Amor con el sabor amargo del ajenjo

AMOR CON SABOR A AJENJO
Su amor no olía a rosas ni a miel, sino a polvo seco de los caminos y tallos aplastados de ajenjo. En el pueblo murmuraban: si se juntan, el mundo se quebrará; si se separan, la sierra se consumirá.
Almudena era curandera, hija y nieta de curanderas. Conocía el susurro de cada hierba y tenía el arte de sanar heridas que se resistían a cerrar. Sus manos eran cálidas y nunca dejaban de desprender aroma a tomillo.
Germán, en cambio, era un forastero. Un hechicero cuya fuerza no nacía del murmullo de la tierra, sino de órdenes abruptas lanzadas a los elementos. Su magia era cortante como un cuchillo y fría como el agua de una poza en enero.
Se cruzaron un anochecer brumoso, ambos buscando lo mismo: la raíz de bruja, que solo florece cada década.
No la toques la voz de Almudena rajó la quietud. No es para manos ansiosas como las tuyas, hechicero. La tierra nos la dio para sanar, no para tus ensalmos.
Sanar es solo aplazar el final, curandera respondió Germán con media sonrisa sin girarse. Yo busco la esencia de las cosas.
No se volvieron enemigos, pero tampoco pudieron ser amigos. Una fuerza inexplicable los atraía, desafiando toda lógica. Era un amor combativo, el eterno choque de crear y dominar.
Almudena le llevaba miel silvestre y infusiones contra el insomnio, cuando la magia le abrasaba por dentro.
Él depositaba en su puerta piedras preciosas raras, donde latía la luz prisionera de alguna estrella, para alumbrarle las largas noches de invierno.
Pero el amargor del ajenjo nunca los abandonaba. Almudena veía cómo Germán extraía el poder del vacío, y le asustaba. Germán se irritaba con la dulzura de Almudena, convencido de que desperdiciaba su don entre gente ingrata.
Un año la epidemia llegó al pueblo, sin elegir entre justos y pecadores.
Almudena gastaba sus últimas fuerzas, arrastrando la fiebre a su propio cuerpo, mientras Germán Germán por primera vez sintió miedo. No por el mundo, sino por ella.
Para salvarla tuvo que hacer lo que más odiaba: entregar su poder a la tierra, para que pudiera nutrir a la exhausta curandera.
Cuando Almudena abrió los ojos, Germán estaba junto a la ventana. Por primera vez, su cabello empezaba a blanquear y en sus manos ya no chisporroteaban llamas.
¿Por qué? susurró ella.
El ajenjo es amargo, Almudena respondió él, sin mirarla. Pero sin ese amargor, toda dulzura es polvo. Te elegí a ti, no a la eternidad.
Vivieron juntos en la última casona del pueblo, en el borde de la Dehesa Perdida, donde ni leñadores ni cotillas se atrevían a entrar.
Germán, privado de llamar rayos, descubrió en sí el don de sentir el metal. Se hizo herrero. Pero no uno corriente: forjaba cuchillos que nunca perdían el filo y herraduras que daban suerte. En cada golpe resonaba el eco de su furia pasada, convertida en creación. Ese fue su destino.
Almudena plantó un pequeño jardín, donde convivían la venenosa acónita y el sabio salvia. Ya no temía la sombra de Germán, porque sabía que la tierra más fértil es la negra.
Su amor no fue de azúcar. Fue la vida de dos almas fuertes, puliéndose una contra otra, como piedras de molino de granito.
A veces Germán intentaba doblegar el destino. Cuando la sequía amenazaba el jardín, pasaba horas en el umbral, apretando los puños hasta blanquear los nudillos, queriendo extraer una gota de lluvia de la nada.
Para ya susurraba Almudena, posando su mano en el hombro de él. La tierra no es esclava. Pídele, no le mandes.
No sé pedir gruñía Germán.
Pero al anochecer, juntos cargaban agua desde el arroyo lejano, y en ese gesto había más magia que en mil conjuros.
A su casa llegaban sombras: antiguos discípulos de Germán, deseando traerlo de vuelta al círculo de hechiceros; enfermos que Almudena no podía curar sola.
Una tarde llegó el viejo enemigo de Germán: un brujo envuelto en manto negro.
No vino a matar, sino a recuperar lo que Germán debía a la magia. Exigió la voz de Almudena a cambio de devolverle el poder al herrero.
Germán miró sus manos encallecidas, luego a Almudena, que en aquel momento preparaba un caldo de ajenjo. Ella no pedía protecciónsolo le miraba, con una confianza infinita.
El poder comprado con el silencio del ser amado no es poder, es esclavitud dijo Germán.
No usó ningún hechizo. Tomó su pesado martillo y salió por la puerta. Se dice que aquella noche el monte tembló, no por sortilegios, sino por la ira sencilla de un hombre defendiendo su casa. La sombra se rindió.
Envejecer fue un arte compartido. El cabello de Almudena se volvió blanco como la flor del almendro, la barba de Germán gris como ceniza fría.
Dicen que cuando les llegó el momento, no murieron por separado. Simplemente se adentraron en el bosque cuando el ajenjo florecía. Ahora, en esa tierra, crecen dos árboles: un robusto roble, cuyas raíces tocan vetas de mineral, y una flexible mimbrera, abrazando su tronco.
Y si algún caminante arranca una hoja de esa mimbrera, sentirá en sus labios la misma amargurael sabor de un amor real, más fuerte que cualquier magia.

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