Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de Andalucía, vivía una mujer llamada Carmen Fernández. No había tenido suerte en el amor, y así pasó sus años de juventud hasta que, al llegar a los treinta, decidió buscar compañía.
Al principio, no supo que Javier estaba casado, pero luego él mismo dejó de ocultarlo, sobre todo cuando notó que Carmen se había encariñado con él. Sin embargo, ella nunca lo reprochó. Al contrario, se culpaba a sí misma por aquella relación y por su propia debilidad. Se sentía incompleta por no haber encontrado un marido a tiempo, y los años seguían pasando. Aunque, si se miraba bien, Carmen no era fea: no una belleza, pero sí agradable, con un ligero sobrepeso que quizá la hacía parecer mayor.
Aquella relación no tenía futuro. No quería quedarse como la amante, pero tampoco podía dejar a Javier. Le daba miedo quedarse sola.
Un día, su primo Miguel llegó de visita. Estaba de paso por Sevilla por trabajo y se detuvo unas horas para verla. Comieron en la cocina, charlando como en los viejos tiempos, y entre risas y recuerdos, Carmen le confesó su situación. Lo contó todo, incluso se echó a llorar un poco.
Justo entonces, una vecina llamó a Carmen para que viera unas compras que había hecho, y ella salió unos veinte minutos. En ese momento, llamaron a la puerta. Miguel pensó que era Carmen, pero al abrir, se encontró con Javier.
El hombre se quedó desconcertado al ver a un tipo corpulento en camiseta y pantalón deportivo, comiendo un bocadillo de jamón.
—¿Está Carmen? —fue lo único que atinó a preguntar.
—Está en el baño —respondió Miguel sin titubear.
—Disculpe, ¿y usted quién es? —preguntó Javier, aún sorprendido.
—Su marido. De momento, en período de prueba —Miguel se acercó y lo agarró por la camisa—. A ver, ¿eres el casado del que me ha hablado? Escúchame bien: si te veo aquí otra vez, te tiro por las escaleras. ¿Queda claro?
Javier se soltó y bajó corriendo.
Cuando Carmen regresó, Miguel le contó lo sucedido.
—¿Qué has hecho? ¿Quién te pidió que intervinieras? —lloró Carmen, hundiéndose en el sofá—. No va a volver.
—Claro que no, y menos mal. Déjate de tonterías. Tengo un hombre perfecto para ti en el pueblo. Un viudo. Las mujeres no le dan tregua desde que enviudó, pero él sigue diciendo que no. Al parecer, quiere estar solo un tiempo más. Cuando termine mi viaje, vuelvo por ti y vamos. Os presento.
—¿Cómo? —Carmen se sorprendió—. No, Miguel, no puedo. Ni siquiera lo conozco. Qué vergüenza.
—Vergüenza es acostarte con un hombre casado, no conocer a uno libre. Nadie te obliga a nada. Vamos, que es el cumpleaños de mi Isabel.
A los pocos días, Carmen y Miguel llegaron al pueblo. Isabel, la mujer de Miguel, había preparado una mesa en el jardín, junto a la casita de campo. Vecinos, amigos y el propio viudo, Álvaro, asistieron a la celebración. Carmen ya conocía a algunos, pero era la primera vez que veía a Álvaro.
Después de aquella tarde de risas y vino, Carmen regresó a la ciudad. En silencio, pensó que Álvaro era callado, humilde. «Seguro que aún sufre por su esposa. Pobre hombre. Hay pocos tan sensibles».
Una semana después, llamaron a su puerta. Carmen no esperaba a nadie. Al abrir, se encontró con Álvaro, que llevaba una bolsa en la mano.
—Perdona, Carmen. Estaba de paso, en el mercado. Como ya nos conocemos, pensé en visitarte —dijo, incómodo, como si repitiera algo ensayado.
Carmen lo invitó a pasar, todavía sorprendida, pero le ofreció un café, intuyendo que aquello no era casualidad.
—¿Compraste todo lo que necesitabas? —preguntó.
—Sí, lo dejé en el coche. Esto es para ti. —Sacó un pequeño ramo de claveles y se lo entregó.
Carmen lo tomó y sus ojos brillaron. Bebieron café en la cocina, hablando del tiempo y de los precios del mercado. Cuando terminaron, Álvaro dio las gracias y se dispuso a marcharse. En el recibidor, se puso la chaqueta con lentitud, como distraído, y calzó los zapatos. Ya en la puerta, se volvió de pronto y dijo:
—Si me voy ahora sin decirlo, no me lo perdonaré. Carmen, toda la semana he pensado en ti. La verdad. No podía esperar al fin de semana. Por eso vine hoy. Le pedí tu dirección a Miguel…
Carmen enrojeció y bajó la mirada.
—Nos conocemos tan poco… —respondió.
—Eso no importa. Lo importante es que no te repugno. ¿Podemos tutearnos? Sé que no soy ningún premio. Además, tengo una niña, de ocho años. Ahora está con su abuela.
Las manos de Álvaro temblaban levemente.
—Una hija es una bendición —dijo Carmen con dulzura—. Siempre quise tener una niña.
Álvaro, animado por sus palabras, le tomó las manos y, acercándola, la besó. Al separarse, vio lágrimas en sus ojos.
—¿Te he disgustado? —preguntó, inseguro.
—No… al contrario. No me lo esperaba. Es dulce… y tan tranquilo. No le estoy robando a nadie…
Desde entonces, se veían todos los fines de semana. Dos meses después, se casaron y se fueron a vivir al pueblo. Carmen empezó a trabajar en una guardería, y al año nació su hija. Así crecieron las dos niñas, igual de queridas, con amor y atención para ambas. Y Álvaro y Carmen, rejuvenecidos por la felicidad, veían cómo su amor, como un buen vino, se fortalecía con los años.
En las reuniones familiares, Miguel le guiñaba el ojo a Carmen:
—¿A que te conseguí un buen marido, eh? Cada día estás más guapa. Ya sabes, a tu hermano, ni caso…





