Antonia Ruiz caminaba bajo la lluvia por las calles de Madrid y se le mezclaban las lágrimas con el agua que le resbalaba por el rostro.
Menos mal que llueve pensaba. Nadie ve que lloro.
Además reflexionaba:
¡Por mi culpa! ¡Llegué en mal momento! Como una invitada sin avisar…
Caminaba, llorando. Pero, de pronto, empezó a reír sola, recordando aquel chiste en el que el yerno le dice a la suegra:
¿Pero de verdad, mamá, ni una taza de té se va a tomar?
Y así estaba ella ahora, igual que esa suegra de la historia.
Reía y lloraba, una y otra vez, enloquecida por la tormenta y la memoria. Cuando por fin entró en casa, se quitó la ropa empapada, se envolvió en una manta y ahora rompía a llorar sin recato. Allí no había nadie, solo la carpa dorada que giraba dentro de su pecera redonda, tan silenciosa como leal. Nadie la oía. Nadie.
Antonia había sido siempre una mujer interesante, de sonrisa cautivadora, con éxito entre los hombres. Pero nunca tuvo suerte con el padre de su hijo, Nicolás. Ese hombre bebía demasiado. Al principio no era tan grave; tomaba unas copas y se dormía. Pero luego empezó a tener unos celos extraños: de todo el mundo. Del desconocido que le preguntaba una dirección, del charcutero, del abuelo del tercero, del vecino.
Un día, al notar cómo Antonia sonreía al saludar al vecino, perdió la cabeza. La golpeó, y lo hizo con tal precisión ¡los riñones! y tanta rabia, que Nicolás, su hijo pequeño, lo contó luego en todos sus detalles a los abuelos.
La madre de Antonia rompió entonces a llorar:
¡Para esto crié yo a mi hija, para que la apalee un borracho!
El padre, sin decir palabra, se puso la chaqueta y salió. Cogió al yerno ya ex-yerno y lo lanzó escalera abajo, desde el cuarto piso. El otro, mientras caía, hasta se rompió el brazo.
El padre le gritó desde arriba, puño en alto:
¡Como te acerques otra vez a mi Antonia, te mato y me da igual acabar en la cárcel! ¡No vas a arruinarle la vida a mi hija!
El marido no volvió. Y Antonia nunca más se casó. Había que criar a Nicolás. ¿Y si el siguiente resultaba igual?
Varios hombres quisieron cortejarla, pero ella ya no podía. Le bastaba con lo vivido.
Por suerte, Antonia no tenía verdaderos problemas económicos. Era una excelente técnico de hostelería, trabajaba en un restaurante pequeño del barrio de Chamberí. Nunca se quejaba de nada. Iba guardando euros poco a poco para el piso. Cuando tuvo bastante ahorrado, Nicolás le anunció que iba a casarse. Y escogió a una chica simpática, con un nombre precioso: Jimena.
Antonia dio todo, como buena madre. Se quedó en su pisito de Vallecas y les regaló a los jóvenes una boda hermosa y el piso nuevo de dos habitaciones. ¡Ellos lo necesitaban más! Ahora estaba ahorrando para comprarles un coche.
¡Ya está bien de andar con ese viejo SEAT! se decía.
Ese día, ni pensaba pasar a ver a su hijo. Nunca le gustó imponerse. Pero justo andaba por Lavapiés, cerca de su casa, cuando empezó a diluviar. Ni paragua llevaba, y con esa tromba de agua no le habría valido.
Así que decidió refugiarse, tomar un té con Jimena, charlar como dos mujeres.
Pero cuando Jimena abrió la puerta, se quedó sorprendida mirando a su suegra. Ni la invitó a pasar:
¿Antonia, necesitabas algo? preguntó distante, apoyada en el marco, brazos cruzados.
Antonia tartamudeó:
Sólo… está lloviendo…
¡La lluvia ya ha parado! Además, estás cerca, puedes llegar andando dijo la nuera, sin invitarla dentro.
Sí, sí… murmuró Antonia, resignada, y salió a la calle nuevamente, envuelta en lágrimas.
Siguió llorando, llorando… Luego, de pura fatiga, se quedó dormida. Y en sus sueños, la carpa dorada del acuario creció hasta ocupar la habitación. Movía la boca sin sonido, pero Antonia oía perfectamente: la carpa le hablaba.
¿Lloras? ¡Hay que ser tonta! ¡Ni un té te ofrecieron! ¿Y tú guardando dinero para comprarles el coche? ¿Vas a vivir sólo para ellos? Mírate, lista y guapa. Tienes tus ahorros. Y ellos, ¿lo agradecen? Haz la maleta, vete al mar, vive por ti.
Despertó cuando ya era de noche. Era otra. La carpa dorada seguía, ahora solo abriendo y cerrando la boca sin misterio. Pero Antonia ya había entendido lo esencial. No debes sacrificarte por quien no sabe agradecerte. Ni por quien ni té te ofrece ni te deja pasar el chaparrón.
Entonces, Antonia cogió los euros que guardaba para el coche de su hijo y se compró un viaje a la Costa Brava. Fue, descansó, nadó, tomó el sol. Volvió bronceada y con una chispa en los ojos.
Ni el hijo ni la nuera se enteraron. Solo iban a verla o llamaban cuando necesitaban algo: dinero o que cuidara al niño.
Antonia también dejó de evitar a los hombres, y comenzó a salir con alguien. Un tipo elegante, atractivo, director del restaurante donde ella trabajaba. Siempre le había gustado Antonia, pero ella era “demasiado complicada”: siempre el hijo, siempre la nuera… Pero ahora, finalmente, tenían una relación. Iban juntos al trabajo, salían juntos. La vida era completamente distinta.
Un día, Jimena apareció por allí.
¿Por qué ya no vienes a casa? ¿Por qué no llamas? Nicolás ha visto un coche estupendo… insinuó la nuera.
Jimena, ¿querías algo? preguntó Antonia, ojos brillantes, brazos cruzados.
Jimena iba a responder, pero del salón apareció el hombre interesante:
Toni, ¿preparamos el té?
¡Sí, vamos a tomar té! respondió Antonia, sonriente.
Invita a la invitada sugirió él, hospitalario.
No, Jimena ya se va. Y además, ¿verdad que tú no quieres té?
Antonia cerró la puerta tras la nuera y, riendo, le guiñó el ojo a la carpa dorada.
¡Así se hace!






