Amor Maldito

—¿Y ahora qué pasará? —preguntó Lucía, más para sí misma que para su amado, con voz inquieta.

—Pues nada. Mandaré a mis parientes a pedir tu mano. Espérame —respondió él con tranquilidad.

…Lucía volvió de aquella cita (que acabaría cambiando su vida para siempre) radiante y misteriosa. A sus dos hermanas menores les contó con detalle su encuentro con Rodrigo.

Las hermanas sabían que Lucía estaba perdidamente enamorada de él. Rodrigo había prometido casarse con ella en otoño, después de las labores del campo.

Y ahora, tras aquel encuentro íntimo en el pajar, él no tenía más remedio que pedirle matrimonio.

Pero… Los campos ya estaban cosechados, el grano guardado en los graneros, se acercaba la Navidad, y los intermediarios no aparecían…

La madre de Lucía, tía Carmen, empezó a notar cambios en su hija mayor. Lucía, siempre alegre, estaba más callada y había engordado de forma irregular. Tras una conversación sincera, y después de una confesión entre lágrimas, tía Carmen decidió mirar a los ojos a aquel supuesto “yerno”. Y de paso, averiguar si los intermediarios se habían perdido por el camino.

Sin pensarlo dos veces, se dirigió al pueblo vecino, donde vivía Rodrigo. La madre del muchacho la recibió sin sospechar nada de la vida privada de su hijo. Tía Carmen le soltó todo lo que pensaba, y ambas mujeres se unieron contra Rodrigo. Pero él, ante las acusaciones, contestó:

—¿Y cómo voy a saber si el hijo de Lucía es mío? En el pueblo hay muchos hombres. ¿Tengo que hacerme cargo de todos los niños?

Tía Carmen, indignada, al abandonar aquella casa para siempre, solo le deseó una cosa:

—¡Ojalá te cases una y otra vez, sin descanso!

Parece que aquellas palabras de una madre furiosa llegaron al cielo. Rodrigo, con el tiempo, se casó cuatro veces…

Por la expresión de su madre, Lucía adivinó el resultado de aquel encuentro. Tía Carmen advirtió a sus hijas:

—¡Ni una palabra a vuestro padre! Lo arreglaremos nosotras.

Lucía, irás a Zaragoza con nuestra familia. Cuando nazca el niño, lo dejarás en el orfanato. Si no, las vecinas no pararán de chismorrear en toda tu vida. Ya veremos cómo sigue esto. Dios dirá. Ay, hijas, los pecados son dulces, pero las consecuencias amargas…

El marido de tía Carmen era el intelectual del pueblo. Todos lo llamaban por su nombre y apellido con respeto. Don Dionisio Valeriano era maestro en la escuela. Hombre severo pero justo, todos acudían a él para resolver disputas.

Y ahora, su propia hija llegaba con un hijo no reconocido. ¡Qué vergüenza para toda la comarca!

Tía Carmen no podía permitir ese escándalo, así que envió a Lucía con sus parientes. A las preguntas de su marido, respondió:

—Que Lucía se vaya a la ciudad a trabajar. Ya tiene veinte años, no es una niña.

Con las hijas menores (todas de edades cercanas), tía Carmen empezó a vigilar más.

Pero, ¿quién puede controlarlo todo? Poco después, la segunda hija, Estrella, se fue a Valencia por un trabajo, y la pequeña, Eva, a Madrid.

…En los pueblos, cada palabra se repite como un eco. Con el tiempo, los rumores llegaron a oídos de Don Dionisio. Fueron sus propios alumnos quienes le contaron el problema en su propia familia.

Don Dionisio montó en cólera con su mujer:

—¿Cómo se te ocurrió semejante cosa? ¿Dejar a un niño en un orfanato? ¡Es tu primera nieta! Quiero verla en esta casa cuanto antes.

Tía Carmen no esperaba esa reacción. Aunque ella misma había llorado todo el año. Sabía que la niña estaba en el orfanato, pero no se atrevía a visitarla. Temía su propio instinto, el llamado de la sangre… «La hija disfrutó del pecado, y la madre carga con el remordimiento», se lamentaba.

…Pronto, tía Carmen y Lucía llevaron a la niña al pueblo. La llamaron Anita. Pasó su primer año sin conocer a su verdadera familia. Ese pecado, Lucía lo cargaría para siempre. Por mucho que Anita hiciera (y hubo de todo), Lucía lo soportó con paciencia.

Don Dionisio, tía Carmen y Lucía criaron a Anita. A menudo, Lucía recordaba aquella última cita con Rodrigo. El aroma embriagador de heno seco, aquellos momentos dulces y ardientes en el pajar… Aún lo amaba. Aunque la hubiera humillado, traicionado, destrozado… ¡Maldito amor! El amor no es una patata, no se tira por la ventana…

Y así, Lucía se convirtió en madre soltera. En Anita, veía los rasgos de Rodrigo. Y también su carácter. Una chica rebelde. Lucía vivía como en una niebla. Nada la alegraba. Ni siquiera Anita, con sus travesuras, lograba sacarla de su tristeza. Ay, una niña sin padre…

Cuando Lucía cumplió veinticinco, un antiguo conocido empezó a cortejarla. Casi habían crecido juntos. La hermana de tía Carmen se había casado con un viudo que tenía tres hijos. Francisco (el pretendiente de Lucía) era uno de ellos. Todos vivían en el mismo pueblo.

Lucía, sin entusiasmo, aceptó sus atenciones. La vida con una hija no era fácil, y ella seguía siendo joven. Francisco sería un buen marido, pero… ¿y Anita? ¿Cómo la trataría? Él conocía toda la historia, pero adoraba a Lucía desde niños. La hubiera aceptado con tres hijos, y no solo con Anita… Si ella accedía…

…Celebraron una boda ruidosa, como manda la tradición. Para empezar una vida nueva, la familia se mudó a Madrid, lejos de miradas curiosas. Ahora tenían un secreto frágil que proteger.

Pronto, Lucía dio a luz a una niña, Luz. Para Francisco, ambas eran sus hijas. Adoptó a Anita sin dudar. No hacía diferencias entre ellas.

Vivía por y para su familia.

Lucía resultó ser una excelente esposa y madre. Francisco le devolvió la vida, sanó su alma herida. En su hogar reinaban la paz y el entendimiento.

…Pasaron diez años.

Un verano, Anita, Luz y otros cuatro nietos pasaron las vacaciones con la abuela Carmen.

La abuela, feliz, paseaba orgullosa por el pueblo. ¡Cómo no! Tres hijas casadas, todas con niños. Ahora tenía tres nietos y tres nietas.

Un día, una de las nietas, mientras limpiaba un trastero olvidado, encontró entre viejos periódicos y cuadernos usados un pequeño diario. Se sentó a leerlo… ¡y se quedó de piedra! Resulta que el padre de Anita ¡no era su padre! En aquellas páginas, aparecía una y otra vez el nombre de Rodrigo. La niña comprendió que era el diario secreto de su tía Lucía.

La noticia no tardó en salir. La niña se lo contó todo a su prima Anita.

Anita, arrebatándole el diario (¡era la prueba!), corrió a buscar explicaciones con la abuela Carmen.

La abuela, con el corazón en la mano, se lo contó todo. Luego se lamentó de no haber quemado aquel maldito diario antes.

Anita no podía aceptar aquella verdad. ¿Llevaban tantos años ocultándole a su verdadero padre? ¡Y exigió conocerlo de inmediato! La abuela no tuvo más remedio que darle la dirección de Rodrigo.

Anita, acompañada de su prima, se dirigió al pueblo vecino.

…En la puerta, las recibió la madre de Rodrigo. Reconoció a su nieta al instante, sin necesidad de palabras. Anita era idéntica a su padre.

La mujer, nerviosa, preparó la mesa con comida. Luego lloró, pidiendo perdón a su nieta. “Siempre me acPero al final, Anita comprendió que la familia no se define por la sangre, sino por el amor, y abrazó a Lucía y a Francisco, agradecida por la vida que le habían dado.

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