El pequeño pueblo de Pineda, escondido entre los infinitos campos y arboledas de la región de Castilla, respiraba quietud. El viento de la tarde susurraba entre las hojas, y las farolas iluminaban débilmente las estrechas calles. Lucía, apretando su bolso, se acercaba al café donde debería celebrarse su cumpleaños. Pero en lugar de voces festivas, escuchó un murmullo traicionero que le heló el corazón.
—Olvídate de esta fiesta —murmuró Javier, inclinándose hacia el oído de Claudia, la mejor amiga de Lucía—. Vente a mi casa. Lucía no volverá hasta la noche. —Su voz rezumaba arrogancia.
—Sí, claro —respondió Claudia con leve sarcasmo—. ¿Y qué hago cuando vuelva? ¿Tengo que saltar por la ventana?
—¿Para qué saltar? —Javier la rodeó con un brazo, su tono rebosaba seguridad—. Si dices que sí, echo a Lucía. No tiene cabida en mi vida.
Lucía se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Conocía a Claudia —nunca le habían importado los juegos amorosos—. Pero Javier… Llevaban tres años juntos. Tres años esperando que le pusiera un anillo en el dedo. Vivían en su nuevo piso, comprado con una hipoteca. La reforma, las facturas, las deudas… Todo había caído sobre sus hombros. Lucía creía que era algo pasajero, que el registro civil era solo un trámite. Pero ahora veía claro. Para él, solo era una compañera conveniente, un puente sobre sus problemas económicos. Nunca habría una familia.
Seis meses antes, su madre había fallecido. Javier la había sorprendido con su frialdad. No fue al funeral, no ayudó con los preparativos, solo soltó, indiferente:
—Vende algo. Ya sabes, tengo la hipoteca, la reforma. A lo mejor tu familia te presta algo. Cuando vendas la casa, liquidarás tus deudas.
“Liquidarás” —esa palabra la cortó como un cuchillo—. Pero Lucía lo justificó entonces: estaba cansado, había hablado sin pensar. Le gustaba su hosquedad silenciosa. «Un hombre que guarda todo dentro jamás traicionará», presumía ante sus amigas. Claudia se reía con ellas, ocultando sus intenciones. Ahora la verdad salía a la luz, y Lucía, ahogándose en el dolor, agitó desesperadamente la mano para detener un taxi. El coche se detuvo, ella se coló dentro y cerró la puerta de golpe.
—¡Más rápido, más rápido! —gritó al conductor, como si huyera de una persecución.
Apenas arrancó el coche, el teléfono sonó. Era Javier.
—¿Dónde estás? ¡Estoy aquí como un idiota, todos preguntan por ti! ¿Qué ha pasado? —su voz estaba llena de falsedad.
Lucía apagó el teléfono y, furiosa, lo arrojó por la ventana. Las lágrimas brotaron como un torrente; sollozaba como una niña a la que le han arrebatado todo. El coche avanzaba veloz, y Lucía, hundida en la desesperación, de pronto se dio cuenta de que no había dado una dirección.
—¿Adónde vamos? —preguntó, con voz temblorosa.
—A casa —respondió el conductor con calma.
Lucía miró alrededor: el coche corría por un camino rural oscuro, lejos de la ciudad.
—¿A casa? ¿Qué casa? —su corazón latió con fuerza por el miedo.
—¿Quieres que te diga la dirección? —el conductor soltó una risa burlona, áspera y amenazante.
—¡Pare! ¡Ya! —gritó Lucía, la pánico envolviéndola.
—¿Aquí, en medio del campo? —el conductor se rió—. ¿Qué vas a hacer aquí?
—¡Llamaré a la policía! —exclamó, pero recordó que ya no tenía teléfono. Le había contado todo a ese desconocido: la traición, su dolor. Él sabía que nadie la buscaría. Si la abandonaba en el bosque, sería el fin.
Lucía se agitó, intentando abrir la puerta en marcha, pero en la oscuridad sus dedos no encontraban el tirador. La desesperación la inundó. «Que sea lo que sea», pensó. «Si me mata, al menos el dolor se acabará». Las lágrimas caían en silencio, resignadas.
El coche frenó bruscamente. El conductor abrió su puerta sin decir nada.
—Bájate.
—¡No! —de pronto, sintió un ardiente deseo de vivir. No se rendiría sin luchar.
—No seas tonta, Lucía —la voz del conductor se suavizó—. Hemos llegado.
Ella levantó la vista y se quedó inmóvil. Ante ella estaba Daniel, su compañero de colegio. El mismo que se había ido después de la escuela, triunfando en alguna gran ciudad.
—¿Daniel? —susurró, incrédula.
—¿A quién esperabas? —sonrió con una sonrisa cálida y familiar.
—¿Eres taxista? —preguntó Lucía, desconfiada.
Daniel se rió:
—¿Taxista? Solo te vi agitando los brazos como si quisieras arrojarte bajo las ruedas.
—Yo… —Lucía titubeó, sintiéndose ridícula.
—Ya lo sé —Daniel le rodeó los hombros con un brazo—. Ha sido un viaje útil. Nunca habías sido tan sincera.
Lucía se rió, las lágrimas se secaban y su corazón se aligeraba. Estaba frente a su casa en Pineda, y el mundo parecía dejar de desmoronarse.
—He vuelto por ti —murmuró Daniel, entrelazando sus dedos con los de ella—. Qué suerte que no te casaste.






