«Mamá está convencida de que mi novio está conmigo por el piso… Y yo temo que ella destruya mi amor»
Me llamo Cristina, tengo veintiséis años. Llevo varios años viviendo con mi madre en un acogedor apartamento de tres habitaciones en el centro de Madrid. Mis padres se divorciaron hace mucho —yo aún iba al instituto—. Mi padre se mudó a Barcelona y desde entonces solo aparece en mi vida en fechas señaladas: una llamada en Navidad, un escueto «feliz cumpleaños»… Eso es todo. Nos dejó el piso y desapareció.
Mamá nunca retomó su vida sentimental. Hubo intentos, algún que otro pretendiente, pero nada serio. Se encerró en su rutina: su trabajo, las tareas de casa… y en mí. Toda su atención recae sobre mis hombros. Yo, por mi parte, siempre he sido transparente con ella. Le contaba cada cita, cada chico que conocía. Pero nunca surgía nada: miradas que no encajaban, palabras vacías, ausencia de conexión. No quise perder el tiempo —ni el de nadie— y si no sentía «esa chispa», lo dejaba.
Hasta que llegó Adrián. Nos conocimos en la universidad, en una conferencia. Desde el principio hubo algo especial: complicidad, calidez, curiosidad mutua. No se imponía, pero estaba presente. Escuchaba, ayudaba, hablaba con una naturalidad que me hacía olvidarlo todo. Empezamos a salir.
Como siempre, se lo conté a mamá. No quise ocultárselo; nuestra relación se basaba en la confianza. Pero su reacción esta vez fue distinta: fría, cortante, casi hostil. Sin conocerlo, sin cruzar una palabra con él, ya lo juzgaba.
—Es de un pueblo pequeño —dijo con desdén—. Vino a la capital a estudiar, ¿verdad? Claro. Y ahora te encuentra a ti, con un piso en pleno centro. Sabrá por dónde viene.
No daba crédito. La misma mujer que siempre defendió que el amor se basa en el respeto y la complicidad… ahora insinuaba que mi novio me usaba por interés. Intenté razonar: Adrián nunca mencionó mudarse, ni pidió dinero. Trabaja, comparte piso con un amigo y jamás sugirió venir a vivir aquí. Me trae flores, prepara sorpresas, me acompaña a casa… ¿Todo por un techo?
Mamá no cedió. Armó escenas, lloró, repitió que «me unía a un oportunista». Me suplicó que lo dejase, diciendo que actuaba «por mi bien», que «protegía mi futuro», que «era demasiado ingenua».
Empecé a dudar. Tras cada discusión, me preguntaba: ¿y si tiene razón? ¿Y si Adrián oculta sus intenciones? Analizaba cada gesto suyo, buscando señales. Pero él seguía igual: amable, atento, sincero. No pedía, no exigía. Estaba ahí… porque quería estarlo.
La ansiedad crecía en mí. Me debatía entre mamá, mi sostén de siempre, y el hombre al que amaba. Ella siente que pierde el control. Le duele verme crecer, independizarme. Quizá teme quedarse sola. Quizá no soporta imaginar una vida donde no sea mi centro.
No sé qué hacer. Amo a Adrián, pero los reproches de mamá me roban la paz. Ya no disfruto de los momentos con él; tras cada beso acecha el miedo, tras cada risa, la sospecha.
Estoy agotada. Solo quiero ser feliz. Amar sin justificarme. Que mamá me apoye como antes. Pero para ella, sigo siendo la niña que no elige bien.
Tal vez sí tema a la soledad. Quizá su resentimiento por su vida truncada la lleva a «protegerme» con saña. Pero… ¿acaso se puede matar el amor por miedo?
No sé quién tiene razón. Solo anhelo creer que Adrián es honesto. Que no está por el piso, ni por comodidad… sino porque me quiere. Igual que yo a él.