¿Amor verdadero o simple egoísmo?

**Diario de Polina**

¿Me quiere? ¿No me quiere? ¿O solo me quiere a mí misma?

—¿Cómo que no puedes decidir? —Polina clavó la mirada en su amiga del instituto con una expresión de reproche, como si le hubiera confesado un crimen—. Si dudas entre dos hombres, es que no quieres a ninguno en serio. Es de cajón.

—A ti te parece fácil, pero a mí no —suspiró Olga—. Los dos me gustan. Cada uno a su manera. Y los dos son buenos conmigo.

—Lo que pasa es que te gustas más a ti misma, y por eso los arrastras a los dos —continuó Polina con firmeza—. Quien ama de verdad no juega con los sentimientos de los demás. No es justo. Es mezquino.

—Fácil juzgar cuando tienes las cosas claras —Olga apartó la mirada—. No todos somos tan perfectos como tú. Yo estoy aprendiendo a amar. No tengo experiencia. El lunes pienso que es el primero, el martes que el segundo, el miércleves otra vez el primero… ¡No lo entiendo! No es gracioso. Los dos valen. Y los dos me importan.

—Lanza una moneda al aire si no sabes decidirte —refunfuñó Polina—. Mejor eso que seguir atrapada entre dos fuegos. Y así no tendrás remordimientos.
—Gracias por el consejo. Tú sigue tirando tus monedas a la fuente, a ver si te traen suerte. Y no olvides que quizás tú nunca tuviste opción. ¿O es que no había quien elegir?

—¡Yo jamás mentiría tanto tiempo! —Polina se puso a la defensiva—. Estoy con Andrés. Él me quiere y yo lo quiero. Todo va bien.

—Ajá. Felicidades —murmuró Olga con sarcasmo.

Pasaron tres años. Polina estaba sola en un bar casi vacío, llorando. Delante de ella, una copa de vino ya tibio. En su mente, aquella vieja conversación.

*”Nunca digas nunca”*. ¿Quién iba a decir que acabaría en la misma situación? Ahora era ella la que no podía elegir entre dos hombres. La misma Polina que antes repartía sentencias como si lo supiera todo.

Con Javier llevaba más de un año. Todo parecía perfecto. Él era responsable, inteligente, cariñoso. Un hombre de verdad. Y con intenciones claras.

Pero de pronto, reapareció Andrés. Sí, el mismo. Su ex. El que la dejó por celos, por sospechas, por problemas que ella ni entendía.

Se separaron cuando él dejó de mirarla como a la mujer que amaba. Para él, Polina se convirtió en invisible. Nada era suficiente: lo que decía, cómo vestía, dónde miraba… Hasta que llegó el silencio. La ruptura. El dolor. Meses de soledad.

Y entonces, un mensaje: *”Hola, ¿qué tal? Necesito hablar. ¿Quedamos?”*

Fue. Por costumbre. Para confirmar que todo había quedado atrás.

Pero allí estaba Andrés: desorientado, derrotado. Sin trabajo, con su madre enferma, solo. Y hablaba, sin parar. Ella lo escuchaba. Y sentía lástima.

No le dijo que tenía a otro. Que quizás era feliz. Que alguien la esperaba.

Andrés empezó a escribir. A llamar. A quedar con ella. Inocente, al principio. Pero cada vez más.

Con Javier, todo seguía igual. Él estaba ahí. Atento. Con detalles. Con caricias. Con *esa* mirada. Cálida, enamorada. Siempre.

Pero Andrés… era como volver al pasado. Amigos en común, conciertos, viajes. Con él, sentía que regresaba a la juventud. Javier no entendía eso. Él era maduro. Reservado. Introvertido.

Polina se desgarraba. Su corazón también. Javier era el futuro. Andrés, alguien a quien aún compadecía. ¿O acaso lo quería?

Daba vueltas una y otra vez. ¿Cómo decir la verdad? ¿Cómo elegir?

Una noche, cuando ya no pudo más, llamó a Olga. Para disculparse. Para pedir perdón por aquellas palabras.

—Perdóname por lo de aquella vez… ahora entiendo cómo te sentías.

—¿Perdonarte por qué? —Olga parecía sincera—. Ni siquiera recuerdo entre quiénes dudaba. Fue hace tanto…

—Ahora soy yo la que está en tu lugar. Entre dos. No sé elegir. Da miedo. Mucho.

—¿De verdad crees que, si amaras, habría “dos”? Es que no quieres a ninguno. Pero a ti misma, sí. Y dime, ¿te gustaría que uno de ellos hiciera lo mismo?

—A nadie —susurró Polina.

—Ahí está la respuesta. *A nadie*. Porque solo quien se quiere a sí misma actúa así. Polina, si uno de ellos te importa de verdad… míralo. Imagina que no está. Imagina que se va. Que nunca más verás su sonrisa, su mano en la tuya…

—Javier —escapó de sus labios.

Un escalofrío la recorrió. Lo imaginó. Sin esos ojos, sin ese calor. Sin su paciencia. Sin su amor.

Y entonces lo supo. Sabía a quién amaba.

PD: A veces, para escuchar al corazón, basta con dejar de mentirnos.

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