AMAR SOPORTANDO, SOPORTAR AMANDO
El matrimonio de Iñigo y Lucía fue bendecido por la iglesia.
El día de la boda, justo cuando el cortejo nupcial llegaba a la iglesia de San Ginés, se levantó una tormenta veraniega endiablada, de esas que parecen venir de Segovia en directo exprés. En un santiamén, la ráfaga se llevó el velo de la novia. El velo, blanca nube de tul, voló como un globo de feria, giró en el aire y, exánime, aterrizó en un charco de barro que ni el Manzanares. Los invitados solo pudieron exclamar un ¡Ay, madre!. Tan de repente como vino, la tormenta se fue. Iñigo corrió tras el velo, pero no llegó a salvarlo.
El reluciente velo quedó bien pringado. Lucía, descompuesta, gritó a su futuro marido:
¡Íñigo, no lo recojas! ¡Ese velo no me lo pongo ni muerta!
Las abuelas, sentadas ahí en la puerta de la iglesia, cuchicheaban como si no hubiera otro deporte. Que si ahora su vida sería una sucesión de tormentas y sinsabores, que lo habían visto mil veces…
Rápido, le compraron a Lucía en el chino de la esquina una flor artificial blanca y se la prendieron al moño. Lo de buscar otro velo, imposible. ¡No se puede llegar tarde a tu propia boda!
Ya en el atrio, los recién estrenados novios sostuvieron velas solemnes y prometieron fidelidad y paciencia hasta la eternidad. Para Dios. Pero antes de eso, ya se habían casado por lo civil en el ayuntamiento de Madrid y habían celebrado una boda de película. Para la familia, claro.
Tres años después, Lucía ya tenía dos criaturas: Carmen y Diego. Vivían tranquilos, siguiendo la rutina doméstica de cualquier barrio castizo, y la vida les sonreía.
Pero, una década después del famoso velo, llamó a su puerta una joven.
Lucía era de recibir a todos, propios y extraños, con mesa puesta y charla asegurada. En su casa nunca faltaba un café y una ración de tortilla. Pero aquella visita iba a cambiar su vida. La muchacha se presentó cuando Iñigo estaba fuera.
Lucía supo al instante, con ese sexto sentido femenino, que la chica era guapa, simpática y muy joven.
Buenas tardes, Lucía. Soy Vega. La futura esposa de tu marido dijo, muy digna.
¡Qué novedad! contestó Lucía sin perder la cara castiza.
¿Y desde cuándo andas tú echándole el lazo a Iñigo? preguntó, no sin ironía, Lucía.
Desde hace tiempo. Pero no puedo esperar más. Iñigo y yo vamos a tener un hijo suelta Vega, tan pancha.
Vaya, como de manual: mujer legítima, amante, criatura ilegítima Chica, ¿sabes que Iñigo y yo estamos casados por la iglesia y tenemos hijos?
Ya, ya lo sé todo. Pero nosotros nos amamos también y para siempre. Además, podéis anularos: Iñigo no te ha sido fiel, lo he preguntado, se puede.
Mira, muchacha, no te aconsejo meter la mano en casa ajena. Ya resolveremos nosotros lo nuestro.
La chica, encogiéndose de hombros, se marchó. Lucía cerró la puerta con ímpetu.
“Bien informada viene la pajarita ¡A Iñigo no lo ves ni en Semana Santa!”, masculló.
Empezó entonces a atar cabos. Los cambios en Iñigo: retrasos en el trabajo, viajes inesperados, súbitos domingos de pesca en el embalse de San Juan cuando jamás mostró afición por las cañas Toda la lista la clausuraba Iñigo. Una mujer sabe olfatear la mentira sin olisquear nada.
Pero Lucía se esforzaba por no ahogarse en pensamientos negros. Quizá todo era un malentendido
Por la noche, cuando Iñigo volvió a casa, Lucía le sirvió una cena de las de mojar pan. Primero se le alimenta bien al marido y luego se le presenta el asunto.
Cuando Iñigo lamió hasta la última migaja, Lucía atacó:
Íñigo, ¿estás enamorado? empezó con la sutileza de una jota aragonesa.
Lo estoy admitió Iñigo, serio.
Hoy vino… tu querida. ¿Va la cosa en serio? preguntó Lucía, temiendo la respuesta.
¡Soy un miserable! No puedo vivir sin Vega, me asfixio si no la veo Lo intenté dejar, pero no puedo. Déjame, Lucía
Te dejo dijo Lucía, sabiendo de sobra que los piensa en los niños no servían ya para nada. Que decida la vida.
Y así, Iñigo se fue con su nueva amada.
Lucía, en busca de paz, hizo lo más clásico: se fue a la iglesia para pedir consejo al párroco. El cura la escuchó con atención y le recitó versículos bíblicos:
Hija, el amor todo lo espera, todo lo soporta, ¡nunca se acaba! Puedes pedir la anulación, te asiste el derecho; tu marido ha faltado, ha caído en tentación. O puedes perdonar y esperar. Los caminos del Señor son un misterio
Dos meses después, Lucía descubrió que esperaba un hijo. Era hijo de Iñigo. Se le iluminó el ánimo. Lo tomó como una señal: quizá Iñigo recapitularía todo y volvería. Así fue llevando los meses de espera hasta el parto.
Nació un niño. La madre de Lucía, doña Teresa, propuso nombrarlo Juan, como Iñigo en castellano viejo. Por si acaso el padre regresaba: Nunca se sabe, hija, la vida da muchas vueltas
Por suerte, la abuela Teresa echó una mano con todo: crianza, comidas, cuentos y enseñanzas. Lucía tenía apoyo incondicional.
Iñigo, por su parte, no se olvidaba de Carmen y Diego. Les traía regalos, los llevaba a la Costa del Sol, enviaba euros a Lucía en sobres discretos.
Lucía, eso sí, tenía a los críos bien aleccionados: que ni palabra a papá sobre el nacimiento del nuevo hermanito. Pero, ¿y quién puede sellar la boca de una niña? Carmen fue a casa de Iñigo y soltó el notición. Iñigo, celoso, pensó que Lucía por fin tenía otro hombre en su vida. El corazón se le hizo nudo; le vinieron los recuerdos de la vida bonita No sospechaba que el niño era suyo y de nadie más.
Por entonces, Vega estaba ingresada de reposo en maternidad. Iñigo era el típico padre atento: frutas, antojos, y buscaba por todo Madrid el mejor tiza, porque Vega tenía unas ganas locas de masticar eso. Lo peor es que el embarazo terminó en tragedia: Vega dio a luz a una niña muerta. Y no tardó en perder otro embarazo poco después.
Vega, destrozada, quería poner pausa a más intentos. Pero el destino, ya se sabe, tiene sus propios planes…
Iñigo siempre estuvo al pie del cañón con Vega. Se sentía culpable por todas las desgracias. Cada uno con su penitencia.
A todo esto, Lucía empezó a recibir visitas de Valentín, un antiguo compañero de clase. Cuando Lucía estudiaba en la Complutense, Valentín la pretendía como si fuera la mismísima Penélope Cruz. Acabaron la carrera y, tras presentar el TFG, Valentín le pidió matrimonio. Pero Lucía nunca lo había visto como marido: era demasiado pegajoso, un poco remilgado, fan incondicional de su madre, y más serio que un juzgado de guardia. Eso sí, tenía su público; las compañeras hasta peleaban por él. Pero en cuanto Lucía conoció a Iñigo, a Valentín lo mandó a la reserva.
Años después, un día, Lucía viajaba con los críos en el autobús. Llovía a cántaros y el ánimo estaba de capa caída. Un hombre se sentó a su lado.
¿Está ocupado? preguntó.
Adelante respondió ella, sin mirar.
¿Está triste, señorita? insistió él.
Lucía suspiró: ¿Y a ti qué te importa?
Pero el pesado siguió.
¡Lucía, soy yo! era Valentín.
¡Pero si hace siglos que no te veo! ¿Dónde te has metido? exclamó Lucía, ya mucho más animada.
¡Cuéntame tú! ¿Sigues feliz con el tuyo?
Ven a casa, Valentín, así hacemos memoria. ¿No te va a reñir tu mujer?
Y dicho y hecho, se fueron a casa. De camino, Valentín compró una botella de vino, fruta y dulces para los niños.
Durante una cena entrañable, Lucía lo soltó todo sin filtros y Valentín fue una esponja comprensiva. Al final, Lucía le dio un beso en la mejilla, de agradecimiento. Valentín, ilusionado, se despidió con esperanza renovada.
Resultó que, a pesar del tiempo, Valentín seguía soltero y sin hijos. Cosas de la vida.
Valentín empezó a venir por casa de Lucía. Para cada niño, traía un detalle; para Lucía, siempre flores. Pero ella fue clara desde el principio:
Puedes venir, pero yo sigo esperando a mi marido. Aquí no hay sitio para líos raros.
Valentín, agradecido, asumió el rol. Bueno, seré tu hermano; y para los peques, el tío.
Y así, se instaló en la casa.
Mientras, en el hogar de Iñigo soplaban mejores vientos. Vega, finalmente, dio a luz a una niña saludable y preciosa, a quien llamaron Alba. Porque era como un amanecer después de la tempestad.
Vega se volcó en la maternidad deseada y, no pocas veces, recordaba la conversación con Lucía. ¡Menuda condena, la felicidad robada! Era pura melancolía.
Solo tras el nacimiento de Alba, Vega comprendió el daño causado a Lucía. “La desgracia ajena no hace sabios a los listos”. Quería postrarse ante Lucía y pedirle perdón llorando.
Iñigo adoraba a Alba: la colmaba de juguetes, por las noches acudía a su cuna con mimo y la bañaba con ternura. A Vega se le caía la baba viendo al buen padre.
El tiempo pasó sin piedad
Cinco años después, todos los niños crecieron y los adultos maduraron a su manera.
Y entonces, la desgracia: Vega cayó gravemente enferma con apenas treinta años. Iñigo se desesperó: hospitales, médicos, tratamientos caros en euros…
Vega se despidió de la vida; se preparaba para el más allá.
Iñigo la consolaba y animaba, aunque la veía apagarse día tras día
Cuando los médicos la enviaron a casa a esperar el final, Vega suplicó en un hilo de voz:
Llévame a casa de tu verdadera mujer. Por favor.
Iñigo, asombrado, no discutió.
Lucía ya sabía que Vega estaba desahuciada, se lo contó Carmen tras alguna visita a su padre. Así que cuando Iñigo pidió ese favor, Lucía no se negó.
Iñigo llevó a Vega en brazos como si fuera una porcelana. En casa estaban todos expectantes.
Lucía, brazos cruzados, señaló la cama. Iñigo depositó suavemente a Vega, ajustándole la almohada.
Dejadnos solas musitó Vega.
Salieron todos.
Lucía, con ese humor ácido tan suyo, pensó: ¡En la caja se está más mona!
Se sentó junto a la cama.
Perdóname, si puedes, Lucía. El castigo de Dios me ha alcanzado. Te suplico: ¡cuida de Alba cuando ya no esté! No tengo a nadie, salvo a ti y a Iñigo. Prométeme que la criaréis juntos suplicaba Vega con lágrimas.
Lucía, sin dudar, le cogió la mano.
¡Vega, el castigo no es de Dios, nos lo buscamos nosotros! Hace tiempo que te perdoné. Por Alba no te preocupes, aquí no quedará sola. Y quedaos en casa tú e Iñigo, os hace falta. Aquí cabemos todos, no hay problema.
Yo te prometo que te pondrás bien. Ya verás, para Dios no hay imposibles. ¡Nada de rendirse ni de tener miedo! le dio Lucía confianza.
En casa de Lucía, como en una corrala madrileña, hubo hueco para todos.
Cuidaron entre todos a Vega, siendo Valentín quien más se desvivió. Desde el primer día la trató como una joya. Pasaba horas hablándole, animándola, y esa compañía obraba milagros. “Una palabra hiere, otra cura”. Valentín ni se dio cuenta de que se enamoró de Vega… y adoraba a Alba, a quien llamaba su margarita del cielo. La niña era realmente especial.
Vega quería vivir. Luchaba con uñas y dientes. Lucía, con su fe, le inoculó algo de esperanza. Vega se aferró a esa brizna y comenzó a mejorar.
Pasaron seis meses de lucha, tratamientos y recuperación. Vega ya podía pasear por el patio, respirar el aire fresco, volver a sentir el calor del sol. Poco a poco, la vida se abría camino en su cuerpo. Como quien se levanta milagrosamente.
Vega pensaba mucho en Valentín. A Iñigo nunca dejó de quererle, pero él era el marido ajeno, y ya había aprendido la lección: “No mires para el puchero ajeno”. Valentín era buen hombre, comprensivo aceptó a Alba como hija propia y a ella, como su amor. Hay hogares así, donde el amor de uno basta para dos. Vega solo deseaba no defraudar a Valentín y, si sanaba, intentar ser digna de su cariño.
Finalmente, llegó el día en el que, durante una comida familiar, Vega anunció:
Lucía, Iñigo: Alba, Valentín y yo vamos a marcharnos. Gracias por todo: el refugio, los cuidados y el cariño tan inesperado. Si hay gente como vosotros en el mundo, es que aún queda bondad. ¡Gracias por todo, de todo corazón!
Iñigo y Lucía intercambiaron miradas. Ya sabían, desde hace tiempo, que entre Valentín y Vega había nacido algo grande: amor.
No mucho antes de esa despedida, Iñigo había tenido una charla a corazón abierto con Lucía:
Lucía, pase lo que pase, quiero volver contigo. No tienes límite en tu generosidad. ¿Me aceptarás de nuevo? Juntos debemos sacar adelante a nuestros tres hijos. Te pido perdón, de rodillas si hace falta.
¿Tú qué crees, Iñigo? ¡Por supuesto que sí! Y casi que voy a tener que pedirte perdón yo también, que algo habré hecho mal para que buscaras otras… La vida enseña más que cien libros. Aprender, se aprende…
¿Y Alba, Lucía? Es mi hija también, la quiero con locura.
Claro que sí, Iñigo. Alba siempre tendrá su sitio aquí. ¡Jamás le faltará nuestro cariño!
Valentín, Vega y Alba prepararon la despedida.
Ya en la puerta, Vega llamó a Iñigo aparte:
Quieré mucho a Lucía. Más que a nada en la vida. No la abandones jamás. Yo siempre te llevaré en el corazón, Iñigo.
Sé feliz, Vega contestó él con emoción.
Y así, entre nuevos lazos y viejas heridas, cada cual retomó su camino, con un poco más de sabiduría y españolísima esperanza.







