Antonina Fernández caminaba bajo la lluvia, mientras las lágrimas recorrían su rostro mezclándose con las gotas que caían del cielo.
Al menos está lloviendo pensaba la mujer. Nadie nota mis lágrimas.
Y también reflexionaba: ¡La culpa es mía! Aparecí en mal momento. Una visita inoportuna…
Caminaba y lloraba. Pero luego, al recordar aquel chiste donde el yerno le dice a su suegra: “¿Pero mamá, ni siquiera un té va a tomar?”, le entró la risa.
Justo ahora, ella estaba en la posición de aquella “mamá” del chiste.
Reía y lloraba, sin distinguir una emoción de la otra.
Y cuando llegó a casa, se quitó la ropa mojada y se cubrió con una manta. Lloró sin esconderse. ¡Nada ni nadie! Solo la escuchaba su carpa dorada en la pecera redonda. Nadie más.
Antonina Fernández había sido una mujer admirada, y nunca le faltó el cariño de los hombres. Pero con el padre de su hijo Nicolás, las cosas no fueron bien. Él bebía mucho. Al principio, no era tan grave: bebía y dormía. Pero luego comenzó a tener celos enfermizos: del desconocido que le pedía una dirección en la calle, del carnicero, del anciano con bastón, e incluso de un vecino.
Un día, al notar cómo Antonina le sonreía al vecino al saludarlo, perdió la razón.
La golpeó. Durante mucho tiempo, con saña. Le pegó en los riñones, delante del pequeño.
Nicolás, entonces niño, describió todo a sus abuelos.
La madre de Antonina lloró:
¿Para esto crié a mi hija? ¿Para que una bestia borracha la golpee?
Su padre no dijo nada; solo se vistió, salió y, sin vacilar, bajó al yerno ya ex yerno del cuarto piso por las escaleras. Mientras caía, el hombre hasta se rompió el brazo.
El abuelo le advirtió:
Si te acercas otra vez a mi hija, te mato. Prefiero acabar en la cárcel antes que permitirte arruinarle la vida a mi Toñi.
Y el hombre desapareció para siempre. Antonina nunca más se casó. Tenía que criar a su hijo. ¿Quién sabía qué marido podría tocarle?
Muchos hombres intentaron conquistarla, pero ella nunca pudo. Le bastó con el padre de Nicolás.
Antonina no tenía grandes problemas económicos. Tenía una buena profesión: era tecnóloga en restauración colectiva y trabajaba en un restaurante pequeño. Vivía sin quejas y ahorraba poco a poco para un piso propio. Cuando por fin reunió el dinero, su hijo Nicolás decidió casarse. Y la novia era encantadora, una joven llamada Gema, de noble nombre.
Antonina se quedó en su pequeño piso, organizó la boda y cedió a los hijos el piso nuevo, de dos habitaciones. Por supuesto, tenían una familia, lo necesitaban más.
Ahora ahorraba para que tuvieran un coche nuevo. ¿Hasta cuándo iban a conducir ese viejo SEAT?
Ni siquiera pensaba visitar a su hijo ese día. No le gustaba imponerse a los jóvenes. Pero justo pasaba por su barrio cuando se desató el aguacero. Sin paraguas, y aunque lo hubiera tenido, esa lluvia lo habría atravesado.
Así que decidió pasar a refugiarse, charlar con Gema como mujeres, tomar una taza de té.
Pero cuando Gema abrió la puerta, se quedó sorprendida al ver a su suegra, y ni siquiera la invitó a entrar. En el recibidor, le preguntó fríamente:
¿Antonina Fernández, buscaba algo?
Antonina se quedó descolocada, tartamudeando:
Pues… la lluvia…
¡La lluvia ya ha pasado! No le queda lejos. Puede ir andando zanjó la nuera, mirando por la ventana y cruzando los brazos.
Sí, sí cedió Antonina, sumisa, y salió llorando bajo la lluvia.
Lloró y lloró, hasta quedarse dormida. Y en sueños, su carpa dorada creció y movía los labios sin sonido, pero Antonina escuchaba claramente.
¿Llorando? ¡Vaya tontería! Ni siquiera te han ofrecido té bajo la lluvia. ¿Y para quién ahorras, para un coche? ¿Vas a vivir siempre para ellos? ¡Mírate! Eres inteligente y guapa. Tienes dinero, aunque sea para el coche de tus hijos. Ellos ni lo valoran. Vete al mar. Vive un poco por ti.
Antonina despertó cuando ya era de noche.
La carpa seguía nadando, abriendo la boca. Pero Antonina ya no captaba el lenguaje de los peces. Sin embargo, entendió lo esencial: nunca hay que sacrificarse por gente desagradecida. Por quienes ni te ofrecen té, ni te dejan refugiarte de la lluvia.
Cogió el dinero que ahorraba para el coche de los hijos y se regaló un viaje al mar.
Disfrutó, descansó y volvió bronceada y radiante.
Su hijo y nuera ni se enteraron. Solo la buscaban para pedir dinero o para que cuidara al niño.
Además, Antonina dejó de esquivar a los hombres, y llegó a tener un pretendiente: nada menos que el director del restaurante donde trabajaba, un hombre interesante y elegante.
Llevaba tiempo fijándose en ella, pero siempre la sentía pendiente solo de su hijo y nuera. Ahora, por fin, empezaron a vivir juntos sus días. Todo cambió para Antonina.
Hace poco, Gema apareció por casa:
¿Cómo es que no viene a vernos, Antonina? ¿No llama? ¡Nicolás ya ha encontrado un coche! insinuó su nuera.
¿Gema, buscabas algo? preguntó Antonina, cruzando los brazos.
Gema iba a responder, pero en ese momento un hombre atractivo asomó desde el salón:
Toñi, ¿tomamos el té?
Por supuesto respondió Antonina con una sonrisa.
Invita a la visita propuso el hombre, amable.
No, Gema ya se marcha. Ella no toma té, ¿verdad, Gema?
Antonina cerró la puerta tras la nuera y, guiñándole a la carpa dorada, se rio.
Así es la vida: uno debe aprender a vivir por sí mismo y no siempre para los demás.
Antonia Pérez, bajo la lluvia y con lágrimas en el rostro, caminaba sola pensando: “Al menos llueve,…







