Hoy he aparcado el coche en la calle paralela a la casa de mi suegra, en pleno barrio de Chamberí, en Madrid. Mi reloj marcaba las 17:45, llegaba bastante antes de la hora acordada. ¿A lo mejor esta vez valorará que sea puntual?, pensé mientras me alisaba el vestido nuevo que me había puesto para la ocasión. El regalo, una antigua medalla de oro que llevaba meses buscando en tiendas de anticuarios del Rastro, esperaba perfectamente envuelta en el asiento de atrás.
Mientras me acercaba a la puerta, vi que una ventana en la planta baja estaba entreabierta y, desde dentro, su voz se escuchaba nítidamente pronunciando mi nombre:
No te lo pierdas, Beatriz, ¿te lo puedes creer? Ni siquiera ha preguntado qué tarta me gusta. Se presentó el año pasado con un postre moderno Nuestro hijo siempre ha sido de tarta de Santiago, pero ella no se entera. ¡Siete años casados y como si nada!
Me quedé seco, clavado en el suelo.
Sí, sí, ya te lo he dicho: Lucía no pega con Carlos. Se pasa el día metida en esa clínica, trabajando día y noche; apenas pisa la casa. ¿Cómo va a ser buena ama de casa? Ayer estuve un rato con ellos: platos por fregar, polvo en los muebles Y claro, ella perdida en sus operaciones complicadísimas.
Mi pecho se encogía más y más con cada palabra, apoyado en la verja, notando cómo me temblaban las manos. Después de tantos años intentando ser para mi suegra la nuera perfecta: cocinar, limpiar, no olvidar ningún cumpleaños, ir a hacerle compañía cuando tenía gripe ¿Para esto?
No es que yo diga nada, pero ¿de verdad es la esposa que necesita mi hijo? Se merece un hogar cálido, alguien pendiente de él No una mujer en congresos y turnos de noche. ¡Y encima sin ganas de tener hijos! ¿Te lo puedes creer?
El zumbido de mis pensamientos no me dejaba escuchar nada más. De modo autómata, marqué el número de Carlos en el móvil.
Cariño, voy a tardar un poco. Sí, sí, es por culpa de un atasco, nada grave.
Me di la vuelta sin mirar atrás y volví al coche, cerrando la puerta con cuidado. Me quedé mirando fijo hacia delante, repitiendo en mi cabeza las frases de siempre: ¿No le pondrías un poco más de ajo?, En mi época, las mujeres no salían a trabajar, Carlos necesita atención, que trabaja mucho
El móvil vibró de nuevo: Mamá pregunta por ti, todos han llegado ya.
Tomé aire profundamente y, al ver mi reflejo en la ventanilla, esbocé una sonrisa extraña, casi divertida. Pensé: Si buscan una nuera de manual, les daré exactamente lo que esperan.
Arranqué y regresé, decidido, a la casa. El plan surgió de repente, casi sin querer.
Basta de intentar gustarles. Ahora van a ver cómo es una auténtica nuera, a lo castizo.
Entré por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Carmen, querida!, exclamé, abrazando a mi suegra con tanto énfasis que noté cómo se tensaba. Perdóname la tardanza, ¡he recorrido medio Madrid buscando esas velas que tanto te gustan!
Mi suegra se quedó helada. Intentó decir algo, pero la interrumpí:
Y no sabes a quién me encontré, a tu amiga Beatriz. Siempre tan sincera, ¿verdad, Carmen? Le lancé una mirada cargada de significado y noté cómo palidecía.
Durante la cena me volqué en el papel. Le ponía a mi suegra los mejores trozos en el plato, halagaba cualquiera de sus opiniones y le preguntaba, una y otra vez, por trucos de limpieza y recetas tradicionales.
Carmen, ¿tú crees que el cocido hay que dejarlo seis horas o solo cuatro? Y los azulejos, ¿los limpias siempre por la mañana? Estoy pensando en dejar la cirugía, igual no tiene sentido. Al final, lo que necesita Carlos es una mujer de verdad, ¿no crees?
Carlos me miraba perplejo; los familiares intercambiaban miradas entre desconcierto y risa contenida, pero yo seguí sin vacilar:
Estoy pensando en matricularme en un curso de cocina y costura. A ver si dejo la tontería esa de operar Lo esencial es ser la guardiana del hogar, ¿verdad Carmen?
Mi suegra comenzó a jugar nerviosa con el tenedor. Su seguridad se fue esfumando a cada minuto.
¿Y qué pasó después? Bueno, hay historias que conviene leer hasta el final
Hoy aprendí que nunca seré la persona que otros imaginan, pero tampoco la que renuncia a sí mismo para agradar. Al final, la dignidad propia pesa mucho más que los convencionalismos.







