Mira, te cuento lo que pasó con Julián y Begoña, porque es una de esas historias que te dejan con el nudo en la garganta.
Julián había alquilado una furgoneta justo cuando le dieron el alta a Begoña del hospital. Con la llevaron a su casa, ayudados por el vecino. “Tranquila, que todo va a salir bien”, le decía mientras la abrazaba, “solo vive, habla conmigo, no me dejes, mi pajarita”.
Begoña, con sus 35 años, pensaba que la felicidad de mujer ya había pasado, pero el destino le tenía otra cosa. Se conocieron cuando ya rondaban los cuarenta; Julián llevaba tres años viudo y ella nunca se había casado, aunque había tenido un hijo. En el pueblo se decía que había nacido para ella.
En su juventud había tenido un romance con el apuesto y moreno Óscar, que le prometió matrimonio y la hizo suspirar. Al final resultó que el galán de la ciudad estaba casado. Incluso su legítima esposa llegó a suplicarle a Begoña que no rompiera otra familia. La joven, inexperta, se rindió, aunque decidió quedarse con el niño.
Así nació Eugenio. Ese hijo fue su única alegría. Se portó muy bien, estudió con acierto y, al terminar el bachillerato, ingresó en la Universidad de Economía de Madrid. Julián la visitaba de vez en cuando, le proponía vivir juntos, pero ella dudaba aunque le gustaba. Un día, Begoña se avergonzó de su propio hijo y confesó que anhelaba ser feliz. Eugenio, en una charla nocturna, le dijo: “Mamá, ya no quiero vivir bajo el mismo techo. El tío Julián es un buen hombre, mientras no te haga daño, yo solo quiero que seas feliz”. El hijo de Julián, también, estaba de acuerdo.
Así se fueron casando, hicieron una pequeña boda y la vida siguió. Begoña trabajaba en la biblioteca del pueblo; Julián era agrónomo. Cultivaban la huerta, cuidaban el ganado, horneaban pan y se ayudaban en todo. Se amaban y se respetaban, aunque lamentaban no haber tenido hijos juntos.
Sus hijos se casaron y llegaron los nietos. Cada fiesta preparaban huevos frescos, leche, nata, jamón y pollo de la granja. La casa se llenaba de gente, y cada noche, tumbados en la cama, se miraban y se alegraban de tener con quién celebrar.
Sin embargo, al final del día, cada uno pensaba en silencio: “quiero irme primero y no sentirme solo”. El tiempo pasó y, una mañana, Begoña se sintió fatal mientras hacía su famoso cocido. Se cayó en la cocina. Julián llamó a la ambulancia con ayuda del vecino. Los médicos anunciaron que había sufrido un infarto y había perdido la capacidad de caminar. Eugenio y su esposa fueron a verla, le dieron dinero para los tratamientos y se marcharon.
Julián, tras sacarle a Begoña del hospital, la llevó a su casa en la furgoneta. “Todo va a estar bien, mi amor, solo vive”, le repetía mientras la acomodaba en el salón. Ella se reclinó en la silla, ayudaba en la cocina, pelaba patatas y zanahorias, y hasta horneaban pan juntos. Por las noches discutían cómo pasar el invierno, porque Julián ya no tenía fuerzas para cortar leña.
“Quizá los niños nos llevarían al invierno a sus casas y en primavera nos darían una mano”, le decía él.
El fin de semana llegó Eugenio con su esposa Elena. Al entrar, Elena miró la habitación y comentó: “Vamos a tener que separarnos, madre. La luz de la casa ya no es la misma, pero nos quedaremos una semana y organizaremos todo”. Julián apenas susurró: “¿Y yo? Nunca nos hemos separado”. Elena respondió: “Antes podíais cargar con la casa, ahora las cosas cambian”.
Eugenio y Elena se fueron, y Julián y Begoña suspiraron amargamente, imaginando cómo seguir. Cada uno, al quedarse dormido, soñaba con no despertar para no ver tanto sufrimiento.
El siguiente fin de semana llegaron los dos hijos. Empacaron sus cosas mientras Julián se sentaba al lado de la cama de Begoña, recordando sus años jóvenes y llorando. Se acercó a su esposa enferma y le susurró: “Perdóname, Begoña, por todo lo que pasó, por los errores con los niños. Perdón, te quiero”. Begoña intentó tocarle la mejilla, pero ya no tenía fuerzas. Julián se limpió las lágrimas con la manga y, al subir al coche, dejó que el sudor de la emoción le empapara la ropa.
Los hijos, la esposa de Eugenio y el vecino la envolvieron en una manta y la llevaron fuera de la casa, arrastrándola como quien lleva a un ser querido al último viaje. Begoña no se resistió; se quedó en paz cuando Julián se fue.
Una semana después, en una tarde de otoño, bajo la luz de la Procesión del 15 de octubre, se cumplió su último deseo. Begoña y Julián se reencontraron en otro mundo, donde el dolor ya no los alcanzaba.
Así termina la historia de los dos que, pese a todo, nunca dejaron de amarse.