Amor hasta la tumba
Lucía salió del supermercado, ajustó mejor la bolsa de la compra y caminó hacia casa. Había comprado poco, pero la bolsa pesaba como si llevara piedras. Antes de entrar, se detuvo. “No hay luz en las ventanas. Julita otra vez se ha escapado a callejear”. Lucía negó con la cabeza. “Cuando vuelva, ya verá… Desde que anda con ese… Miguel, las notas han bajado, falta a clase. Los profesores se quejan. Y con la Selectividad a la vuelta de la esquina, la entrada a la universidad. Ya verás cuando entres por esa puerta…”, se repetía mientras subía cansada los escalones.
En casa, dejó la bolsa en una silla de la cocina. Miró hacia los fogones. “Claro. Le pedí que pelara patatas o hiciera pasta. Y se escapa… ¿Qué hago con ella? Ah, tú…”
Con movimientos bruscos, se quitó la chaqueta, la colgó en el recibidor y regresó a la cocina. Golpeó la puerta de la nevera, hizo ruido con los cacharros. Así cocinaba Lucía, entre el enfado y la frustración, prometiéndose que esta vez hablaría seriamente con su hija en cuanto llegara.
Pero Julita no tenía prisa. Eran las diez y media de la noche y aún no había vuelto. Lucía no podía estarse quieta. Paseaba de un lado a otro, murmurando como un mantra:
“Cuando llegues… Cuando llegues, te voy a dar una lección que no olvidarás. Me rompo el lomo por ti, para que tengas lo mismo que los demás, y ni siquiera puede hacer la pasta… Estoy harta, todo recae sobre mí. ¿Cree que no quise tener mi propia vida? Casi me pasa lo mismo, sola con una niña en brazos. Desagradecida… ¿Quiere repetir mi historia? Que lo intente, ya verá lo que es bueno.”
La rabia y la irritación llegaron a su punto máximo. Le entraban ganas de romper cosas, de descargar toda esa furia acumulada.
Cuando oyó girar la llave en la cerradura, sintió un alivio tan grande que estuvo a punto de perdonarla. Pero al ver su cara culpable, con esos ojos brillantes de felicidad, la ira volvió con más fuerza.
“¿Dónde estabas? ¿Sabes qué hora es? ¿Y los estudios? Con los exámenes finales a la vuelta y tú por ahí como si nada”, gritó, sin importarle que los vecinos la oyeran.
“Los deberes los he hecho…”, intentó defenderse Julita.
“¡Calla! ¡No me repliques! ¿Has perdido el juicio? Te crié pensando que estudiarías, tendrías un buen trabajo y viviríamos mejor. Y tú repitiendo mis errores.”
“No repito los errores de nadie. No grites…”, contestó Julita, con los ojos apagados y las mejillas rojas de rabia.
“Ah, tú…” Lucía contuvo un insulto a tiempo.
Miró alrededor, buscando algo con qué castigarla. Julita aprovechó para intentar escabullirse a su habitación, pero no lo consiguió. Lucía agarró finalmente un paraguas plegable de la mesa y se lo lanzó.
“¡Mamá!”, gritó Julita, encogiéndose y protegiéndose la cabeza.
Al oír ese grito, ver su postura, la mano de Lucía cayó como un peso muerto. El paraguas chocó contra el suelo. Lucía se encogió, como si la ira que la sostenía se hubiera esfumado de golpe.
“No doy abasto, no sé dónde buscarte, y tú… ¿Qué es eso en tu dedo? ¿De dónde?”, preguntó débilmente, agotada de repente.
Se dejó caer en un taburete del recibidor.
Julita apartó lentamente las manos de la cabeza y miró el sencillo anillo de oro con una pequeña piedra blanca.
“Es de Miguel”, susurró, observando a su madre con cuidado, como si la tormenta hubiera pasado.
“Todavía vas al instituto. ¿Es que no lo sabe?”
“Lo sabe. ¿Y qué? En dos meses termino los exámenes y…”
“¿Serás adulta? Venga ya. Mientras vivas bajo mi techo, respeta mis reglas. Ayuda en casa sin que tenga que decírtelo. ¿Crees que por ser mayor puedes hacer lo que te dé la gana? ¿Salir de noche? ¿No venir a dormir? ¿Dejar los estudios? ¿Y si te quedas embarazada?” La rabia volvía a subir. Sabía que se estaba pasando, pero no podía parar.
“Mamá, él me quiere. Y yo a él”, dijo Julita con desesperación.
“Si te quisiera, no te pondría en peligro. ¿De dónde ha salido este…?” Lucía movió la cabeza de un lado a otro. De su pecho escapó un suspiro, o quizá un gemido.
Esa noche dio vueltas en la cama. Los nervios, la discusión, la angustia por su hija, todo le impedía relajarse. Pensaba en cómo recuperar la tranquilidad de antes. ¿Cómo había llegado su hija, tan lista y buena estudiante, su orgullo, a esta situación? Se imaginaba lo peor: escenas terribles pasaban por su mente. Agotada, llamó a su única amiga.
“¿Qué pasa?”, preguntó la voz ronca al otro lado, seguida de un bostezo. “¿Has mirado la hora?”
“Perdona. No tengo con quién hablar. Julita… ella…”
“Te lo dije, que no la sobreprotegieras. ¿Qué ha hecho ahora?”
“Se ha liado con un chico mayor, ha dejado los estudios, falta a clase. Los profesores se quejan. Qué vergüenza.” Otro bostezo se escuchó al otro lado. “Dime qué hago.” Lucía calló un momento, luego, recordando algo, habló rápido antes de que su amiga colgara. “Le ha dado un anillo. Julita habla de amor, pero solo tiene diecisiete. Él le va a arruinar la vida. ¿Te has dormido? Bueno, mañana te llamo.” Colgó y se tumbó.
Al compartir su dolor, se sintió algo más aliviada. Finalmente, se durmió, aunque inquieta. Por la mañana, todo parecía menos grave. Decidió actuar antes de que fuera tarde. Pero, ¿cómo?
Mientras se lavaba, calentaba el agua, pensaba en cómo hacer entrar en razón a Julita, cómo hacerle ver que aquello no era amor, sino un capricho peligroso. Asomó a la habitación de su hija. Estaba acurrucada, con la mano bajo la mejilla. El corazón se le encogió de ternura y miedo. Suspiró, cerró la puerta y se vistió para el trabajo.
Al salir, cogió sus llaves. La solución llegó sola. Buscó en el bolsillo del abrigo de Julita, sacó sus llaves y, tras dudar un instante, se las guardó. Luego abrió el cajón con cosas varias, encontró las llaves de repuesto de su exmarido y cerró la puerta con ellas. “Así se quedará en casa. Mañana avisaré a la tutora de que no se encuentra bien. Al menos no se escapará. Que reflexione.” Le parecía la decisión correcta. Luego hablarían. Tendría tiempo de pensar qué decirle.
Si hubiera sabido lo que pasaría después… Pero tras una noche en vela, su mente no daba para más.
A las nueve, Julita llamó, enfadada, preguntando por qué la había encerrado.
“Para que pienses. Hablaremos cuando vuelva. No me molestes en el trabajo”, contestó secamente.
Julita no volvió a llamar. El día se hizo eterno. No le venían a la cabeza frases convincentes, solo reproches y amenazas.
De camino a casa, vio un grupo de gente comentando algo con alboroto frente al edificio de al lado. Se detuvo.
Una vecina se acercaba alAl llegar, vio a Julita y a Miguel en el borde del tejado, cogidos de la mano, mientras la multitud contenía el aliento y las luces de las ambulancias parpadeaban en la distancia.





