Anna aparcó el coche en una calle antes de llegar a la casa de su suegra. El reloj marcaba las 17:45; había llegado antes de lo acordado. “Quizá esta vez sabrá apreciar mi puntualidad”, pensó, alisándose las arrugas de su vestido nuevo. El regalo —un broche antiguo por el que había buscado durante meses entre coleccionistas— reposaba cuidadosamente envuelto en el asiento trasero. Mientras se acercaba a la casa, Anna se dio cuenta de que la ventana del bajo estaba entornada. Desde dentro se escuchaba claramente la voz de su suegra: “No te lo puedes imaginar, Beatriz: ¡ni siquiera se ha molestado en preguntar qué tarta me gusta! Ha encargado un postre moderno… Nuestro hijo siempre ha adorado la tarta San Marcos de toda la vida, y ella ni entiende eso. ¡Siete años casados!” Anna se quedó helada. Sus pies parecían clavados en el suelo. “Claro que te lo he dicho mil veces… No encaja con David. Se pasa la vida en la clínica y casi nunca está en casa. ¿Qué clase de ama de casa es esa? Ayer pasé por su casa —platos sucios, polvo por todas partes… Y ella como siempre, liada con alguna operación complicada.” Todo quedó en silencio dentro de Anna. Se apoyó en la verja y notó cómo le temblaban las rodillas. Siete años esforzándose por ser la nuera perfecta: cocinar, limpiar, acordarse de todos los cumpleaños, visitar a su suegra cuando estaba enferma. Y todo para esto… “No, si yo no digo nada, pero… ¿de verdad es esta mujer la que merece mi hijo? Necesita una familia de verdad, calor, cuidados… Y ella, siempre de congreso o haciendo guardias nocturnas. ¡Lo de los niños ni se lo plantea! ¿Te puedes imaginar?” Sentía la cabeza a punto de estallar. Casi sin pensar, Anna sacó el móvil y llamó a su marido. “¿David? Voy a tardar un poco. Sí, todo bien, pero hay atasco.” Se dio la vuelta y volvió al coche. Se sentó, inmóvil, mirando al infinito. Las palabras recién escuchadas resonaban en su cabeza: “¿Quizá un poco más de sal?”, “En mis tiempos las mujeres se quedaban en casa…”, “David trabaja tanto, necesita un cariño especial…” El móvil vibró: era un mensaje de David. “Mamá pregunta por ti. Ya estamos todos.” Anna respiró hondo. Se le escapó una sonrisa extraña. “Bien”, pensó, “si quieren a la nuera perfecta, eso es lo que van a tener.” Puso el coche en marcha y regresó a casa de su suegra. El plan se formó en un instante. No más esfuerzos por complacer. Era momento de mostrarles cómo podía ser una “auténtica” nuera. Anna entró por la puerta con su sonrisa más grande y abierta. “¡Mamá, mi querida!”, exclamó abrazando a su suegra con un entusiasmo exagerado. “Perdona el retraso, pero he recorrido tres tiendas distintas para encontrar exactamente las velas que tanto te gustan.” Su suegra se quedó perpleja, sorprendida por tanta energía. “Pensaba…”, empezó a decir, pero Anna ya seguía hablando: “Ah, y fíjate: he coincidido con tu amiga Beatriz de camino. Qué mujer tan encantadora, siempre tan sincera, ¿verdad?” Anna le dedicó a su suegra una mirada significativa y vio cómo se le borraba el color de la cara. Durante toda la cena Anna dio su mejor actuación. Le sirvió a su suegra los mejores trozos, admiró y halagó cada una de sus palabras, y no cesó de pedirle consejos domésticos. “Mamá, ¿crees que el cocido madrileño hay que cocinarlo cinco o seis horas? Y las alfombras, ¿se limpian mejor por la mañana o por la tarde? Quizá debería dejar mi trabajo… Al fin y al cabo, David necesita una familia de verdad, ¿no?” David miraba a Anna boquiabierto; los familiares intercambiaban miradas intrigadas. Pero Anna continuó: “He estado pensando, quizá debería hacer un curso de gestión del hogar. Dejar esa tontería de la cirugía… Al final, una mujer debe ser la guardiana de la casa, ¿verdad, mamá?” Su suegra no paraba de golpear el plato con la cuchara, cada vez más nerviosa. ¿Y qué sucedió después? Algunas historias hay que leerlas hasta el final…

Clara aparcó el coche a una calle del chalet de su suegra en Salamanca. El reloj del salpicadero marcaba las 17:45había llegado antes de la hora acordada. A ver si esta vez Doña Enriqueta valora mi puntualidad, pensó, alisándose las arrugas de su vestido nuevo. El regalo una antigua sortija que llevaba meses buscando en anticuarios descansaba cuidadosamente envuelta en el asiento trasero.

Al acercarse a la casa, Clara observó que una de las ventanas del bajo estaba entornada. Se colaba perfectamente la inconfundible voz de su suegra:

No te lo puedes creer, Berta ¡No se ha tomado ni la molestia de preguntar qué tarta me gusta! Ha encargado un postre moderno de esos Nuestro Pablo siempre ha sido de tarta de Santiago de toda la vida, ¡y ella ni se entera! Siete años de matrimonio y sigue igual.

Clara se quedó rígida, los pies como pegados al suelo, con el corazón a punto de hacer la maleta.

Claro que te lo he dicho ya proseguía la señora Enriqueta. Es que Clara no hace buena pareja con Pablo. Tanto trabajar en la clínica, que ni pisa su casa. ¿Tú has visto qué ama de casa es esa? El otro día estuve allí un momento: platos sin fregar, polvo en los muebles Y ella, claro, en una operación misteriosa.

Dentro de Clara todo quedó en modo silencio total. Se apoyó en la verja del jardín y notó cómo le temblaban las piernas. Siete años intentando jugar a la nuera modelo: cocinar, limpiar, acordarse de hasta el santo del canario, visitar a su suegra en cada resfriado ¿Y todo para esto?

No digo nada, eh, pero ¿es esa la mujer que merece mi hijo? Él necesita una familia de verdad, calor de hogar ¡Y ella siempre en congresos o de guardia de noche! Y de niños ni hablar, no se le ha pasado por la cabeza. ¿Te figuras?

La cabeza de Clara zumbaba como las campanas de la catedral. Sacó el móvil de manera automática y marcó el número de Pablo.

Pablo, cariño Voy a tardar un poco más. Sí, sí, todo bien, no te preocupes. Tráfico.

Se dio la vuelta y volvió al coche. Se sentó, fijando la mirada en un punto indefinido. Las frases recién escuchadas bailaban en su mente: ¿echado un poco más de sal?, En mis tiempos las mujeres se quedaban en casa, Pablo trabaja tanto, necesita mimos especiales

De repente el móvil vibrómensaje de Pablo: Mamá pregunta por ti. Ya estamos todos menos tú.

Clara respiró hondo. Una sonrisa extraña le asomó a la cara. Bien, pensó, si quieren una nuera perfecta, la van a tener.

Arrancó el coche y regresó decidida al hogar de su suegra. El plan se había formado en su mente en cuestión de segundos.

Nada más de postureo para agradar. Era el momento de mostrarles cómo se las gasta de verdad una nuera ideal.

Entró en la casa con su sonrisa más radiante. ¡Enriqueta, mi reina! exclamó, abrazando a su suegra con un entusiasmo digno de festividad patronal. Perdona que llegue tarde, pero he recorrido media Salamanca buscando las velas esas que tanto te chiflan.

La suegra se quedó paralizada, descolocada ante tamaña energía.

Iba a decir que intentó, pero Clara no le dio tregua.

¡Y fíjate! Me he cruzado con tu amiga Berta por la calle. ¡Qué mujer más sincera, siempre dice lo que piensa, verdad? dijo Clara con una mirada llena de significado, observando cómo a la suegra se le iba el color.

Durante toda la cena, Clara desplegó su mejor actuación. Le sirvió a su suegra los mejores bocados, aplaudió cada uno de sus consejos y le pidió trucos para quitar manchas hasta el infinito.

Enriqueta, ¿tú crees que la fabada se hace mejor a fuego lento o rapidito? ¿Y las alfombras, será mejor sacudirlas por la mañana o por la tarde? ¿Quizá debería dejar el trabajo? Total, Pablo necesita un hogar de verdad, ¿no?

Pablo la miraba con ojos como huevos fritos y los primos cuchicheaban. Pero Clara seguía a lo suyo:

He estado pensando Igual debería hacer un máster en economía doméstica. Eso de la cirugía está sobrevalorado Al fin y al cabo, ¿no es mejor que una mujer se dedique a su casa, verdad, Enriqueta?

La suegra rascaba nerviosa el plato con el tenedor. Cada minuto que pasaba se desinflaba como una pelota vieja.

¿Y qué pasó después? Bueno, hay historias que merece la pena leer hasta el finalCuando al fin llegó el postresí, la modernísima tarta de mango con coco que Clara había encargadotomó la cuchara y, como quien se proclama reina, propuso un brindis:

Por las suegras que quieren lo mejor para sus hijos. Aunque a veces cueste tanto entenderse, al final todos queremos lo mismo: ver feliz a quien amamos.

Pablo cogió su mano bajo la mesa. Berta se atragantó disimuladamente con la nata. Enriqueta, sin palabras, la miró durante unos segundos que parecieron una eternidad.

Clara sostuvo su mirada, tranquila. Tal vez, por primera vez, no buscaba aprobación: ofrecía sinceridad, y un hasta aquí, sin decirlo en voz alta.

Enriqueta dejó el tenedor, respiró hondo y, contra todo pronóstico, rompió a reír. Una risa bajita, primero, como de quien se sabe vencida y liberada al mismo tiempo. Luego, la carcajada se contagió en la mesa y el ambiente se deshizo de reproches como polvo viejo.

Cuando al rato todos aplaudieron la tarta y Pablo levantó su copa para otra ronda, Enriqueta se acercó a Clara con un gesto insólito de humildad:

Hija, esto Yo también tengo mucho que aprender. Gracias por no darte por vencida conmigo.

Clara le sonrió, ligera, como si por fin le hubieran quitado un peso del alma.

Esa noche, al dejar el chalet, no pensó en lo que faltaba para ser perfecta. Solo en que, a veces, dejar de fingir es la forma más elegante de encajar en cualquier familia.

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MagistrUm
Anna aparcó el coche en una calle antes de llegar a la casa de su suegra. El reloj marcaba las 17:45; había llegado antes de lo acordado. “Quizá esta vez sabrá apreciar mi puntualidad”, pensó, alisándose las arrugas de su vestido nuevo. El regalo —un broche antiguo por el que había buscado durante meses entre coleccionistas— reposaba cuidadosamente envuelto en el asiento trasero. Mientras se acercaba a la casa, Anna se dio cuenta de que la ventana del bajo estaba entornada. Desde dentro se escuchaba claramente la voz de su suegra: “No te lo puedes imaginar, Beatriz: ¡ni siquiera se ha molestado en preguntar qué tarta me gusta! Ha encargado un postre moderno… Nuestro hijo siempre ha adorado la tarta San Marcos de toda la vida, y ella ni entiende eso. ¡Siete años casados!” Anna se quedó helada. Sus pies parecían clavados en el suelo. “Claro que te lo he dicho mil veces… No encaja con David. Se pasa la vida en la clínica y casi nunca está en casa. ¿Qué clase de ama de casa es esa? Ayer pasé por su casa —platos sucios, polvo por todas partes… Y ella como siempre, liada con alguna operación complicada.” Todo quedó en silencio dentro de Anna. Se apoyó en la verja y notó cómo le temblaban las rodillas. Siete años esforzándose por ser la nuera perfecta: cocinar, limpiar, acordarse de todos los cumpleaños, visitar a su suegra cuando estaba enferma. Y todo para esto… “No, si yo no digo nada, pero… ¿de verdad es esta mujer la que merece mi hijo? Necesita una familia de verdad, calor, cuidados… Y ella, siempre de congreso o haciendo guardias nocturnas. ¡Lo de los niños ni se lo plantea! ¿Te puedes imaginar?” Sentía la cabeza a punto de estallar. Casi sin pensar, Anna sacó el móvil y llamó a su marido. “¿David? Voy a tardar un poco. Sí, todo bien, pero hay atasco.” Se dio la vuelta y volvió al coche. Se sentó, inmóvil, mirando al infinito. Las palabras recién escuchadas resonaban en su cabeza: “¿Quizá un poco más de sal?”, “En mis tiempos las mujeres se quedaban en casa…”, “David trabaja tanto, necesita un cariño especial…” El móvil vibró: era un mensaje de David. “Mamá pregunta por ti. Ya estamos todos.” Anna respiró hondo. Se le escapó una sonrisa extraña. “Bien”, pensó, “si quieren a la nuera perfecta, eso es lo que van a tener.” Puso el coche en marcha y regresó a casa de su suegra. El plan se formó en un instante. No más esfuerzos por complacer. Era momento de mostrarles cómo podía ser una “auténtica” nuera. Anna entró por la puerta con su sonrisa más grande y abierta. “¡Mamá, mi querida!”, exclamó abrazando a su suegra con un entusiasmo exagerado. “Perdona el retraso, pero he recorrido tres tiendas distintas para encontrar exactamente las velas que tanto te gustan.” Su suegra se quedó perpleja, sorprendida por tanta energía. “Pensaba…”, empezó a decir, pero Anna ya seguía hablando: “Ah, y fíjate: he coincidido con tu amiga Beatriz de camino. Qué mujer tan encantadora, siempre tan sincera, ¿verdad?” Anna le dedicó a su suegra una mirada significativa y vio cómo se le borraba el color de la cara. Durante toda la cena Anna dio su mejor actuación. Le sirvió a su suegra los mejores trozos, admiró y halagó cada una de sus palabras, y no cesó de pedirle consejos domésticos. “Mamá, ¿crees que el cocido madrileño hay que cocinarlo cinco o seis horas? Y las alfombras, ¿se limpian mejor por la mañana o por la tarde? Quizá debería dejar mi trabajo… Al fin y al cabo, David necesita una familia de verdad, ¿no?” David miraba a Anna boquiabierto; los familiares intercambiaban miradas intrigadas. Pero Anna continuó: “He estado pensando, quizá debería hacer un curso de gestión del hogar. Dejar esa tontería de la cirugía… Al final, una mujer debe ser la guardiana de la casa, ¿verdad, mamá?” Su suegra no paraba de golpear el plato con la cuchara, cada vez más nerviosa. ¿Y qué sucedió después? Algunas historias hay que leerlas hasta el final…