Aquella a quien llamé madre

Ella, a quien yo llamaba mamá
María se apoyaba en el alféizar de la cocina, masticando pan duro con aceite de oliva mientras observaba el patio vecino. Aquella mañana amaneció gris y lluviosa, como su estado de ánimo en las últimas semanas. Tras el cristal distinguió una figura conocida: Carmen Blázquez se acercaba al portal cargando bolsas pesadas.

—Mamá, tu vecina vuelve sola con la compra —gritó María hacia el comedor, donde Luisa Arjona hojeaba un viejo tebeo sentada a la mesa—. ¿Le echo una mano?
—¿Qué vecina ni qué vecina? —refunfuñó la mujer sin alzar los ojos—. Es una desconocida. Que la ayude su hijo, que para algo está.
María frunció el ceño pero calló. Luisa Arjona se había vuelto últimamente espinosa como un erizo al que es peligroso tocar. Y eso que antes era la primera en acudir cuando alguien del edificio pasaba apuros.
—Su hijo trabaja en Alemania, tú lo sabes —dijo María suavemente mientras se enfundaba la chaqueta—. Bajaré a la tienda y de paso la ayudo con las bolsas.
—Anda, anda, santita de los milagros —rezongó Luisa Arjona—. Todos merecen lástima menos yo.

María se detuvo en la puerta y volvió la mirada hacia la mujer que llamaba como madre desde hacía más de cuatro décadas. Delgada, con el pelo canoso recogido en un moño severo, Luisa parecía especialmente pequeña en aquel sillón. Las arrugas de su rostro se habían profundizado, y sus manos temblaban al pasar las hojas.

—¿Te traigo algo? —preguntó María con ternura.
—No necesito nada. Andando, que se te hace tarde.
En el rellano, María se encontró con Carmen Blázquez, que jadeaba apoyada contra la pared.

—Carmen Blázquez, deje que la ayude —se ofreció María, cogiendo una de las bolsas.
—¡Ay, bendita seas, niña! —suspiró aliviada la vecina—. Ya no tengo las fuerzas de antes. Cosas de la edad, supongo.
Subieron lentamente, parándose en cada piso.
—¿Y cómo sigue su Luisa Arjona? —preguntó Carmen con cuidado—. Hace tiempo que no se la ve.
—Pues tirando… —respondió María evasiva—. Unos días mejor, otros no tanto.
—Ya, ya. Con mi hermana pasa igual… —Carmen calló de repente, pero María entendió lo que no dijo.

Tras ayudar con las bolsas, María regresó a casa. Luisa seguía en el sillón, pero ya no leía. Miraba fijamente al vacío como si buscara algo entre las sombras.

—Mamá, ¿te apetece un té? —propuso María mientras colgaba la chaqueta.
—Mamá… —repitió Luisa Arjona con un tono extraño—. Tú me llamas mamá.
María se quedó inmóvil. Algo en aquel tono la inquietó.
—Pues claro, mamá. ¿Cómo si no?
—Pero si yo no soy tu madre —susurró Luisa Arjona, volviéndose hacia ella—. Yo… soy una desconocida para ti.
María sintió un nudo apretarse en su interior. Ahí estaba. Lo que temía desde hacía meses. Lo que evitaba mirar cada vez que Luisa Arjona le observaba con desconcierto.

—¿Qué dices, mamá? —María se arrodilló junto a ella y le tomó la mano—. Claro que eres mi madre. La única que he tenido.
—No —negó con terquedad Luisa, moviendo la cabeza—. Ahora lo recuerdo. Lo recuerdo todo. Tú no eres mi hija. Tú… eres una extraña.
María sintió ahogarse. Sabía que llegaría este día. Los médicos advirtieron que la enfermedad avanzaría, que la memoria flaquearía más a menudo. Pero no estaba preparada para que Luisa Arjona recordara precisamente eso.

—Mami, escúchame —empezó María, esforzándose por mantener la voz serena—. Sí, tienes razón. Tú no me diste a luz. Pero tú me criaste. Me quisiste. Eres mi madre de verdad.
—Criarte… —Luisa frunció el ceño como intentando recordar—. Sí, te crié. Llegaste… tan pequeñita. Llorabas sin parar, no querías comer.
—Sí, mamá. Tenía tres años.
—Tres… —repitió Luisa—. ¿Y tu madre verdadera? ¿Dónde está?
María cerró los ojos. Siempre había esquivado este tema. Luisa Arjona jamás dio detalles y María nunca preguntó. Le bastaba con haber tenido una madre que la quiso.

—No sé, mamá. Tú nunca me lo contaste.
—No te lo conté… —Luisa Arjona meditó un momento—. Bueno hizo. ¿Qué ibas a sacar tú de esa historia?
María aguardó, temiendo moverse. Luisa Arjona guardó largo silencio antes de hablar:
—Ella fue mi amiga. Tu madre. Se llamaba Ángela. Estudiamos juntas en Magisterio, luego trabajamos juntas en la fábrica de encajes. Muy guapa, muy alegre. Los chicos la rondaban como moscas al panal.
María contuvo la respiración. Después de cuarenta años conocía algo de su madre biológica.
—Se casó joven, te tuvo. Pero el marido era… un ruin. Bebía, la golpeaba. Ella lo dejó, ¿pero adónde ir con una niña? Vivía de casa en casa de conocidos. Hasta que conoció a otro hombre que quiso casarse con ella, pero hijos no quería.
—¿Y me abandonó a mí?
—Te trajo aquí. Me dijo: “Luisa, por favor. Solo hasta que me arregle”. Pero ella… —Luisa Arjona calló como si temiera continuar.
—¿Qué pasó, mamá?
—Se fue con ese hombre. Prometió volver por ti a los seis
Valeria permanecía junto a la ventana de la cocina, mordisqueando pan con mante un tanto duro mientras miraba hacia el patio vecino. La mañana era gris y lluviosa, reflejando su ánimo de semanas atrás. Tras los cristales vio una figura conocida: doña Ana, la vecina, se acercaba al portal arrastrando pesadas bolsas de la compra.

—Mamá, la vecina viene otra vez cargada —llamó Valeria a la estancia donde Luisa, sentada a la mesa, hojeaba una vieja revista—. ¿La ayudamos?

—¿Qué vecina ni qué niño muerto? —refunfuñó Luisa sin alzar la vista—. Ella tendrá su hijo, que se ocupe.

Valeria torció el gesto, pero guardó silencio. Últimamente Luisa se había vuelto más áspera, como un erizo al que acariciar lastimaba. Y eso que antaño era la primera en tender la mano cuando alguien en el edificio pasaba apuros.

—Su hijo trabaja en Alemania, bien lo sabes —dijo Valeria en voz baja mientras se abrochaba la chaqueta—. Voy al colmado y le echo una mano con las bolsas.

—Anda, corre, santa de mi devoción —masculló Luisa—. Todos merecen tu piedad, menos esta vieja.

Valeria se detuvo en el umbral y volvió la mirada hacia aquella mujer a quien llamaba madre desde hacía más de cuarenta años. Menuda, cabellos grises recogidos en un moño severo, Luisa parecía diminuta en aquel sillón. Las arrugas de su rostro se habían ahondado, y sus manos temblaban al pasar las páginas.

—¿Te traigo algo? —preguntó Valeria con suavidad.

—No necesito nada. Vete, si tanta prisa tienes.

En el rellano se topó con doña Ana, que jadeaba detenida para recobrar el aliento.

—Doña Ana, déjeme ayudarla —ofreció Valeria, quitándole una de las bolsas.

—¡Ay, bendita seas, niña! —suspiró la vecina aliviada—. Últimamente las fuerzas me fallan. Cuestión de edad, supongo.

Subieron despacio, deteniéndose en cada descansillo.

—¿Y cómo sigue doña Luisa? —preguntó con cautela doña Ana—. Hace tiempo que no la veo.

—Pues… hijos está —respondió Valeria evasiva—. Unos días parece animada, otros no tanto.

—Comprendo, comprendo. Mi hermana también… —doña Ana enmudeció, pero Valeria adivinó lo que callaba.

Tras dejar las bolsas en el piso vecino, regresó a casa. Luisa seguía en su sillón, pero había dejado la revista. Miraba fijamente al frente, como escudriñando algo en la distancia.

—Mamá, ¿tomamos un té? —propuso Valeria quitándose la chaqueta.

—Mamá… —repitió Luisa con un dejo extraño en la voz—. Tú me llamas mamá.

Valeria se quedó inmóvil. Algo en aquel tono la alertó.

—Pues claro, mamá. ¿Cómo si no?

—Pero si yo no soy tu madre —susurró Luisa, volviéndose hacia ella—. Yo no te soy nada.

Valeria sintió un nudo en la garganta. Ahí estaba. Lo que temía desde hacía meses. Lo que evitaba cuando Luisa la miraba con desconcierto.

—¿Qué dices, mamá? —Valeria se agachó junto a ella y le tomó la mano—. Por supuesto que eres mi madre. La única.

—No —negó Luisa con terquedad, meneando la cabeza—. Ahora lo recuerdo. Todo lo recuerdo. Tú no eres mi hija. Tú… tú eres ajena.

El nudo apretó su garganta. Sabía que ese día llegaría. Los médicos advirtieron que la enfermedad avanzaría, que la memoria flaquearía cada vez más. Pero no estaba preparada para que Luisa recordara precisamente eso.

—Mamá, escúchame —empezó Valeria, forzando la calma en su voz—. Sí, tienes razón. Tú no me diste a luz. Pero tú me criaste. Tú me quisiste. Tú para mí has sido siempre mamá.

—Criarte… —Luisa frunció el ceño como buceando en sus recuerdos—. Sí, te crié. Te trajeron… tan pequeñita. Llorabas sin parar, no querías comer.

—Así fue, mamá. Tenía tres años.

—Tres… —repitió Luisa—. ¿Y dónde está tu verdadera madre? ¿Ella dónde anda?

Valeria cerró los ojos. Era la conversación que había evitado toda la vida. Luisa jamás dio detalles, y Valeria nunca preguntó. Le bastaba tener una madre que la amaba.

—No lo sé, mamá. Nunca me lo contaste.

—No contarlo… —Luisa reflexionó—. Quizá fue lo correcto. Nada bueno traía aquella historia.

Valeria aguardó sin respirar. Luisa guardó largo silencio hasta que por fin habló:

—Ella fue mi amiga. Tu madre. Se llamaba Gabriela. Estudiamos juntas en la escuela técnica, luego trabajamos en la misma fábrica. Era guapísima, vivaracha. Los hombres en bandada tras ella, como moscas a la miel.

Valeria aguzó el oído. Por primera vez en cuarenta años, oía hablar de su madre biológica.

—Se casó pronto, te tuvo. Pero su marido resultó ser… un canalla. Bebía, la maltrataba. Ella lo abandonó, ¿pero adónde ir con una niña? Vivió de favor aquí y allá. Luego conoció a otro hombre que quiso desposarla, pero sin hijos de por medio.

—¿Y me abandonó?

—Te trajo aquí. Me dijo: “Luisa, socórreme. Un tiempo, hasta que me reponga”. Pero ella… —Luisa calló como atemorizada por su propia memoria.

—¿Qué pasó, mamá?

—Se marchó con aquel hombre. Prometió volver por ti a los seis meses. No regresó.

Valeria sintió lágrimas rodándole por las mejillas. Siempre lo sospechó, pero oírlo tal cual dolía en lo más vivo.

—¿Y después?

—Después comprendí que tú ya eras mi hija. Me pasaba noches en vela cuando enfermabas. Te enseñé a andar, a hablar. Tu primera palabra fue “mamá”, y fue a mí a quien nombraste —una sonrisa asomó entre las lágrimas de Luisa—. Recuerdo cómo me alegré. Pensé: esta es mi niña.

—Siempre has sido mi madre —susurró Valeria abrazándola—. La única y la mejor.

—Lo fui… —repitió Luisa—. Pero ahora te soy ajena. La memoria se deshace, Valeria. Lo noto, como la arena en un reloj. Hoy recuerdo, mañana puedo olvidarte, hasta olvidarme de mí.

—No digas eso.

—¿Por qué callar lo cierto? —Luisa se soltó del abrazo y miró fijamente a su hija—. Escúchame bien. Ahora que aún
Y así transcurrieron sus días, entre olvidos fugaces y abrazos eternos, tejiendo nuevos recuerdos con el mismo hilo de amor que jamás logró romper el olvido.

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Aquella a quien llamé madre