Antonia Ramírez caminaba bajo la lluvia por las calles de Madrid, con las lágrimas resbalando por su rostro, mezclándose con las gotas que caían sin clemencia.
La única suerte es que llueve pensaba, mientras el corazón le pesaba. Así nadie ve mis lágrimas.
Y seguía reflexionando:
La culpa es solo mía. He ido justo en el peor momento. He sido la invitada inoportuna.
Antonia caminaba y lloraba. Y a ratos, reía recordando aquel chiste popular donde el yerno le dice a la suegra: ¿Pero de verdad, madre, ni un café va a tomar?. Ahora se encontraba exactamente como esa madre del chiste.
Reía entre lágrimas, y lloraba entre risas.
Al llegar a su piso, en Chamberí, se quitó la ropa empapada y se arropó con una manta, dejando salir el llanto sin vergüenza. Nadie la escuchaba. Solo su pequeña carpa dorada, que nadaba silenciosa en la pecera redonda.
Antonia Ramírez siempre había sido una mujer interesante; nunca le faltó admiración masculina. Pero nunca salió bien su historia con el padre de su hijo, Nicolás. Era bueno al principio, aunque bebía. Después, los celos, absurdos e insospechados, contra todo el mundo: un desconocido que le preguntaba la hora, el dependiente de la charcutería, el anciano del portal, el vecino.
Hasta que una mañana, después de que Antonia sonriera al saludar a un vecino de toda la vida, su marido perdió la razón.
Le pegó. Brutalmente. Golpes calculados. Delante del niño.
Nicolás, siendo apenas un crío, lo contó todo con detalles a los abuelos. La madre de Antonia lloró:
¿Para esto crié a mi hija? ¿Para que la apalee un borracho?
El padre de Antonia, sin palabras, se puso su abrigo y salió. Subió al piso del yerno, que en cuestión de minutos fue ex yerno, y lo echó del edificio a empujones. El hombre, mientras caía por las escaleras, hasta se rompió un brazo.
Ten cuidado, desgraciado le gritó el suegro sacudiendo el puño. Si te vuelvo a ver cerca de mi hija, te mato. Prefiero ir a la cárcel antes que verte pudriendo la vida de mi Antonia.
Y el marido, efectivamente, desapareció para siempre. Antonia nunca volvió a casarse; tenía que criar un hijo. ¿Quién sabía lo que traería otro hombre?
Muchos quisieron cortejarla, muchos la buscaron; ella, sin embargo, no podía. La huella de aquel padre era demasiado profunda.
Antonia no tenía problemas serios de dinero. Era técnica en restauración y trabajaba en un restaurante coqueto del barrio de La Latina. Ahorraba poco a poco para comprarse una vivienda.
Cuando por fin reunió suficiente, Nicolás decidió casarse. Su novia era de buena familia y su nombre sonaba fuerte y melodioso: Pilar.
Antonia dejó su antiguo piso y, con generosidad, cedió a la pareja joven su nueva vivienda de dos habitaciones.
Es lo justo pensaba. Tienen familia, la necesitan más que yo.
Ahora ahorraba para ayudarles a comprarse un coche nuevo.
Bastante tenían ya con ese SEAT antiguo que apenas arrancaba.
Ni siquiera había pensado en visitar a los hijos ese día. Jamás quiso imponerles su compañía. Ocurrió que la sorpresa de la lluvia la sorprendió cerca de su casa, sin paraguas, bajo un chaparrón que ni el mejor paraguas hubiera protegido.
Pensó en refugiarse un rato, compartir un té, charlar con Pilar como hacen las mujeres, de cosas normales, sin compromiso.
Pilar abrió la puerta y se quedó mirándola, fría; ni siquiera le ofreció pasar.
Antonia Ramírez, ¿quería usted algo? inquirió desde el recibidor, con los brazos cruzados.
Antonia balbuceó, justificándose:
Nada Es que la lluvia
La lluvia ya ha pasado. No vive lejos, puede caminar respondió Pilar mirando por la ventana.
Sí, sí asintió sumisa Antonia, y salió otra vez bajo las gotas, con las lágrimas resbalando entre la lluvia.
Lloró y lloró. Finalmente, se durmió. Y soñó con su pececillo dorado del acuario, que crecía hasta ocupar toda la pecera y movía los labios en silencio. Pero Antonia entendía su voz.
¿Lloras? ¡Menuda tontería! Ni un té te han ofrecido bajo la lluvia, y tú ahorrando para el coche de ellos. ¿Vas a pasarte la vida guardando para los demás? ¿Viviendo por ellos? Mírate: inteligente, guapa, con ahorros. ¿Para qué un coche para los hijos que ni lo valoran? Vete al mar. Vive para ti, aunque sea un poco.
Antonia despertó cuando ya era de noche.
La carpa seguía nadando, moviendo la boca muda. Pero Antonia ya no entendía el lenguaje de los peces. Sin embargo, comprendió lo más esencial:
No podía sacrificarse por personas tan desagradecidas, ni por quienes ni siquiera le ofrecían un rincón en casa para protegerse de la tormenta.
Antonia cogió el dinero, aquel que guardaba para la familia, y, con un suspiro de libertad, compró un billete para la Costa Brava. Viajó, descansó, y volvió rejuvenecida, guapa y bronceada.
Nicolás y Pilar ni se enteraron. Ellos solo llamaban o acudían cuando necesitaban algo: dinero, o que les cuidara al niño.
Desde entonces, Antonia dejó de evitar a los hombres. Y conoció a uno muy especial: Alejandro, el director del restaurante.
Siempre le había gustado ella, pero era una mujer complicada: todo era para sus hijos.
Ahora, sin embargo, las cosas cambiaron.
Iban juntos al trabajo, regresaban juntos. La vida se transformó.
Un día Pilar apareció por casa:
¿Por qué no viene nunca, Antonia Ramírez? ¿Por qué no llama? Nicolás ha visto un coche perfecto insinuó.
¿Querías algo, Pilar? respondió Antonia, cruzando los brazos y mirándola con firmeza.
Pilar abrió la boca para contestar, pero en ese momento salió Alejandro de la sala:
¿Tonita, vamos a tomar ese té?
¡Claro que sí! dijo Antonia sonriendo.
Invita a la visita propuso Alejandro, gentil.
No, Pilar ya se va. Ella nunca toma té, ¿verdad, Pilar?
Antonia cerró la puerta tras su nuera y, riendo, guiñó un ojo a la carpa dorada.
¡Así es como se hace!




