¡Marisol, serás tú la culpable de su muerte! ¿De quién? ¡Claro, de Luis! Sí, de ti, precisamente. ¡Qué sorpresa! ¿Y quién era esa chica tan guapa que ayer se sentó en el banco del patio con las rodillas al descubierto? ¡No puede ser! Luis tiene el alma tan frágil Solo ha visto rodillas desnudas de chicas en la clase de educación física, y eso fue hace años. ¿Y qué importa que haya muchachas en minifaldas por todas partes? ¡Tú lo comparas! Sus rodillas y las tuyas ¡es otra cosa! Para Luis, eso es especialmente importante.
Una voz dura resonó en el auricular:
No estoy inventando nada: ahora mismo lo veo, escribe su carta de despedida sí, dice con esa voz rasgada: no puedo, sin ella. Penetra en su espíritu, me lo dice ¿me entiendes? Así escribe, así habla, y ni siquiera me mira. Mejor me tomo una caña o sea, moriré. Sí, la palabra moriré se ve clara. ¿Cómo que no lo veo? Tengo el viejo telescopio de mi abuelo, con él se ve cualquier cosa.
El teléfono quedó en silencio unos segundos, solo se escuchó la respiración agitada de la interlocutora:
¡Ay, mi cruz, que me aprieta el pecho! Llegamos tarde, Inés, demasiado tarde. Tomó el cuchillo afilado y ya empezó a clavarse ¡Sangre, sangre! ¿Dices que llegarás a tiempo? Corre, corre, salva a tu príncipe.
Abuela Candelaria, entrecerrando sus astutas pupilas, observaba con gusto cómo la robusta Marisol irrumpía en el piso de Luis, llevando consigo amor sin reservas, el deseo de alimentarle con un buen cocido castellano y el sueño de una familia llena de niños.
Luis no tenía ninguna oportunidad. Ese joven delgado, soñador y solitario vivía solo: hacía medio año su madre se casó de nuevo y se mudó con su marido, dejándole un piso de tres habitaciones. Además, le había ordenado estrictamente que se casara pronto y le engendrase nietos. Al menos uno. ¡Y rápido! Sin perder tiempo.
Luis aceptó: el calor del hogar le agradaba. Pero encontrar mujer le resultaba imposible. Era un genio de la electrónica, pero tímido, cohibido y reservado en el trato. No sabía cortejar y huía de las muchachas agresivas como un avión de caza. Por suerte, Abuela Candelaria coincidía con él: no quería compartir techo con una vecina descarada.
Y apareció Marisol. Fuerte, casera, respetuosa. No era una belleza de pasarela, pero sí una muchacha agradable, con cara redonda y pecas que la hacían entrañable. Solo hacía falta mirarla bien, conversar, algo que los jóvenes de hoy parecen incapaces de hacer.
Todos sus aparatos ¡qué patéticos! Solo daban datos breves: una foto o un vídeo. Ni siquiera, como Nina en los TikTok, se mostraban. Y los adolescentes que sí lo hacían, se lanzaban al vacío de la vanidad como si fuera fuego. El maquillaje ¡como brujas en un aquelarre! Las chicas modernas son tan distintas a Marisol, como un payaso de circo a la taquillera de la ópera. No hay quien las compare; la gente recuerda al payaso, no a la taquillera. Con ella, apenas se cruzan unas cuantas frases.
Luis, mirando a su vecina Marisol de vez en cuando, no lograba descubrir la felicidad. Así moriría, según la Abuela Candelaria: de hambre, de frío y de la falta del cariño femenino. En su casa parecía un erizo perdido en la niebla: comía sopa instantánea y empanadillas, si no se le quemaba la olla. También hacía sándwiches, era todo un experto en eso. Incluso el café lo preparaba bien.
En ese momento, el joven intentaba picar pepino para una ensalada. Se cortó el dedo, buscó una venda y una pomada, pero alguien empezó a golpear la puerta principal. Con la sangre goteando del dedo, tuvo que abrir de un tirón.
Con los ojos desorbitados por el susto, se lanzó sobre él Marisol. Lo que le decía, lo que intentaba convencerla la Abuela Candelaria nunca lo supo. El telescopio no emite sonido, ¡y qué lástima! Pero la astuta Amor local, es decir, la propia Abuela Candelaria, vio más tarde a Marisol, en su propio piso, alimentando a Luis con un buen cocido, patatas con albóndigas, ensalada rusa con col ácida y un compote de fruta. Según la mirada del chico, todo le resultaba delicioso.
Luis esbozó una sonrisa, la soledad abandonó sus ojos y la desorientación se desvaneció de su vida.
Un mes después, los dos se casaron. La Abuela Candelaria fue invitada a la boda; le sirvieron un pastel exquisito y le dieron el trozo más grande para llevar. Al despedirse, la novia Marisol, entre risas, le preguntó a la anciana:
¿Así que él se moría, no? ¿Cómo dijiste que se estaba hiriendo el dedo? ¡Exacto, en el propio dedo! ¡Vaya, Abuela Candelaria! Me avergonzó decir que lo salvaría y él me tendió la mano con su dedo ¡Vaya, Abuela!







