AMARGURA EN EL FONDO DEL ALMA
¡Hace tiempo que te vendría bien un internado! ¡Lárgate de nuestra familia! grité fuera de mí, con la voz temblando de rabia.
El destinatario de mi furia era mi primo Álvaro.
¡Por Dios, cuánto le quise de pequeño! Su pelo rubio, sus ojos azulados, su carácter alegre Así era Álvaro.
Las reuniones familiares en casa de mis abuelos, alrededor de la mesa, eran habituales. De entre todos mis primos, Álvaro era siempre el que más llamaba mi atención. Tenía una lengua afilada, era un auténtico cuentista. Además, era un artista con el lápiz. En una tarde, podía hacer cinco o seis bocetos a toda velocidad. Yo los miraba embobado y, cuando nadie miraba, los guardaba en mi cajón del escritorio. Conservé durante mucho tiempo los dibujos de mi primo.
Álvaro era dos años mayor que yo.
Cuando él tenía catorce años, le sobrevino una desgracia: su madre falleció repentinamente, no despertó. Empezó entonces el debate: ¿qué hacer con el hijo? Corrieron primero a buscar a su padre, pero no fue tarea sencilla. El padre y la madre de Álvaro llevaban años divorciados, y él había rehecho su vida y no quería alterar la paz de su nueva familia.
El resto de los familiares, todos a la vez, se encogían de hombros, cada uno con sus propios problemas y obligaciones. Cuando el sol se pone, la familia se esconde como la luna, pensé. Al final, mis padres, que ya tenían dos hijos pues la fallecida era la hermana menor de mi padre, decidieron asumir la tutela de Álvaro.
Al principio me alegré de que mi primo fuera a vivir con nosotros. Pero…
El primer día que estuvo en casa, ya noté algo raro en su comportamiento. Mi madre, queriendo calmarle tras la tragedia, le preguntó:
¿Te apetece algo, Álvaro? No tengas reparos, dínoslo.
Y él, tan tranquilo, respondió:
Quiero un tren eléctrico.
Cabe decir que era un juguete carísimo. Me dejó pasmado que eso fuera lo primero que pidiera, después de haber perdido a su madre. Pero mis padres no tardaron en comprarle lo que deseaba. Y así siguió la cosa: Compradme un radiocasete, unos vaqueros, una chaqueta de marca. Era la década de los ochenta. No solo era caro, sino difícil de conseguir. Y mis padres, apretándose el cinturón con nosotros, cumplían todos sus caprichos. Mi hermano y yo lo aceptábamos, sin protestar.
Cuando cumplió dieciséis años, empezó con las chicas. Álvaro resultó ser muy aficionado a las conquistas. Incluso llegó a cortejarme a mí, su prima. Pero, deportista como era, supe pararle los pies de mil maneras. Llegamos incluso a pelear, yo acababa muchas noches llorando.
Nunca conté nada de esto a mis padres. ¿Para qué darles disgustos? Estas cosas, de niños, uno suele callárselas.
Al no conseguir nada conmigo, Álvaro pronto puso el ojo en mis amigas, que, por cierto, se disputaban su atención como si fuera un tesoro.
Pero es que, además, Álvaro robaba. Lo hacía sin el menor pudor. Nunca olvidaré mi hucha de cerámica. Había ido reuniendo peseta a peseta, ahorrando del bocadillo para comprar algo bonito a mis padres. Un día la hucha apareció vacía. Él lo negó todo, muy digno, como si el dinero se hubiera evaporado. Ni se inmutó. Sentí que se me partía el alma. ¿Cómo podía robar en la misma casa donde vivíamos juntos? Parecía no tener principios. Yo rumiaba mi enfado, y él, tan tranquilo, como si el mundo entero le debiera algo. Desde aquel día, empecé a odiarle de verdad.
Grité cuanto pude: ¡Fuera de nuestra familia!
Recuerdo lo que le solté; palabras de las que es imposible arrepentirse ni recoger una a una
Mi madre apenas consiguió calmarme. Desde entonces, para mí, Álvaro dejó de existir. Le ignoré por completo. Luego me enteré de que, en el barrio, los familiares ya conocían la clase de persona que era, pero nosotros, que vivíamos en otro distrito, no teníamos ni idea.
Antiguos profesores de Álvaro advertían a mis padres: No os habéis hecho un favor. Álvaro arrastra al resto.
En el instituto, conoció a una chica llamada Eulalia. Se enamoraría de él para toda la vida. Se casó con Álvaro en cuanto terminó el bachillerato y fue madre de una hija. Eulalia soportó siempre las locuras de su marido, sus mentiras constantes, sus infidelidades innumerables. Ya se sabe: soltera, desgraciada; casada, doble sufrimiento.
Toda la vida, Álvaro disfrutó de la entrega incondicional de Eulalia, que le amaba sin medida.
Álvaro pasó a hacer la mili en Melilla, donde formó una familia paralela mientras estaba allí licenciado. Al terminar el servicio, se quedó allí, que allí tuvo un hijo. Pero Eulalia, sin pensárselo dos veces, se fue a Melilla y, como pudo, recuperó a su marido para la familia original.
Mis padres nunca escucharon un simple gracias por parte de Álvaro, aunque nunca le acogieron por interés.
Ahora, a sus sesenta años, Don Álvaro es feligrés en la parroquia, junto a Eulalia, y tienen cinco nietos.
Parece que todo va bien, pero la amargura de lo vivido con Álvaro aún me escuece por dentro Ni con miel lo podría tragar.
La vida me enseñó que hay personas que pueden romper el lazo más sagrado sin remordimiento, y a veces, las heridas que te dejan la familia son las que más tardan en sanar.







