15 de marzo de 2024
Cada tarde, desde hace quince años, a las dieciocho en punto, he colocado una comida humeante sobre la misma banca verde del Parque del Retiro. Nunca he esperado a ver quién la recoge, nunca he dejado una nota ni he contado a nadie lo que hago.
Todo comenzó como un modesto hábito tras la muerte de mi esposo, una forma de colmar el silencio que se había instalado en mi casa vacía. Con el tiempo, ese gesto se transformó en un ritual conocido sólo por mí y por los desconocidos hambrientos que hallaban refugio en aquel pequeño acto de generosidad.
Llueva o haga sol, calor de verano o tormenta invernal, la comida siempre estaba allí: a veces una sopa, otras una cazuela, o un bocadillo envuelto con mimo en papel encerado y metido en una bolsa de papel marrón. Nadie conocía mi nombre; en el barrio me llamaban simplemente la Señora del Banco.
Aquella tarde de martes, el cielo estaba cargado de nubes. Yo, que ya tengo setenta y tres años, estreché el cuello del abrigo mientras cruzaba el parque. Sentía los muslos vibrar y el aliento escaso, pero mis manos permanecían firmes alrededor del plato aún tibio.
Lo dejé con cuidado, como siempre. Pero antes de volver a mi paso, los faros de un elegante SUV negro cortaron la penumbra y se detuvieron al borde de la acera. Por primera vez en quince años, alguien me esperaba.
Se abrió la puerta trasera y una mujer de traje azul marino salió, sosteniendo un paraguas y un sobre sellado con cera dorada. Sus tacones resonaban suavemente sobre la hierba mojada al acercarse.
¿Señora Ruiz? preguntó con voz temblorosa.
Yo asentí. Sí ¿Me conoce?
La mujer me dirigió una sonrisa tenue, pero sus ojos brillaban de lágrimas. Me conoces de algún modo dijo. Yo me llamo Lucía. Hace quince años solía comer la comida que dejabas aquí.
Me quedé helada, con la mano sobre el pecho. ¿Tú eras una de las chicas?
Éramos tres respondió Lucía. Huérfanas. Nos escondimos junto a los columpios. Aquellas raciones nos salvaron la vida aquel invierno.
Sentí cómo se me estrechaba la garganta. Ay, mi niña
Lucía se acercó y depositó el sobre en mis manos temblorosas. Quería agradecerte. Tenía que que lo que hiciste no sólo nos alimentó, también nos dio una razón para creer que aún existe la bondad en el mundo.
Dentro había una carta y un cheque. Mientras leía, la visión se me nubló:
Estimada Señora Ruiz,
Nos alimentó cuando no teníamos nada. Hoy queremos ofrecer a otros lo que usted nos dio: esperanza.
Hemos creado la Fundación Becas María del Carmen Ruiz para jóvenes sin techo. Los tres primeros beneficiarios comenzarán la universidad este otoño. Usamos el nombre que una vez escribió en una bolsa de almuerzo «Señor Ruiz». Creímos que era hora de que el mundo supiera quién era.
Con cariño,
Lucía, Juana y Elena
Levanté la vista, y las lágrimas corrían como riachuelos bajo la lluvia. ¿Vosotras habéis hecho esto?
Lucía asintió. Lo conseguimos todas. Juana dirige un albergue en Sevilla. Elena es trabajadora social en Bilbao. Yo bueno, ahora soy abogada.
Solté una risa entrecortada por un suspiro. Abogada. Yo nunca lo imaginé.
Nos sentamos juntas en la banca mojada, dejando el paraguas a un lado. Por un instante, el parque pareció revivir: las risas se mezclaron con el susurro de la lluvia y los recuerdos flotaron en el aire.
Cuando Lucía se despidió, el SUV se perdió en la grisáceas calles, dejando tras de sí sólo el eco del motor y el perfume a tierra mojada.
Yo permanecí un momento más, con la mano reposando sobre el plato aún tibio.
Esa noche, por primera vez en quince años, no dejé comida en el parque.
A la mañana siguiente, la banca no estaba vacía. Sobre el asiento había reposado una sola rosa blanca y, bajo ella, una nota escrita con una elegante caligrafía cursiva.







