Ana Pérez estaba sentada en un banco del jardín del hospital y lloraba. Hoy cumplía 70 años, pero ni su hijo ni su hija habían ido a verla, ni la felicitaron. Solo su compañera de habitación, Eugenia Serrano, le dio un pequeño regalo, y además la auxiliar, María, la agasajó con una manzana por su cumpleaños. La residencia era bastante decente, pero el personal, en general, era indiferente. Por supuesto, todos sabían que aquí los hijos dejaban a sus mayores a pasar el resto de sus días cuando se convertían en una carga para ellos. Y fue su propio hijo quien llevó a Ana Pérez “a descansar y recuperarse”, aunque en realidad sólo estorbaba a su nuera. El piso era de Ana, pero después su hijo la convenció para ponerlo a su nombre. Le prometió que seguiría viviendo en su casa como siempre, pero enseguida se mudó toda la familia y comenzó la guerra con la nuera. Esta nunca estaba contenta: que si no cocinaba bien, que si dejaba el baño sucio… El hijo al principio defendía a su madre, pero luego empezó a gritarle también. Ana notó que cuchicheaban, y al entrar ella en la habitación, se callaban. Un día el hijo le habló de que necesitaba “descansar y recuperarse”. Ana le preguntó con amargura: —¿Me vas a meter en una residencia, hijo? Él se puso rojo, nervioso, y balbuceó: —¡Mamá, qué dices! Es un balneario, solo estarás un mes y luego a casa. La dejó allí, firmó rápido los papeles y se marchó, prometiendo volver. Solo la fue a ver una vez: llevó dos manzanas y dos naranjas, preguntó cómo estaba y se fue sin siquiera escucharla. Así lleva dos años. Pasó un mes y su hijo nunca apareció. Ana llamó a su casa y respondieron desconocidos: su hijo había vendido el piso y nadie sabía dónde encontrarle. Ana lloró un par de noches, pero ya sabía que nadie la recogería, así que dejó de llorar. Lo peor era que en su momento ella dañó a su hija por el bien de su hijo. Ana nació en un pueblo y se casó allí con su compañero de clase, Pedro. Tenían una casa grande y modesta, sin lujos pero sin pasar hambre. Un vecino les contó cómo era la vida en la ciudad: buen trabajo, piso asegurado. Pedro se entusiasmó y convenció a Ana. Vendieron todo y se mudaron a la ciudad, donde les dieron vivienda enseguida, amueblaron y se compraron un viejo coche. Pedro tuvo un accidente y murió en el hospital poco después. Ana se quedó sola con sus dos hijos, limpiando portales por las noches para sacarles adelante. Esperaba que, de mayores, sus hijos le ayudaran. Pero la vida fue otra. Su hijo tuvo problemas con la ley y Ana se endeudó para ayudarle. Luego estuvo años pagando esas deudas. Después su hija Dalia se casó, tuvo un niño, todo bien hasta que el niño enfermó gravemente. Dalia tuvo que dejar el trabajo para ir de hospital en hospital. Su marido la dejó, suerte que le dejó el piso. En un hospital Dalia conoció a un viudo cuya hija tenía la misma enfermedad. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Cinco años después el viudo enfermó y necesitó una operación cara. Ana tenía dinero ahorrado, que pensaba darle a su hijo para la entrada de un piso. Cuando Dalia le pidió ayuda, Ana se negó, pensando que el dinero era “para el hijo”. Dalia se sintió traicionada y le dijo que ya no la consideraba su madre, que no recurriera a ella cuando necesitara ayuda. Llevan más de veinte años sin hablarse. Dalia consiguió curar a su marido y se fueron a vivir a la costa. Si Ana pudiera volver atrás, haría las cosas de otra manera, pero ya es tarde. Ana se levantó del banco y fue despacio hacia la residencia. Oyó de pronto: —¡Mamá! El corazón se le aceleró. Se giró despacio. Era Dalia. Le fallaron las piernas y su hija corrió a sujetarla. —Por fin te he encontrado, mamá… Mi hermano no quería darme la dirección, pero le amenacé con ir a juicio por la venta ilegal del piso y, de inmediato, me lo dio. Entraron juntas a la residencia y se sentaron. — Perdóname, mamá, por tardar tanto. Al principio estaba enfadada, luego lo fui aplazando, me daba vergüenza. Hace una semana soñé contigo. Te veía caminando por un bosque, llorando. Me levanté y sentí un peso en el corazón. Se lo conté a mi marido y me animó a ir a buscarte. Fui a tu piso y había gente desconocida. Busqué la dirección de mi hermano, la encontré, y aquí estoy. Prepárate, que te vienes a mi casa. ¿Sabes qué casa tenemos? Grande, frente al mar. Mi marido me dijo que, si mi madre estaba mal, la trajera conmigo. Ana se abrazó a su hija con gratitud y rompió a llorar, pero ahora eran lágrimas de alegría. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.

Ana Jiménez se encontraba sentada en el banco del jardín del hospital, intentando secarse las lágrimas con un pañuelo que no daba abasto. Hoy cumplía setenta años, y ni rastro de su hijo ni de su hija: ni visita, ni una triste llamada, ni siquiera una felicitación por WhatsApp que tanto odia.

Eso sí, su compañera de habitación, Doña Eugenia Salinas, sí se acordó y le regaló una colonia que olía a rosas pasadas. Y la auxiliar, Mari Carmen, le trajo una manzana en su hora de descanso, por tu santo y porque las manzanas aquí están buenas, dijo con una sonrisa. El geriátrico era decente, tenía su terraza, la comida no estaba tan mal, y la tele funcionaba casi siempre, pero el personal iba con el piloto automático: hacían lo justo y poco más.

Todo el mundo sabía que aquí los hijos dejaban a sus padres porque ya no sabían qué hacer con ellos. Al propio hijo de Ana no le tembló el pulso: Es un reposo merecido, mamá, le soltó cuando la dejó aquí con su maleta y una promesa que no pensaba cumplir. En realidad, Ana solo era una molestia para la nuera.

La casa era de Ana, claro, y después de muchas vueltas, el hijo la convenció para poner el piso a su nombre: tú seguirás en tu casa, mamá, como siempre. Pues sí, en su casa pero con toda la familia metida y la guerra fría con la nuera empezando desde el primer desayuno: que si el baño, que si la tortilla sosa, que si ¿por qué está la radio tan alta?. Al principio el hijo le daba la razón a Ana, pero a los dos días ya le ponía mala cara él también. Y encima, susurros a escondidas, y cuando Ana entraba al salón, se hacía el silencio, como si se le hubiera caído la tapa de las pinturas.

Un buen día, el hijo apareció en bata de estar por casa con el discurso preparado: Mamá, tienes que descansar y cuidarte. ¿Me vas a meter en un asilo, hijo?, preguntó Ana con un nudo en la garganta. El hijo se puso colorado como un cangrejo de río y balbuceó algo de un balneario, un mes de vacaciones, que en nada volvía a casa. La llevó, le puso los papeles delante y salió corriendo, tras prometerle que a la semana venía a buscarla. Solo vino una vez: trajo dos manzanas, dos naranjas, preguntó ¿qué tal? y antes de que Ana le contara cómo echaba de menos su radio, ya se había esfumado.

Así, ya llevaba Ana dos años en el geriátrico. Al cabo del mes, como nadie venía, marcó su antiguo número de casa. Contestaron unos desconocidos: el hijo había vendido la casa y estaba más desaparecido que el Gordo de Navidad. Ana lloró un par de noches: total, ya sabía que de allí no iba a salir, para qué gastar más lágrimas. Lo que de verdad le dolía era haber dejado de lado a su hija para estar siempre pendiente del hijo.

Ana nació en un pueblito de Castillade esos donde la cabra siempre tiene la razón y la iglesia toca las campanas hasta para los chismorreosy allí se casó con Pedro, su compañero de clase. Tenían su casa grande, su huertita y una vida sencilla, sin lujos pero con la nevera siempre llena. Hasta que un día, el vecino del pueblo que se fue a Madrid vino de visita y le comió el coco a Pedro, que la capital era jauja, que te daban piso y trabajo fijo. Pedro se encendió más que la lumbre en enero: vendieron todo y para Madrid se fueron. Lo de la vivienda era cierto, y hasta compraron un coche, un SEAT 124 azul que hacía más ruido que la verbena del pueblo.

Pero la suerte no dura para siempre: Pedro tuvo un accidente con el coche y se fue de repente, dejando a Ana viuda y con dos criaturas pequeñas. Para tirar pa’lante, Ana limpiaba portales por las noches, soñando con que los hijos le devolverían el favor cuando fueran mayores. Pero nada más lejos.

El hijo se metió en un lío de los gordos, Ana tuvo que pedir dinero prestado para librarlo de acabar en Alcalá-Meco, y le costó dos años devolverlo. La hija, Clara, se casó, tuvo un niño, y cuando ya parecía que iban bien, el niño empezó a ponerse enfermo sin parar. Clara tuvo que dejar el trabajo para ir de hospital en hospital; los médicos no daban con el diagnóstico, y para cuando por fin lo hicieron, había una larga lista de espera para tratarlo donde decían que sabían cómo. Al marido de Clara no le gustaban las colas ni los hospitales y acabó yéndose, al menos le dejó el pisito.

Por el camino, Clara conoció a un viudo cuyo hijo tenía el mismo problema. Hicieron piña y acabaron casados, pero cinco años después fue él quien cayó enfermo y necesitaba dinero para una operación urgente. Justo cuando Ana estaba a punto de dar el dinero al hijo para la entrada de un piso, Clara, a la desesperada, fue a pedírselo a la madre. Pero Ana, pensando que su hijo siempre la iba a necesitar más, le negó la ayuda. La hija se lo tomó fatal: Tú no eres mi madre, y cuando te veas mal, ni se te ocurra buscarme.

Y así llevan veinte años sin hablarse. Al final, Clara consiguió que su marido se curase y se llevó a toda la prole a vivir a la costa. Ana, en sus noches largas de hospital, se preguntaba una y cien veces si haría lo mismo si pudiera volver atrás. Pero los trenes que se han ido, ya no pasan.

Ana se levantó despacito del banco y caminó de vuelta al geriátrico. Entonces, escuchó una voz:
¡Mamá!
El corazón le dio un vuelco. Se giró con miedo: era su hija. Clara. Las piernas casi se le aflojaron, pero Clara corrió a sostenerla.
Por fin te he encontrado Tu hermano no quería darme la dirección, pero le dije que le denunciaba por vender la casa sin permiso, y entonces se le pasó la tontería.

Entraron juntas y se sentaron en el sofá del vestíbulo, entre cortinas plastificadas y revistas viejas.
Perdóname, mamá, por todo este tiempo sin hablarte. Al principio estaba herida, luego lo fui dejando, y me daba vergüenza. Pero, la semana pasada soñé contigo, cruzando un bosque llorando, y me levanté con un peso en el pecho. Se lo conté a mi marido y él me dijo: Ve y arregla las cosas. Fui a casa y no había nadie conocido. Dio vueltas, busqué la dirección de mi hermano y aquí estoy.

Venga, recoge tus cosas que te vienes conmigo. ¿Sabes qué casa tenemos? Grande, junto al mar. Y mi marido me advirtió: Si tu madre está mal, te la traes.

Ana abrazó agradecida a su hija y lloró, pero esas lágrimas ya no eran de pena, sino de alegría.
Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da.

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MagistrUm
Ana Pérez estaba sentada en un banco del jardín del hospital y lloraba. Hoy cumplía 70 años, pero ni su hijo ni su hija habían ido a verla, ni la felicitaron. Solo su compañera de habitación, Eugenia Serrano, le dio un pequeño regalo, y además la auxiliar, María, la agasajó con una manzana por su cumpleaños. La residencia era bastante decente, pero el personal, en general, era indiferente. Por supuesto, todos sabían que aquí los hijos dejaban a sus mayores a pasar el resto de sus días cuando se convertían en una carga para ellos. Y fue su propio hijo quien llevó a Ana Pérez “a descansar y recuperarse”, aunque en realidad sólo estorbaba a su nuera. El piso era de Ana, pero después su hijo la convenció para ponerlo a su nombre. Le prometió que seguiría viviendo en su casa como siempre, pero enseguida se mudó toda la familia y comenzó la guerra con la nuera. Esta nunca estaba contenta: que si no cocinaba bien, que si dejaba el baño sucio… El hijo al principio defendía a su madre, pero luego empezó a gritarle también. Ana notó que cuchicheaban, y al entrar ella en la habitación, se callaban. Un día el hijo le habló de que necesitaba “descansar y recuperarse”. Ana le preguntó con amargura: —¿Me vas a meter en una residencia, hijo? Él se puso rojo, nervioso, y balbuceó: —¡Mamá, qué dices! Es un balneario, solo estarás un mes y luego a casa. La dejó allí, firmó rápido los papeles y se marchó, prometiendo volver. Solo la fue a ver una vez: llevó dos manzanas y dos naranjas, preguntó cómo estaba y se fue sin siquiera escucharla. Así lleva dos años. Pasó un mes y su hijo nunca apareció. Ana llamó a su casa y respondieron desconocidos: su hijo había vendido el piso y nadie sabía dónde encontrarle. Ana lloró un par de noches, pero ya sabía que nadie la recogería, así que dejó de llorar. Lo peor era que en su momento ella dañó a su hija por el bien de su hijo. Ana nació en un pueblo y se casó allí con su compañero de clase, Pedro. Tenían una casa grande y modesta, sin lujos pero sin pasar hambre. Un vecino les contó cómo era la vida en la ciudad: buen trabajo, piso asegurado. Pedro se entusiasmó y convenció a Ana. Vendieron todo y se mudaron a la ciudad, donde les dieron vivienda enseguida, amueblaron y se compraron un viejo coche. Pedro tuvo un accidente y murió en el hospital poco después. Ana se quedó sola con sus dos hijos, limpiando portales por las noches para sacarles adelante. Esperaba que, de mayores, sus hijos le ayudaran. Pero la vida fue otra. Su hijo tuvo problemas con la ley y Ana se endeudó para ayudarle. Luego estuvo años pagando esas deudas. Después su hija Dalia se casó, tuvo un niño, todo bien hasta que el niño enfermó gravemente. Dalia tuvo que dejar el trabajo para ir de hospital en hospital. Su marido la dejó, suerte que le dejó el piso. En un hospital Dalia conoció a un viudo cuya hija tenía la misma enfermedad. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Cinco años después el viudo enfermó y necesitó una operación cara. Ana tenía dinero ahorrado, que pensaba darle a su hijo para la entrada de un piso. Cuando Dalia le pidió ayuda, Ana se negó, pensando que el dinero era “para el hijo”. Dalia se sintió traicionada y le dijo que ya no la consideraba su madre, que no recurriera a ella cuando necesitara ayuda. Llevan más de veinte años sin hablarse. Dalia consiguió curar a su marido y se fueron a vivir a la costa. Si Ana pudiera volver atrás, haría las cosas de otra manera, pero ya es tarde. Ana se levantó del banco y fue despacio hacia la residencia. Oyó de pronto: —¡Mamá! El corazón se le aceleró. Se giró despacio. Era Dalia. Le fallaron las piernas y su hija corrió a sujetarla. —Por fin te he encontrado, mamá… Mi hermano no quería darme la dirección, pero le amenacé con ir a juicio por la venta ilegal del piso y, de inmediato, me lo dio. Entraron juntas a la residencia y se sentaron. — Perdóname, mamá, por tardar tanto. Al principio estaba enfadada, luego lo fui aplazando, me daba vergüenza. Hace una semana soñé contigo. Te veía caminando por un bosque, llorando. Me levanté y sentí un peso en el corazón. Se lo conté a mi marido y me animó a ir a buscarte. Fui a tu piso y había gente desconocida. Busqué la dirección de mi hermano, la encontré, y aquí estoy. Prepárate, que te vienes a mi casa. ¿Sabes qué casa tenemos? Grande, frente al mar. Mi marido me dijo que, si mi madre estaba mal, la trajera conmigo. Ana se abrazó a su hija con gratitud y rompió a llorar, pero ahora eran lágrimas de alegría. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.