquí no eres nadie. Ni tú ni el niño ese que llevas, ¿te queda claro?
Ángela, vamos, estaba desatada, le empezó a tirar cosas y a gritar como una loca. El suegro tuvo que entrar en casa y llevársela antes de que pasara a mayores. Rebeca se acarició la tripa y se tranquilizó, diciéndose para sí misma que todo iba a salir bien. Que sí, que en el fondo todo se arregla y al final sería feliz seguro.





